Acepté posar en lencería para pagar nuestras deudas
El dinero cambia a las personas. Lo aprendí del peor modo, o quizá del mejor, todavía no lo tengo claro.
Me llamo Damián, tengo veintinueve años, y lo que voy a contar empezó cuando todo se vino abajo. Trabajé tres años como ingeniero de sistemas en una empresa de logística, y cuando la crisis se llevó por delante medio sector, me llevó a mí también. Pasé siete meses repartiendo currículos por toda la ciudad, golpeando puertas, aceptando entrevistas para puestos que nunca llegaban.
Marina, mi esposa, también buscaba. Ella siempre fue mi sostén, comprensiva y firme cuando yo me hundía. Pero el encierro y las cuentas sin pagar habían enfriado algo entre nosotros. La lencería que tanto le gustaba quedó guardada en un cajón, los juguetes acumulaban polvo, y nuestras noches de sábado se habían vuelto un trámite cariñoso pero apagado. Ella seguía siendo preciosa: bajita, de piernas torneadas, pechos hermosos y un trasero que me quitaba el sueño. Solo que yo ya casi no se lo decía.
Una semana antes de nuestro segundo aniversario, salí a otra entrevista fallida y, de regreso, entré a una tienda de lencería y juguetes. Quería recuperar algo de lo que habíamos perdido. Imaginaba un fin de semana distinto: un conjunto rojo, un plug elegante, las risas de antes. Con los últimos billetes de mi cartera, empecé a elegir.
Fue entonces cuando lo noté. Un hombre de unos cuarenta y tantos, traje impecable, zapatos que valían más que mi coche, se acercó al mismo maniquí que yo miraba. Me observaba demasiado. Me alejé hacia los conjuntos de encaje y él caminó detrás de mí, despacio, como quien sabe exactamente lo que quiere.
Toqué una tanga roja y un sostén a juego. Llamé a la encargada y pedí la talla de Marina.
—El rojo es tu color —dijo el hombre, de pronto, a mi lado—. Te verías muy bien.
Me giré, entre molesto y confundido.
—Es para mi esposa. Aléjate.
Caminé rápido hasta la caja, pedí también el plug y pagué. Mientras tanto, el desconocido charlaba con la encargada como si fueran viejos amigos. Ella se acercó después con una sonrisa de vendedora.
—Tenemos una promoción de temporada. ¿Quiere dejar sus datos para el sorteo? Podría ganar algo.
¿Gratis? ¿Por qué no?
Anoté mi nombre y mi teléfono sin pensarlo dos veces. Ese fue mi error.
***
Manejé a casa rumiando la rabia, inventando respuestas que ya no podía darle a aquel tipo. Pero, sin querer, recordé otra cosa. Meses atrás, en una noche tonta, Marina se había puesto mis bóxers y me había hecho ponerme una de sus tangas. Me reí, ella se rio, y luego la cosa cambió. Se quedó callada, mirándome, y dijo algo que no se me había borrado de la cabeza.
—No te ves nada mal. Siempre tuviste algo andrógino. La cintura fina, el trasero firme del fútbol, la piel clara. Creo que seríamos buenas amigas.
Lo dijo entre broma y curiosidad, y a mí, no sé por qué, se me puso dura como nunca. Terminamos en una de las mejores noches del año. Pero al día siguiente preferí no pensar en lo que aquello significaba.
Guardé el regalo para el aniversario. Y entonces empezaron los mensajes.
El primero llegó de un número sin registrar: «¿Ya lo estrenaste?». Pensé que era un error. Minutos después: «¿Te quedó bien? Te dije que el rojo era tu color». Bloqueé el número. Llegaron otros, de líneas distintas, durante dos días. Me sentía vigilado dentro de mi propia casa.
La tercera mañana, justo cuando salía a repartir currículos, sonó una llamada de número desconocido. Contesté con la esperanza absurda de que fuera un trabajo. Era él.
Me levanté de la mesa y caminé hacia la habitación. Marina preguntó quién era; le dije que una empresa.
—¿Qué demonios quieres? ¿Quién eres? ¿Cómo conseguiste mi número? —solté en voz baja.
—La encargada me pasó tus datos, Damián. No gana mucho, ya sabes. Pero no te enojes: creo que ganaste el sorteo.
—Deja de molestar.
