Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Me vestí de mujer para pasar la noche con un desconocido

Pasaron dos semanas desde la sesión de fotos y yo creía que aquello había quedado atrás. Hasta que una noche descubrí que Marina seguía hablando con el hombre del traje. Damián, se llamaba. La encontré con el teléfono pegado a la oreja y una sonrisa que no me gustó.

—¿Por qué sigues en contacto con él? —le pregunté—. ¿De qué hablan tú y él?

—De nada que debas temer —dijo ella, dejando el teléfono boca abajo—. Me está convenciendo de algo. De que te deje pasar una noche con él.

—No. Eso no. Unas fotos en mi casa, sin que me tocara, vale, pero esto es otra cosa.

—No me digas que no te gustó —me interrumpió—. Cuando te abrió con los dedos te dejó llegar como nunca. Te vi gimiendo, perdido.

Perdido. No perdida. Lo pensé, pero no lo dije.

—Es mucho dinero, Lara —siguió ella, y al usar ese nombre supe que ya lo había decidido por los dos—. Trescientos mil por una sola noche.

***

No supe qué contestar. Era una cifra absurda, de las que cambian una vida, y la verdad es que las sensaciones de aquella tarde con las fotos habían sido buenas. Demasiado buenas. Nunca había explorado el placer que mi propio cuerpo era capaz de darme. Pero una cosa era dejarse mirar y otra muy distinta entregarse. ¿Qué iba a pensar ella de mí después?

—Tú lo harías —le dije, buscando una salida.

—Ya se lo propuse —respondió Marina con calma—. Pero el trato es contigo. Te quiere a ti.

—¿Y si me niego?

—Entonces lo dejamos y ya. Pero piénsalo. Hazlo por los dos. —Se acercó y bajó la voz—. Y si lo haces, te dejo estar con Noelia. Sé que te gusta. Hasta me propuso un trío, ella y yo contigo.

Otra vez me quedé sin palabras. Solo me salieron preguntas. ¿Cómo sería? ¿Cuánto tiempo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Qué tenía que hacer exactamente?

Marina lo tenía todo planeado, como si llevara semanas armándolo. La secretaria de Damián nos llevaría de compras: lencería, ropa, perfume, unas prótesis de pecho en una clínica especializada. Él pasaría a recogerme a las ocho en punto, primero a cenar y luego a su departamento.

—¿Salir así, en público? —Se me cerró la garganta.

—Tranquila —dijo, y esa palabra en femenino me erizó la piel—. Sería en uno de sus restaurantes, cerrado, solo con su gente de confianza. De ahí, directo a su casa, hasta las nueve de la mañana. Dices que es mayor; igual ni puede, o solo un rato, y por una noche te llevas trescientos mil.

—¿Y cómo estamos seguros de que pague?

—Doscientos mil al recogerte, cien mil al traerte de vuelta.

Suspiré. Marina me tomó la cara entre las manos.

—Solo déjate llevar y disfruta, sin miedo. Esto no va a cambiar nada entre nosotros. Y piensa en la noche con Noelia y conmigo, las dos para ti. ¿Qué dices?

—Está bien —cedí al fin—. Pero los cien mil de la mañana los gasto yo. Me los gano con el sudor de mi frente.

—Más bien de tu trasero —se rió ella.

—Lo ves, aún no pasa nada y ya estás...

—Perdón. Es para que veas que no me afecta. Será un trabajo, nada más. Uno muy bien pagado.

Esa noche le hice el amor con rabia, fuerte, como queriendo reafirmar algo que sentía resbalarse entre los dedos. Y aun así, mientras la tenía debajo, una parte de mí imaginaba otra cosa. Al terminar me besó y me dijo al oído:

—Duerme. Mañana será un día largo de compras.

***

El timbre nos despertó temprano. Salí en pijama y era la secretaria, una mujer atractiva y simpática que se presentó como Vera. Marina apareció detrás de mí en ropa deportiva, sin maquillaje, todavía con el cepillo de dientes en la boca.

—Cinco minutos —pidió, y se metió corriendo a la habitación.

