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Relatos Ardientes

El hombre maduro que respondió a mi anuncio

De día yo era invisible. Repartía pedidos en una moto vieja por media ciudad, esquivando bocinas y semáforos, con la espalda empapada bajo el casco y el asfalto hirviendo debajo de las ruedas. Subía escaleras con bolsas que olían a comida ajena, sonreía a gente que ni me miraba a los ojos, y cobraba propinas que apenas alcanzaban para la nafta. A los veintidós años, mi vida era ese ruido constante de motor y prisa.

Pero cuando cerraba la puerta de mi departamento, empezaba la otra historia.

Lo primero era el agua. Me duchaba largo, me afeitaba con cuidado cada centímetro, las piernas, el pecho, todo, hasta quedar liso como una superficie pulida. Había algo casi ritual en eso, en borrar al repartidor cansado para dejar aparecer a otra persona. Frente al espejo, con la piel todavía húmeda, dejaba de ser invisible.

Después venía lo demás. La lencería roja que casi no se veía, el corpiño con relleno que me dibujaba una silueta que de día no tenía, las medias de red, los tacones altos, la peluca oscura que me caía por la espalda. Me pintaba los labios despacio, mirándome, y por un momento me gustaba lo que veía. No era un disfraz. Era la versión de mí que el día no me dejaba ser.

—Mirate —me decía en voz baja, casi sin creérmelo—. Mirá en lo que te convertís de noche.

La cámara era mi escenario y mi adicción. Encendía la luz, ajustaba el ángulo y aparecía en el chat con un nombre que no era el mío. El anuncio era directo, sin vueltas: chico de veintidós, femenino, busca hombres maduros que sepan lo que hacen. Y los hombres llegaban. Algunos solo miraban. Otros escribían cosas que me hacían temblar las piernas antes de que pasara nada.

Las noches se volvían un juego de palabras y miradas a través de la pantalla. Yo me arqueaba para la cámara, jugaba con la lencería, me mordía el labio, y ellos me decían lo que querían hacerme. Era deseo a distancia, seguro, controlado. Yo apagaba la cámara y volvía a ser el repartidor que madrugaba. Hasta que apareció él.

***

Se llamaba Théo, o al menos eso decía. Sesenta y cinco años, europeo, una voz grave que se metía por los auriculares como si me hablara al oído desde el otro lado de la habitación. La primera vez que escribió, no pidió nada. Solo dijo que le gustaba cómo me movía, que se notaba que disfrutaba, y eso me desarmó más que cualquier obscenidad.

Con el tiempo dejó de ser amable. En los mensajes era otro: un hombre que sabía exactamente lo que quería y no tenía miedo de pedirlo. Me describía con detalle lo que haría conmigo, despacio, como quien planea algo durante semanas. Yo leía esos mensajes en los semáforos, con el corazón golpeándome, y tenía que respirar hondo antes de volver a arrancar la moto.

—Estás casado —le escribí una noche, no como reproche, solo como dato.

—Nietos incluso —contestó—. Y pienso en vos todo el día. ¿Eso te molesta?

No me molestaba. Me encendía. Había algo en saberme el secreto de un hombre así, el deseo escondido detrás de su traje caro y su vida ordenada. Una noche me mandó un video suyo, solo las manos y la voz, y me corrí escuchándolo decir mi nombre falso como si fuera real.

—Quiero conocerte —dijo al fin—. En persona. Una sola vez, si no querés más.

Tardé tres días en responder que sí.

***

Alquilé un departamento por unas horas, uno de esos lugares neutros con sábanas blancas y olor a desinfectante. Llegué temprano para prepararme sin apuro. Me duché, me afeité con más cuidado que nunca, me vestí de a poco. Las manos me temblaban al abrocharme el liguero. No era miedo. Era esa anticipación que llevaba semanas creciendo y que estaba por reventar.

Me miré en el espejo del baño: la peluca perfecta, los labios rojos, los tacones que me hacían más alta. Es esto lo que querés, pensé. Dejá de fingir que no.

Cuando sonó el timbre, se me cortó la respiración.

Abrí la puerta y ahí estaba. Más grande de lo que las cámaras dejaban ver: alto, de espalda ancha, con el pelo gris bien peinado y unos ojos claros que me recorrieron de arriba abajo sin pudor. Olía a una colonia cara y a algo más, a hombre, a deseo contenido durante demasiado tiempo.

—Así que sos vos —dijo, con esa voz que yo conocía de memoria—. Sos más linda en persona.

No supe qué contestar. Me hice a un lado y entró como si el lugar le perteneciera. Cerró la puerta él mismo, despacio, y el clic de la cerradura me erizó la piel entera.

Se acercó sin tocarme todavía. Me levantó la barbilla con dos dedos y me obligó a mirarlo. Era una mirada que no preguntaba, que daba por hecho.

—¿Estás nerviosa?

—Un poco —admití.

—Bien —dijo, y sonrió apenas—. Me gusta que lo estés.

Me besó. No fue suave. Fue un beso que me agarró de la nuca y no me dejó moverme, su lengua marcando el ritmo, su mano firme en mi espalda apretándome contra él. Sentí su cuerpo entero, la dureza ya empezando contra mi cadera, y se me aflojaron las rodillas.

—De rodillas —murmuró contra mis labios.