En ese momento Marina entró y me arrancó el teléfono de la mano. Le pedí que colgara, pero ella, desconfiada, empezó a hacer preguntas. «¿Quién eres? ¿Qué quieres?». Y luego silencios largos, escuchando. «¿Ah, sí? ¿Cuándo? ¿Cuánto sería?». Me hizo un gesto para que saliera de la habitación, y yo, muerto de vergüenza, obedecí.
Desde el pasillo la oía. Al principio tensa, después relajada, incluso riéndose. Una conversación entera. Cuando por fin colgó, asomé la cabeza, listo para las burlas.
—Espera —dijo, y su tono no era de burla—. Tenemos que hablar.
***
Nos sentamos en la sala. Ella en pijama, sin sostén; yo todavía de traje y corbata, ridículamente formal para una conversación que iba a desnudarme entero.
—¿Para quién es la lencería que compraste? —preguntó.
—Para ti, amor —dije con cara de niño bueno. Y entonces le conté todo: la tienda, el hombre del traje, los mensajes, el regalo que le tenía preparado para el aniversario.
Me escuchó sin interrumpir. Luego me miró fijo.
—¿Quién es Víctor?
—¿Quién? No lo sé.
—El hombre del traje —dijo, algo molesta—. ¿Seguro que no lo conoces?
—No lo conozco, Marina. Te lo juro. ¿De qué hablaron tanto rato?
Se acomodó el pelo detrás de la oreja, como hacía siempre antes de decir algo difícil.
—Víctor te ofrece un trabajo. Quiere comprar unas fotos tuyas. En lencería. Maquillado, con peluca, todo.
—Claro que no.
—Espera. Son quince mil. En nuestra situación, eso vale la pena. Yo te ayudaría. Y quizá hasta sea divertido. Piénsalo.
—Que no. Y si tanta falta hace el dinero, hubieras ofrecido fotos tuyas.
—Lo hice —dijo, y se encogió de hombros—. La oferta es por las tuyas.
Lo discutimos un buen rato. La necesidad empujaba, la vergüenza frenaba, y en algún punto la balanza se inclinó. Acepté. Confundido, molesto, pero acepté.
—Ve al baño y desvístete —dijo, ya con otra energía—. Empezamos.
—Ni siquiera tenemos pelucas —protesté.
—Ya llegarán. Víctor manda todo el kit.
—¿Ya habías aceptado por mí?
—Es dinero fácil, Damián. Y te puedo dejar irreconocible. Así no hay nada que perder.
En el baño, mientras me untaba una crema espesa por todo el cuerpo, repetí en mi cabeza que podía funcionar. La crema empezó a arder y ella me metió a la ducha, frotándome de arriba abajo, demorándose más de lo necesario en algunos lugares. Cuando salí, no me quedaba un solo vello en el cuerpo ni en la cara. La piel lisa, suave, ajena. Me pasé las manos por las piernas y sentí un escalofrío que no supe nombrar. Empezamos a besarnos, pero el timbre nos interrumpió.
—¿Hola? —contestó Marina por el interfono.
—Paquete para Marina y Damián, de parte del señor Víctor.
—Sí, gracias. Dígale que mañana tendrá su encargo.
—¿Le diste la dirección a ese loco? —pregunté, alarmado.
—Ese loco nos va a ayudar mucho.
***
Abrimos la caja sobre la cama. Encima, una nota escrita a mano:
«Uno: que use los conjuntos que mando, para ELLA. Dos: el plug no es opcional, pero hay tres para que elija el que la haga sentir cómoda. Tres: buena luz y el maquillaje que pediste, todo incluido. Cuatro: las pelucas son a juego. Va lo acordado en efectivo. Diviértanse, hermosas».
—Bueno —dijo Marina, frotándose las manos—. Empecemos.
—¿Y los besos? ¿El sexo? ¿Nada?
—Espera, amiga —dijo, y la palabra me erizó la piel—. Vas a disfrutar de algo muy nuevo. Tal vez hasta te encante.
Empezó por untarme más crema. Sacó un conjunto negro y rojo: un sostén diminuto, sin tela en las copas. Me cruzó dos tiras de cinta negra sobre los pezones, que con el roce ya se habían endurecido. Luego un arnés de tirantes que apretaba mi cintura y le daba a mi silueta una forma que no reconocí como mía. Más crema en el pecho y el cuello. Y una tanga negra con moños rojos tan provocativa que, al sentirla ajustarse, se me puso dura en automático.
