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Relatos Ardientes

La lencería que mi compañero escondía bajo el pantalón

Me llamo Iván y tenía diecinueve años cuando pasó lo que voy a contar. Empezó un martes cualquiera, en el tren de las seis, con los auriculares puestos y la cabeza en otra parte.

Lo vi subir en la estación Central. Lucas. Compartíamos la clase de Cálculo los martes y los jueves, pero en todo el cuatrimestre no habíamos cruzado más de cuatro frases seguidas. Un chico común, más bien flaco, con el pelo castaño siempre revuelto y unas gafas de pasta que le quedaban grandes para la cara que tenía.

Se sentó dos filas más adelante. Ni me miró.

El viaje fue tranquilo hasta que avisaron de una demora en la vía. Cuando por fin llegamos a la estación donde los dos teníamos que hacer la combinación, quedaba un minuto justo para el tren que nos llevaba a la facultad. Nos miramos, nos reconocimos y salimos corriendo por el andén como dos tontos.

Yo iba detrás de él. Lucas llevaba unos vaqueros claros, algo caídos de la cintura, y una sudadera gris que le bailaba por todos lados. Corría torpe, con la mochila rebotándole en la espalda.

Entonces tropezó con el borde de un banco metálico. Cayó de bruces, resbaló medio metro sobre las baldosas y la mochila se le subió hasta la nuca. La sudadera se le enrolló hacia arriba y el pantalón, que ya le quedaba bajo, se le deslizó lo suficiente.

Y ahí lo vi.

Una tanga. Roja. De mujer.

El encaje se ceñía a su piel, amoldado por el uso, tenso sobre la curva de las nalgas, dejando ver la piel rosada a través de la malla semitransparente. Duró dos segundos. Tal vez tres.

Lucas se levantó de un salto, se bajó la sudadera de un tirón y se subió el pantalón con un gesto nervioso. Se giró hacia mí con la cara roja, más roja todavía que esa tanga, y balbuceó algo sobre el suelo resbaladizo.

Perdimos la combinación.

***

Nos quedamos los dos en el andén, agitados, sin decir nada durante un buen rato. Lucas se apoyó contra la pared de azulejos y clavó la mirada en el móvil. Tenía los nudillos blancos de apretar las asas de la mochila.

—¿Por qué usas ropa de mujer? —le solté, intentando sonar tranquilo aunque me temblaba la voz.

Se le tensó la mandíbula. Tragó saliva. Vi cómo le subía el rubor del cuello a las orejas.

—No es lo que piensas —murmuró sin levantar la vista.

—Vi una tanga roja con encaje y un lacito, Lucas. Es exactamente lo que pienso.

Se pasó la mano por el pelo, revolviéndoselo todavía más. El panel marcaba doce minutos para el próximo tren. Estábamos solos en ese tramo del andén, bajo un fluorescente que parpadeaba con un zumbido enfermizo.

—Las uso siempre —dijo por fin, casi inaudible—. Debajo de la ropa. Todos los días. Nadie lo sabía. Nadie.

—¿En clase también?

Asintió despacio.

—Me gusta cómo se sienten. El encaje contra la piel, la presión del hilo… ya sabes. —Se le quebró la voz.

Tenía la boca seca y el corazón golpeándome en los oídos.

—¿Tienes más?

—Un cajón entero —susurró—. Tangas, braguitas, bodis, medias. Todo de mujer. Todo para mí.

Las palabras me salieron antes de pensarlas.

—Esta tarde vamos a tu casa a hacer el trabajo de Cálculo. Tú y yo. Y vas a enseñarme ese cajón.

—Iván, en serio, no creo que sea buena idea…

—No te estoy preguntando.

Le sostuve la mirada. La desvió primero, como hacía en clase cuando el profesor lo señalaba. Era un chico que agachaba la cabeza por instinto.

—Está bien —cedió en un hilo de voz—. Pero no se lo puedes contar a nadie. A nadie.

—A las cinco en tu casa.

***

A las cinco y cuatro estaba tocando su puerta. Un estudio pequeño en un cuarto piso sin ascensor, detrás de la facultad. Abrió descalzo, con un pantalón de chándal y una camiseta vieja. Olía a suavizante.

—Pasa —dijo sin mirarme.

Dejé la mochila en el suelo y fui directo al grano.

—¿Dónde está el cajón?

—¿No podemos hacer el trabajo y…?

—El cajón, Lucas.

Respiró hondo y echó a andar por el pasillo. Lo seguí. Su habitación era pequeña, la cama sin hacer, apuntes desperdigados sobre el escritorio. Se arrodilló junto a la cómoda, abrió el último cajón y se apartó con la cara girada hacia la pared.

