Cobré por mi cuerpo para poder ser el hombre que soy
Bajé del micro en la terminal con una mochila deshilachada y el corazón golpeándome las costillas como un tambor de guerra. La capital era un animal de luces y ruido que prometía tragarme y escupirme distinto. Acá nadie me va a doblar el brazo. Me lo repetía mientras avanzaba por avenidas que no terminaban nunca, la barba incipiente picándome en la mandíbula como prueba de que la testosterona ya estaba haciendo su trabajo silencioso.
Alquilé una pieza en una pensión del barrio viejo, donde las paredes transpiraban humedad y el baño compartido olía a cañería podrida. Cada ampolla costaba plata. La masa que había construido en el gimnasio, brazo a brazo, no iba a evaporarse por falta de hormonas. Eso me prometí la primera noche, tirado sobre un colchón que se hundía en el medio.
Los primeros días fueron un muro tras otro. En una cafetería del centro me pidieron el documento y la encargada torció la boca al leer el nombre muerto.
—Acá buscamos chicas que no confundan a los clientes —me dijo, con una sonrisa de cartón.
En una tienda de ropa, el gerente me midió de arriba abajo: cara linda, voz grave, hombros anchos, pero unas caderas que todavía me delataban.
—Sos demasiado… no sé, bonito para vender ropa de hombre —resolvió, y volvió a su teléfono.
El hambre empezó a apretar de verdad. Los músculos que tanto me había costado ganar se aflojaron, como si el cuerpo se estuviera comiendo a sí mismo para sobrevivir. Contaba monedas sobre la cama y me dormía con bronca, esa bronca que abriga más que cualquier frazada.
Una madrugada, lavando platos en negro en un boliche cerca de la estación sur, con las manos arrugadas y la espalda partida, lo vi por primera vez. Dante entró por el fondo del local como si fuera el dueño del aire. Pecho plano bajo una remera ajustada que marcaba dos cicatrices apenas visibles, cadenas de plata, zapatillas que valían lo que yo no juntaba en un mes. Pidió un vaso de agua y se quedó mirándome con unos ojos que parecían saberlo todo de antemano.
—¿Cuánto te pagan por romperte el lomo acá, pibe? —preguntó.
Me encogí de hombros, las manos temblando dentro del agua jabonosa.
—Casi nada.
Dante sonrió sin ganas, como quien ya conoce el final del chiste.
—Yo arranqué igual. Mirá. —Se levantó la remera lo justo para mostrar las cicatrices perfectas bajo los pectorales—. Esto no lo paga ningún laburo de mierda detrás de una barra. Esto lo paga la gente que quiere tocar lo que no entiende. Para ellos somos un fetiche con patas. Pero si sos vivo, les cobrás por serlo y después te volvés a tu casa a seguir siendo vos.
Algo se rompió en mi pecho. Y al mismo tiempo, algo se encendió.
—¿Y no te… revuelve el estómago? —pregunté.
Me clavó la mirada.
—Al principio sí. Después entendés que ellos pagan una fantasía de diez minutos. Vos cobrás tu futuro entero. Punto.
Esa noche no dormí. Me miré en el espejo rajado de la pensión: cara angulosa pero todavía suave, labios llenos, ojos grandes que confundían a cualquiera. Es temporal. Solo hasta la cirugía. Solo hasta tener mi cuerpo de verdad. Me pasé el pulgar por la mandíbula, sintiendo el roce áspero del vello nuevo, y la decisión se asentó en mí como una piedra en el fondo de un río.
***
La primera vez en la calle fue un infierno helado. La zona de la estación a las tres de la mañana, el viento cortando como una navaja sin filo, lento y persistente. Los otros chicos trans y las travestis me midieron con una mezcla de lástima y de territorio. Me planté bajo un farol, con la capucha puesta y las manos hundidas en los bolsillos de un jogging que marcaba demasiado el bulto de la packer. El miedo me cerraba la garganta y me secaba la boca.
El primer auto fue un sedán negro importado. La ventanilla bajó despacio y un tipo de traje, sesenta largos, me miró como quien encuentra una rareza en una vidriera.
—¿Cuánto, lindo?
Tragué saliva. La voz me salió más ronca de lo que esperaba, y eso, por algún motivo, me dio coraje.
—Mil el oral. Mil quinientos con todo y forro.
El tipo sonrió, los dientes blancos brillando bajo la luz del tablero.
—Subí.
En el asiento trasero, con el auto estacionado en una calle sin testigos, me bajé el jogging con dedos torpes. Él ya se estaba abriendo el cinturón, respirando corto, y en cuanto se sacó la verga del pantalón me la puso a la altura de la cara sin preguntar. Era gorda y venosa, la punta hinchada y brillante de líquido preseminal, olía a colonia cara mezclada con sudor de oficina. Me la agarré con la mano y la sopesé, escupí en la palma y empecé a masturbarlo despacio, mirándolo a los ojos para que se le fuera la vida antes de que yo abriera la boca.
