La transexual que encontré en el mercado de Saigón
El calor de Saigón a medianoche era una bestia viva que se pegaba a la piel como una lengua húmeda. Yo avanzaba entre la multitud del mercado nocturno de Ben Thanh con la camisa de lino empapada, cuarenta y nueve años pesándome en los hombros como una vieja deuda. Recién divorciado, sin nadie esperándome en ningún huso horario, con el deseo tan oxidado que ya ni me molestaba en buscarlo.
El mercado respiraba, latía, sudaba. Cada bocanada era un trago de aceite hirviendo, salsa de pescado fermentada, el dulzor podrido del durián y el almizcle crudo de miles de cuerpos rozándose en los pasillos estrechos. Caminaba sin rumbo, dejándome arrastrar por la corriente de gente, cuando la vi.
El neón rosa de un puesto la atravesaba como un cuchillo de luz líquida. El tubo zumbaba justo encima de su cabeza y la bañaba en carmín húmedo. El vestido negro era tan fino que parecía pintado sobre la piel, y cada gota de sudor le resbalaba por las clavículas hasta perderse entre unos pechos pequeños y firmes, los pezones marcados como dos puntos de fuego bajo la tela mojada. Respiraba rápido, y cada inhalación tensaba el vestido y dibujaba el contorno exacto de su cuerpo.
Después supe que se llamaba Linh. Después supe que tenía veintiocho años, que bailaba seis noches por semana en un bar de la esquina y que llevaba el cansancio de mil hombres en la espalda. Pero esa primera vez solo supe que me miraba como si me conociera de otra vida.
Se mordió el labio inferior. El brillo rosa de su boca temblaba. No había desafío en sus ojos enormes, ni el cálculo profesional que yo había aprendido a reconocer en esos lugares. Había hambre, sí, pero también una curiosidad casi peligrosa, la de quien apuesta a un desconocido porque ya está cansada de jugar sobre seguro.
No vengas, me dije. No esta vez.
Vine igual.
Me acerqué y el olor me golpeó como un puñetazo suave: jazmín barato, un perfume dulzón de fresa y, debajo de todo eso, el calor de una piel que llevaba horas sudando bajo las luces. Cuando estuve frente a ella, no se apartó. Levanté su barbilla con dos dedos y su piel quemaba, como si la noche entera se le hubiera metido dentro.
—Llevas un rato mirándome —dijo en un español lento, aprendido a retazos con turistas—. ¿Te animas o solo miras?
—Me animo —respondí.
Me besó ella primero. Los labios suaves, la lengua buscando la mía sin prisa pero sin dudar, con la seguridad de quien sabe exactamente lo que quiere y por una vez se permite tomarlo. Sabía a brillo de labios y a algo más: al sabor de una noche larga que por fin encontraba a quién entregarse.
—No aquí —murmuró contra mi boca—. Ven.
Me arrastró de la mano por un callejón lateral, lejos del bullicio. El suelo estaba mojado, sembrado de cajas de fruta aplastadas, y sus tacones resbalaban; se sostuvo de mi brazo riéndose por lo bajo, una risa ronca que no tenía nada de inocente. Bajo una bombilla que parpadeaba, me empujó contra la pared y se arrodilló sola.
—Quería hacer esto desde que entraste al pasillo —dijo, y me bajó la cremallera con dedos rápidos, expertos.
Cuando me liberó, soltó un gemido grave de aprobación. Me lamió de la base a la punta, despacio, mirándome todo el rato con esos ojos enormes. No había nada frágil en ella ahora: había una mujer adulta tomándose su tiempo, hundiéndome en su boca hasta el fondo, la garganta abriéndose para mí mientras su mano me apretaba la base. La obscenidad del sonido húmedo rebotaba en las paredes del callejón.
—Mírala —susurró cuando se apartó para respirar, el hilo de saliva brillando bajo la bombilla—. Llevo toda la noche imaginando esto.
***
Se puso de pie y se levantó el vestido con las dos manos. La ropa interior, una pieza de encaje negro empapada, casi transparente, la bajó solo lo justo. Y ahí estaba ella entera: entre las piernas, un sexo pequeño, rosado, hinchado, goteando ya de pura anticipación. Tan delicado que cabía en la palma de mi mano, pero palpitaba con una fuerza que sentí latir contra mi piel apenas lo rocé.
—Estoy mojada por detrás desde hace rato —dijo, mordiéndose el labio—. Date prisa.
