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Relatos Ardientes

La mañana después de la noche que me cambió entera

Desperté pasada la una de la tarde en la cama de Daniela. El departamento estaba en un silencio raro, de esos que pesan, con la persiana medio bajada filtrando una luz amarilla que me molestaba en los ojos. Tardé unos segundos en entender dónde estaba. Después tardé otros en entender lo que había hecho.

Lo primero que sentí, antes que cualquier recuerdo, fue dolor.

Un dolor profundo, caliente, instalado en el centro del cuerpo. Me ardía por dentro de una manera que no había sentido nunca, como si todavía tuviera algo metido, como si la noche no se hubiera ido del todo. Apenas podía juntar las nalgas sin que se me escapara un quejido bajito. Cada vez que cambiaba de posición el ardor se reavivaba, vivo, recordándome cada cosa.

El resto del cuerpo no estaba mejor. Mis tetas —todavía me costaba llamarlas así, todavía me parecía mentira tenerlas— estaban rojas, marcadas con huellas de dedos y con la sombra de alguna mordida. Los pezones los tenía hinchados, tan sensibles que el roce de la sábana me hacía contener el aire. Me dolía la mandíbula. Me ardía la garganta. Sentía el cuerpo como un mapa de todo lo que había pasado, cada zona contando su parte.

Intenté incorporarme y solté un gemido sin querer.

—Ay… la puta madre… —murmuré para nadie.

Me arrastré hasta el baño agarrándome de la pared. Cuando me vi en el espejo me quedé quieta, sin reconocerme del todo. La chica que me devolvía la mirada tenía el rímel corrido formando dos líneas oscuras hasta los pómulos, restos secos en el cuello y en el vientre, manchas que sabía perfectamente de dónde venían. Tenía chupones morados en las tetas y uno enorme bajo la oreja. Me giré apenas para mirarme la espalda y vi que entre las piernas todavía me bajaba un hilo brillante de lubricante mezclado con lo que me habían dejado.

¿Esa soy yo?, pensé. ¿En serio esa de ahí soy yo?

No me lavé. No sé por qué. Volví a la cama, me acosté boca abajo con cuidado, y ahí, con la cara hundida en la almohada, me llegó todo junto.

***

Primero llegó el placer, increíblemente. No el recuerdo limpio de una buena noche: algo más físico, casi una sacudida. Me acordé de cómo me habían dado vuelta entre dos, de los dos al mismo tiempo, de los gemidos roncos de hombres que ni conocía, de cómo me había corrido sin que nadie me tocara ahí, solo de lo lleno y lo usado que me sentía. Me acordé de sentirme deseada por todos a la vez, de ser el centro de algo, de que ninguno me mirara como a un error.

Mi pija chiquita —mi clítoris, como había aprendido a decirle Daniela para que dejara de avergonzarme— se movió un poco sola, apenas, de solo pensarlo. Sentí un cosquilleo de excitación nuevo mezclándose con el ardor. Era un placer prohibido, sucio, vergonzoso y adictivo a la vez. Me asustó lo fácil que volvía.

Y entonces, encima de todo eso, llegó la culpa.

Fuerte. Pesada. Como una mano apretándome el pecho desde adentro.

¿Qué carajo hice anoche?, pensé. Ocho. Fueron ocho hombres. Me usaron como a una cualquiera, uno atrás del otro, y yo pedía más. Mamá recién me aceptó hace unos meses, recién me dejó volver a casa, y yo salgo a que un grupo de desconocidos me dé vuelta en una cama prestada. ¿En qué me convertí?

Empecé a llorar en silencio. Las lágrimas caían tibias sobre la funda y yo las dejaba caer, sin secármelas. Me sentía sucia en un sentido que no tenía que ver con el semen ni el sudor. Me acordaba de mi propia voz pidiendo cosas que jamás me habría imaginado diciendo, de las caras de ellos terminando sobre mi piel, de cómo me había gustado que les gustara. Y cuanto más me acordaba del placer, más me dolía la culpa, como si las dos cosas estuvieran atadas y no se pudieran separar nunca más.

No escuché la puerta. Daniela entró con dos tazas de café y me encontró así, hecha un ovillo, temblando. Dejó las tazas en la mesa de luz sin decir nada, se sacó las pantuflas y se metió en la cama detrás de mí. Pegó su cuerpo tibio contra mi espalda y me rodeó con un brazo.

—¿Qué pasa, mi amor? —preguntó suave, con la boca contra mi pelo.

—No sé… —solté entre hipos—. Me duele todo. El culo me arde, las tetas me arden, no me puedo ni sentar. —Tragué saliva—. Pero eso no es lo peor.

—¿Qué es lo peor?

—Que me gustó. —Cerré los ojos—. Me gustó muchísimo. Me corrí como no me corrí nunca y ahora me siento una porquería. ¿Qué pensaría mamá si supiera que anoche ocho tipos hicieron lo que quisieron conmigo y yo les pedía más?

Daniela no se rió ni me dijo que exageraba. Me besó despacio entre los omóplatos, una vez, dos, y habló con una voz calmada pero que no admitía discusión.

—Es normal sentir todo eso la primera vez, Mariana. Es la culpa que te metieron desde chica, ladrillo por ladrillo, hasta que la creíste tuya. —Me apretó un poco más fuerte—. Pero date vuelta. Mirame.