Al salir nos esperaba un coche que valía más que mi sueldo de un año. Vera nos abrió la puerta y arrancamos hacia una zona de tiendas que yo solo conocía de pasar por fuera.

Lo primero fue una clínica. Me depilaron lo poco que había vuelto a crecer en dos semanas y me colocaron unos pechos de silicona que se sentían sorprendentemente naturales: grandes, pesados, ajenos. Después, una peluca rubia y maquillaje. Cuando me llevaron frente al espejo, le dije a Marina que era una locura, que no podía pasearme así por la calle.

—Ni yo te reconocí —me cortó—. Nadie podría. Y si alguien me saluda, le digo que ando de compras con una amiga. Ahora calma esa erección y ponte esto.

—Es ropa de mujer.

—Sí, amiga. Lo sé. Ven.

Me llevó a un probador, se arrodilló y me hizo terminar en su boca antes de que pudiera protestar, para que el pene no me delatara. Luego me acomodó en unas bragas apretadas, unos jeans, unas zapatillas rosas y una blusa que marcaba mis nuevos pechos sin enseñarlos. Unas gafas de sol enormes remataron el conjunto. Al mirarme de nuevo en el espejo no vi a nadie que conociera: una chica alta, de piernas largas, buenas caderas y un escote que llamaba la atención.

***

El resto del día fue un vértigo. Compramos lencería, un vestido, un bolso, perfume. Pasamos por una sex shop a por lubricante y un encargo especial de Damián, un gel dilatador con una nota: «espero que ayude». Marina, encantada, eligió también un reloj y algunas joyas; él había prometido comprarle lo mismo a ella.

Comimos, fuimos al cine, y todo el tiempo me acompañó una incomodidad rara y eléctrica. Por la calle, los hombres se giraban, silbaban, llamaban. Dos chicas guapas y yo, vestido así, era extraño y excitante a la vez. En la sala de cine, Marina me retó a mover un poco las caderas delante de un grupo de veinteañeros, y el coro de murmullos me subió el calor a la cara. Uno de ellos, delgado y de buena pinta, se acercó a pedirnos charla. Se acercó a mí, en realidad.

—¿Le gustas? —le preguntó Marina, divertida.

—La verdad, sí —admitió el chico—. Vine a ver si podía invitarla a salir.

Con la voz más femenina que logré sacar, le dije que hoy no podía, que tal vez en otra ocasión. Se alejó algo decepcionado y Marina me pasó un brazo por la cintura.

—¿Ves? Eres preciosa de chica. Creo que me estoy volviendo un poco lesbiana. O bi. No lo sé. Quiero meter la cara entre esas tetas.

***

Sobre las cinco regresamos a la clínica para un retoque y un enema. Fue entonces cuando entendí que Damián pensaba aprovechar hasta el último centavo de lo que pagaba. La encargada me entregó un plug nuevo, con una luz led encendida en la base, y me dijo que tenía orden de colocármelo ella misma. Cuando lo introdujo, el pequeño dolor se transformó poco a poco en una corriente extraña y placentera que despertó mi pene en el peor momento.

—Tranquila —sonrió la mujer—. Desahóguense. Una damita tan linda no puede salir luciendo eso por todo el centro.

Vera la siguió fuera y Marina se arrodilló frente a la camilla. Esta vez no me dejó participar: solo sacó sus pechos, los apoyó en mis muslos y trabajó con la boca hasta el final. Yo, por imitarla, me dediqué a estrujar mis tetas nuevas. No sé si era mental, simples implantes de silicona, pero la sensación me arrastró. Su boca, el masaje, aquel objeto vibrando dentro de mí, todo me empujó a apretar con fuerza. Terminé en su garganta y me asusté de mi propia voz: sonaba como la de una chica complacida. Le pedí que parara, nos arreglamos y salimos de allí.

***

En casa quedaban los últimos retoques. Un baño tibio cuidando el peinado, crema por todo el cuerpo. Marina me masturbó para dejarme sin fuerzas y mantenerme dócil para la cita; no llegué del todo, solo escapó un hilo tibio, y cada vez sentía menos ganas de resistir. Cuando me acomodó la lencería, la tela suave y perfumada contra la piel me pareció lo más erótico del mundo. El sujetador levantaba mis pechos; la tanga apretaba el plug en su sitio; las medias, las zapatillas, el vestido juvenil, el abrigo encima. Me roció un perfume frutal que casi gritaba. Y entonces sonó el timbre.

