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Relatos Ardientes

La agente trans y el compañero que la deseaba

Nadia Beltrán caminaba por las calles empedradas de Belmar con una seguridad que obligaba a la gente a girar la cabeza. Tenía veintiséis años y un cuerpo que parecía dibujado a propósito: alta, de cintura estrecha, con el pelo cobrizo cayendo en ondas sobre los hombros y unos ojos verdes que mezclaban determinación y una sombra de cansancio. Años atrás había sido coronada en el certamen Diva Internacional de Manila, pero eso ya no significaba nada para ella.

Ahora era agente de la Policía Metropolitana, y lo único que quería era que la miraran por su trabajo y no por su cara. En la comisaría, algunos colegas le sostenían la vista un segundo de más, susurraban a su espalda sobre su pasado, sobre su cuerpo. Ella lo dejaba pasar. Soy una mujer, y soy buena en esto. Punto. Se lo repetía mientras se ajustaba la placa bajo la chaqueta.

El barrio del Arcoíris, el corazón de la comunidad del puerto, llevaba un mes envuelto en miedo. Tres hombres jóvenes asesinados, todos habituales de la escena local, encontrados en callejones cercanos a los bares de siempre: El Faro, el Náutico, la terraza del Tablón. En cada pared, un mensaje pintado con marcador rojo: «La luz se apaga». La prensa había bautizado al culpable como el Cazador de Luces, y la jefatura temía que fueran crímenes de odio.

—Esto va a escalar si no lo paramos —dijo el comisario en la reunión.

Nadia, sentada al fondo, sintió un escalofrío. Conocía cada esquina de aquel barrio. Había crecido entre sus luces de neón y sus noches sin reglas.

—Beltrán, este caso es tuyo —anunció el comisario señalándola—. Conoces la zona, puedes moverte ahí sin levantar sospechas.

Ella asintió, aunque el estómago se le revolvió. ¿La elegía por su experiencia o por su perfil? Después miró a su nuevo compañero. Marco Ferreira, treinta y cuatro años, ancho de hombros, con una mirada que parecía capaz de congelar el aire. Tenía fama de difícil, y a su alrededor flotaban rumores feos. Él la observó de reojo y cruzó los brazos.

—Genial —murmuró—. Acabemos rápido con esto.

***

El plan era simple sobre el papel: para infiltrarse en los locales donde habían visto por última vez a las víctimas, fingirían ser pareja. Nadia se puso un vestido negro ceñido que marcaba cada curva; Marco, un vaquero y una camisa abierta en el cuello. Entraron en El Faro tomados de la mano, y la tensión entre ellos era tan espesa que casi se podía masticar.

—Relájate, cariño —le susurró ella con una sonrisa de plástico—. Pareces a punto de morder a alguien.

Marco apretó la mandíbula.

—No es por… esto. Es que no se me da fingir.

Pero Nadia notó cómo se le iban los ojos hacia su escote, y una chispa se encendió entre los dos sin que ninguno la pidiera. Chocaban en todo: ella, disciplinada y fría; él, impulsivo y callado. Mientras bailaban para disimular, Marco le pisó un pie.

—¡Ay! —rió ella—. ¿Eres agente o solo torpe?

—Calla, que arruinas la coartada —gruñó él, pero una sonrisa breve se le escapó.

Bailaban demasiado cerca. Él la tenía agarrada por la cintura, los dedos clavándose un poco más de lo necesario. Nadia rozó la cadera contra la suya, despacio, midiendo el efecto.

—Estás muy tieso, Ferreira —le dijo al oído—. Van a pensar que te tengo secuestrado.

Él tragó saliva. La erección ya se le notaba contra el vientre de ella.

—No es eso… es que no sé tocarte sin querer hacer otra cosa aquí mismo —murmuró con la voz ronca.

Nadia deslizó una mano entre los dos cuerpos y le apretó por encima del pantalón.

—Entonces espera a que salgamos. Yo también estoy lista desde que entramos.

Salieron quince minutos después, caminando rápido hacia el piso franco. Apenas cerraron la puerta, Marco la empujó contra la pared del recibidor.

—Quítate el vestido —ordenó, ya soltándose el cinturón.

Ella obedeció despacio, dejando caer la tela al suelo. Se quedó en ropa interior negra, los pezones marcándose duros bajo el encaje. Marco se arrodilló frente a ella, le bajó la prenda de un tirón y hundió la cara entre sus piernas. La lengua le encontró el punto justo y lo trabajó con fuerza.

—Ahí… no pares —jadeó Nadia, agarrándolo del pelo—. Más adentro… sí, así.