Se escupió en la mano y se untó ella misma entre las nalgas con dedos seguros. Se giró contra la pared, arqueó la espalda y me ofreció un culo redondo y firme que temblaba de ganas. La entrada era rosada, brillante de saliva, y se contrajo con vida propia cuando la toqué con el pulgar.
—No tan suave —pidió, mirándome por encima del hombro—. No soy de cristal.
Presioné con la punta. Ella gimió antes de que entrara, un gemido largo que se ahogó contra el ladrillo. Empujé. Un centímetro. Dos. Estaba tan estrecha que cada milímetro era una guerra deliciosa, y ella empujaba hacia atrás con una desesperación animal que no tenía nada de sumisa y todo de exigente.
—Más —jadeó—. Hasta el fondo. Quiero sentirte mañana cuando camine.
Entré entero de un solo empujón. Su grito fue casi un aullido, todo el cuerpo convulsionándose, las piernas a punto de fallarle, sostenida solo por la pared y por mis manos clavadas en sus caderas. El ruido era una cosa sucia y perfecta: carne mojada chocando, sus gemidos roncos mezclándose con los míos, el eco devolviéndolo todo amplificado.
Sentía su sexo pequeño rozarme cada vez que la embestía hasta el fondo, duro como una piedrecita caliente, derramando gotas claras que me resbalaban por la piel.
—Así, papi —gimió, usando la palabra con una sonrisa torcida, jugando conmigo—. Más fuerte. Que me dure toda la semana.
La agarré del pelo y tiré de su cabeza hacia atrás. Le mordí el cuello hasta dejar una marca rosada, y ella se rió y gimió al mismo tiempo, pidiendo más con la voz quebrada. Se corrió ella primero: un grito desgarrado, el cuerpo entero sacudiéndose, su entrada apretándome tan fuerte que casi me expulsa. Su pequeño miembro palpitó contra la pared y derramó unas gotas claras que se perdieron en la penumbra.
Seguí, cada embestida más profunda, hasta que ya no pude más. Cuando me corrí, lo hice con un rugido sordo, clavado hasta el fondo, vaciándome en ella con una intensidad que hacía meses no sentía. Linh gritó otra vez, un segundo orgasmo que la dejó temblando y deshecha, colgada de mis brazos, respirando en jadeos húmedos contra mi pecho.
Nos quedamos así, en el callejón, mientras el goteo lento de la fruta podrida marcaba el tiempo. Ella levantó la cara y me miró con una mezcla de cansancio y algo parecido a la sorpresa.
—La mayoría se va corriendo después —dijo en voz baja—. Tú no pareces tener prisa.
—No tengo a dónde ir —admití.
Se rió, pero los ojos se le pusieron brillantes.
—Yo tampoco.
***
No la dejé ir.
Caminamos juntos por las calles todavía llenas de humo y luces de neón hasta el hotel de Đồng Khởi donde yo tenía reservada una suite que me venía demasiado grande para uno solo. El portero levantó una ceja al ver a esa mujer de maquillaje corrido y vestido manchado colgada de mi brazo, pero ya no me importaba nada de lo que pensara nadie. Subimos en el ascensor de espejos y Linh se miró en ellos, se pasó un dedo por el rímel corrido y soltó una carcajada cansada.
—Estoy hecha un desastre —dijo.
—Estás perfecta —respondí, y la besé hasta que el ascensor llegó arriba.
La metí en la ducha de mármol y abrí el agua caliente. La lavé yo mismo, con las manos llenas de un gel que olía a sándalo, pasándole los dedos por la espalda, por los muslos, entre las piernas, hasta que volvió a gemir y se aferró a mis hombros. La sequé con las toallas gruesas del hotel, le presté una de mis camisas y la vi reírse de lo grande que le quedaba. Pedimos comida a las tres de la mañana y se la comió entera, sentada en la cama con las piernas cruzadas, contándome a medias en su español roto cómo había llegado a la ciudad desde un pueblo del delta a los diecinueve años, sin nada, dispuesta a todo.
Los siguientes siete días fueron un sueño febril dentro de aquella suite.
Las cortinas cerradas, el aire acondicionado zumbando, el olor a sexo impregnado en las sábanas. Linh dormía desnuda, abrazada a mí, y se despertaba con la boca en mí, succionando despacio, los ojos entrecerrados de placer. La hacía mía en la cama, en el sofá, contra los ventanales con vistas a los tejados de Saigón, en la bañera de hidromasaje mientras el agua se enfriaba alrededor.