—Qué puntual —dijo Marina.

Yo no fui capaz de decir nada.

—Ve, diviértete, mañana me cuentas. Te amo, pero que eso no te impida vivirlo todo. —Abrió la puerta.

Damián entró. Alto, sereno, con una elegancia que no se compra. Me miró de arriba abajo y sonrió.

—Tú debes de ser Marina —le dijo a ella—. Pero esta noche solo puedo ver a Lara.

Se acercó y me besó en la boca. Por instinto intenté apartarme, y él me recordó, sin soltarme la cintura, que esa noche era suya. Me sujetó la barbilla con la otra mano —era tan alto que, incluso con tacones, yo le llegaba al pecho— y me besó otra vez, despacio. Antes de salir, Marina me deslizó la mano entre las piernas, soltó una risa y me susurró:

—Diviértete, zorra.

***

En la limusina, Damián me explicó el plan y me pidió relajarme. También me pidió un favor: ver el plug. Algo nerviosa, me arrodillé en el asiento, me levanté el vestido y le mostré el juguete encajado. Lo presionó apenas y me dio una palmada suave que me hizo temblar de un modo nuevo.

Llegamos a un garaje privado bajo su restaurante. Antes de bajar me pidió otra cosa, y yo, que ya había cruzado demasiadas líneas en un solo día, me arrodillé entre sus piernas. Su miembro era muy superior al mío, oscuro, grueso, con venas marcadas. Lo acaricié tímida, y él me detuvo.

—Quizá pienses que soy un pervertido —me dijo, mirándome a los ojos—. Pero relájate. Si no puedes con esto, lo dejamos aquí. Le di a tu esposa lo acordado, el chofer te lleva a casa y nadie te juzga. Te ves preciosa. Tal vez solo faltaba romper la barrera. Si decides seguir, bebe esto.

Lo miré, tomé la copa que me ofrecía y le pedí otra. Después me acerqué a su sexo y empecé a besarlo, a recorrerlo con la lengua, como había visto hacer a Marina mil veces. No sabía mal. Lo tomé en la boca y lo chupé lo mejor que pude.

—¿Estás segura? —me preguntó.

—Claro —respondí con mi mejor voz—. Esta noche soy toda tuya. No me vestí así para nada, y tengo curiosidad de lo que puedo sentir. Soy, aunque no lo parezca, alguien que cumple sus tratos.

Seguí con lo mío hasta que un cosquilleo me arrancó un gemido demasiado fuerte: el plug había empezado a vibrar y él tenía el control en la mano. Tocaba puntos dentro de mí que me obligaban a entregarme con más ganas, hasta que lo sentí palpitar y terminó en mi boca. Igual que ella, me lo tragué todo, incluso lo que se escapó, recogiéndolo con el dedo mientras lo miraba a los ojos.

***

Cenamos y bebimos sin prisa. Me contó que la vida del millonario es más solitaria de lo que imaginaba, que casi nadie lo busca sin querer algo, y que por eso disfrutaba ayudando a la gente. Me invitó porque me había visto preocupado y confundido, y porque él también quería probar algo nuevo. Ganar todos, decía. Sonaba, contra todo pronóstico, a buen tipo; en otras circunstancias habríamos sido amigos.

Cuando me levanté al baño, activó el vibrador a distancia. Llegué temblando, me apoyé en el lavabo y me toqué hasta soltar otra carga sin apenas endurecerme. Me retoqué el maquillaje, me miré al espejo y, al volver, antes de que apartara mi silla, le dije al oído:

—Estoy lista. Vamos a tu casa. Llévame.

***

En la limusina tomé yo la iniciativa. Me senté sobre sus piernas y entendí lo pequeña que era a su lado. Le bajé el pantalón mientras lo besaba, pero cuando lo sentí palpitar me detuve y le pedí que lo metiera. Me levanté el vestido, aparté la tira de la tanga y él retiró el plug, todavía vibrando. Sentí la punta contra mi entrada y me fui dejando caer despacio. A la mitad me sujetó.