Él metió dos dedos mientras la lamía, el sonido húmedo llenando el silencio del piso. Ella tembló, apretándole la cabeza con los muslos.

—Me corro… ya, ya —gimió, y él no se apartó.

Cuando dejó de temblar, Marco se levantó, la giró de cara a la pared y la penetró de un solo empujón desde atrás.

—Joder, qué apretada estás —gruñó, embistiendo. Sus caderas chocaban contra ella con un golpe seco y rítmico.

—Más fuerte —pedía ella, arañando la pared—. Sí, justo ahí.

Le mordió el hombro y aceleró hasta que los dos se vinieron casi a la vez, él vaciándose dentro, ella apretándolo con espasmos mientras gemía su nombre.

***

Recorrieron el barrio durante días, del Náutico a los cafés comunitarios. Nadia se reencontró con viejos conocidos.

—¡Nadia! ¿Sigues siendo la reina del puerto? —le dijo un amigo drag, abrazándola fuerte.

Marco lo observaba todo, y poco a poco sus prejuicios se iban derritiendo. Una noche, sentados en un banco bajo las banderas de colores, lo admitió:

—No sabía que la gente de aquí fuera… así. Normal.

Las pistas aparecían a cuentagotas. Un testigo habló de un «hombre misterioso» que rondaba una app de citas; otro mencionó un local donde «todos sabían algo» y nadie decía nada. Las contradicciones los agotaban.

—Esto es un laberinto —se quejó Nadia, frotándose las sienes.

La convivencia los fue acercando más de lo previsto. Compartían el piso franco, y las noches se volvían largas. Marco empezó a abrirse: no odiaba a nadie, temía la vulnerabilidad. Su hermano menor, gay, había sido echado de casa por su padre, y desde entonces él había aprendido a tragarse todo lo que sentía.

—Eres más fuerte de lo que crees —le dijo ella, tocándole la mano.

***

Una tarde, después de una jornada entera siguiendo pistas falsas, volvieron al piso empapados por la lluvia de Belmar.

—Necesito una ducha —dijo Nadia, quitándose la chaqueta mojada.

Marco la miró fijo mientras ella se desnudaba.

—Voy contigo.

Entraron juntos bajo el agua caliente. El vapor llenaba el baño en segundos. Nadia se enjabonó los pechos despacio, sin dejar de mirarlo. Él se acercó, el sexo ya duro rozándole el vientre.

—Tócame —susurró ella.

Marco cogió el jabón y empezó por los hombros, luego los pechos, pellizcándole los pezones hasta arrancarle un jadeo. Las manos bajaron, resbalando entre sus piernas. Ella se apoyó contra los azulejos y abrió las piernas.

—Primero con los dedos… quiero sentirte dentro.

Él obedeció: dos dedos, después tres, moviéndolos rápido mientras el pulgar trazaba círculos. El agua caía sobre los dos cuerpos.

—Dios, sí… no pares —gemía ella.

Cuando estuvo al borde, Nadia se giró, apoyó las manos en la pared y le ofreció el trasero.

—Ahora métemela. Despacio al principio.

Marco se ayudó con el jabón y fue entrando centímetro a centímetro. Ella soltó un gemido largo, grave.

—Así… me estás abriendo entera.

Él empezó a moverse, primero lento, después más rápido. El golpe del agua contra la piel se mezclaba con los gemidos.

—Te gusta, ¿verdad? —gruñó, sujetándola de las caderas.

—Me encanta cómo me llenas —jadeó ella—. Más adentro.

Marco pasó una mano por delante y la acarició al mismo ritmo que la penetraba.

—Me corro… otra vez dentro de ti —anunció.

—Hazlo. Lléname —pidió ella.

Reventaron casi a la vez, ella temblando contra la mano de él, él vaciándose hondo mientras gemía su nombre. Se quedaron abrazados bajo el chorro varios minutos, sin hablar.

***

Días más tarde, siguieron a un sospechoso que resultó ser un señuelo. Frustrados, subieron al coche sin decir palabra. Nadia conducía. A mitad de camino, Marco le pasó la mano por el muslo.

—No puedo esperar a llegar —dijo con voz grave.

Ella miró alrededor: calle oscura, casi sin tránsito. Apagó el motor en un callejón lateral.

—Entonces hazlo rápido —susurró, bajándose los vaqueros hasta los tobillos.

Marco se abrió la bragueta y la subió a horcajadas en el asiento del conductor. Ella se sentó sobre él de inmediato, ahogando un gemido.

—Así… justo así.

Subía y bajaba deprisa, el coche meciéndose, los cristales empañándose en segundos.

—Estás mojadísima —gruñó él, mordiéndole el cuello.

