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Relatos Ardientes

Mi compañero de piso se transformaba cada noche

Llegué al departamento un sábado por la mañana con apenas una mochila al hombro. El resto de mis cosas había viajado el día anterior: unos pocos muebles, la computadora de escritorio, la vajilla y los cubiertos que había logrado juntar. No era mucho, pero alcanzaba.

Con Damián no éramos amigos. Apenas conocidos de un curso de la facultad. Lo que nos unía era un problema común: ninguno de los dos tenía dónde vivir. Por separado, lo máximo a lo que podíamos aspirar era a un monoambiente diminuto. Juntos, en cambio, alcanzábamos para un departamento de tres ambientes cerca de la universidad, con piezas amplias y los gastos divididos a la mitad. La cuenta cerraba sola.

Esa primera tarde establecimos lo que llamamos, con cierta solemnidad, las reglas de convivencia. La sala y la cocina eran espacios comunes. Cocinaríamos un día cada uno. Había que mantener todo limpio. Y, sobre todo, las habitaciones eran territorio inviolable: nadie entraba en el cuarto del otro sin permiso.

Acomodamos el sofá frente al televisor y una mesa bajo el ventanal. En mi pieza puse una cama de una plaza y un escritorio para la laptop. El placard era enorme para la poca ropa que tenía.

—Mucho mejor que un monoambiente —murmuré, satisfecho.

Se armó una rutina sin esfuerzo. Yo desayunaba temprano y salía al trabajo; Damián, en cambio, rara vez se levantaba antes del mediodía. Nunca supe bien de qué vivía. Por la tarde íbamos a clase y por la noche uno de los dos cocinaba. Lo extraño era que, apenas terminábamos de cenar, él se despedía con un seco «buenas noches» y se encerraba en su cuarto hasta el otro día. Supuse que estudiaba.

Todo funcionó perfecto durante casi seis meses. Hasta que en el trabajo me anunciaron una «reestructuración de personal». Siempre usan ese eufemismo para decirte, con buenos modales, que ya no servís. Cobré la indemnización pensando que me daría para dos o tres meses, hasta encontrar otra cosa.

Damián se portó como un verdadero amigo cuando se lo conté. Me soltó toda la retahíla de frases hechas: que eran unos hijos de puta, que con mi experiencia iba a conseguir trabajo enseguida, que no me preocupara.

Pero pasaron casi tres meses de currículums, entrevistas y promesas vagas, y nada. Mis ahorros llegaron a cero. Una noche, durante la cena, se lo dije sin rodeos.

—Vas a tener que buscar otro compañero. Ya no me queda plata para el alquiler. Me vuelvo con mis viejos.

—Ni lo sueñes —contestó—. Nos llevamos bien, tenemos una rutina que funciona. No me voy a arriesgar con un desconocido.

—¿Me escuchaste? No tengo un peso.

—Te escuché. Tengo algunos ahorros. Yo cubro tu parte hasta que consigas algo. Y cuando consigas, me lo devolvés de a poco. Prefiero eso antes que vivir con alguien que deje todo hecho un desastre. O que no sepa cocinar.

En eso tenía razón. Damián en la cocina era un peligro. Si dependiera de él, ya nos habríamos intoxicado.

—Está decidido —cerró—. Yo pago, y vos te ocupás de la casa y de cocinar hasta que aparezca trabajo.

Me oí aceptar, tan seguro de que sería algo temporal. No tenía idea de lo equivocado que estaba.

***

Pasaron tres meses más. Yo seguía buscando cualquier cosa, ya sin orgullo. Los ahorros de Damián se agotaban y yo cargaba con una mezcla de culpa, bronca y desesperanza. Sabía cómo terminaba todo: yo de vuelta en lo de mis padres, él buscando con quién compartir gastos.

Una noche, sin embargo, las cosas cambiaron. Después de cenar, Damián se metió en su cuarto como siempre. Yo lavé los platos, ordené la cocina y, en algún momento, me dieron ganas de ir al baño. Al pasar por el pasillo noté que la puerta de su habitación no estaba cerrada del todo, sino apenas entornada.