—Calma, poco a poco —dijo—. Igual que con la boca. Algún día lo tendrás todo dentro.

Empecé un vaivén lento y profundo. Tras unos minutos, vestido como una muñeca y sin lograr endurecerme, terminé sobre su abdomen, un líquido tibio y claro, y el placer fue tan grande que le di la razón en silencio. Cambié de postura, apoyé los codos en el respaldo y dejé el resto a él, que entró centímetro a centímetro hasta que su cuerpo chocó con mis nalgas.

—Ya lo tienes todo dentro —me dijo, satisfecho.

Orgullosa de sentirme tan llena, empujé contra él, haciendo rebotar mis caderas. En cuestión de minutos volví a correrme, manchando el asiento, mientras me oía decir cosas que jamás creí que diría. Él se sorprendió tanto como yo. Se detuvo, me llevó hasta la cama enorme de su departamento, me recostó boca arriba y me cubrió con su cuerpo, besándome y tirando suave de mis pechos.

Puso una almohada bajo mis caderas, me echó los pies sobre los hombros y me penetró tan hondo que se me escapó alguna lágrima. Me preguntó si paraba; le dije que no, que siguiera. Mi pene, encerrado en el encaje, soltaba un río tibio sobre mi vientre sin endurecerse. Lo sentí más duro, a punto, y cuando quiso salir lo apreté contra mí y le pedí que lo dejara todo dentro. Obedeció con un gruñido y terminó muy profundo. Apenas se retiró, le pedí el plug y me lo coloqué yo misma.

—Quiero guardarte adentro toda la noche —le dije—. Quiero saber que te gustó tanto.

—Eres una preciosidad —respondió.

Mareados por el alcohol y agotados, nos dormimos como cucharas, su cuerpo pegado a mi espalda y mi cabeza en su brazo.

***

Desperté con dolor de cabeza, náuseas y una resaca tan moral como alcohólica. Corrí al baño, me quité el plug, me retoqué el maquillaje y me puse el vestido. Él se despertó con una sonrisa.

—Buenos días, ¿lista para una despedida?

—Lo siento —le dije—. No estoy bien para eso ahora.

Asintió con comprensión, llamó al chofer y, antes de que me fuera, me tendió la mano. En la palma estaba el control del plug.

—Quédatelo. Y gracias. Fue una velada inolvidable.

Subí a la limusina cansada y volví a casa con un sabor a brandy en la boca que no conseguía disimular. Marina salió de la habitación con los ojos aún medio cerrados.

—¿Qué tal, zorra? ¿Te divertiste?

—No quiero hablar de eso. Ven, ayúdame a quitarme todo esto.

Bajo el agua caliente de la ducha mi cuerpo por fin reaccionó, y la tomé con fuerza, como tratando de recuperar algo. Ella me dejó. Del bolso cayó el dinero restante y el plug; lo recogió, se lo colocó y terminó conmigo dentro, gimiendo más fuerte que nunca.

—Mejor que nunca —dijo después—. Vamos a pensar qué hacemos con lo que ganaste. Tal vez un viaje a la playa.

—Buena idea —contesté, y por primera vez en horas sonreí—. Solo te diré que estuvo bien. Anda, busquemos hotel.

Ver todos los relatos de Trans

Valora este relato

Comentarios (5)

DiegoC88

increible, no pude parar de leer hasta el final. muy bueno!!!

Luciana_Bcn

por favor continualo, quede con ganas de saber como siguio todo. tremendo relato.

EstebanQ

Lo leí de un tiron. Me gustó mucho como lograste transmitir esa mezcla de nervios y excitacion sin ser burdo. Se nota que hay trabajo detras, no es un relato cualquiera. Esperando el proximo.

MarcosRdP

que relato!!! me dejo sin palabras jaja

NocheLarga22

me recordo a algo que yo tambien viví, aunque no tan intenso jaja. bien narrado, de verdad.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.