Lo que me hizo esa trans detrás del parque
La conocí en Instagram a fines del verano. Tenía uno de esos perfiles que mezclan selfies de noche con videos cortos bailando, y en cada foto se veía exactamente lo que era: una trans de treinta y tantos años que no intentaba disimular nada. Pelo liso castaño oscuro hasta los hombros, curvas generosas que claramente debían algo a la cirugía, y esa actitud de mujer que sabe exactamente lo que tiene y lo usa sin pedir permiso. La seguí sin pensarlo dos veces.
Me respondió al día siguiente con un mensaje directo: «Vi que me seguiste.» Así, sin preámbulos. Empezamos a hablar esa misma tarde. Se llamaba Valeria, vivía a unas pocas cuadras de mi edificio, y era tan directa en el chat como en sus fotos. A los tres días me preguntó qué buscaba. Le dije la verdad. Me dijo que a ella le pasaba lo mismo. A los cinco días acordamos vernos.
Yo tenía veinte años. Había tenido encuentros con chicas, alguno que otro sin mayor historia, pero nunca con una trans. No sabía bien qué esperar esa noche mientras aguardaba apoyado en la pared de mi edificio con el corazón haciéndome más ruido del que quería admitir. Eran cerca de las once y la calle estaba tranquila, con esa quietud de barrio dormido que tienen los miércoles.
La vi aparecer al fondo de la cuadra. Caminaba despacio, con esa seguridad de quien conoce bien su propio cuerpo. Llevaba una falda negra ajustada hasta las rodillas, una blusa sin mangas de color claro y tacones que sonaban con cada paso sobre el asfalto. Me miró desde lejos, esbozó algo que no llegaba del todo a ser una sonrisa, y siguió avanzando sin apurarse.
—¿Sos el que me esperaba? —preguntó cuando llegó a mi altura.
—Sí —dije. Brillante respuesta.
Se rio apenas, y ese sonido fue lo primero que me relajó un poco. Olía bien, algo floral y cálido que no supe identificar. Le señalé el lateral del edificio. Había un pasillo angosto que desembocaba en un pequeño terreno sin construcción, protegido por los muros de los edificios vecinos y por la oscuridad casi total que ofrecía el horario. Nadie pasaba por ahí a esa hora. Lo había comprobado más de una vez.
Ella entró primero sin dudar. Yo fui detrás.
***
El terreno no era gran cosa: pasto sin cortar, tierra seca, algún muro de ladrillo sin revocar. Pero la oscuridad era casi perfecta. Valeria giró hacia mí en cuanto cruzamos el pasillo y me miró de arriba abajo con una calma que me puso todavía más nervioso. No dijo nada. Solamente levantó una ceja.
—Relajate —dijo al fin.
Y se arrodilló.
No hubo más preámbulos que esos. Me desabrochó el cinturón con una mano mientras con la otra me sostenía por la cadera, firme, como para que no me moviera. Bajó el cierre despacio, metió la mano, y sacó mi pene que ya estaba casi completamente erecto. Durante un momento simplemente lo sostuvo, como evaluándolo, y luego abrió la boca.
Lo primero que sentí fue el calor. Después la presión uniforme de sus labios alrededor del glande. No hubo vacilación, no hubo exploración tentativa: lo tomó con la seguridad de alguien que lleva años haciendo exactamente eso y que disfruta cada segundo del proceso. Empezó a mover la cabeza de manera acompasada, lenta al principio, con una técnica que no se improvisa.
Yo no sabía adónde mirar. La miraba a ella, veía el pelo oscuro moviéndose con cada cabeceo, y tenía que apartar los ojos porque era demasiado. Miraba el muro de ladrillo, el cielo sin estrellas, las sombras. Después volvía a mirarla. Solté un gemido bajo que intenté controlar y no pude del todo.
Ella aceleró el ritmo.
Había algo en la forma en que lo hacía que era difícil de describir con palabras precisas: no era mecánico ni rutinario. Cada tanto cambiaba el ángulo levemente, o variaba la presión, o se detenía un segundo con el glande apenas adentro y miraba hacia arriba. Esos momentos en que me miraba eran los peores, en el sentido de que tenía que apretar los dientes para no perder el control ahí mismo. Después volvía a bajar y el ritmo subía otro escalón.
