La primera vez que salí al mundo como Lilith
Me llamo Lilith. Yo elegí ese nombre, lo busqué y lo probé en voz baja durante meses hasta que me quedó como una segunda piel, y me encanta. Lo que diga mi partida de nacimiento es otra historia, una que escribieron por mí antes de que yo pudiera opinar.
Desde que tengo memoria hubo algo en mí que tiraba hacia lo femenino, una corriente silenciosa que nunca pude ignorar. De niño mi cuerpo fue siempre andrógino. Las caderas, las piernas, la línea de la espalda: todo en mí resultaba más suave y más redondeado de lo que la gente esperaba. Y eso, te lo confieso, en lugar de avergonzarme me encendía por dentro.
Lo gótico fue mi obsesión temprana. Los encajes, el terciopelo negro, las medias de rejilla, el delineador corrido como una herida elegante. Era como si esas prendas pronunciaran mi nombre antes de que yo lo conociera. Me imaginaba envuelta en ellas, reina de una oscuridad que solo me pertenecía a mí.
Empecé con cosas pequeñas, casi insignificantes. Unas bragas negras que rescaté de la ropa que mi hermana iba a tirar. Un labial color vino que usaba a escondidas en el baño y limpiaba a toda prisa cuando oía pasos en el pasillo. Dios, qué adrenalina. Cada prenda nueva era un vicio delicioso, un pequeño triunfo que guardaba en una caja de zapatos al fondo del armario. A veces, encerrada con llave, me subía las bragas por encima de la polla dura y me miraba al espejo con las mejillas ardiendo, tocándome por encima de la tela hasta correrme con la boca tapada para no gemir.
Un día me armé de valor y me compré unas botas de plataforma. Cuando me las até por primera vez, con las medias de rejilla y un liguero que me daba un aire de chica peligrosa, casi me desmayo de lo bien que me sentía. Me veía poderosa. Me veía entera. Por fin parecía la persona que siempre había vivido por dentro.
Pero mi fantasía nunca había cruzado la puerta de casa. Hasta esa noche.
***
Elegí el sitio con cuidado, como quien planea una primera cita consigo misma. Un bar subterráneo en el casco viejo de Aldecoa, un local sin cartel donde sonaba post-punk y darkwave hasta el amanecer. El tipo de lugar donde nadie pregunta y todo el mundo viene huyendo de algo.
Me armé con mi mejor conjunto. Un vestido corto de terciopelo negro que me marcaba justo donde quería que me mirasen. Las botas nuevas. Las medias de rejilla trepando hasta el muslo. Debajo, unas bragas de encaje negro que apenas contenían mi polla, ya semi dura de puros nervios. Me maquillé despacio, sin prisa, construyendo capa sobre capa el rostro de vampiresa que tanto había soñado. Cuando levanté la vista al espejo, no me vi a mí. La vi a ella. Vi a Lilith mirándome de vuelta, y por un instante me quedé sin aire.
Bajé las escaleras del local con el corazón desbocado, te lo juro, como si llevara horas corriendo. Tenía las manos heladas y las rodillas me temblaban dentro de las botas. Cada peldaño era una decisión que ya no podía deshacer.
El interior era pura penumbra, atravesado por luces rojas y azules que respiraban al compás de la música. La gente estaba a lo suyo, balanceándose con esa melancolía hermosa que tiene el género. Pedí un whisky en la barra e intenté sostener el vaso como si fuera una mujer acostumbrada a sostener vasos en bares así. Por dentro era todo nervio.
Las horas fueron pasando y, con cada trago, el nudo del estómago se aflojaba un poco. Empecé a mirar alrededor con menos miedo, sintiéndome menos impostora y más una pieza que por fin encajaba en aquel rompecabezas de sombras.
***
Entonces se acercaron dos hombres, los dos mayores que yo. Uno era delgado, de pelo largo y negro recogido a medias, con una mirada atenta que iba más allá de lo cortés. El otro era más corpulento, ancho de hombros, y traía una sonrisa que me puso nerviosa antes de que abriera la boca.
Me invitaron a una copa y acepté con un gesto que intenté que pareciera natural. El alcohol terminó de obrar su magia y dejé de sentirme una estatua de sal a punto de quebrarse. El corpulento, que se presentó como Darío, coqueteaba sin rodeos, mirándome a los ojos cada vez que hablaba. El del pelo largo me observaba con una intensidad distinta, más callada, y juraría que él notó algo desde el principio. Yo apenas hablaba, aterrada de que mi voz me delatara antes de tiempo.
De repente, justo cuando la música bajó de volumen, Darío se inclinó sobre la mesa y me habló al oído con una voz grave que sentí vibrar en la nuca.
—No te preocupes —murmuró—. Sé lo que eres.
