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Relatos Ardientes

Me vestí de nena y salí a la calle a las cinco de la mañana

Me dicen Dani, tengo veintitrés años y, aunque por fuera soy un chico, hay una parte de mí que solo respira cuando estoy sola y vestida de nena. Soy delgada pero con curvas donde importan: las nalgas redondas y carnosas, los muslos llenos, la piel suave y trigueña que me depilo entera porque me encanta sentirla así. Tengo un cajón escondido lleno de tangas de hilo, medias de red, ligueros y faldas que me compré de a poco, mintiendo en las tallas, muriéndome de vergüenza en cada caja. Cuando me los pongo, la chica del espejo me gusta más que el chico de todos los días.

Esto que les voy a contar pasó hace un par de meses, acá en la ciudad donde vivo, en México. Mis padres se habían ido de viaje y me dejaron la casa sola durante tres días enteros. Tres días para mí, para ser quien quiero ser sin que nadie tocara la puerta ni hiciera preguntas. La primera noche apenas dormí. La segunda tampoco. Para la tercera ya era otra persona.

Esa madrugada había llegado del trabajo cerca de las once. Me bañé, me acosté y abrí la laptop en la oscuridad del cuarto, solo con la luz de la pantalla en la cara. Empecé a perderme en internet, en cuentas de chicas trans, de femboys, de sissies, todo eso que me prende como nada en el mundo. Los minutos se volvieron horas y la calentura me fue subiendo por dentro, lenta y espesa, hasta que ya no me dejaba pensar.

No aguanto más así, vestido de chico.

Me levanté y abrí el cajón. Saqué lo más provocador que tenía: una tanga roja de hilo, medias de red rojas y, encima, unas medias de liguero blancas. Me puse una falda corta con vuelo, de esas que con que me agache un poco ya se ve todo. Me miré en el espejo del armario y me toqué despacio por encima de la tela. La chica que me devolvía la mirada estaba lista para cualquier cosa.

Volví a la cama con la laptop y seguí buscando, ahora videos, chicas como yo gimiendo, dejándose hacer. Cada minuto que pasaba me ponía peor. A las cuatro de la madrugada ya no me reconocía: tenía un dedo metido en el culo, bien mojado, y no podía parar de moverme contra mi propia mano.

Fue ahí cuando escuché el ruido.

Venía de la calle, justo debajo de mi ventana. Algo que se movía entre los botes de basura, latas que rodaban, plástico que crujía. Me asusté en el momento y me quedé quieta, conteniendo la respiración. Me asomé apenas por la cortina. Era un hombre de esos que recogen cosas en la madrugada, cartón, latas, lo que sirva. Mayor, de espaldas anchas, con una bolsa enorme al hombro. Al principio no le presté atención y volví a lo mío, otra vez el dedo, otra vez la respiración entrecortada.

Pero algo se me había metido en la cabeza.

Me acordé de una chica que conocí hace tiempo en un grupo, de otra ciudad del país. Ella me había contado que le gustaba salir de madrugada vestida de mujer, sin avisarle a nadie, solo a ver qué pasaba, a quién se encontraba. Una vez terminó acostada con un repartidor que pasaba por su cuadra. Cuando me lo contó pensé que estaba loca. Esa madrugada, con la calentura a mil, esa locura me pareció la mejor idea del mundo.

¿Y si bajo? ¿Y si lo provoco?

Lo pensé un montón, dándole vueltas, con el corazón golpeándome el pecho. Cuando por fin me decidí y me asomé de nuevo, el hombre ya no estaba. Se había ido calle abajo con su bolsa.

***

No me quería quedar con las ganas. Se me ocurrió ponerme un pantalón y una sudadera grande encima de toda la lencería, calzarme los tenis y salir a buscarlo. Total, no podía estar lejos. Cerré la puerta con la mano temblando y bajé a la calle.

El aire de la madrugada estaba fresco y todo en silencio. A dos cuadras de mi casa hay un parquecito chico, con un par de juegos para niños, que siempre está oscuro porque las luces nunca sirven. Caminé hacia allá pegada a las paredes, mirando para todos lados, cuidando que ningún vecino me viera. El miedo y la excitación se me mezclaban en el estómago y me costaba distinguir uno de la otra.

De repente, entre las sombras de los juegos oxidados, lo vi. Estaba ahí, sentado, revisando algo en el suelo. Se me cortó la respiración y corrí a esconderme detrás de una caseta pequeña, una construcción vieja que alguna vez fue una caseta de vigilancia. Me apoyé contra el muro frío, con el pecho subiendo y bajando.

Espié las calles. Vacías. La colonia entera dormía. No había un alma despierta más que él y yo.

Es ahora o nunca.

Me bajé el pantalón ahí mismo, con los dedos torpes por los nervios, y lo dejé hecho un bollo junto a la caseta. Quedé en la falda corta, con las figuritas estampadas, las medias de red rojas y las medias de liguero blancas. Prácticamente se me veía todo. Me dejé puesta la sudadera, no sé por qué, supongo que para sentirme un poco más inocente. Como si algo de lo que iba a hacer pudiera serlo.

Salí de mi escondite y caminé hacia él con las piernas temblando. Pasé por su lado, despacio, observando cada movimiento que hacía. Cuando lo tuve casi enfrente, no dijo nada. Ni me miró, o eso creí. Seguí de largo unos pasos, confundida.