Lo que vi me dejó clavado en el lugar.

Adentro estaba Damián. Pero no era el Damián que yo conocía. Frente a la pantalla había una rubia despampanante, de maquillaje intenso, con aros, pulseras y un collar. Llevaba lencería roja, un portaligas que sostenía medias de nylon color natural y unos zapatos de taco aguja altísimo. La cámara web estaba encendida y ella ensayaba poses para un público que yo no podía ver.

Intenté seguir de largo sin hacer ruido. No lo logré. En un momento giró la cabeza y nuestras miradas se cruzaron. Supo, sin ninguna duda, que la estaba mirando.

Volví a la sala, prendí el televisor y fingí ver una película. Imposible concentrarme. La imagen de mi compañero —su lencería, los zapatos, el maquillaje que borraba por completo cualquier rastro de hombre— volvía una y otra vez.

Serían las tres o las cuatro de la mañana cuando se abrió la puerta del cuarto. Escuché el golpeteo de los tacos acercándose por el pasillo. Pasó frente a mí, tomó una silla y se sentó cruzando las piernas, sin pudor, exhibiéndose.

Apagué el televisor para mirarla de verdad. No podía creer que esa mujer fuera, hasta hacía unas horas, mi compañero de piso. El pelo rubio —una peluca, supuse— le caía sobre los hombros, el corpiño contenía un par de prótesis que se veían perfectamente naturales, las uñas largas pintadas de rojo a juego con los labios.

—Bueno —dijo con una voz pausada, grave, profundamente seductora—, creí que era hora de presentarte a Lorena.

No supe qué responder. Me quedé sentado en el sofá, en ropa interior, contemplándola.

—No hace falta que digas nada —siguió, levantándose y caminando con un contoneo estudiado hasta sentarse a mi lado—. Tu amiguito ya contestó por vos.

Era evidente. La erección se notaba a través de la tela.

Sentí su pierna enfundada en la media rozando la mía. Su mano se deslizó bajo mi ropa interior, me liberó y empezó a masturbarme despacio, con esas uñas largas rozando la piel.

—¿Te gusta? —preguntó.

Me estaba matando. No sabía qué me excitaba más, si la mano, el roce de la media o esa voz que parecía transportarme a otro mundo.

—Tengo que confesarte algo —dijo—. Dejé la puerta abierta a propósito. Quería que me vieras. Que conocieras a Lorena.

—Me gano la vida como modelo de cámara web. Todas las noches me transformo y varios clientes pagan por verme. A veces solo miran; otras me piden cosas a cambio de tokens.

—¿Tokens?

—Una moneda de la plataforma. Después la cambio por euros. Y resulta que algunos de mis clientes habituales me piden hace tiempo que sume a una pareja en las funciones. Pensé en vos.

—¿Yo? Imposible.

—Vos. Estás sin trabajo. Compartiríamos las ganancias.

—Me vería todo el mundo.

—La gente que entra no nos conoce de nada. Y hay maneras de que no te reconozcan.

—¿Qué tendría que hacer?

—Esto mismo. Solo que frente a una cámara. ¿No te gusta acaso?

—Me encanta —admití—. Tenés una voz deliciosa y las manos divinas.

—Entonces, ¿tenemos un trato? Si querés, seguimos discutiéndolo. O puedo hacer que termines.

—Tenemos un trato —dije, desesperado.

—Buen chico.

Aumentó el ritmo hasta que acabé. Después se llevó los dedos a la boca y lamió el semen mirándome a los ojos. Creí que tendría otro orgasmo solo de verla.

***

Al día siguiente no fuimos a clase. Había que prepararme para el debut, dijo. Mientras ella se «producía», yo esperaba en la sala dudando de mi decisión. ¿La calentura del momento me había hecho aceptar cualquier cosa? Por otro lado, era plata. ¿Y si alguien me reconocía?

