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Relatos Ardientes

Convertí a mi novio en mi travesti sumisa

La gala benéfica del Hotel Constanza era el tipo de evento donde Esteban brillaba y yo me apagaba. Él, con su traje gris a medida y su sonrisa de abogado en ascenso, repartía tarjetas como si fueran caramelos. Yo lo seguía dos pasos detrás, con un vestido beige que mi madre había elegido en una liquidación, los mocasines incómodos y la mirada fija en el suelo.

—Vamos, ratita, ahí está el doctor Mansilla —me susurró sin mirarme—. Y por favor, levantá la cabeza.

Esa noche perdí la cuenta de cuántas veces me llamó así. Ratita. Cuando llegamos al auto, las lágrimas ya me ardían en los ojos.

—¿Y eso a qué viene? —preguntó él al verme llorar.

—Me ignoraste toda la noche. Ni siquiera me presentaste como tu novia.

—Camila, sos tan tímida que me hacés quedar mal. Si maduraras un poco, esto sería distinto.

—¿Y por qué seguís conmigo, entonces?

Esteban se encogió de hombros mientras manejaba.

—A veces creo que es lástima. Otras veces me parece que te quiero. No sé.

Cerré la puerta del auto de un golpe cuando bajé. Le grité que no me llamara nunca más. Esa fue la última vez que dormí pensando en él como mi novio.

***

Florencia y yo entramos a la empresa juntas, hacía tres años. Las dos éramos secretarias, las dos nos vestíamos parecido, las dos teníamos la misma costumbre de pedir permiso para todo. Hoy ella era directora de operaciones y yo seguía siendo su secretaria. Por las tardes, después de la oficina, a veces tomábamos un café.

—No es terapia lo que necesitás —me dijo mientras revolvía su capuchino—. Probá esto.

Me pasó una tarjeta blanca, sin más adorno que tres letras grabadas en relieve: CMD.

—¿Una secta?

—Círculo de Mujeres Decididas. Soy parte hace dos años. La directora se llama Renata Cárdenas. Si te interesa, llamala.

—Florencia, no me veo capaz de…

—No te pido que te veas. Te pido que llames.

***

La cita fue una semana después, en una torre de oficinas del centro. Esperaba un consultorio chico, mate cocido y revistas viejas. Lo que encontré fue un ascensor privado al piso veinticuatro, una recepción de vidrio negro y una secretaria llamada Lucía que me ofreció café espresso en taza de porcelana.

Renata Cárdenas era todo lo que yo no era. Cuarenta y muchos, rubia, con un traje sastre azul marino que parecía cosido sobre su cuerpo, un collar de perlas grises y los tacones más altos que vi en mi vida. No alzaba la voz; no le hacía falta. Cuando hablaba, una se quedaba quieta.

—Camila, leí tu carpeta. Tenés un potencial enorme.

—¿Mi carpeta?

—Tus redes sociales, las de Esteban, el perfil emocional de los dos. Nada que no hayas publicado vos misma. Lo único distinto es que nosotras lo leemos con atención.

—¿Y qué dice ese análisis?

Renata cruzó las piernas. El cuero de la bota crujió suavemente.

—De Esteban, lo que ya sospechás: la fachada de macho seguro es defensa pura. Por dentro busca a alguien que lo dirija. De vos dice algo que te va a costar más aceptar: tenés un bloqueo emocional, no una personalidad. Lo que mostrás en la oficina y en las cenas no sos vos.

—¿Y qué hago con eso?

—Treinta días con nosotras. Florencia ya tramitó tu licencia por enfermedad. Empezás hoy.

***

No sé qué le hicieron a mi cabeza durante ese mes en la casa de Renata. No fueron drogas. No fueron sesiones de hipnosis. Fueron mujeres enseñándome a caminar, a sentarme, a sostener la mirada, a vestirme como si tuviera derecho a ocupar espacio. Aprendí que un corset no es ropa: es un anuncio. Aprendí que los tacones no se sufren, se administran. Aprendí a hablar despacio, a no rellenar silencios, a no pedir disculpas por respirar.

Cuando volví a la torre del piso veinticuatro, treinta días después, la guardia de seguridad no me reconoció.

—¿Su nombre, señora?

—Camila Aguirre. Renata me espera.

Florencia me esperaba con champán.

—Brindo por tu nacimiento —dijo Renata.

—Yo lo llamaría iluminación —respondí, y por primera vez sentí que la frase me cabía en la boca.

Brindamos las tres. Y entonces Florencia me hizo la pregunta que llevaba un mes flotando entre nosotras.

—¿Qué hacemos con Esteban?

—Hay dos caminos —dijo Renata—. El primero es dejarlo. Que se las arregle. Que otra mujer cargue con él.

—¿Y el segundo?

—Educarlo. Bajo esa cáscara tiene una personalidad sumisa. Si querés, lo quebramos y te lo entregamos como tu sirvienta.

Pensé en él llamándome ratita. En las miradas de los abogados que se reían de mis silencios. En esa noche en el auto.

—La segunda opción —dije.

