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Relatos Ardientes

Salí de fin de año con el tanga de mi hermana

Como casi todo el mundo sabe, la noche de fin de año suele tener dos partes muy distintas. Está la parte familiar, la de la cena interminable y las doce uvas peleándose contra el reloj. Y luego está la otra, la que nadie cuenta del todo: salir, beber y dejar que la madrugada decida por ti. Lo que voy a contar pasó en esa segunda parte, hace apenas unas horas. Pero antes de nada, dejad que me presente.

Me llamo Adrián. Soy un chico del norte, de un pueblo donde todos se conocen y nadie pregunta demasiado. Desde pequeño nunca tuve dudas sobre quién era: siempre me sentí un hombre, sin más. Es ahora, con veintiséis años, cuando han empezado a aparecer ciertas grietas en esa certeza. Mido poco más de uno setenta, estoy rellenito, soy moreno y llevo una barba tan corta que apenas se nota, como una sombra sobre la mandíbula.

Desde hace unos meses tengo una fantasía que no dejo de repetir. En las noches más solitarias, cuando me encierro en mi cuarto con la mano metida bajo las sábanas, mi cabeza se va a un sitio muy concreto. Me imagino siendo una mujer. Y no una cualquiera, sino una a la que usan, a la que se pasan de mano en mano sin pedir permiso. Cuanto más sumisa me imagino, más se me dispara todo.

De esa fantasía nació una costumbre que me da vergüenza confesar. Estas últimas semanas, cuando me quedo solo en casa, voy al cuarto de la colada y cojo prestada ropa interior de mi hermana. Me la pongo y me masturbo con ella puesta hasta vaciarme del todo. Sé que si mi familia me descubriera sería una escena difícil de explicar, pero la verdad es que me quedan bien.

Adoro sentir el tacto del encaje en mis partes más íntimas, sobre todo en el culo. Me planto delante del espejo del armario, me giro, me miro por encima del hombro y me sorprendo de lo distinto que me veo. Casi bonito. Me imagino una vida entera vestido así, sumiso, disponible, y las gotas se me escapan solas. Las prendas siempre acaban manchadas antes incluso de tocarme, de la pura excitación de saber que las llevo puestas.

Así que la noche de fin de año no podía ser de otra manera. Cuando ya todos se habían retirado a sus habitaciones, esperé a oír el silencio de la casa y bajé de puntillas al cuarto de la colada. Rebusqué entre la ropa limpia hasta encontrar un tanga rojo, de encaje fino, con un lazo diminuto en la cadera. Estaba decidido: iba a salir de fiesta con él puesto, debajo del pantalón, sin que nadie lo supiera.

Y eso hice. Lo que no calculé es que, cuando sales de fiesta, te mueves muchísimo. Caminas, bailas, te apoyas, te giras. Y aunque uno no tenga una gran herramienta entre las piernas, todo aquel roce constante se vuelve difícil de controlar.

La primera experiencia rara llegó de camino a casa de mi amigo Rubén, que vive a unos quinientos metros del portal de mi edificio. No hacía demasiado frío y necesitaba caminar un poco para asentar la cena, así que decidí ir andando. A cada paso notaba cómo el tanga se movía, cómo el encaje se deslizaba y me rozaba por todas partes.

El asunto se volvió incontrolable. A cien metros de su portal tuve que parar en seco, apoyado en una farola, respirando hondo. No quería correrme tan pronto, y menos en plena calle. Porque sí, otro de mis secretos es que soy capaz de terminar sin tocarme, solo con el roce. Y soy bastante precoz, todo hay que decirlo.

Por eso, cuando por fin llamé al timbre y Rubén abrió la puerta, lo primero que soltó fue:

—Muy colorado vienes para ser invierno, ¿no?

No recuerdo qué le contesté. Algo del frío, supongo. Pero los dos sabíamos, o al menos yo lo sabía, que ese color en mi cara no tenía nada que ver con la temperatura de la calle.

Nos pusimos en marcha hacia la discoteca de siempre, la única decente del pueblo. Y ahí confirmé algo: caminar al lado de Rubén me ponía mucho más. Él no tenía ni idea. Iba a mi lado hablando de cualquier tontería, de la resaca que nos esperaba, de a quién veríamos esa noche. Y yo, a cada paso, sentía cómo el encaje se humedecía un poco más. Justo al llegar a la puerta estuve a punto de terminar otra vez. Segunda salvada de la noche.

***

Dentro era el mismo cuadro de todos los años: muchos chicos y pocas chicas, y las pocas chicas ya rodeadas por la mitad de esos chicos. Así que, como cada Nochevieja, nos juntamos con la pandilla de siempre y nos pegamos a la barra con el único objetivo de beber hasta perder la vergüenza.

