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Relatos Ardientes

La noche que el vecino de Daniela descubrió todo

Para mí, la amistad verdadera entre una chica trans y una mujer cis es algo difícil de encontrar y casi imposible de describir desde afuera. La que tengo con Daniela es de ese tipo. Trabajamos juntas desde hace tres años —ella es mi asistente, aunque en la práctica somos socias en casi todo—, y en ese tiempo hemos construido una dinámica que muy poca gente entendería si se la explicara.

En la oficina, mando yo. En privado, los papeles se invierten por completo. Daniela es dominante de una manera tranquila y absoluta: no necesita alzar la voz para que yo sepa exactamente lo que quiere. Es también la única persona que me ve vestida en todo mi registro y me trata exactamente como yo necesito que me traten. Hay algo muy poderoso en eso, y también algo muy raro.

Esa noche salimos tarde. El proyecto se había extendido más de lo previsto y eran casi las once cuando apagamos las computadoras. Le ofrecí llevarla a su casa; aceptó sin pensarlo. Tomamos la avenida sur y en veinte minutos llegamos a su colonia, una de esas zonas residenciales de casas bajas y calles con nombre de árbol.

Al llegar a su calle, vimos a dos hombres sentados en la banqueta frente al edificio de Daniela. Sillas de plástico, un sixpack casi terminado y cara de no tener ningún apuro en el mundo. Uno era mayor, callado, del tipo que solo habla cuando vale la pena. El otro era completamente diferente: hablador, directo, de esos que rompen el hielo antes de que notes que había hielo.

Nos invitaron a quedarnos un rato. Subimos las ventanillas y los dejamos pasar al coche para no estar en la calle abierta. En quince minutos ya éramos cuatro personas con el motor apagado y la música bajita, hablando de nada en particular.

En algún punto de la conversación, cuyo origen ya no recuerdo bien, el tema de los poppers apareció sobre la mesa. El hombre hablador los usaba, los conocía bien, y tenía algo parecido a un catálogo informal de lo que conseguía. Cuando le pedí referencias, sacó el teléfono sin dudarlo y empezó a buscar.

Mientras él buscaba, me vibró el teléfono. Un mensaje de Daniela desde el asiento trasero:

«Ese es bisexual. Lo agarré una vez cogiendo con otro tipo, mamándosela en un baño. ¿Lo tanteas?»

Respondí sin moverme:

«Ahorita que nos vayamos lo engancho yo y vemos qué onda. Si se deja, hoy me lo cojo. Te aviso.»

Ella leyó. No dijo nada en voz alta. Con la mano me hizo un gesto casi imperceptible que en nuestro idioma privado significa exactamente: adelante, ya sé lo que haces.

***

El hombre mayor se despidió primero. Daniela bajó cinco minutos después, con el pretexto perfecto de que ya era tarde. Nos quedamos solos: él en el asiento del copiloto, yo detrás del volante, el coche quieto en la misma calle.

—Hay algo que quiero preguntarte —dije, con el tono justo entre lo serio y lo cómplice—. Pero lo que hablemos aquí se queda aquí. ¿Puedo confiar en ti?

Me miró un segundo antes de asentir.

—Soy bisexual —dije, y dejé que la palabra flotara sola en el coche—. Me gustan las mujeres. Y también me gusta que me la metan.

Levantó las cejas. Lo esperaba.

—¿Y eres...? —empezó, y se detuvo—. Perdón, no sé cómo preguntarlo bien.

—Trans. Tengo polla, sí, pero de ahí para abajo casi no la uso. Cuando estoy vestida y con un hombre, lo único que quiero es que me follen el culo hasta que no me acuerde de mi nombre.

Hubo una pausa. No incómoda. Del tipo en que alguien está reorganizando información y procesando lo que implica. Vi cómo se movía en el asiento, cómo el bulto en el pantalón se le acomodaba solo.

—¿Tienes fotos? —preguntó al fin, con la voz ya un poco más ronca.