***

Renata llamó por el intercomunicador. Dos minutos después entraron Mariana y Daniela, las jefas de seguridad de la asociación. Uniforme azul oscuro, faldas tubo, botas militares con tacón. Mariana sonreía como una madre paciente; Daniela parecía estar siempre por estallar.

—Tengan la carpeta de este hombre —les dijo Renata—. Invítenlo amablemente a la casa.

—¿Cuán amablemente? —preguntó Daniela.

—Lo más amable que puedan. Y si no acepta, usen lo que haga falta.

***

Esteban salió del estudio jurídico esa tarde con un caso ganado y un humor pésimo. La camioneta negra estaba estacionada frente a la salida. Mariana bajó primero. Habló con calma, le ofreció subir, mencionó el nombre de Renata Cárdenas. Él dudó, intentó negociar, exigió saber para qué lo querían. Daniela perdió la paciencia a los noventa segundos y le aplicó la pistola eléctrica en el cuello.

—Te dije que no iba a aceptar —le comentó a Mariana mientras lo subían a la camioneta.

Llegó a la casa atado, vendado y temblando. Lo desnudaron, lo sentaron en una silla en el centro de un cuarto vacío, le pusieron una jaula de castidad. Cuando le sacaron la mordaza, esperaba ver a Renata.

Me vio a mí.

—Camila, sacame de acá ya mismo. Esto es una locura.

La cachetada salió antes de que yo la pensara. Le dejó la mejilla roja y la mirada perdida.

—Señora —le dije, acariciando el lugar del golpe—. Para vos, de ahora en adelante: Señora. O Ama. Elegí.

—¿Estás loca?

Otra cachetada. Y después apoyé el tacón aguja contra la jaula que protegía sus testículos.

—Probemos otra vez. ¿Cómo me vas a llamar?

—Señora —murmuró—. Señora.

—Eso. Ahora va a ser sencillo. Obediencia es placer, resistencia es dolor. Vos elegís el ritmo.

***

Lo dejé con Mariana y Daniela esa primera noche. Al salir oí los gemidos. No le hicieron daño; lo besaron, lo masturbaron, le metieron en la boca lo que él pasaba la vida fingiendo despreciar. Cuando Mariana le devolvió su propio orgasmo en un beso, Esteban entendió que su geografía había cambiado para siempre.

Los días siguientes fueron una rutina precisa. Las celadoras le trajeron primero un calzado rosa de tacón bajo, después un suéter de angora, después calzas, después un vestido. Si protestaba, Daniela lo cacheteaba; si obedecía, recibía un televisor con cuatro canales seleccionados por Renata: maquillaje, moda, modales y porno transexual sumiso. Cuando empezó a copiar los movimientos de la pantalla sin darse cuenta, supimos que el quiebre estaba en marcha.

Al sexto día pidió pelucas. Al octavo aprendió a tragar entera la verga de látex que Mariana usaba para el entrenamiento oral. Al décimo se maquillaba sola y elegía ropa interior con criterio. Al duodécimo me pidió, con la voz quebrada, una cita conmigo.

—Le dicen Martina ahora —me informó Daniela—. Lo eligió ella.

***

La sala del trono, como la llamaban en la casa, tenía un piso de mármol negro y un ventanal hacia el este que dejaba entrar el sol del atardecer. Los tres sillones de respaldo alto estaban dispuestos como en una pintura renacentista. Renata se sentó al medio, Florencia a su derecha, yo a la izquierda. Las tres con togas largas y botas que solo asomaban al cruzar las piernas.

Mariana abrió la puerta y Martina entró sola.

Vestido negro de falda tubo, corset, medias con costura, tacones de doce centímetros, peluca lacia hasta los hombros, labios rojos, uñas rojas. Caminó hasta el centro del salón con un balanceo aprendido pero ya casi natural. Inclinó la cabeza.

—Señoras, es un honor.

—Levantá la mirada —dijo Renata—. Queremos verte.

Martina obedeció. Le pedí que girara. Lo hizo despacio, mostrando primero el perfil, después la espalda, después el frente. La respiración se le aceleraba, pero no de miedo: de orgullo.

—¿Cómo te sentís? —preguntó Florencia.

—Liberada —respondió Martina, con la voz más limpia que le había escuchado en mi vida—. Pasé treinta años actuando lo que la gente esperaba. Recién ahora entiendo qué significa obedecer.

Sonreí. Mariana y Daniela, paradas a los costados, sonrieron también.

—Tengo un pedido, Señora —agregó Martina, sin alzar la voz—. Si me lo permite.

—Decilo.

—Quisiera operarme. La cara, el pecho. Como Mariana y Daniela.

Las tres nos miramos. Renata levantó una ceja, divertida. Florencia me dejó la decisión a mí.

—Lo vamos a considerar —dije—. Pero antes tenés que sellar el pacto.

—Como usted disponga.

—Arrodillate. Besá mis botas. Hacelo como si te jugaras la vida en eso.

Martina se arrodilló. No fue un beso: fue una declaración. Empezó por la punta del cuero, subió por el empeine, recorrió la caña con la lengua, mordió suavemente la rodilla, volvió a bajar al tacón y se lo metió en la boca como si fuera una verga en miniatura. Florencia se reía bajito en su sillón. Renata aplaudía con dos dedos.