Obedecí sin pensarlo, ahí mismo, en el pasillo angosto. Le solté el cinturón con dedos torpes, le bajé el pantalón, y lo tuve frente a mí, ya duro, grueso, pesado. Lo tomé con las dos manos. Olía a piel limpia y a deseo. Lo miré desde abajo, y él me miró a mí, con una calma que era casi peor que la prisa.

—Mostrame para qué servís —dijo.

Lo metí en mi boca despacio, primero la punta, después más, todo lo que pude. Él enredó los dedos en la peluca y me marcó el ritmo, profundo, sin apuro pero sin clemencia. Yo cerraba los ojos, dejaba que se me llenara la boca, que se me corriera el maquillaje, y me gustaba perder el control de a poco entre sus manos.

—Así —jadeó él—. Tal cual.

Cuando sintió que estaba demasiado cerca, me apartó la cabeza con suavidad y me hizo levantar.

—No todavía —dijo—. A la cama.

***

Me llevó él, una mano en mi cintura, como si fuéramos a bailar. En el dormitorio me dio vuelta y me inclinó sobre el borde del colchón, la cara contra las sábanas frías, el cuerpo abierto para él. Me bajó la tanga roja con una lentitud que me hizo gemir antes de que me tocara.

—Mirá cómo estás —dijo, recorriéndome con la palma de la mano—. Todo esto para mí.

Me preparó con paciencia. Primero la boca, su lengua caliente arrancándome sonidos que no sabía que tenía. Después los dedos, despacio, abriéndome de a uno, hasta que yo empujaba hacia atrás buscándolo, pidiendo más sin palabras. Me había imaginado esto durante semanas, pero ninguna fantasía se parecía a sentir el peso real de su respiración en mi nuca.

—Por favor —dije, y la voz me salió rota.

—Por favor qué.

—Por favor ya.

Se rió bajo, satisfecho. Sentí la punta presionando, y después la entrada, lenta, imparable, que me hizo morder la sábana y gemir largo. Me llenó centímetro a centímetro, deteniéndose cada vez que yo me tensaba, dándome tiempo, hasta que lo tuve entero y sus caderas quedaron pegadas a las mías.

—Eso es —murmuró—. Aguantá.

Empezó a moverse. Primero hondo y pausado, cada empuje arrancándome el aire, una mano firme en mi cadera y la otra subiendo por mi espalda. Yo me deshacía contra el colchón, repitiendo su nombre, pidiéndole que no parara. La habitación se llenó del sonido de nuestros cuerpos y de mi voz que ya no controlaba.

—Date vuelta —ordenó de repente—. Quiero verte la cara.

Me giró él mismo, me dobló las piernas contra el pecho y volvió a entrar de un solo movimiento. Ahora lo miraba a los ojos mientras me embestía, y eso lo cambiaba todo. No era una pantalla, no era un mensaje. Era su peso real sobre mí, su frente sudada, su mirada clavada en la mía como si quisiera ver hasta dónde podía llevarme.

—Decime que es mejor que en la cámara —jadeó.

—Es mejor —gemí—. Mucho mejor.

Me agarró de la cintura y aceleró. Yo me toqué al mismo ritmo, y el placer empezó a juntarse en algún punto del que ya no había vuelta. Cuando él sintió que yo estaba al límite, se inclinó sobre mí, la boca pegada a mi oído.

—Vamos juntos —dijo—. Ahora.

Fue eso lo que me deshizo. Me corrí entre los dos cuerpos, temblando, y lo sentí a él tensarse, hundirse a fondo y quedarse ahí, latiendo, mientras un calor me inundaba por dentro. Su nombre se me escapó de la boca una vez más, y después solo quedó nuestra respiración entrecortada.

Se derrumbó a mi lado, sudado, agitado, con una sonrisa que de pronto lo hacía parecer más joven. Me quedé quieta, todavía temblando, sintiendo cómo el corazón me bajaba de a poco.

—¿Estás bien? —preguntó, y la dureza de antes se había ido de su voz.

—Estoy mejor que bien —dije.

Me corrió un mechón de la peluca de la cara, como si fuera lo más natural del mundo, y me miró un largo rato sin decir nada.

***

No fue una sola vez, claro. Lo supimos los dos antes de que se vistiera. Desde esa noche nos encontramos cada vez que él podía escaparse de su vida ordenada, en departamentos prestados y horas robadas. Siempre me escribía lo mismo antes de vernos, una sola línea que me dejaba el día entero esperando: esta noche sos solo mía.

Y yo, en algún semáforo, con el casco bajo el brazo y la moto al ralentí, leía ese mensaje y sonreía. De día seguía siendo invisible. Pero ya no me importaba. Sabía que cuando cayera la noche, alguien iba a mirarme como nadie me había mirado nunca.

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Comentarios (6)

Marcos_del_sur

Increible relato, me dejo sin palabras. Esa tension desde el principio hasta que finalmente alguien llama... perfecto.

LorenaB22

Que bueno!!! Espero que haya una segunda parte porque quede con ganas de saber como siguio todo

tatayabel

Me engancho desde la primera linea. Se siente muy real, como si lo estuvieras viviendo al leerlo. Sigue escribiendo!

NocheRL

tremendo relato, de los mejores que lei en esta categoria

SergioPam_77

Me recordo a una historia que me conto un amigo hace años. Jamas lo olvide. Este relato tiene esa misma magia.

VioletaK_99

Como describes la espera, los preparativos... eso es lo que hace que un relato sea bueno de verdad. Felicitaciones

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