—Metétela, pibe, dale, no me hagas rogar —jadeó, y me clavó los dedos en la nuca.
Abrí la boca y me la fui tragando de a poco. La lengua le rodeó el glande, ahí donde más se estremecía, y después me la fui hundiendo hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta y sentí las arcadas subir. Retrocedí, respiré por la nariz y volví a bajar, esta vez más lento, chupándole la polla con toda la boca, la saliva escurriéndole hasta los huevos que le apretaba con la otra mano. Él jadeaba en esa mezcla de gemido y palabra rota que hacen los tipos cuando pierden el control, y yo mamaba con un ritmo constante, la mandíbula tensa, los labios apretados alrededor de la carne caliente.
Cerré los ojos y pensé en las cicatrices que pronto tendría, en el pecho liso que iba a poder mirar sin odiarme. Pensé en el quirófano como otros piensan en el cielo. Mientras tanto, la verga del viejo se ponía cada vez más dura entre mis labios, palpitaba, y él empezó a empujarme la cabeza para arriba y para abajo con las dos manos, cogiéndome la boca como si fuera un coño.
—Chupámela, chupámela toda, la puta madre —masculló—. Así, así, no pares, así, pendejo, tragátela entera.
Yo lo dejaba hacer, la garganta abierta, la saliva chorreando en hilos gruesos hasta el cuero del asiento. Le sentía los huevos apretarse contra mi mentón, cada vez más pesados, cada vez más tensos, y supe que estaba por venirse. Le di un último apretón en la base con la mano, la lengua trabajando por debajo del glande, y él pegó un rugido bajo y me descargó la corrida en la boca a chorros calientes, espesa, pegajosa, con ese gusto a metal y a sal que después me quedaría horas en la lengua. Le seguí chupando hasta la última gota mientras él temblaba y me tironeaba del pelo.
Cuando terminó, con un gemido ahogado y los dedos apretándome el pelo, sentí náuseas y poder al mismo tiempo, las dos cosas mezcladas en una sola arcada. Escupí el semen en un pañuelo arrugado y me limpié con el dorso de la mano. Él me miraba con la verga todavía babeada apoyada contra el muslo, incapaz de moverse. Agarré los billetes arrugados que dejó sobre el asiento.
—Volvé cuando quieras, nena… perdón, pibe —dijo, riéndose nervioso, como si la corrección le costara más que el pago.
Bajé del auto y vomité contra la pared, doblado en dos. Pero guardé la plata en el bolsillo como quien guarda una promesa firmada con sangre.
***
A la semana ya no vomitaba. Aprendí a negociar, a sostener la mirada de los clientes, a usar mi androginia como una herramienta afilada. Los tipos pagaban más por la confusión. Querían lo que no se animaban a nombrar de día: la voz grave diciéndoles cosas sucias al oído, las manos fuertes empujándolos contra el respaldo, y a la vez el cuerpo que todavía cargaba lo que yo quería borrar.
Me compré un arnés con un consolador grueso y realista, negro como la noche en la que trabajaba. Lo usaba con los que pedían que los cogiera, y eran muchos. Hombres de oficina, de alianza en el dedo, que durante el día firmaban papeles y por la madrugada me suplicaban contra la tapicería de un auto. Los ponía en cuatro en el asiento trasero, les escupía en el culo, les hundía dos dedos hasta abrirles el agujero, y después les metía la verga de goma de una sola embestida hasta hundirles todo el arnés contra las nalgas. Ellos aullaban, se mordían el antebrazo para no gritar, y yo los cogía con odio y con método, cambiando el ritmo, agarrándoles el pelo, haciéndoles decir por favor. Los hacía correrse dos veces: una tocándose la polla con la mano mientras yo se la metía y otra con la boca contra el cuero del asiento, sin tocarse, solo por cómo se las clavaba. Yo embestía pensando en mi futuro, no en ellos, y de algún modo retorcido eso me hacía sentir entero.
Una noche, un habitué me llevó a un hotel del barrio caro. Era más joven que los demás, ejecutivo, incluso lindo. Pagó todo por adelantado y me pidió que me quedara hasta la mañana.
—Quiero verte sin nada —me dijo, con la voz temblándole de ganas.
Me saqué la ropa despacio, prenda por prenda, mientras él me miraba sentado al borde de la cama. El cuerpo en plena transición: hombros anchos, cintura todavía marcada, un pecho pequeño que detestaba pero que él besó como si fuera un altar. Me chupó los pezones uno por uno, largo, lamiéndomelos con la lengua plana y después mordiéndolos suavecito, y a pesar de mí mismo se me pusieron duros como piedritas. Me recorrió entero con la boca, perdido en el contraste entre la piel suave del vientre y la dureza de mis brazos, entre lo que veía y lo que escuchaba cuando yo hablaba.