Busqué en el teléfono. Elegí una imagen de una sesión de hacía unos meses: vestido ajustado, tacones altos, maquillaje de noche. Nada explícito pero sí muy claro sobre lo que estaba mostrando. Se la pasé. Tomó el teléfono con las dos manos y empezó a pasar fotos en silencio, con la atención concentrada de alguien a quien está afectando más de lo que quiere mostrar.

Se detuvo en una imagen de lencería. Cachetero negro de encaje, completamente depilada, las piernas cruzadas sobre la cama y el bulto de mi polla mal disimulado bajo el encaje. Se quedó mirándola varios segundos.

—Parece real —murmuró.

—Es real —respondí—. Todo lo que ves es exactamente lo que hay. Tetas, culo, polla, todo. Y todo funciona.

Tenía el teléfono en la mano pero ya no miraba la pantalla. Me miraba a mí. Y tenía la mano apoyada en el muslo, en esa posición que no tiene nada de casual. Vi cómo la movía lentamente sobre la tela, apretándose por encima del pantalón.

—¿Vives sola? —preguntó.

—Sí. A unos quince minutos de aquí.

—¿Me llevas?

—Con una condición: cuando lleguemos, me arreglo bien. Completamente. Quiero que me veas como puta, no como amiga de nadie. ¿Trato?

Asintió sin pausar. Se relamió los labios.

***

En el camino le puse un video desde mi teléfono. Uno donde salgo con Adrián, un amante de Guadalajara con quien grabé algunas cosas que guardo para situaciones como esta. En el video estoy en cuatro patas, con un cachetero rojo hasta las rodillas, y Adrián me está empalando el culo mientras me tira del pelo. Se me oye gemir como perra en celo y pedirle más fuerte con la voz medio rota.

Mi acompañante no tardó en acomodarse en el asiento y bajarse la cremallera del pantalón. Se sacó la verga y empezó a tocársela mirando la pantalla, sin decir una palabra. La tenía gruesa, más de lo que había calculado, con la cabeza ya roja e hinchada y una gota gorda de presemen en la punta.

Antes de llegar al cruce principal nos detuvimos en un estacionamiento oscuro. Tomé lo que me ofrecía con la mano derecha y se la jalé durante el semáforo, apretando fuerte con el puño cerrado, subiendo y bajando lenta, torciendo la muñeca en la coronilla como sé que les gusta. Cuando paramos del todo, me incliné sobre la palanca de cambios, saqué la lengua y le lamí desde los huevos hasta la punta, ida y vuelta, mojándole todo. Después me la metí en la boca sin manos, todo lo que pude, hasta que la cabeza me tocó la campanilla y se me llenaron los ojos de agua.

—Puta madre —dijo entre dientes—, mamas como si no hubieras hecho otra cosa en tu vida.

La saqué con un ruido húmedo y le escupí encima. Volví a metérmela, esta vez sacudiendo la cabeza rápido, ahogándome a propósito para que sintiera la garganta cerrándose alrededor de la verga. Le babeé todo el pantalón. Me la saqué de la boca con un hilo de saliva colgando del labio y le sonreí.

—¿Cómo te llamas cuando estás así? —preguntó, con la voz ya cambiada.

—Valeria —dije, y arranqué de nuevo.

—Mamas muy bien, Valeria. De puta cara.

—Todavía no he empezado —respondí.

Todo el trayecto lo tuve en la mano, jalándosela despacio para no acabar antes de tiempo. Le apretaba los huevos entre los dedos, se los rodaba en la palma. Se le escapó un gemido dos veces. Cuadras antes de llegar me subí la cremallera y le dije que esperara en la sala mientras yo me arreglaba.

***

Corrí al cuarto con la urgencia de quien sabe exactamente lo que quiere pero necesita hacerlo bien. Abrí el armario. Elegí el vestido corto de encaje blanco, semitransparente, que deja ver la lencería por debajo cuando hay luz detrás. Un cachetero negro de encaje, medias de red, el corsé que me afina bien la cintura. Puse el par de tetas de silicona en cada copa del brasier —talla grande, del tipo que cambia el perfil completo de un cuerpo— y me maquillé con la rapidez y la precisión de quien lleva años haciéndolo. Delineador negro, labial burdeos, un toque de iluminador en los pómulos. Coloqué la peluca cuando ya escuchaba los pasos en el pasillo.

