Las hormonas me volvieron la mujer de Mateo
Lo conocí en una de esas aplicaciones donde nadie usa su nombre real. Yo tenía diecinueve años recién cumplidos y me llamaba Adrián, aunque ese nombre hoy me suene a un disfraz que llevé demasiado tiempo. Empezamos hablando de tonterías, de música, de partidas que jugábamos hasta la madrugada, y después pasamos a un chat más privado. Él se llamaba Mateo, estudiaba ingeniería y trabajaba media jornada. Tenía dos años más que yo y una forma de hablar que me hacía sentir pequeño, en el buen sentido.
Hablamos durante meses antes de que cualquiera de los dos dijera la palabra «pareja». Y cuando por fin la dijo él, lo hizo con una condición que dejó muy clara desde el principio.
—Yo no salgo con hombres —me escribió—. Salgo con mujeres bonitas.
Cualquier otro se habría ofendido. Yo no. Yo nunca me había considerado alguien importante, ni interesante, ni nada que valiera la pena mirar dos veces. Así que aquella frase no la leí como un rechazo, sino como un camino. Le prometí que, pasara lo que pasara, yo sería su mujer. Lo tomé como una meta, como un ideal al que llegar. A los diecinueve años casi todos mis conocidos ya sabían en qué querían convertirse. Yo solo sabía que quería estar al lado de Mateo, y que para eso tendría que dejar de ser quien era.
Ese mismo mes empecé a entrenar por mi cuenta. Comía limpio, corría por las mañanas antes de que despertara el resto de mi casa, hacía ejercicios para las piernas, para los glúteos, para todo lo que imaginaba que un día sería suave y femenino. Ya era delgado de por sí, así que no me costó mucho. Lo difícil no era el cuerpo. Lo difícil era esconderlo.
***
Mi familia era profundamente homófoba. Lo digo sin rencor, casi con resignación. Eran capaces de sentarse a la mesa con gente mentirosa, con tíos que engañaban a sus mujeres, con vecinos a los que despreciaban, y sonreírles. Pero la sola idea de que su hijo pudiera ser distinto los volvía crueles. Por eso, cuando Mateo me regaló mi primera caja de estrógenos, tuve que ir yo solo a retirar el paquete a una oficina de envíos, lejos de casa, mirando por encima del hombro como si llevara algo robado.
No llevaba nada robado. Llevaba mi futuro en una bolsa.
Esa noche me encerré en el baño, leí cada prospecto tres veces y me senté en el borde de la bañera con la primera dosis en la mano. Pensé en Mateo. Pensé en su voz. Y di el primer paso de algo que ya no tendría vuelta atrás.
Decidí empezar a vivir para él. Iba a una universidad que no me importaba, estudiaba una carrera que no había elegido por gusto, no tenía amigos cercanos ni planes propios. Lo único que de verdad deseaba estaba a cientos de kilómetros, hablándome cada noche por la pantalla. Así que le entregué lo que tenía: mi tiempo, mi cuerpo, mi paciencia.
Mateo me seguía enviando las dosis siguiendo el consejo de un médico que él mismo consultaba, para que todo fuera seguro. A los pocos meses ya sentía los cambios. La piel más fina. El olor distinto. Una sensibilidad nueva que me recorría entera con solo rozar la tela de la camiseta.
Había leído que uno de los efectos más comunes era la pérdida del deseo. A mí me pasó justo lo contrario. Estaba caliente a todas horas. No podía dejar de tocarme, aunque mi cuerpo cambiara, aunque todo se hiciera más pequeño y más blando. Mateo me llevaba al límite solo con palabras, sin tocarme, a través del teléfono, y yo me deshacía escuchándolo.
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Una de esas noches estábamos pasándonos vídeos. Él me mandó el de una modelo de curvas exageradas, una mujer de cuerpo imposible que se llamaba Bianca Sol. Me escribió que le encantaba, que ese era su tipo de cuerpo favorito. Yo me quedé mirando la pantalla más tiempo del que debía.
Necesito ser eso. Necesito tener un cuerpo así.
No se lo dije enseguida. Lo pensé durante dos semanas, dándole vueltas en la cama, mirándome al espejo e imaginando. Cuando por fin se lo conté, no se rio de mí. Hablamos en serio, como dos personas que planean una vida juntos. Llegamos a una conclusión: si después de dos años de hormonas mi cuerpo respondía bien, daríamos el paso hacia las cirugías. Hacia las curvas. Hacia la mujer que él imaginaba.
No todo fue fácil. A los seis meses los cambios ya eran imposibles de ocultar y mi casa se convirtió en un campo de batalla silencioso. Miradas que cortaban. Comentarios al pasar. Una frialdad que pesaba más que cualquier grito. A los veinte años entendí que ya había aguantado suficiente.
Decidí dar el siguiente paso: irme a vivir con mi hombre.
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Para entonces Mateo ya estaba terminando la carrera y tenía un trabajo estable que pagaba bien. Escaparme de casa no fue tan difícil como había temido. Una maleta, un billete, una dirección nueva. Llegué a su puerta deprimido, agotado, con el cuerpo a medio camino entre dos vidas, y él me abrió y me abrazó como si llevara años esperándome.
Mateo era alto, mucho más que yo. Le sacaba más de treinta centímetros. Tenía la piel oscura, los hombros anchos de quien trabaja y entrena, y una manera de mirarme que me hacía sentir, por primera vez, mirada de verdad. Yo medía un metro sesenta y siete y a su lado parecía hecho para encajar bajo su brazo.