Y vaya si la perdimos. A la tercera copa ya bailábamos todos con todos, sin orden ni concierto. La noche iba bien, tan bien que por un rato me olvidé por completo de lo que llevaba puesto debajo del pantalón. Ahí, justo ahí, empezó el verdadero desastre.

Estábamos en mitad del bullicio cuando el pinchadiscos soltó una de esas canciones de reguetón que lo cambian todo. Mis amigos y yo perdimos un poco el control y empezamos a perrear entre nosotros. Nunca hemos tenido reparo en hacer esas cosas; somos amigos desde la infancia y al final es medio broma, medio competición de quién aguanta más sin reírse.

Poco a poco fuimos pegando los traseros unos contra otros. Yo, casi sin pensarlo, pegué el mío a Rubén. Empecé a moverme como pude, que no soy ningún experto. Allí estaba yo, meneándome contra él con la secreta esperanza de provocarle una erección. Pero la erección era la mía. Me ponía la idea de estar usándome a mí mismo, de ofrecerme como si fuera la mujer de la fantasía.

Y entonces me acordé. Me acordé de que llevaba el tanga rojo apretado contra la piel, de que cada movimiento lo hacía deslizarse por donde más sentía. Eso multiplicó la excitación por diez. Apreté los dientes y conseguí aguantar el orgasmo durante toda la canción, conteniéndome con cada empujón de cadera.

Cuando creía que ya estaba a salvo, sonaron las primeras notas de otra canción todavía más perreable. Y supe, en ese mismo instante, que no había vuelta atrás.

Pegué mi trasero aún más contra Rubén. Él seguía flácido, eso lo notaba, pero algo debía de estar haciendo bien, porque de pronto sus manos se posaron en mis caderas y me guiaron contra él. No me apartó. Me sujetó. Y ese gesto, esa mano firme en mi cadera marcándome el ritmo, me llevó al borde.

No puedo. No aquí. No así.

Pero ya era tarde. Sentí cómo mi miembro, modesto, ridículo, palpitaba sin que yo pudiera hacer nada. No había marcha atrás. Estaba teniendo un orgasmo absurdo y delicioso mientras perreaba con mi mejor amigo en mitad de la pista, rodeado de gente que no sospechaba nada.

Sentí cómo todo se derramaba dentro del tanga, empapando el encaje. Fueron segundos de placer máximo mezclado con un pánico frío: no sabía si se notaría a través del pantalón, no sabía si Rubén lo había sentido. Y, sin embargo, me daba igual. Me corrí como un campeón, agarrado a sus manos.

***

En cuanto la canción terminó, me escabullí hacia el baño a evaluar el estropicio. Por suerte fue menos de lo que temía. Limpié lo que pude con papel, ajusté la prenda mojada contra mi piel y me acerqué al lavabo. Al lavarme las manos me salpiqué un poco la camisa, así que me acerqué al secador de manos para quitar la mancha.

Y ahí cometí el error. Para secar bien la tela, me incliné hacia delante levantando un poco el borde de la camisa por la espalda. El pantalón me bajó lo justo para dejar asomar, por encima de la cintura, el triángulo rojo del tanga con su lacito.

¿Y a que no sabéis quién entró justo en ese momento? Exacto. Rubén.

Lo vi por el espejo. Se quedó parado un segundo, con la mano todavía en la puerta, los ojos clavados en mi espalda. No supe qué cara poner. Me incorporé de golpe, tiré del pantalón hacia arriba y me giré, rojo otra vez, pero esta vez de pura vergüenza.

Él no dijo nada durante un par de segundos eternos. Luego esbozó media sonrisa, una que no supe interpretar, y soltó la frase que me dejó clavado en el suelo:

—Adrián, tío. La tradición es llevar ropa interior roja en fin de año. No tiene por qué ser de mujer.

Lo dijo sin asco, sin burla cruel. Casi con curiosidad. Se acercó al lavabo de al lado, se mojó las manos y, mientras se las secaba, me miró de reojo por el espejo, como esperando a ver qué hacía yo.

Y yo no hice nada. Me quedé allí, con el corazón a mil, sintiendo todavía el encaje húmedo pegado a la piel, sin saber si lo que acababa de pasar era el final de algo o el principio de otra cosa mucho más grande.

Lo que vino después os va a gustar, lo sé. Pero antes quiero saber si esta primera parte os ha gustado a vosotros. Si es así, os la cuento entera.

Gracias por leer.

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Comentarios (5)

Mauri_Cba

tremendo!!!

LectorNocturno

por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termino la noche

FernandoC

me encanto como lo contaste, esa mezcla de nervios y emocion se siente muy autentica. segui publicando!

NocturnaBA_21

jaja la tension en la discoteca me mato, genial relato

SandraLM_09

que atrevido!! me atreveria a preguntar como termino la noche?

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