Apagué la luz del techo. Encendí la lámpara del rincón, la que da una luz cálida y favorece todo.

Él entró.

Se paró en el marco de la puerta con la ropa puesta y una mano ya en la entrepierna, apretándose la verga por encima del pantalón. Me miró de los pies a la cara, despacio, con esa expresión que no sabe si llamarse sorpresa o hambre. Tardó un momento en cruzar el cuarto.

—No esperaba esto —dijo.

—Ya lo sé —respondí—. Ven a cogerme.

Lo primero que hizo fue levantarme el vestido por los muslos. Despacio, como quien confirma algo que ya sospechaba. Me metió la mano por debajo del cachetero, me agarró la polla y se rió bajito cuando la sintió dura contra la tela.

—Mira nada más —dijo—, la puta también se pone dura.

—Ignórala —le contesté al oído—. Esa no la vas a tocar. Lo mío está más atrás.

Me empujó hacia él con las palmas abiertas sobre las nalgas y me apretó bien fuerte, separándomelas por encima del encaje. Sentí su verga dura contra mi vientre, todavía dentro del pantalón, palpitando. Me sacó el vestido por la cabeza con calma. Me besó en la boca metiendo la lengua hasta el fondo, mordiéndome el labio, chupándomelo. Sus manos no paraban: la espalda, la cintura, los muslos, las nalgas, otra vez las nalgas, hundiendo los dedos en la carne. Me bajó una copa del brasier y me chupó el pezón —falso o no, la sensación cuando muerde el borde es real— y me empezó a jadear en el cuello.

Me fue llevando hacia la cama de espaldas sin dejar de besarme, y cuando llegamos al borde me empujó suavemente hasta que quedé sentada frente a él, con la cara a la altura de su bragueta.

Empecé a bajar.

***

Le desabroché el cinturón con las dos manos y le bajé el pantalón y el bóxer de un tirón. La verga le saltó afuera, dura, gruesa, apuntándome directo a la cara. Le di besos en el abdomen, en la línea del vientre, en la cadera, bajando cada vez más despacio, haciéndolo esperar. Cuando por fin llegué, tomé su verga entre las manos y la sostuve antes de acercar la boca.

Primero los labios apenas rozando la cabeza, sin prisa, dándole besitos húmedos en la punta. Después la lengua en el frenillo, lenta, con tiempo, haciendo circulitos justo ahí donde sé que se mueren. Bajé hasta la base y subí de nuevo, arrastrando la lengua plana por todo el largo. Le lamí los huevos uno por uno, se los metí en la boca con cuidado y los tuve ahí, chupándolos suavecito, mientras la mano subía y bajaba lo que tenía por fuera.

Cuando volví a meterla entera me tragué todo, hasta que la nariz me tocó su pubis. Apoyó una mano en mi cabeza. No empujaba todavía, solo seguía el movimiento. Después sí empujó. Me agarró de la peluca con las dos manos y me empezó a coger la boca a su ritmo, sin pedir permiso.

—Dios —dijo—. De verdad sabes lo que haces. Chupa, puta, chupa esa verga.

Me ahogué dos veces. Se me saltaron las lágrimas y el maquillaje se me empezó a correr por las mejillas. La tercera me dejé ir más profundo, generando todo el sonido y la humedad que la situación pedía: los ruidos de garganta, la baba cayéndome por el mentón, los gemidos cortos cuando me faltaba el aire. Me aferré a sus muslos para no perder el ángulo. Generé tanta saliva como pude porque la iba a necesitar después.

La saqué. Le escupí encima y con la mano llena de saliva se la jalé rápido, apuntándomela a la cara, sacando la lengua. Volví a metérmela. La saqué. La chupé de costado, con los labios corriendo por todo el largo como si fuera una mazorca. Se la mamé hasta que sentí que las piernas le empezaban a temblar y ahí me detuve.

—Todavía no —le dije—. Quiero que te vengas adentro.