Mi vida se volvió una rutina, y descubrí que esa rutina me gustaba. Me levantaba temprano para prepararle el desayuno. Me quedaba en casa ordenando, lavando, cocinando, y por la noche, cuando él llegaba, lo recibía. No era un hombre violento ni dominante por crueldad. Era alguien a quien podía amar y entregarle gran parte de lo que era, sin miedo. Y eso lo cambiaba todo.
A los tres meses de vivir juntos, una tarde en que yo cocinaba de espaldas a él, sentí su mano cerrarse sobre mi trasero.
—¿En qué momento se te puso tan grande? —dijo, con la voz baja, casi sorprendido.
Yo tampoco lo había notado. En ese año y pico de tratamiento mi cuerpo se había ido redondeando sin que ninguno de los dos lo registrara, día a día, hasta que de pronto fue evidente bajo su palma. Esa noche dejó de llamarme por mi nombre viejo. Me puso uno nuevo.
—Desde hoy te llamas Lía —me dijo al oído.
Lía. Lo repetí en voz baja mientras él me lo decía contra la nuca, y algo dentro de mí encajó por fin en su sitio.
***
A partir de ahí nació una dinámica que ninguno de los dos pactó con palabras, pero que los dos entendíamos. Si cocinaba bien, él me follaba. Si dejaba la casa impecable, él me follaba. Si lo recibía como a él le gustaba, en la puerta, ya desvestida, él me follaba. Y yo empecé a sentirme viva haciendo las cosas bien. Cada tarea era una forma de pedirlo. Cada acierto, una promesa cobrada.
Así pasó el año siguiente. Me follaba dos, tres veces al día. Salía poco de casa, casi nunca, y no lo echaba de menos. Una mañana, mientras él estaba en el trabajo y yo limpiaba sola, me detuve en mitad del pasillo con un pensamiento absurdo.
Sigo teniendo pene, ¿no?
Me sentí ridícula por haberlo ignorado tanto tiempo. Cuando Mateo y yo teníamos sexo, yo me corría mucho, pero nunca por tocarme ahí. Bajé la vista esa tarde y lo miré de verdad por primera vez en meses. Se había encogido. Apenas ocho centímetros donde antes había catorce. En lugar de angustiarme, me encantó. No sé explicar lo bien que me hacía sentir esa pequeñez, esa rendición silenciosa de mi propio cuerpo. Decidí seguir ignorándolo, dejarlo ahí, sin importancia, como una huella de algo que ya no era yo.
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Cuando cumplí veintiún años fuimos juntos a un médico. Mateo quería asegurarse de que las hormonas no me estuvieran haciendo daño, de que no hubiera consecuencias escondidas a largo plazo. Le tenía miedo a eso más que yo. Me hicieron análisis, revisiones, preguntas. Al final, el doctor me miró por encima de las gafas y dijo algo que recuerdo palabra por palabra.
—Tu cuerpo es muy moldeable. Se adaptó a las hormonas con una facilidad poco común. Eres de los pocos casos donde la feminización resulta tan profunda y tan duradera.
Para él era un dato clínico. Para mí fue un destello de luz. Significaba que mi sueño podía ir todavía más lejos de lo que había imaginado. Salimos de la consulta tomados de la mano y, en el coche, Mateo me apretó el muslo y decidimos extender el tratamiento un año más.
Mi rutina apenas cambió. Él se había graduado y ahora trabajaba el día entero, así que yo era el ama de casa que cuidaba el hogar, lavaba, cocinaba y esperaba. El sexo se volvió más salvaje, más rudo, más suyo. Hacíamos el amor a las seis de la mañana, antes de que se fuera, y después yo me pasaba el día sin poder pensar en otra cosa que en cómo me follaría al volver.
Poco a poco entendí lo que era para él. No solo su pareja. Era su recompensa por trabajar tanto. Lo que lo esperaba en casa al final de cada jornada larga. Comprenderlo, lejos de dolerme, me hizo profundamente feliz. Que no se confundan: él me amaba y yo lo amaba a él. Pero había dejado de pensar en mí para pensar en él, y en esa entrega encontré algo parecido a la paz.
***
Al cumplir los veintidós ya tenía pechos, una talla generosa, una figura curva e inconfundiblemente femenina. Cuando me cruzaba en la calle, los hombres me miraban como Mateo miraba aquel vídeo. Ese fue el punto sin retorno, y no me interesaba volver.
Llegaron entonces las cirugías. Las habíamos hablado durante meses: mi cuerpo sería el de una mujer voluptuosa, exagerada, hecha a la medida de su deseo, inspirada en aquellas modelos que él me mostraba. Era caro. Muy caro. Mateo lo pagó casi todo, y por eso, una noche, antes de la primera operación, me sujetó la cara con las dos manos y me dejó algo muy claro.
—Después de las cirugías serás del todo mía.
Lo dijo despacio, mirándome a los ojos, y yo asentí sin dudar. Porque ya lo era. Lo había sido desde la primera dosis retirada a escondidas, desde la primera noche en que me llamó Lía, desde el día en que decidí que mi vida tendría más sentido siendo suya que siendo mía. Las cirugías solo iban a poner en mi piel lo que ya estaba escrito en todo lo demás.
Me dormí esa noche con su brazo rodeándome, sintiendo cómo mi pecho subía y bajaba contra el suyo, pensando en la mujer que despertaría al otro lado del quirófano. La mujer que él había imaginado. La mujer en la que me había convertido, dosis a dosis, por amor y por deseo, hasta dejar de pertenecerme para pertenecerle a él.