Las travestis que me ataron en casa de Bárbara
Desperté pasadas las once con la boca seca y la cabeza pesada. Había sido una madrugada larga: bebimos, fumamos y follamos hasta que el cielo empezó a aclararse. Y aun así, en lugar de sentirme destruido, tenía energía de sobra y unas ganas enormes de aprovechar el último día en aquel apartamento prestado. Hasta me había despertado con la polla dura, como un crío.
De camino a la ducha pasé frente al cuarto de Bárbara. La puerta estaba entreabierta. Me asomé sin pensarlo demasiado y las vi a las dos durmiendo boca abajo, desnudas: mi novia Carla atravesada en la cama y Bárbara a su lado, las dos con el culo al aire. Me toqué un poco mirándolas. Se me puso dura del todo.
Seguí por el pasillo y otra puerta llamó mi atención, justo al lado de la de Bárbara. La empujé. No entendí del todo qué era aquello, pero el ambiente lo decía todo: una camilla articulada con correas y hebillas, cadenas colgando de un soporte, una fila de consoladores de distintos tamaños, frascos de lubricante. Salí algo desconcertado y me topé de frente con Bárbara, también desnuda, recién levantada. Tenía unas tetas preciosas y, al verme empalmado, ella misma empezó a ponerse dura.
—¿Curioseando? —dijo, divertida.
Me agarró de la mano y me hizo entrar otra vez en la habitación.
—Es de unas amigas mías —explicó—. Vienen aquí a hacer sus cosas y, a cambio, me limpian el piso. Hay tíos y tías que pagan por tumbarse en esa camilla, ¿sabes? Pagan por quedarse sin poder moverse.
Imaginé varias escenas y se me escapó un gesto. Ella se rió, llevándose la mano a la boca.
—¿Quieres probar? Seguro que te hacen el favor —insistía entre risas.
—Ni de coña —le dije yo—. Para ser primerizo ya tuve suficiente anoche.
***
Salimos de allí haciendo bromas y nos metimos juntos en la ducha. Bárbara no tardó ni un segundo en enjabonarme, lamerme los pezones y bajar a chupármela. Se había puesto cachondísima, tanto que terminó pidiéndome que me la follara. No hizo falta que lo repitiera.
Se agachó apoyando una mano en la jabonera mientras con la otra se acariciaba su propia polla, gruesa y morena. Su culo quedó a la altura justa. Me chupé un dedo y se lo metí hasta el fondo. La follé así, moviéndolo rápido, y noté cómo se tensaba, cómo gemía y arqueaba la espalda buscando más.
Le saqué el dedo entre quejidos y acerqué la polla. El roce de mi glande contra su entrada la hacía estremecerse, y no paraba de suplicar que la penetrara. Eso hice. Entré despacio. Estaba lubricada pero no muy abierta, y sentí cómo todo su culo me apretaba mientras empezaba a empujar. Ella gemía sin parar, cada embestida se deslizaba mejor que la anterior, hasta que empecé a darle duro, sacándola casi entera y volviéndola a hundir hasta el fondo. Cuando levantó la mano pidiéndome que parara, me excité todavía más.
Le sujeté el brazo contra la espalda y la follé más rápido, todo lo fuerte que pude, mientras ella intentaba gritar y apenas le salía el aire. Bajé el ritmo poco a poco hasta detenerme. Bárbara se masturbaba con las piernas temblando y terminó corriéndose con fuerza, cayendo de rodillas sobre el plato de la ducha. Le agarré la cabeza y se la metí en la boca. Solo quería acabar, y así fue: media docena de chorros que ella aguantó sin retirarse. Después se sentó, lo escupió y se rió mirándome.
***
Nos terminamos de lavar y preparamos algo de desayunar. Al rato apareció Carla, mi novia, restregándose los ojos. Le contamos lo de la habitación cerrada y lo que había pasado en la ducha. Le confesé que me había corrido a gusto y que Bárbara lo había disfrutado de lo lindo. A Carla se le encendió la mirada, aunque me pareció notar un punto de celos.
El teléfono de Bárbara sonó y se apartó a hablar con una tal Daniela. Carla aprovechó para llevarme de la mano a nuestro cuarto y entornar la puerta.
—Quiero comértela —me susurró—. Quítate el calzoncillo.