Lo que había dentro me dejó sin aire. En la mitad izquierda, tangas y braguitas dobladas en rectángulos perfectos: encaje rojo, negro, estampados de leopardo. En la derecha, un bodi negro enrollado en espiral, dos ligueros con las pinzas alineadas y tres pares de medias todavía en su envoltorio. Todo simétrico, milimetrado, como si lo hubiera colocado con una regla.

Entonces me llegó el olor. Dulce, afrutado, con un fondo de melocotón y algo floral. No era perfume de hombre.

—¿También las perfumas? —pregunté, inclinándome sobre el cajón.

Sacó de debajo de la ropa un frasco alargado, rosa pálido, con letras doradas.

—Les doy un par de toques cada vez que las guardo limpias —murmuró, sin levantar los ojos del suelo—. Me gusta abrir el cajón y que huela así.

—¿Desde cuándo?

Se sentó en el borde de la cama, se tapó la cara con las manos un momento y después empezó a hablar mirando al suelo, con la voz monótona de quien confiesa algo por primera vez.

—Hace como seis meses. Mi hermana se fue de intercambio al extranjero y me quedé solo en el piso. Una mañana me desperté tarde, no tenía un solo calzoncillo limpio y me iba a perder el tren. Entré a su habitación a buscar cualquier cosa y abrí su cajón de ropa interior. Cogí la primera prenda que vi. Una tanga negra, de algodón con el borde de encaje.

Se pasó la lengua por los labios.

—Me la puse y fue… no sé cómo explicarlo. La tela era tan fina que apenas la notaba, pero a la vez la notaba en todas partes. Salí a la calle y con cada paso el hilo se me movía. Llegué a clase con una erección que no se me bajó en cuarenta minutos, rodeado de gente que no tenía ni idea. Y lo único que pensaba era que nunca me había sentido tan bien.

Se encogió de hombros.

—Esa tarde me compré la primera. Roja. Después vinieron todas las demás.

—Esto cuesta dinero, Lucas. Mucho. No te lo pagas con un trabajo de media jornada.

Dudó. Después se levantó, sacó de detrás de la ropa una caja con un móvil viejo, sin tarjeta, conectado al wifi.

—Empecé a hacerme fotos. De frente, de espaldas, de rodillas. Me depilé entero para que salieran mejor. Pero no podía tenerlas en mi teléfono, así que las subí a una página de contenido amateur, con un perfil anónimo. Pensé que entre millones de vídeos nadie iba a fijarse en un chaval en braguitas.

Se le escapó una risa nerviosa.

—Pero tuvieron éxito. En una semana, miles de visitas. Mensajes de hombres diciéndome que estaba buenísimo, que se corrían mirándome. Y eso… también me ponía. Uno me ofreció dinero por una sesión con una prenda que él eligiera. Después vinieron más. Hay tipos que me mandan ropa carísima a un punto de recogida, a nombre falso, solo para que me haga fotos con lo que me envían. —Señaló el armario—. La mitad de todo esto me lo han regalado. En cuatro meses he juntado más de dos mil. Solo haciéndome fotos en ropa interior.

***

—Quiero que te cambies. Ahora.

Lo dije sin pensarlo, pero cuando lo escuché en voz alta no me arrepentí.

—¿Qué?

—Que te pongas eso. Quiero verte.

—Iván, somos compañeros de clase. Te he contado todo esto porque… ni sé por qué te lo he contado.

—Tienes enfrente a uno de esos hombres que se corren mirándote, pero en carne y hueso. —Di un paso—. Tengo la verga a punto de reventar. Vas a elegir lo que yo te diga, te vas a cambiar y vas a salir para que te vea.

Le temblaba el labio. Sus ojos iban de los míos al bulto que deformaba mis vaqueros y volvían. Vi cómo su resistencia se resquebrajaba en tiempo real, como una grieta extendiéndose por un cristal.

Me giré hacia el armario y elegí. Una tanga roja de encaje, casi idéntica a la primera que me había descrito. Un sujetador a juego, con aros que no necesitaba pero que le marcarían el pecho. Un camisón translúcido negro que apenas le taparía medio muslo. Un liguero negro y un par de medias de rejilla. Lo extendí todo sobre la cama como si preparara un uniforme.

—Rojo debajo. Negro encima. Medias y liguero. Todo.