Fue como si me enchufaran a la corriente. Una descarga me recorrió de la nuca a los talones y noté los pezones endurecerse bajo el terciopelo. Había adivinado mi secreto más guardado, ese que yo creía esconder bajo capas de maquillaje, y en lugar de apartarse se acercaba más. Lo sabe y se queda. Lo sabe y le gusta.
Me incliné hacia él sin darme cuenta de lo poco que ya nos separaba. La música y la penumbra hacían el resto.
—¿Y qué soy? —pregunté, por fin, con un hilo de voz que dejé deliberadamente ambiguo.
—Exactamente lo que quiero esta noche —respondió—. Una nena preciosa con algo entre las piernas que se me está poniendo dura solo de imaginarla.
Se me escapó un jadeo tan bajo que solo lo oyó él. Sentí cómo mi polla, apretada dentro de las bragas de encaje, se hinchaba a la fuerza contra la tela, filtrando ya una gota de líquido que empapaba el encaje.
***
Pidió otro par de copas. Con la música tan alta, no le quedaba más remedio que seguir hablándome pegado al oído, y aquello era la excusa perfecta para tenerlo cerca, para respirar su aroma a tabaco y cuero. Yo le contestaba en susurros, haciéndome la misteriosa, jugando a esconder lo que él ya había descubierto. Los nervios me tenían en un filo delicioso, a medio camino entre el pánico y el deseo.
Entonces su mano se posó sobre mi pierna. Sobre la media de rejilla. Sentir el calor de su palma colarse entre los rombos de la tela, directo sobre la piel, me arrancó un escalofrío que no pude disimular. Seguimos hablando de tonterías, del grupo que sonaba, de la ciudad, pero todo eso era la tapadera. La verdadera conversación ocurría en su mano, que subía y bajaba con una lentitud calculada, acercándose cada vez un poco más al borde del vestido.
Cuando sus dedos treparon por fin bajo el terciopelo, se me cortó la respiración. Palpó el borde del liguero, siguió la cinta, y encontró mis bragas empapadas por delante. Notó al instante el bulto duro que las tensaba. Se quedó quieto un segundo, sopesándolo con la palma como quien no puede creer su suerte.
—Joder, Lilith —susurró contra mi oreja—. La tienes durísima.
—Por ti —contesté, temblando—. Se me ha puesto así en cuanto me has hablado.
Empezó a frotarme por encima del encaje, despacio, apretando la palma contra mi verga y bajando después hasta acariciarme los huevos a través de la tela mojada. Yo me mordía el labio pintado para no gemir en medio del bar. Cada pasada suya me hacía apretar los muslos, y cuando pellizcó con el pulgar y el índice la punta de mi polla por encima de las bragas, se me escapó un quejido agudo que se perdió entre los sintetizadores.
El del pelo largo se había recostado en su silla, mirándonos con una media sonrisa, como quien disfruta de un espectáculo que no necesita interrumpir. Se había abierto ligeramente las piernas y una mano le descansaba sobre el muslo, muy cerca de un bulto propio que empezaba a marcarse en el vaquero. Su presencia silenciosa me ponía aún más, porque me hacía sentir observada, deseada por partida doble.
Cerca de la medianoche, Darío detuvo la caricia. Con un movimiento seguro, tomó mi mano y la llevó hasta su propia pierna. Nunca había hecho algo así, jamás. Al principio me quedé rígida, sintiendo bajo los dedos la tela áspera de su pantalón, sin saber qué se esperaba de mí. Él me miró fijo.
—Tranquila —dijo—. Estamos en confianza, Lilith.
Oír mi nombre, mi nombre verdadero, en boca de un desconocido que lo pronunciaba como si me conociera de siempre, me deshizo por dentro. Y entonces lo hizo: deslizó mi mano hacia arriba, despacio, muy despacio, hasta dejarla encima de su entrepierna. Sentí el bulto denso, caliente, con esa dureza inconfundible latiendo bajo el algodón. Su polla era gruesa, muy gruesa, y estaba a punto de reventar la bragueta. Menos mal que la mesa era alta y la oscuridad nos cubría, porque la vergüenza era real, pero el deseo la estaba ganando por goleada.
Y en un impulso, en ese instante en que una niña descubre de golpe el poder que tiene entre las manos, moví la palma sobre él con descaro, palpando su dureza a través de la tela, siguiendo el contorno de la verga desde los huevos hasta la punta, y le dije con la voz más pícara que me salió:
—Tú me diste permiso, ¿no?
Se rió. Una risa baja, ronca, profundamente sexy. Me miró los labios con los ojos entrecerrados. Estábamos tan cerca que respirábamos el mismo aire espeso, cargado de bajos y de promesas.
—Me gusta tu atrevimiento —dijo.