Cuando me levanté a buscar el condón y el lubricante, me preguntó:

—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto?

—El suficiente para saber lo que hago —dije, desde el cajón de la mesita—. No te preocupes. Te voy a dejar sin gota.

Se recostó en la cama con la verga apuntando al techo, roja, brillante de saliva. Puse el condón con la boca, como prefiero, usando la última mamada para calentarlo bien antes de colocarlo. Nadie protesta cuando lo haces así. Él tampoco. Se le escapó otro gemido cuando le apreté la base con los labios.

Me apliqué el lubricante con calma, bien generoso, dejándolo caer en frío sobre el agujero para que sintiera el brillo. Introduje un dedo y me abrí despacio, con los ojos cerrados. Después dos, moviéndolos en tijera, aflojándome. Él se jalaba solo mirándome, la mano subiendo y bajando lenta sobre el condón. Cuando sentí que estaba lista, me bajé el cachetero hasta los muslos, lo dejé ahí —porque me gusta la imagen de la ropa a medio quitar—, abrí las piernas y me monté encima mirándolo a la cara.

***

Agarré su verga por la base, la apunté a mi agujero y me la clavé yo misma, moviendo las caderas en espiral, dejando que la punta se abriera paso primero. El primer tramo siempre exige atención: la respiración, el ritmo, dejar que el cuerpo se adapte sin forzar nada. Fui bajando de a poco, aguantando la respiración, sintiendo cómo se me iba abriendo por dentro, centímetro a centímetro, hasta que las nalgas me tocaron sus muslos. Cuando lo tuve todo adentro me quedé quieta un segundo con los ojos cerrados y solté un gemido largo, gutural.

—Ay, papi, qué grande la tienes —susurré—. Me llenas todo.

—¿Estás bien? —preguntó, aunque tenía las manos hundidas en mi cintura y la mandíbula apretada.

—Perfecta —dije, y empecé a moverme.

Primero lento, encontrando la cadencia, subiendo apenas y bajando de golpe para que sintiera hasta dónde llegaba. Después me arqueé hacia atrás, apoyé las manos en sus rodillas y le di sentones profundos, cabalgándolo con todo el peso del cuerpo. Cada vez que bajaba se oía el golpe húmedo de mis nalgas contra sus muslos, la carne rebotando. Cambiaba el ritmo: circular, atrás y adelante, rápido y luego muy despacio para que sintiera cada centímetro entrando y saliendo. Él me agarraba por las caderas y empujaba desde abajo en los momentos exactos, encontrándome a medio camino. Nuestros tiempos coincidían sin que nadie los hubiera negociado.

—Mírate cómo cabalgas —jadeó—, cómo te la comes toda con ese culo.

—Es tuyo —le dije, apretando fuerte por dentro—. Todo este culo es tuyo esta noche.

Me tomó las tetas de silicona y las apretó, aunque sabía que no las sentía. Bajó una mano y me agarró la polla, que se me sacudía dura entre los dos, mojada de líquido preseminal. Me la jaló al ritmo de los sentones y ahí casi me caigo. Le aparté la mano.

—Deja eso —le dije—. Yo me vengo con el culo o no me vengo. Cógeme más fuerte.

Me cambié de posición. Me puse en cuatro sobre la cama, arqueando la espalda para levantarle el culo bien alto y ofrecérselo abierto. Él se colocó detrás sin que yo tuviera que decirle nada, me separó las nalgas con las dos manos y se quedó un segundo mirando el agujero abierto, jalándose la verga.

—Puta madre, mira ese culito —dijo, y me escupió encima.

Me la clavó de una sola estocada, hasta el fondo. Grité en la almohada. Empezó a bombear con fuerza, con las manos firmes en mi cintura, sacándomela casi entera y volviendo a metérmela de golpe. Cada embestida me empujaba hacia adelante; yo retrocedía para encontrarla a mitad de camino. Se oía el chocar de piel contra piel, húmedo, obsceno, llenando todo el cuarto. Nuestros movimientos estaban completamente sincronizados, como si lleváramos tiempo cogiendo así.