¿No le gusto? ¿Hice el ridículo?

Pero no me iba a rendir tan fácil. Me di la vuelta y volví a pasar, esta vez más cerca. El hombre ya se había sentado en uno de los columpios del parque, con las manos sobre las rodillas. Esta vez no caminé de largo. Con toda la calentura encendida, me planté delante de él y di una vuelta lenta, mostrándome entera. Él no decía una palabra, pero ya no apartaba los ojos.

Me di vuelta de espaldas, separé un poco las piernas y empecé a mover el culo despacio, en círculos. La faldita se me metía entre las nalgas y, sinceramente, se veía enorme enfundado en la tanga de hilo y las medias. Sentía su mirada clavada en mí como un peso tibio.

Ya en mi éxtasis, sin medir nada, me levanté la falda con las dos manos y le mostré todo. Vi cómo abría los ojos como si hubiera visto un fantasma, y no pude evitar reírme bajito de los nervios. Sin ninguna pena, dejándome llevar, le puse las manos en los hombros y me acerqué más. Podía sentir cómo respiraba, su nerviosismo, el calor que salía de su cuerpo.

—Tócame —le dije, en voz tan baja que casi no me salió.

Empecé a mover las nalgas contra él, cada vez más, hasta que me le fui encima. Le tomé las manos y me las llevé yo misma al culo. Al principio las dejó ahí, quietas, sin atreverse, como si no creyera lo que estaba pasando. Yo seguí moviéndome, frotándome contra sus palmas, gimiendo bajito para él.

Y entonces algo se le soltó por dentro.

De un momento a otro tenía al hombre dándome tremenda manoseada. Perdí la noción del tiempo. Me las apretaba, me las abría, me daba palmadas suaves pero firmes que me hacían arquear la espalda. Estaba enloquecido, y se puso peor cuando empezó a meterme el dedo por encima del hilo, presionando contra mi entrada vestida apenas con esa tira de tela. Gemí como una verdadera nena, sin importarme que estuviéramos en plena calle.

***

En cuestión de segundos ya estaba en cuatro patas sobre el piso frío del parque, con el culo bien empinado y parado para él. Sentí cómo se agachaba detrás de mí. Lo primero fue su cara hundiéndose entre mis nalgas gordas y suaves. Las olía, las lamía por encima de la tela, las besaba con una hambre que no me esperaba de un hombre tan callado.

Después corrió el hilo hacia un lado y sentí su lengua áspera directo en mi entrada, que latía de tan caliente que estaba. Tuve que morderme el brazo para no gritar. La pasaba en círculos, la apretaba contra mí, la metía apenas y la sacaba, jugando, mientras yo temblaba entera apoyada en las manos.

—Así, no pares, por favor —le supliqué contra el suelo.

Lo hacía como todo un experto. Cómo succionaba, cómo me chupaba, cómo me abría con los pulgares para llegar más adentro. Era demasiado para mí. La excitación me había borrado el mundo entero: el frío, el miedo, la calle, todo. Solo existía esa lengua y mi cuerpo respondiendo a cada movimiento.

No lo pude controlar. Sin que nadie me tocara por delante, solo con su boca trabajándome por detrás, empecé a venirme. Fue la mejor sensación que había tenido en la vida, una ola que me subió desde las piernas y me sacudió hasta dejarme floja. No podía parar de gemir, con la cara casi pegada al piso y las nalgas todavía temblando contra su boca.

Poco a poco volví en mí. Abrí los ojos y miré alrededor, las calles vacías, el cielo que empezaba a aclararse apenas. Una parte de mí, la cuerda, supo que era mejor parar antes de que amaneciera del todo y alguien nos viera.

Como pude me lo quité de encima. Él me miraba todavía con la boca húmeda y los ojos brillantes, esperando más.

—Otro día te veo por acá —le dije, mientras me subía la tanga y me sacudía las rodillas.

Corrí a buscar mi pantalón a la caseta, me lo puse a las apuradas y volví a casa sin mirar atrás ni una vez. El corazón me retumbaba, pero por dentro estaba flotando.

***

Llegué, cerré con doble vuelta y me tiré en la cama. Dormí poquísimo, apenas un par de horas. Cuando desperté todavía sentía el fantasma de su lengua en mi piel, el frío del piso en las rodillas, su respiración contra mis nalgas. Y en ese mismo momento supe que esto no iba a quedar en una sola vez.

Así nació mi gusto por los hombres maduros y por estas aventuras de madrugada, vestida de nena, buscando en la oscuridad lo que de día jamás me animaría a pedir. Espero que les haya gustado mi relato. Fue algo real, tal cual pasó.

Besos, Dani.

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Comentarios (6)

curioza85

que valentía!! me quede pegada leyendo desde el principio

NocheLibre92

la segunda parte por favor!!! me quede con muchísimas ganas de saber como terminó todo

Romi_Bsas

que atrevida salir a esa hora así... me encantó como lo narraste, se siente muy vivido

PatriciaQ_Cor

y no te cruzaste con nadie en la calle? me imagino la adrenalina de ese momento jaja

DiegoNB

jajaja lo de las cinco de la mañana me mató, esa hora tiene algo especial, como que la ciudad es toda tuya

SubterViajero

me recordó a una noche rara que yo tuve hace años. esas situaciones que nadie te cree pero vos sabés que fueron reales. muy buen relato

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