Obedecí sin rechistar. Se colocó entre mis piernas, me las levantó y empezó por los huevos, las ingles, el culo. Me lo comía entero y se me puso dura enseguida. Me masturbaba mientras me lamía la entrada, y yo me retorcía gimiendo. Subió lamiendo hasta el glande y se lo metió en la boca, hundiéndola del todo. Gemí de gusto, un gusto que se disparó cuando me penetró con el dedo hasta el fondo. Me la chupaba y me follaba el culo a la vez.
Quería aguantar, pero no pude. Cuando vi a Bárbara espiándonos desde la rendija de la puerta, me corrí gimiendo como un animal en la boca de Carla, sin apartar la vista de Bárbara. Mi novia, orgullosa, se fue a la ducha con la boca llena.
***
Después de aquella sesión mañanera, ellas decidieron bajar a darse un masaje y yo pasé. Estaba relajado, así que me quedé tomando el sol con una cerveza. A los cinco minutos me llamó Bárbara.
—Van a venir dos amigas a limpiar. Ábreles y déjalas a su aire, ¿vale? Son Noelia y Daniela.
No me sentí del todo cómodo, pero tampoco era mi casa. Justo cuando colgaba, sonó el timbre.
Abrí y me quedé sin palabras. Daniela era rubia, con minifalda y solo la parte de arriba de un bikini diminuto. Noelia, una morena espectacular de piel oscura, llevaba un pantaloncito corto y nada más. Nos presentamos, charlamos un rato y se pusieron con lo suyo mientras yo volvía a lo mío, un poco caliente.
Pensando en ello entendí mejor lo de la habitación cerrada: que alguien pagara por sentirse indefenso ante mujeres así. Se me empalmó de nuevo. Al poco rato se acercaron a hablar conmigo y me incorporé para disimular el bulto.
—Bárbara y tu novia querían darte una sorpresa —dijo Daniela con una sonrisa torcida—. Ya está pagada la sesión.
—No, no, esperad —contesté, confundido.
—Va a pasar —cortó Noelia, tranquila.
***
Forcejeé un poco mientras me quitaban el bañador, pero sin mucha convicción. Estaba nervioso, intimidado y, a la vez, durísimo. Me llevaron desnudo hasta la habitación, cada una agarrándome de un brazo. Yo seguía diciendo que no, intentando soltarme, y Daniela se reía repitiendo que en el fondo lo estaba deseando.
Me tumbaron boca abajo en la camilla y me ajustaron las correas en tobillos, muñecas y cintura. Comprobar que no podía moverme me puso muy nervioso. Crucificado boca abajo, con la cara pegada al cuero, las vi desnudarse a través de un hueco de la camilla. Se la chupaban entre ellas y se reían sin dejar de mirarme. Daniela tenía una buena polla; Noelia, un monstruo. Negué con la cabeza.
Daniela accionó algún mecanismo y mis piernas bajaron, abriéndome el culo como un libro. Inmovilizado en ángulo recto, sentí la lengua de Noelia recorriéndome la entrada. Empecé a gemir y a moverme como podía. Me masturbaba y me follaba con la lengua y con el dedo, hasta tenerme empapado y temblando. Mientras tanto, Daniela apoyó su rabo junto a mi cara, me apretó la mejilla y me ordenó sacar la lengua. Me la pasaba por el glande, estremeciéndose, y entre risas me anunció que aquel vibrador que sostenía sería lo primero que probaría. Con la lengua de Noelia dentro, yo apenas podía pensar.
Daniela, durísima, me la metió en la boca y empezó a follármela. Noelia cogió el vibrador y lo hundió en mi culo sin dejar de masturbarme. Yo balbuceaba de dolor con la polla de Daniela atravesada, mientras el aparato entraba y salía a un ritmo constante. Inmovilizado, follado y sometido por dos desconocidas, estaba al borde. Lo demostré cuando Noelia encendió la vibración con el consolador hasta el fondo: todo mi cuerpo vibró con él y me corrí como un aspersor, los gemidos ahogados por la polla de Daniela.