Cuando apareció, Lorena era otra. Peluca negra, ojos delineados como los de una gata, labios color vino, un corsé de cuero que sujetaba medias negras y botas hasta la rodilla con un taco imposible.

—Ahora te toca a vos, mi amor. Primero, al baño: quiero todo tu cuerpo afeitado. Ni un solo pelo.

—¿Es necesario?

—Por completo. A los que me visitan les gusta así.

Me llevó media hora larga de depilación torpe, enjuagando la maquinita a cada rato. Salí desnudo y ella me revisó como a una pieza, corrigiendo lo que había quedado mal.

Después me guió a su cuarto, donde nunca había entrado. Me ayudó a ponerme un arnés de cuero que no servía para nada práctico: solo tiras que rodeaban el torso, la cintura y levantaban los glúteos. Luego una máscara de látex negra, con orificios apenas para los ojos y la boca.

—Bueno, ahora seguro que nadie te reconoce —pensé, casi aliviado.

—Y el toque final —dijo, colocando un anillo en la base de mi pene—. Así durás más. No queremos que termines a los diez minutos de empezar la función.

Se puso uno igual a ella y encendió la cámara.

—¿Y ahora? —pregunté, perdido en ese mundo desconocido.

—Ahora esperamos. Primero llegan los curiosos. Después los que pagan. Mientras tanto, hay que ofrecerles algo.

Se echó lubricante en la mano y empezó a masturbarme.

—Vamos, no seas tímido. Hacé lo mismo. Tenemos que atraer público.

La sala se fue llenando. Comentarios, preguntas, hasta que apareció un mensaje en el chat.

—Hola, bonita. ¿Ese es tu esclavo?

—Así es.

—¿Cómo se llama?

—Los esclavos no tienen nombre.

—Buena respuesta. Me gustaría verlo con una mordaza.

—Si el contador llega a cien tokens, no hay problema.

¿Estaban hablando de mí como si yo no estuviera? El contador empezó a subir: alguien aportaba diez, otro veinte, un tacaño apenas cinco. En minutos llegó a la cifra. Lorena sacó del cajón una mordaza de bola y me la ajustó detrás de la nuca.

—Perfecto —escribió el primer hombre—. Ahora quiero ver cómo te masturba.

—Cuando lleguemos a otros cien.

El número trepó de nuevo. Me lubriqué las manos y empecé a masturbarla muy despacio, recordando que todavía no debía hacerla terminar. Empezaba a entender la dinámica: provocar, esperar el dinero, conceder la fantasía.

—Me gustaría ver a tu esclavo con un plug —escribió otro.

—Todavía no —respondió ella—. Este esclavo está en entrenamiento. Y es virgen. Verlo con un plug por primera vez será todo un acontecimiento.

Un plug. Por primera vez. De golpe la idea de participar dejó de parecerme tan buena. Tarde o temprano, esto iba a llegar más lejos.

Esa noche terminamos con un número que Lorena celebró: casi setecientos tokens, cada uno cercano a un euro, menos la comisión de la plataforma. Una noche excelente, dijo. Me dejó el arnés puesto para el día siguiente y me retiré a mi cuarto, aturdido.

***

A la mañana, mientras preparaba el desayuno, no podía dejar de mirar a Damián y preguntarme cómo ese hombre se convertía de noche en semejante mujer.

—¿Siempre hiciste esto? —le pregunté al fin.

—No. Hasta hace un par de años era tan heterosexual como vos. Pero me encontré en tu misma situación: sin trabajo, sin poder pagar el alquiler. Empecé como modelo de cámara, pensando que si un tipo paga por verme, problema de él. Tenía poco público, hasta que uno me ofreció cien tokens por usar lencería de mujer. Al otro día tenía el desalojo encima, así que la compré y me la puse. Esos cien tokens me salvaron.

—¿Y después?

—Te sorprendería lo que uno hace cuando está desesperado y le ofrecen plata para comer. Cuanto más perversa es la fantasía, más paga el espectador. Por eso te sumé. Hay un par de habituales que hace tiempo me pedían una pareja.

—Pero nunca me obligaste a nada —reconocí.