Me dio una nalgada. Después otra. Me clavó los dedos en la cadera y aceleró.

—Dime que te gusta —jadeó.

—Me encanta —gemí—. Métela toda, no pares, rómpeme.

Me agarró la peluca, me la enredó en el puño y me tiró la cabeza hacia atrás, arqueándome más. Con la otra mano me daba nalgadas al ritmo de las embestidas. Yo empujaba hacia atrás, buscando cada penetración, apretándolo por dentro cada vez que salía para que me costara más volver a metérmela.

Puse una almohada bajo el abdomen y cerré las piernas, dejando el culo levantado. Con ese ángulo, el agujero se me apretaba y cada movimiento suyo llegaba más adentro, más preciso, empujando justo donde tenía que empujar. Me aferré a la cabecera y empujé hacia atrás con más fuerza. Sentí cómo mi propia polla, aprisionada entre mi vientre y la almohada, se me frotaba con cada embestida. Empecé a gemir sin control, ya sin filtro, gruñidos de puta con la voz rota.

—Sí, papi, así, cógeme el culo, cógemelo, no pares nunca.

—¿Dónde quieres que termine? —preguntó, con la voz ronca, ya al borde.

—Adentro —dije—. Quiero que te vengas adentro, que me llenes, quiero sentirlo.

Los movimientos se volvieron más cortos y más duros, casi frenéticos. Me clavó tan hondo que sentí los huevos golpeándome. Sentí exactamente el momento en que terminó: la forma en que se hundió y se quedó quieto, apretando fuerte, con la verga latiendo dentro de mí como un tambor. Le pedí que no la sacara. Empecé a apretar con ritmo, los ejercicios que practico para exactamente esto, ordeñándolo desde dentro. Lo escuché soltar el aire de golpe y gemir contra mi espalda.

—Eso es increíble —dijo con la voz quebrada—, no me la saques, quédate así.

—Lo sé —respondí, y seguí apretando hasta que sentí la última sacudida.

Metí la mano entre el vientre y la almohada, agarré mi propia polla y con tres jalones me vine yo también, mojando la sábana, apretándolo por dentro tan fuerte en el clímax que él soltó otro gemido detrás de mí. Nos quedamos así un rato, él encima, yo con la cara aplastada en el colchón, sudados, respirando fuerte, todavía conectados.

Cuando por fin la sacó, despacio, lo hizo con cuidado y se quedó mirando cómo el agujero me quedaba abierto un segundo antes de cerrarse. Me dio una nalgada suave, casi cariñosa.

***

Nos quedamos en silencio un rato. Él tumbado boca arriba, yo a su lado, la lámpara del rincón todavía encendida. Afuera se escuchaba la calle tranquila. Era pasada la medianoche.

Antes de irse me preguntó si podía volver. Le dije que sí, que le avisara a Daniela y ella me pasaría el recado. Se rió un poco, sin entender del todo la broma. No le aclaré que Daniela ya sabía exactamente cómo había terminado la noche. Probablemente también sabía el horario aproximado.

Ahora solo espero que el Vecino cumpla su palabra. Si vuelve, ya les estaré contando.

Si este relato te dejó con ganas y estás en zona norte, conocé chicas trans en Tigre.

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Comentarios(9)

lector_ansioso

que relato tan bueno!! quiero mas de esto

AnaLuzReads

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termina todo esto entre ellos

curiosa87

me recordo a una situacion parecida que vivi hace años, esas cosas te cambian la cabeza jajaja. Muy bien narrado

Noche_Cálida

Me gusto como manejaste la tension del relato. Se nota que sabe escribir

LucasMar

tiene continuacion? quede re enganchado con el personaje de Daniela

Felipe_Cba

tremendo final, no me lo esperaba para nada

NoraLect

Que buen relato, se lee solo. Mezcla la tension del secreto con algo mas profundo, no es solo erotico, tiene sustancia. Esperando el proximo!!

SantiCba88

increible, 10 puntos

Maru_Rosales

Excelente!! me enganche desde el primer parrafo. Muy realista la forma en que lo contás

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