—Shhh, que nos van a oír —susurró ella, aunque no pudo evitar gemir más alto cuando él empujó hacia arriba con fuerza. El choque de los cuerpos era imposible de disimular.

—Me corro… dentro —avisó Marco.

—Dámelo todo —pidió ella, apretándolo mientras llegaba a su propio final.

Terminaron jadeando, ella aún sentada sobre él.

—Esto se está volviendo adictivo —murmuró Nadia, besándolo despacio.

***

Entonces el caso giró. El asesino no era ningún forastero: era un hombre del propio barrio, resentido, rechazado por las víctimas en aquella app. Y el peligro se volvió personal cuando empezó a seguir a Nadia. Una mañana encontraron un papel clavado en la puerta del piso franco: «Tú no eres como ellos. Eres mi última pieza».

Nadia sintió el miedo treparle por la espalda, pero Marco la sujetó por los hombros.

—No te va a tocar —juró—. Te lo prometo.

El asesino secuestró a un testigo clave. Sin tiempo para esperar refuerzos, Nadia y Marco irrumpieron en un club cerrado por reformas. Lo que siguió fue un caos de disparos y golpes en la penumbra. Nadia derribó al hombre con una patada precisa.

—¡Se acabó! —gritó.

Marco, herido en el hombro, intentó cubrirla.

—¡Nadia, atrás!

Pero fue ella quien lo salvó, disparando al asesino en la pierna y reduciéndolo contra el suelo.

—Se terminó —dijo, esposándolo.

***

El caso se cerró esa misma semana. Nadia recibió un reconocimiento oficial en la comisaría, y por primera vez sintió que la miraban por lo que había hecho.

—Eres una heroína —le dijo el comisario.

Marco, con el brazo en cabestrillo, la observaba con orgullo.

—Trabajar contigo me cambió. Ya no soy el mismo de antes.

Volvieron al piso pasadas las tres de la madrugada, con la adrenalina todavía corriéndoles por las venas. Apenas cerraron la puerta, Nadia lo empujó contra el sofá.

—Te necesito ahora —dijo, quitándose la camisa de un tirón.

Marco la levantó en brazos y la llevó a la cama sin dejar de besarla. Le arrancó la ropa interior con urgencia y se colocó encima, penetrándola de un solo movimiento hondo.

—¡Ah! —gritó ella, clavándole las uñas en la espalda.

Él embestía con una fuerza que parecía rabia contenida.

—Eres mía —repetía entre dientes.

Ella le enroscó las piernas en la cintura.

—Tuya. Fóllame como si fuera la última vez.

Marco cambió de postura: la puso a cuatro patas y la sujetó del pelo mientras la penetraba desde atrás con golpes secos.

—Más fuerte —pedía ella—. Quiero sentirte hasta el fondo.

Él le dio una palmada en el trasero, dejándole la marca roja.

—¿Te gusta así?

—Me encanta —gemía Nadia, empujando hacia atrás para encontrarse con cada embestida.

Cuando lo notó cerca, se giró, se arrodilló frente a él y lo tomó en la boca.

—Quiero tragármelo todo —dijo antes de chuparlo con avidez.

Marco gruñó, sujetándole la cabeza.

—Nadia… me corro.

Se vació en su boca y ella tragó cada gota, mirándolo a los ojos. Después se dejaron caer en la cama, exhaustos y sudados.

—No sé qué va a pasar mañana —susurró él.

Nadia le acarició el pecho.

—Que pase lo que tenga que pasar. Pero esto no termina aquí.

***

Meses después, Nadia volvió al barrio del Arcoíris, ya no como infiltrada, sino como una más. Caminaba por sus calles sintiéndose en casa, y Marco la acompañaba, tomándola de la mano sin importarle quién mirara.

—¿Listo para el próximo caso? —preguntó ella.

—Contigo, siempre —respondió él.

Las sombras del barrio se habían disipado. Lo que ardía entre ellos, en cambio, no daba señales de apagarse.

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Comentarios (6)

GerardoValero

Excelente!! Uno de los mejores de la categoria, muy bien logrado.

PabloFernz

Por favor seguí escribiendo, quedé con ganas de saber como termina todo entre ellos

LectorBA_99

Me encantó como construiste la tension entre los dos personajes. Se siente creíble y natural, no forzado para nada. Muy buen trabajo!

Violeta_noc

Este tipo de relatos son los que mas me gustan. No todo es ir directo al grano, hay algo detras que lo hace mucho mejor.

NarradorSur

jaja la situacion de tener que disimular y que igual se te note me mato, muy bueno

TeresaB_

Buenisimo! La tension esta muy bien escrita, te engancha desde el principio y no soltás hasta el final. Ojalá publiques mas seguido

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