Esta vez Marina no se burló. Su voz era otra.
—No te preocupes, amor. Diviértete, como yo. Piensa que lo haces por los dos. Relájate… ¿o quieres que las fotos muestren lo excitado que estás?
—No, no…
—Cálmate. Y si no puedes, te ayudo.
—Está bien. Pero me siento raro haciendo esto.
No respondió. Solo me besó, despacio y profundo, y guió mi mano entre sus piernas, hasta su sexo depilado y empapado.
—A mí esto me está gustando —murmuró contra mi boca—. Y pienso disfrutarlo al máximo. Si me dejas.
La dejé. Me senté, y ella me maquilló con una concentración que no le conocía. Me colocó una peluca rubia, de cabello largo y suelto. Un toque de perfume dulce. Cuando terminó, no me dejó mirarme aún. Pero su cara había cambiado: ganas, lujuria, una sonrisa que reservaba para sus mejores noches.
Las zapatillas fueron lo más difícil de domar. Tropecé, me reí, ella me sostuvo. Y cuando por fin estuve lista —porque así me sentía ya, lista—, me dejó verme al espejo.
No era yo. Era una rubia de curvas suaves en las piernas, plana arriba, con un trasero que pedía atención. Me quedé sin palabras. Y lo que creció no fue solo el asombro: también mi excitación, imposible de ocultar bajo aquella tanga.
Marina lo vio. No dijo nada. Se hincó frente a mí y me tomó en su boca, lamiendo despacio mientras con la otra mano jalaba la tira que me cruzaba entre las nalgas. Empezó a masajearme ahí, y yo, mirando todo en el espejo, con la consigna de experimentar, me dejé querer.
A mitad de la mamada metió un dedo. No me molestó. Raro, pero rico. Luego dos. Después perdí la cuenta y las piernas me empezaron a temblar. Me llevó a la cama, me recostó contra la cabecera y siguió, con la boca y con los dedos empujando dentro de mí. Cerré los ojos. Sentía que iba a partirme, pero era un dolor tolerable, enterrado bajo una ola de placer que no me dejaba pensar. Tanto, que no me di cuenta del momento exacto en que sus dedos dejaron de ser dedos.
Era el plug. De acero, frío al principio, con tres esferas que formaban un cono y una base rematada por una piedra roja brillante. Estaba dentro de mí y yo ni lo había notado entrar del todo.
Me vine en su boca. Teníamos el pacto de avisar, de apartarse a tiempo, pero esta vez, aunque le avisé, no se movió. Tragó todo, como cuando éramos novios. Y al ver sus dos manos libres entendí que lo que me llenaba por dentro seguía ahí. Lo toqué, apenas, y el solo contacto casi me hace acabar de nuevo.
***
Con el cuerpo en reposo, me levanté, y cada paso despertaba el plug, que rozaba un punto dentro de mí que me volvía loco. Marina me indicó cómo posar: el peso en una cadera, la barbilla baja, la mirada de reojo. Tomó decenas de fotos. Y con cada movimiento yo reaccionaba otra vez, y ella solo sonreía y me pedía que gozara el momento.
Cambiamos de habitación, de conjunto, de plug. Al cambiarlo, descubrí que goteaba sin que me doliera, una humedad nueva y desconcertante. No supe si me gustaba; supe que no quería que parara.
Al final me pidió que la penetrara. Lo hice a medias, agotado de tanto acabar, así que fue ella quien terminó montada sobre mí, moviéndose hasta correrse. Yo debajo, en lencería, con la peluca ladeada y aquel plug buscando el mejor orgasmo de mi vida en mis adentros.
Al día siguiente seleccionamos las mejores fotos y se las mandamos a Víctor desde el teléfono de Marina. Él respondió algo que ella no quiso compartir, solo me dijo que había mandado diez mil más: las imágenes le habían encantado. Le pedí que borrara todo.
—No —dijo, guardando el teléfono con una sonrisa que ya conocía—. Por si acaso.
Y la verdad, parte de mí también quería conservarlas. Porque el dinero cambia a las personas, sí. Pero a veces solo destapa lo que ya estaba ahí, esperando una excusa para salir a la luz.