Intenté apartar su cabeza con una mano. No porque quisiera que parara, sino porque necesitaba un segundo para no terminar todavía. Me tomó la mano, me la separó con suavidad, y siguió. Como si supiera exactamente cuánto aguante me quedaba y exactamente hasta dónde podía llevarme sin que me fuera antes de tiempo.
Resultó que sabía.
***
Cuando paró fue porque lo decidió ella. Se puso de pie despacio, se acomodó el pelo con una mano, y dio media vuelta. Sin decir nada, se subió la falda hasta la cintura. El hilo de la tanga era negro y apenas se distinguía en la penumbra. Lo corrió a un lado con dos dedos, dobló levemente las rodillas, y esperó.
Entendí lo que quería.
Me acerqué. Con una mano le rodé la cadera y con la otra me guié. Ella seguía con la falda levantada, apoyada en el muro de ladrillos con la palma extendida. Empujé despacio. La penetración fue gradual, apretada, y cuando estuve adentro del todo ella exhaló un sonido sordo y corto, como quien recibe algo que esperaba y que no por eso sorprende menos.
Empecé a moverme.
Era estrecho de una manera que me resultaba nueva, diferente a cualquier otra experiencia anterior. Cada movimiento requería cierta fuerza, cierta deliberación, y al mismo tiempo generaba una fricción intensa que subía por todo el cuerpo. Valeria acompañaba cada embestida con un pequeño movimiento de cadera hacia atrás, como para recibirme mejor, y el sonido de nuestros cuerpos en la oscuridad del terreno se mezclaba con su respiración contenida.
No dijo nada en todo ese rato. Solo ese sonido suave que se repetía con cada empuje, y las manos apoyadas en el ladrillo sosteniéndose sin moverse. Yo le tenía las manos en las caderas y miraba su silueta contra el muro, la curva de la espalda, el pelo cayéndole hacia adelante con cada movimiento.
Sentí que el límite se acercaba otra vez.
—Quiero terminar en tu boca —dije. No sé bien de dónde saqué la voz para decirlo.
Ella no respondió con palabras. Simplemente se irguió, bajó la falda con un gesto tranquilo, giró hacia mí, y volvió a arrodillarse.
***
Lo que vino después fue diferente al principio. Si antes había ido con calma y con precisión, ahora el ritmo era otro desde el comienzo. Tomó mi pene con una mano en la base para sostenerlo y empezó a mover la cabeza con una velocidad sostenida que no bajó en ningún momento. Succiones largas alternadas con movimientos rápidos y constantes. La sensación se acumulaba con una intensidad que era casi imposible de procesar.
Traté de avisarle. Logré decirle su nombre entre dientes, apenas. Ella aceleró todavía más.
Cuando llegué al punto de no retorno fue inevitable y repentino. Me contraje, me aferré al aire sin encontrar nada donde afirmarme, y solté todo adentro de su boca sin que ella retrocediera un centímetro. Siguió succionando lentamente mientras duraba, sin perder nada, con una paciencia que era casi absurda. Después de un momento se detuvo, esperó, y cuando se alejó vi que tragaba sin hacer ningún gesto particular al respecto.
Como si fuera la cosa más natural del mundo.
Me apoyé en el muro con las piernas algo flojas y la espalda contra el ladrillo frío. Valeria se puso de pie, se acomodó la blusa, se sacudió la falda con la mano abierta, y se revisó el pelo con los dedos. Todo en el mismo orden tranquilo con que había llegado, como quien termina una tarea y pasa a la siguiente.
—Buenas noches —dijo.
Y se fue por el pasillo sin mirar atrás.
***
Caminé de vuelta a mi departamento sin apresurarme. El edificio estaba en silencio, el ascensor tardó un poco como siempre, y cuando finalmente me tumbé en la cama todavía tenía el olor de su perfume en la nariz. Me dormí antes de que pasaran cinco minutos.
No volví a escribirle por Instagram hasta una semana después. Respondió enseguida, con el mismo tono directo de siempre, como si nada hubiera pasado y al mismo tiempo como si todo lo que había pasado entre nosotros fuera un dato conocido que no hacía falta mencionar. Sin rodeos, sin drama.
Le pregunté si tenía ganas de repetir.
Me dijo que el jueves a las once le quedaba bien.