—A mí me gusta que me dejes atreverme —contesté, y sin apartar la mirada le bajé la cremallera dos dedos, lo justo para colar los dedos dentro y encontrarme, sin ropa interior de por medio, con su polla tibia y palpitante. La agarré con la punta de los dedos, luego con toda la mano, y empecé a masturbársela ahí mismo, bajo la mesa, muy despacio, sintiendo cómo se le escapaba una gota espesa que resbalaba por el capullo y me mojaba el pulgar. Él resopló contra mi oreja.
—Joder, nena, qué manos tienes —gimió—. Sigue así, no pares.
Yo obedecí, subiendo y bajando la mano con un ritmo lento y firme, apretándole el glande al final de cada carrera como había fantaseado tantas veces. Mientras tanto, su mano volvió bajo mi vestido, apartó las bragas de encaje empapadas y me agarró la polla al aire, piel con piel. Cuando cerró el puño alrededor de mi verga y empezó a pajearme al mismo compás que yo a él, creí que iba a correrme allí mismo, en medio del bar, con la mesa como único escudo. Nos masturbábamos el uno al otro por debajo del terciopelo, con las miradas clavadas y los alientos revueltos, y del otro lado el del pelo largo se había puesto una mano dentro del vaquero sin quitarnos ojo.
***
Me gustó su descaro tanto como el mío. Instintivamente acorté la distancia y él hizo lo mismo, como si lleváramos toda la noche cayendo hacia este punto. Nuestros labios se encontraron por fin. Fue un beso lento, seguro, lleno de ese misterio que ambos sabíamos que compartíamos: él sabiendo lo que yo era, yo sabiendo que eso era justo lo que lo encendía.
Le mordí el labio inferior con suavidad, probando hasta dónde podía llegar, y él respondió tomándome de la nuca para profundizar el beso. Me metió la lengua hasta el fondo, con hambre, y yo se la chupé como si le estuviera mamando la polla, dejándole claro con la boca lo que quería hacerle en cuanto pudiéramos salir de allí. La mano que yo tenía en su verga apretó por voluntad propia y él gimió dentro de mi boca. Sentí su lengua, su aliento a whisky, el roce áspero de su mentón contra mi piel recién maquillada, y a la vez su puño trabajándome la polla bajo la mesa con una habilidad que me estaba volviendo loca. Por encima de la mesa éramos dos siluetas más en la penumbra; por debajo, mi mundo entero se estaba reordenando.
—Me la vas a mamar esta noche —me dijo pegado a la boca, sin pedirlo, afirmándolo—. Y yo te voy a follar hasta que grites mi nombre con esa voz que no me has dejado oír todavía.
—Sí —jadeé—. Lo que quieras. Todo. Lo que tú quieras.
Le apreté la polla más fuerte y él aceleró la mano sobre la mía, pajeándome con el pulgar rozándome la punta cada vez que subía. Sentí ese cosquilleo eléctrico juntándose en la base, subiendo, apretándome los huevos. Me estaba corriendo. Se lo dije al oído entre dientes, «me corro, Darío, joder, me corro», y él me tapó la boca con la suya en otro beso feroz mientras me pajeaba entera. Me vine a chorros dentro de sus dedos, temblando sobre la silla, con la vista borrosa, y él siguió apretándome la polla húmeda hasta la última sacudida. Casi a la vez lo noté a él tensarse bajo mi mano, empujar la cadera hacia arriba, y descargar caliente y espeso contra mi palma, corriéndose en silencio con los ojos cerrados y la frente pegada a la mía.
Cuando nos separamos, apenas unos centímetros, me di cuenta de que estaba temblando otra vez, pero ya no de miedo. Temblaba de algo nuevo, algo que llevaba años esperando bajo llave en una caja de zapatos. Saqué la mano manchada de su bragueta, y él, sin dejar de mirarme, se llevó mis dedos a la boca y los chupó uno por uno, limpiándome su propia corrida con la lengua. Se me escapó otro gemido bajo.
—¿Vienes mucho por aquí? —preguntó, con la frente pegada a la mía y todavía con mi sabor en la boca.
—Es mi primera vez —admití—. La primera vez que salgo siendo yo.
Algo cambió en su mirada al oír aquello. Una ternura inesperada se mezcló con el deseo, y me acarició la mejilla con el pulgar como si yo fuera algo valioso y frágil a la vez.
—Entonces me alegra haber sido yo quien te lo notara —dijo—. Bienvenida, Lilith.
Y en aquel bar subterráneo de Aldecoa, con el darkwave envolviéndolo todo y un desconocido pronunciando mi nombre como una oración, comprendí que ya no era solo Lilith por dentro. Esa noche fui Lilith para el mundo. Y, sobre todo, fui su Lilith.