—Exacto. Fuiste vos el que vio entrar los tokens y aceptó. Podías haber dicho «hasta acá llego» en cualquier momento.

—Tenés razón. Pero te olvidás de algo. No me preguntes por qué, pero Lorena me enloquece. A vos podría negarte cualquier cosa. A ella, no. Con ella soy arcilla.

—Es curioso —dijo—, porque me pasa algo parecido al revés. Como Damián jamás te tocaría. Como Lorena, en cambio, me transformo. Disfruto la sensualidad, el roce de la ropa contra la piel depilada, ver mis manos sobre tu cuerpo. Espero que no te ofenda.

—Para nada. ¿Y ahora cómo seguimos?

—Esta noche, otra sesión. Y la esperanza de recaudar bastante.

***

No voy a aburrirte con cada función. La rutina diurna siguió igual: yo cocinaba, charlábamos de cualquier cosa, convertíamos los tokens en dinero. Por primera vez en meses no solo había saldado mi deuda con Damián, sino que empezaba a ahorrar. A la facultad, lo confieso, cada vez le daba menos importancia.

De noche, en cambio, todo se intensificaba. Lorena se volvía más dominante; yo, más sumiso. Sin decirlo, fui aceptando el papel de esclavo. Aparecieron prácticas nuevas: sexo oral, juguetes, esposas, una cadena corta que me obligaba a arquearme hacia atrás con un plug puesto y la saliva escurriéndose por la mordaza.

Una noche, mientras me masturbaba muy despacio, consultó a la audiencia.

—¿Qué les parece? ¿Se merece un orgasmo o lo dejamos para mañana?

La votación fue para mañana.

—¿Y cómo evitamos que se toque cuando apague la cámara? —preguntó—. Ya sé. Tengo algo perfecto.

Volvió del placard con un dispositivo de castidad y una bolsa de hielo. El frío hizo lo suyo, todo transmitido en vivo, mientras ella me humillaba comentando lo pequeño que me veía. Después me colocó el dispositivo, guardó la llave y se despidió de la cámara.

Esperé que me lo quitara al apagarla. No lo hizo.

—Te aguantás. No le vamos a mentir al público.

A la noche siguiente, cuando hubo suficiente gente, lo planteó de nuevo.

—¿Liberamos a mi esclavo de su prisión?

El voto fue un rotundo no. Solo uno pidió que sí.

—¿Lo dejamos sufrir o le damos una alegría con un orgasmo prostático?

Esta vez fue unánime por la segunda opción.

—¡Genial! Quinientos tokens para ver cómo mi esclavo pierde su virginidad.

El contador trepó rápido. Me puso la mordaza de bola —«queremos oír gemidos de placer, no quejas»—, me hizo poner en cuatro patas, retiró el plug y, tras lubricar, empezó a penetrarme por primera vez.

—¿Les gusta? Miren cómo goza —jadeaba a la cámara.

Después de la molestia inicial, la sensación empezó a cambiar. El miedo le fue cediendo el paso a una excitación que no controlaba. Antes de darme cuenta, gemía e intentaba acompañar sus movimientos, buscando que entrara más hondo.

—Parece que te gusta, ¿no?

Solo pude asentir.

—Vamos, mostrale a nuestro público cómo acabás.

No terminó la frase y ya estaba eyaculando, sin que nadie me tocara, todavía encerrado en el dispositivo de castidad. Así perdí mi virginidad anal, frente a una cámara, por la voz de una mujer que de día no existía.

De esto hace poco más de un año. Con Damián tenemos un acuerdo extraño: de día somos compañeros de piso; de noche soy el esclavo de Lorena. Puedo dar fe de que tenía razón en una cosa. Cuanto más perversa es la fantasía, más dispuesto está el público a pagar por verla cumplida. He hecho cosas que antes creía imposibles. Y no solo salí de mis deudas: por primera vez en la vida, tengo dinero ahorrado.

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Comentarios (1)

Tomas_MDP

Que relato!! me engancho desde la primera linea y no pude parar

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