Sin decir una palabra, juntó las prendas contra el pecho y pasó a mi lado camino del baño. Al cruzar a mi altura lo olí: sudor fresco, el spray dulzón y algo más debajo, caliente, que me hizo apretar los dientes.

La puerta se cerró con un clic.

***

Cuando se abrió de nuevo, me quedé sin respiración.

De cuello para abajo era una mujer. Piernas interminables enfundadas en la rejilla negra, caderas redondas, cintura fina, el camisón translúcido dejando entrever el sujetador rojo cruzándole el pecho y la tanga ceñida más abajo. Una figura que, de espaldas en la calle, te haría girar la cabeza.

Pero la cara era Lucas. Su mandíbula con la sombra de una barba que no terminaba de salir, las cejas gruesas, el pelo corto y revuelto, los labios finos sin pintar. Y los ojos enormes, oscuros, mirándome con una mezcla de terror y deseo que le hacía temblar las pestañas.

Esa disonancia fue lo más perturbador y lo más excitante que había visto en mi vida.

—¿Y bien? —susurró, con la voz rota.

No le contesté. No podía. Tenía la boca seca. Lucas dio un paso, después otro, midiendo cada movimiento, sintiendo cómo la tela se ajustaba con cada gesto. Se detuvo en el centro de la habitación, bajo la luz de la lámpara.

—¿Me queda bien? —preguntó, y la voz le salió distinta. Más baja, más suave, casi coqueta. Como si la ropa hubiera encendido algo dentro de él.

Empezó a posar. Apoyó una mano en la cadera y echó las nalgas hacia atrás, arqueando la espalda; el hilo rojo se tensó entre ellas, visible a través del camisón como una línea de fuego.

—¿Así te gusta? —preguntó por encima del hombro.

Asentí. La verga me dolía dentro de los vaqueros.

—Me gusta cómo me siento —dijo, y el temblor de su voz ya no era de vergüenza—. Cuando me pongo esto y alguien me mira, me siento deseada. Me siento exactamente quien tengo que ser.

Caminó hacia mí con pasos cortos, las medias susurrando contra los muslos, y justo al llegar se dio la vuelta. Me dio la espalda y empezó a moverse. Sin música, no hacía falta: el ritmo lo llevaba en las caderas. Los tirantes del camisón se le deslizaban de los hombros, descubriendo el tirante rojo del sujetador. Y el culo, redondo, suave, depilado, oscilando a centímetros de mí.

—Me siento mujer —susurró, tan bajo que casi no lo oí. Se lo decía a sí mismo, no a mí—. Me siento mujer.

Le agarré la cintura con las dos manos. Se quedó rígido, cada músculo tenso bajo mis dedos. El camisón era tan fino que sentía el calor de su piel a través de la tela. Tiré de él. Sus nalgas chocaron contra mi entrepierna y el contacto fue eléctrico. Y siguió moviéndose, frotándose despacio contra el bulto, buscando, hasta que el movimiento dejó de tener gracia y se volvió puro instinto.

El baile se detuvo. Solo quedaron nuestras respiraciones, la suya rápida y temblorosa, la mía pesada contra su nuca.

—Fóllame —dijo entonces, en voz alta, clara, sin tartamudear. Como si llevara meses ensayando esa palabra delante del espejo—. Quiero probar mi primera verga.

La voz le temblaba, pero no de miedo. De necesidad.

—Fóllame como a una mujer —repitió.

***

Solté su cintura. Se quedó inclinado hacia delante, las nalgas levantadas, ofreciéndose. Me llevé dos dedos a la boca y los chupé despacio hasta empaparlos. Le separé las nalgas y apoyé la yema contra la entrada.

Empujé. El dedo se deslizó con una resistencia que cedió de golpe, como si su cuerpo hubiera estado esperando ese momento. El calor era brutal, apretado, sofocante. El esfínter se cerró alrededor como un puño.

—Sí —gimió, largo, arrastrado—. Por fin.

Lo moví despacio, buscando las paredes internas, y enseguida me pidió más. Sumé el segundo dedo. Se resistió un instante y después se abrió, y Lucas soltó un quejido que se transformó en placer. Lo preparé así un rato, abriéndolo, mientras él se agarraba al borde de la cómoda con los nudillos blancos.

Saqué los dedos. Me bajé los vaqueros y la ropa interior, y la verga saltó libre, dura, goteando líquido en la punta. Apoyé el glande contra su entrada. No empujé. Dejé que el calor de los dos se mezclara.

—Es mi primera vez —dijo despacio, separando las palabras—. Déjame acostumbrarme. Por favor.