***
Seguía atrapado, recién corrido, la polla muerta y el culo abierto. Me excitó sentirme tan vulnerable sin poder remediarlo. Daniela se colocó detrás. La oía gemir cada vez que su glande rozaba mi entrada lubricada. Lo acomodó y empezó a penetrarme despacio, hundiéndose poco a poco. Solté un grito seco, los ojos cerrados y la boca abierta. Lo repitió un par de veces más, disfrutando de mis gritos, antes de empezar a empotrarme con ritmo. Yo jadeaba notando cómo su cadera rebotaba contra mis glúteos y la oía gozar.
Noelia me la metió en la boca. Era enorme, seguramente la más grande que había visto nunca. Con la boca abierta del todo apenas entraba algo más que el glande sin que me ahogara. Pasaron unos minutos eternos con las dos follándome a la vez, hasta que Daniela la sacó de golpe, arrancándome otro grito contra la polla de Noelia, y se corrió gimiendo. La sentí caliente escurriéndose por mi espalda.
***
Noelia salió de mi boca. Me quedé mirando lo dura que la tenía y agradecí, ingenuo, que aquello hubiera terminado. Soltaron las correas y me dieron la vuelta. A esas alturas ya no pensaba resistirme, pero volví a ponerme nervioso. Me amarraron de nuevo las muñecas y la cintura, y engancharon mis tobillos a unas cadenas que me alzaron las piernas hasta dejarme las rodillas a un palmo de la cara. En esa postura se me empalmó y sentí el culo latiéndome.
Al verme así, Daniela cogió otro juguete: un anillo con un apéndice de bolas cada vez más grandes. Lo lubricó, me ajustó el anillo en la polla y me metió dos bolas por el culo. Empecé a moverme y a gemir. Encendió el vibrador despacio. Me vibraba la polla, los huevos y el culo a la vez. Estaba en otro mundo. Metió dos bolas más y grité, pero poco después volví a gemir de puro placer.
Subió la potencia y mis músculos se movieron solos. La subió al máximo. Lo poco que podía mover se estremecía, no era capaz de articular palabra y notaba los ojos en blanco. Quería que parara y no podía decirlo. Solo cuando me vio correrme otra vez, sin aire, bajó la velocidad y lo dejó puesto un rato más antes de apagarlo y sacarlo despacio. Quedé agotado, con espasmos recorriéndome.
***
Abrí los ojos y vi a Noelia masturbándose frente a mi entrada.
—No, por favor, es demasiado grande —supliqué.
Ella se rió y me pidió que me relajara. Apoyó el glande y empezó a apretar con fuerza. Sentía mi culo abrirse, el dolor me hacía gritar. No me había metido ni medio glande y yo ya estaba destrozado, con alguna lágrima escapándoseme. Un empujón más y perdí el conocimiento. No sé cuánto tiempo pasó.
Cuando desperté, mi cuello colgaba por debajo de la camilla: otro mecanismo. Noelia seguía dentro de mí, reventándome, y mis gritos quedaban ahogados por las pollas de Daniela y de Bárbara, que se había unido en algún momento y ahora me follaba la boca. Con el cuello colgando me la metían a la vez, los huevos golpeándome la cara. Noelia empezó a embestir más fuerte, temblando, y supe que se corría. Entre dos pollas que me impedían cerrar la boca, alcancé a ver a Carla, mi novia, mirándolo todo desnuda y cachondísima mientras Noelia se vaciaba dentro de mí entre gemidos. Me excitó ver lo sucia que era y volví a empalmarme.
***
Daniela y Bárbara salieron de mi boca. Mi cuello, agotado, seguía colgando mientras ellas se masturbaban cerca, pidiéndome que sacara la lengua y les chupara el glande. Lo hice, y las oía gemir. Entonces Noelia decidió salir; di un respingo y grité, notando cómo mi entrada se cerraba y la humedad escapándose. Carla se arrodilló frente a mí y empezó a masturbarme y a lamerme el culo, que todavía me palpitaba. Gemí de placer mientras lamía las pollas de las otras.
No tardé en notar que llegaba. Un gemido intenso precedió a una corrida que me salpicó la cara. Daniela se corrió en mi pómulo y Bárbara me la metió en la boca, devolviéndome varios chorros entre gemidos, los mismos que yo le había dado en la ducha esa mañana. Cuando la sacó, lo escupí como pude.
Me soltaron las correas. Tenía la cara llena, el culo palpitando y la polla muerta. Me sentí como un trozo de carne que habían usado y tirado a un lado. Y aun así, mientras recuperaba el aliento, supe perfectamente que repetiría.