Le compré ropa: vestidos de seda que se ceñían a su cuerpo, lencería negra y roja que elegía ella misma señalando con el dedo en las tiendas elegantes mientras las dependientas fingían no entender. La llevé a cenar al restaurante de la azotea y la senté en mi regazo bajo el mantel largo, dentro de ella mientras tomábamos vino caro y los camareros miraban hacia otro lado. Linh se mordía los nudillos para no gemir, y cuando volvíamos a la habitación me castigaba por haberla provocado, montándome hasta dejarme seco.
Una noche la até a la cabecera con mis corbatas de seda, las muñecas sobre la cabeza, y la dejé largo rato al borde, pidiéndome con la voz quebrada que la dejara terminar. Cuando por fin la penetré, gritó tan fuerte que seguridad llamó a la puerta. Abrí en albornoz, dije que todo estaba bien, cerré y volví con ella, que se reía y maldecía a partes iguales.
Aprendí su cuerpo de memoria: el punto exacto del cuello donde se estremecía, la forma en que arqueaba la espalda justo antes de correrse, el modo en que su sexo pequeño palpitaba contra mi vientre cuando la tenía cerca del final. Aprendí también sus silencios, los ratos en que se quedaba mirando la ciudad desde la ventana sin decir nada, sabiendo los dos que el último día se acercaba.
***
Amaneció con Linh acurrucada contra mi pecho, respirando suave. Yo ya tenía la maleta hecha. El taxi esperaba abajo para llevarme al aeropuerto. Me vestí en silencio. Ella me miraba desde la cama, los ojos enormes, sin decir nada, demasiado orgullosa para pedirme que me quedara.
Cuando tomé la maleta y abrí la puerta, la oí respirar hondo, conteniéndose.
—Buen viaje —dijo, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
Salí al pasillo. Cerré la puerta. Bajé al lobby. El taxi arrancó y se metió en el tráfico denso de la mañana.
Recorrimos doscientos metros antes de que le gritara al conductor que parara.
—Da la vuelta —dije, y luego en inglés, para que entendiera—. Turn around. Now.
El taxista me miró por el retrovisor como si estuviera loco. Saqué un fajo de billetes y lo dejé caer en el asiento delantero.
—Al hotel. Rápido.
Subí las escaleras corriendo porque el ascensor era demasiado lento. Abrí la puerta de la suite de un golpe. Linh seguía sentada en la cama, con mi camisa puesta, mirando el teléfono sin verlo. Al levantar la cara y encontrarme, abrió la boca pero no salió ningún sonido.
—Recoge tus cosas —dije, sin aliento—. Te vienes conmigo.
Parpadeó. Tardó un segundo eterno en creerme.
—¿De verdad? —preguntó, y por primera vez en toda la semana le tembló la voz de verdad.
—De verdad. Ahora.
No saltó a mis brazos como en una película. Se quedó muy quieta, evaluándome, buscando la trampa. Y cuando no la encontró, se levantó despacio, metió sus cuatro cosas en una bolsa, se puso uno de los vestidos nuevos y vino hacia mí caminando con la cabeza alta, como la mujer que era.
—Si me estás mintiendo —dijo, deteniéndose a un palmo de mi cara—, no te lo perdonaré nunca.
—No te miento.
Me besó entonces, lento y profundo, y noté el sabor salado de una lágrima que ella jamás admitiría haber soltado.
En el taxi fue sentada pegada a mí, mirando la ciudad pasar por la ventanilla, mi mano firme sobre su muslo. En el aeropuerto pagué su billete en clase preferente sin pestañear. Nunca había volado. Se aferró a mi brazo en el control de pasaportes, no por miedo a que la detuvieran, sino por la pura vértigo de empezar de nuevo a los veintiocho.
Cuando ya estábamos sentados en los asientos anchos de la primera fila, se giró hacia mí. Los ojos le brillaban, pero esta vez de una felicidad incrédula que casi dolía mirar.
—¿Y ahora qué somos? —preguntó.
Le acaricié la mejilla y le sequé con el pulgar la lágrima que sí dejó caer.
—Lo que tú quieras que seamos —respondí—. Tenemos tiempo para averiguarlo.
Y cuando Saigón desapareció bajo las nubes, Linh apoyó la cabeza en mi hombro y se durmió con mi mano entre las suyas, por primera vez en mucho tiempo sin tener que estar despierta para nadie.