—Bien —dije, cuando terminó—. Ahora vamos a sellarlo en serio.

***

Mariana y Daniela trajeron el potro al centro del salón. Le sacaron a Martina la jaula, le colocaron un anillo en la base del pene para retrasarla, la ataron al potro de tobillos y manos. Las tres nos paramos. Dejamos caer las togas. Debajo, corsets negros, medias caladas con portaligas, botas hasta la rodilla. Y los strap-on, abrochados como armas elegantes.

Renata le ofreció el suyo a la boca. Yo me coloqué detrás. Le retiré el plug que ella había decidido ponerse antes de venir.

—Qué detalle —murmuré—. Ya estás lubricada.

—Sí, Señora.

—¿Querés ser mi mujer?

—Por favor, Señora, hágame su mujer.

La penetré despacio, observando cómo apretaba los párpados al recibirme, cómo los dedos se cerraban sobre la madera del potro. Renata avanzaba en su boca. Florencia hizo lo propio con Mariana, que estaba arrodillada a un costado lamiendo a Daniela.

Después de un rato le dije a Martina:

—Quiero verte la cara.

La desaté. La acomodé sobre el potro de espaldas, le subí las piernas a mis hombros, volví a entrar. Cuando intentó tocarse el pene, le sostuve las muñecas.

—Todavía no. Tenés una elección que hacer.

—¿Cuál, Señora?

—Primer camino: elegís a una de las celadoras y la cogés vos. Segundo camino: me lamés desde las botas hasta los genitales mientras Renata te penetra.

Martina abrió los ojos como si la hubiera mojado con agua fría.

—El segundo, Señora. Por favor, el segundo.

Me senté en el trono. Abrí las piernas. Y la travesti que un año atrás me llamaba ratita en una gala benéfica gateó hasta mis pies con la falda subida y el rímel corrido y empezó a hacerle el amor a mis botas como si su existencia entera dependiera de ese cuero.

Subió por las pantorrillas con la lengua, mordió el nylon de las medias, llegó a la entrepierna. Renata, detrás, se hundió en ella con un strap-on más grueso y empezó a moverse despacio. Cuando Martina rodeó mi clítoris con los labios, le agarré la cabeza y la apreté contra mí. Le faltaba el aire. No le importó. Me oyó gemir y aceleró el ritmo.

Tuve tres orgasmos antes de soltarla. Ella eyaculó sobre mis botas, sin tocarse, solo con Renata empujándola desde atrás.

—Buena chica —le dije—. Ahora limpiá lo que ensuciaste. Con la lengua.

Lo hizo despacio, recogiendo cada gota como si fuera vino caro.

***

Pasó un año. Hoy a Martina la reconocen las amigas viejas solo por la voz, y a veces ni por eso. Tres aumentos de pecho, prótesis en las caderas, dos costillas menos, los ojos levemente rasgados, los labios rellenos. La nariz, que ella quería operarse, le quedó como estaba. Yo lo decidí. Le da carácter.

Trabaja como guardia de seguridad de la asociación, junto a Mariana y Daniela. Las tres se llevan tan bien que Renata les dio un cuarto compartido y nos pidió a Florencia y a mí que dejáramos de mirar las cámaras de seguridad cuando entraban a los descansos. Las miramos igual.

Esta tarde el intercomunicador sonó en su sala de descanso. Lo sé porque Renata me llamó después.

—Camila, vení al despacho. Tengo una nueva clienta. Quiere que eduquemos a su marido.

Cuando llegué, Martina estaba ya recibiendo la carpeta de manos de Renata. Mariana y Daniela esperaban junto a la puerta. La nueva clienta, una mujer de pelo castaño y manos temblorosas, miraba a las tres como si fueran un milagro.

Martina me hizo una reverencia mínima al verme entrar. No dijo nada. No hacía falta.

—Esta tarde lo tendremos en la casa, Señora —le anunció a Renata—. Si no le molesta, hoy uso yo la pistola eléctrica.

***

Quizá te preguntás qué se siente. La verdad, todavía no encuentro la palabra. Pero cada vez que oigo el eco de los tacones de Martina por los pasillos, y veo a Renata sonreír desde atrás de su escritorio, y siento la mirada cómplice de Florencia, sé que aquella ratita que lloraba en un auto está enterrada para siempre.

Y sé también que hay otra mujer, en algún lugar, llorando en su auto esta misma noche. La estamos esperando.

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Comentarios (7)

Valentina_Sur

increible!!! no esperaba ese giro, tremendo

MartaL_89

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas!!

DominioTotal

La dinamica de poder esta muy bien lograda. Se nota autentico, no forzado. Excelente

Mia_lectora

Me encanto como lo contaste sin caer en lo burdo. Felicitaciones

CamilaRosario

Me recordo a algo que vivi hace tiempo y me emocione leyendolo. Muy bien narrado

Leti_sur

De diez!!! sigue escribiendo por favor

UrbanaNocturna

Como lograste esa transformacion tan creible? el relato te atrapa desde el principio

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