Después me abrió las piernas y me hundió la cara entre los muslos. Yo cerré los ojos, apretando los dientes, y lo dejé hacer. Me lamió el coño con una devoción que ninguno de los otros había tenido: la lengua trabajándome el clítoris en círculos lentos, después dos dedos entrando y saliendo, curvados, buscando ese punto que me hacía arquear la espalda sin permiso. Se me escapó un gemido grave, más de macho que de hembra, y a él eso lo puso peor. Me chupó con más ganas, gimiendo contra mi carne, y yo terminé viniéndome en su boca con un espasmo largo, agarrándole la cabeza con las dos manos, apretándole la cara entre los muslos hasta que se me pasó el temblor. La rabia de disfrutarlo me hervía por dentro, pero el placer también, y las dos cosas se me mezclaron en un solo latido.
—Date vuelta —le ordené, y él obedeció al instante, temblando.
Me puse el arnés frente al espejo del placard, mirándome ajustar las correas alrededor de las caderas, ese consolador negro apuntando al frente como una promesa. Por un segundo me gustó lo que vi: la silueta de quien iba a ser, recortada contra las luces de la ciudad que entraban por el ventanal. Lo llevé del pelo hasta el vidrio y lo pegué contra el ventanal con la palma abierta entre los omóplatos.
—Abrí las piernas —le dije al oído, la voz bien grave contra su nuca—. Y bancate lo que te voy a meter.
Él temblaba, la polla parada rebotándole contra la panza. Le escupí en el ojete y le pasé dos dedos ensalivados por la raja, hundiéndoselos hasta los nudillos para prepararlo. Estaba caliente por dentro, apretado, y me chupaba los dedos con el culo como si tuviera hambre. Los saqué y le puse la punta del consolador ahí, dándole apenas, jugando, mientras él se retorcía y empujaba las nalgas hacia atrás buscándome.
—Por favor… por favor, metémela, no me hagas esperar —lloriqueaba con la mejilla aplastada contra el vidrio.
Le agarré la cadera con una mano y con la otra dirigí la polla de goma hasta que se la fui hundiendo despacio, centímetro a centímetro, viendo en el reflejo cómo su cara se descomponía de placer. Cuando se la clavé entera y el arnés le tocó las nalgas, esperé unos segundos para que se acostumbrara y después empecé a cogerlo en serio, embistiéndolo contra el ventanal, cada golpe de cadera haciendo temblar el cristal. Él lloriqueaba de placer, las manos dejando marcas húmedas y arrastradas en el vidrio, la polla goteando contra el zócalo.
—Sos perfecto… sos lo más caliente que vi en mi vida —balbuceó.
—Callate y bancatela —le contesté, y le agarré del pelo tirándole la cabeza para atrás.
Lo cogí más fuerte, las caderas chocando contra las suyas, el sudor corriéndome por la espalda hasta el arnés, las correas cortándome la piel de las ingles. Le metía la verga hasta el fondo y se la sacaba casi entera, y él me la pedía cada vez más, empujando el culo hacia atrás para clavársela sola. Le pasé la mano por delante y le agarré la polla, dura, mojada de sí misma, y se la fui bombeando al mismo ritmo con el que se la cogía por atrás. En menos de un minuto se venía a chorros contra el ventanal, gimiendo mi nombre, apretando el arnés dentro suyo con espasmos que casi me lo arrancan, la corrida chorreándole por los muslos y por mis dedos.
Pensé en Dante y en sus cicatrices perfectas. Pensé en el quirófano que ya casi podía pagar. Apreté los dientes y sentí que el placer y la rabia eran, esa noche, exactamente la misma cosa, una sola corriente que me empujaba hacia adelante. Le seguí metiéndola un rato más, con él temblando y llorisqueando, hasta que le saqué la verga de goma lentamente y él se derrumbó contra el vidrio, las piernas fallándole.
Cuando acabamos, él se desplomó sobre las sábanas y se durmió enseguida, con esa paz tonta de los que pagan para olvidar. Yo me solté el arnés, lo dejé al lado del semen seco en el piso y me quedé despierto, escuchando su respiración y el murmullo lejano del tránsito.
***
Al amanecer, mientras él dormía boca abajo, me metí en el baño lujoso y me miré en el espejo enmarcado en oro falso. La plata estaba sobre la mesita de luz, ordenada, esperándome. Suficiente para la operación y algo más. Me toqué el pecho con la punta de los dedos, ese pecho que pronto dejaría de existir, y por primera vez no sentí asco. Sentí despedida.
—Ya casi —le dije a mi reflejo, en voz tan baja que apenas la escuché—. Ya casi soy yo.
Junté los billetes, me vestí sin hacer ruido y bajé en el ascensor de espejos repetidos. Afuera, la ciudad seguía rugiendo, indiferente, masticando a otros como me había masticado a mí. Pero caminé hacia la pensión con la mochila al hombro y, por primera vez desde que había bajado del micro, sentí que era yo el que tenía los dientes.