Me di vuelta con cuidado, conteniendo el aire por el ardor. Tenía la cara hinchada de llorar y a ella no pareció importarle. Me corrió un mechón pegado a la mejilla.

—Anoche fuiste hermosa —dijo, mirándome a los ojos—. Fuiste deseada por todos los que estaban ahí. Fuiste, de la cabeza a los pies, lo que siempre quisiste ser. Esas lágrimas que estás llorando no son tristeza. Es la Mariana de antes peleándose con la Mariana de ahora. La de antes quiere que todo esto no haya pasado. La de ahora ya no puede vivir sin que pase.

—No digas eso… —susurré.

—¿Por qué? ¿Porque es verdad?

No le contesté. Me llevó la mano al pecho, despacio, y me rozó con la palma uno de los pezones hinchados. A pesar del dolor, del cansancio, de la culpa que todavía me apretaba, se me escapó un gemido cortito.

—¿Ves? —Sonrió apenas, sin burla—. Tu cuerpo ya sabe lo que quiere aunque tu cabeza todavía discuta. El dolor de hoy es la prueba de que anoche te dieron exactamente lo que pediste. Y la culpa… la culpa se va a ir afinando con el tiempo. Cada noche pesa un poco menos. Te lo prometo.

Me quedé en silencio, mirándola, queriendo creerle y odiándome por querer creerle.

***

Daniela bajó la sábana con cuidado, descubriéndome entera. Me corrió una pierna con suavidad, sin apuro, y se quedó mirando un momento sin decir nada.

—Estás muy abierta todavía —dijo al fin, con la voz un poco más ronca—. Mirá cómo te dejaron, amor.

Me ardía la cara de vergüenza y sin embargo no le pedí que parara. Pasó dos dedos, apenas, por la zona hinchada, sin meterlos, solo rozando, y yo apreté la sábana con las dos manos y gemí, una mezcla rara de dolor con algo que no era dolor.

—Duele… —confesé con un hilo de voz—. Duele pero al mismo tiempo se siente… no sé. No tendría que gustarme que me toques ahí ahora.

—Hay un montón de cosas que crees que no tendrían que gustarte —dijo ella—. Y mirá dónde estás.

Se acomodó detrás mío con todo el cuidado del mundo, como si yo fuera algo que se pudiera romper, y empezó a pasarme la lengua, tibia y blanda, sobre la piel lastimada. No fue un acto urgente ni brusco. Fue lento, casi un cuidado, una cosa entre el sexo y la ternura que no supe cómo nombrar. Hundí la cara en la almohada y gemí bajito.

—Ahhh… Dani… duele… —jadeé—. Duele pero no pares, por favor no pares.

Mientras me lamía despacio, me hablaba contra la piel, en voz baja, y cada palabra se me metía más adentro que la lengua.

—Esta es tu vida ahora, Mariana —murmuró—. Días así, de cuerpo deshecho y culpa al despertar. Y noches en las que vas a ser la más deseada de todas, la que todos quieren tocar. Y la culpa, te juro, se va a ir gastando hasta que un día no la sientas más. —Se detuvo apenas—. ¿Querés seguir? ¿Querés que te siga convirtiendo en lo que sos?

Me quedé quieta. Por un segundo todo el peso de la culpa volvió de golpe: la cara de mi mamá, las cosas que me habían enseñado, la Mariana de antes tironeando con todas sus fuerzas para que dijera que no, que esto se terminaba acá, que volviera a casa y olvidara.

Me di vuelta despacio. La miré con los ojos todavía llorosos, hinchados, y desde algún lugar nuevo, uno que recién estaba aprendiendo a usar la voz, contesté temblando pero sin mentir.

—Sí —dije—. Quiero seguir. Quiero que me duela. Quiero que me guste aunque me dé culpa. Quiero ser tuya.

Daniela sonrió de verdad esta vez, una sonrisa entera, y me besó profundo, sin asco por el cansancio ni por nada de lo de anoche. Me abrazó fuerte contra su pecho y yo me dejé caer ahí, rendida.

—Entonces hoy descansás —dijo contra mi frente—. No hacemos nada más que dormir y tomar café frío. Mañana te cuido el cuerpo, te pongo hielo, te malcrío. —Me corrió otro mechón—. Y pasado mañana, cuando ya no te duela tanto, vas a ser vos la que me venga a buscar.

Me reí bajito, todavía con lágrimas, porque sabía que tenía razón.

Me quedé dormida en sus brazos con el cuerpo ardiendo, las tetas doloridas, el gusto de la noche anterior todavía instalado en algún lado, y una culpa que seguía ahí, presente, pero que por primera vez —apenas, casi nada— pesaba un poco menos que el deseo de volver a empezar.

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Comentarios (6)

SandraRioBA

Que relato tan bien narrado, me atrapo de principio a fin. Espero la continuacion!!!

lectora_silen

Pocas veces termino un relato y me quedo pensando. Este fue uno de esos. Muy bueno.

Vale_Quilmes

tremendo!!! quede con ganas de mas

LunaNocturna

El titulo solo ya me engancho. Despues no pude soltar el celular hasta el final jajaja

Curioso77

Me pregunto si habrá segunda parte, me quedé con ganas de saber que pasa despues. Muy buen relato.

SofiaM_22

La ultima linea me mato. Muy bien escrito, en serio.

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