Y mientras lo decía, sus caderas empezaron a moverse solas. En círculos diminutos al principio, adaptándose. Después hacia atrás, milímetro a milímetro. El glande empezó a separar los bordes del esfínter. La resistencia era enorme. Lucas soltó un quejido fino entre los dientes, pero no paró.

—Sí —jadeaba con cada empujón—. Sí, sí, sí.

Cada «sí» tragaba otro milímetro. Hasta que, de un empujón desesperado, sus nalgas chocaron contra mí y la mitad de la verga desapareció dentro de él. Era lo más apretado que había sentido en mi vida.

Bajé la mirada. La unión obscena de los dos cuerpos, el anillo estirado alrededor del tronco, las medias de rejilla enmarcando el culo, el hilo rojo retorcido sobre la cadera. Lucas empujó otra vez, tragándose otro centímetro, gimiendo.

—Espera —susurró—. Un momento.

Respiró hondo, volvió a hacer esos círculos lentos para acostumbrarse, y después empezó él mismo a mecerse adelante y atrás, apenas unos milímetros, marcando un ritmo suave. Gemía con cada movimiento, agudo, femenino, nada que ver con cómo hablaba una hora antes.

No aguanté más. Le agarré la cintura, clavé los dedos y empecé a embestir. Despacio al principio, después con golpes secos que le sacudían el cuerpo entero contra la cómoda. Cada embestida le arrancaba un gemido más alto que el anterior. El sonido de mi pelvis contra sus nalgas llenaba la habitación, carne contra carne, húmedo y brutal.

—Hazme una foto —jadeó entre embestidas, girando apenas la cabeza—. Quiero verme así.

Estiré la mano hasta el móvil de la mesilla y disparé sin dejar de moverme. Las primeras salieron movidas. Después bajé el teléfono hasta la unión de los cuerpos y capturé todo: el culo tragándose la verga, las medias de rejilla brillantes de sudor, el camisón arrugado en la cintura. Lucas miraba la pantalla de reojo y gemía más fuerte al verse.

El placer se acumuló en la base como lava. Cambié el ritmo, golpes cortos y rápidos, y los gemidos de Lucas subieron como una escalera, cada peldaño más agudo, hasta que la voz se le quebró en un alarido.

—Dentro —se corrigió a sí mismo, arqueando la espalda—. Córrete dentro.

Embestí con todo lo que tenía, hasta el fondo, y me corrí. El primer tiro lo descargué dentro de él, caliente, y Lucas lo sintió: su culo se contrajo alrededor de la verga en un espasmo que me exprimió, y soltó un gemido largo, casi un llanto. Saqué la verga y los últimos tiros cayeron sobre el ojal dilatado, sobre las nalgas, un reguero blanco resbalando entre los rombos de la rejilla negra.

***

Lucas se dejó caer. Las rodillas le cedieron y se deslizó por el frente de la cómoda hasta el suelo. Se quedó ahí, de rodillas, la cabeza gacha, el camisón colgando de un solo tirante, el sujetador torcido, las medias enganchadas en la moqueta. Respiraba con todo el cuerpo.

Después levantó la cabeza. Me miró a los ojos un segundo, las pupilas dilatadas, los ojos húmedos. No de llanto: de ese estado en que cada nervio queda expuesto y cualquier roce es demasiado. Después bajó la mirada hasta mi verga, todavía semierecta, brillante.

Levantó una mano temblorosa, la rodeó con los dedos sin apretar, como si sopesara lo que había tenido dentro. Inclinó la cabeza y apoyó los labios contra el tronco. Un beso suave. Otro, más arriba.

—Ha sido lo mejor que he sentido en mi vida —murmuró contra mi piel—. No sabía que mi cuerpo podía sentir algo así.

Y empezó a limpiarme con la boca, despacio, con un cuidado que no debería existir después de algo tan brutal. Cuando terminó, levantó la vista. Tenía los labios brillantes, los ojos encendidos, y en su cara ya no quedaba nada del chico que se moría de vergüenza en el andén.

—La próxima clase de Cálculo —dijo, con media sonrisa—, ¿estudiamos otra vez en mi casa?

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Comentarios (5)

pedro_BA

el arranque te engancha de inmediato, muy bien narrado

FlorA_22

Uff que comienzo!! me dejo con ganas de saber como sigue, por favor una segunda parte

LectorNocturno_22

jaja esa imagen en el anden es demasiado, esas cosas se te quedan grabadas todo el dia

KarenMDP

muy bien escrito, el detalle de los dos segundos y ya no poder pensar en otra cosa lo hace muy creible

GabrielNochero

genial!!!

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