El descenso de Lía por la escalera blanca
Sucedió hace seis años, en esa edad en la que el tiempo todavía pesa distinto y una tarde sin nadie en casa puede durar lo que dura un secreto. Yo terminaba el último año del instituto y vivía con mis padres y mi hermano mayor en un edificio de cuatro plantas, de esos viejos, con escaleras de cemento y un hueco central por el que se colaba la luz. Aquel sábado todos habían salido. Me lo repetí tres veces antes de creerlo: estaba solo.
O no del todo. Porque cuando me quedaba solo, alguien más despertaba dentro de mí. La llamaba Lía, y llevaba meses aprendiendo a dejarla salir cuando nadie podía verla.
El armario de mi madre era un territorio que yo conocía mejor que ella. Sabía en qué cajón guardaba las medias finas, en qué balda dormían los vestidos de las ocasiones que casi nunca llegaban. Pero esa tarde fui directo a una prenda que había visto una sola vez y que no había podido olvidar: un babydoll blanco, de encaje, con flores diminutas bordadas en el pecho. Colgado entre la ropa oscura parecía tener luz propia.
Lo descolgué con el cuidado de quien sostiene algo prestado y prohibido a la vez. El encaje era más áspero de lo que imaginaba, y al mismo tiempo más tierno, como si cada flor bordada guardara una promesa. Me desnudé en el pasillo, frente al espejo de cuerpo entero, y me lo deslicé por la cabeza.
La tela cayó sobre mi cuerpo delgado y se ajustó en la cintura. Sentí el roce frío del encaje bajando por mi espalda, rozándome los muslos, y algo dentro de mí se acomodó por fin en su sitio. El chico flaco que veía cada mañana al cepillarme los dientes había desaparecido. En el espejo había una silueta nueva, una curva donde antes solo había línea recta. Respiré hondo y mi propio reflejo me devolvió la mirada como si me reconociera.
Esta sí soy yo, pensé.
El nerviosismo era una corriente que me subía por la columna, vértebra a vértebra. No era miedo puro; era ese filo exacto entre el miedo y las ganas, el lugar donde uno decide si se queda en la orilla o se mete al agua. Decidí meterme.
El blanco del encaje me pidió más blanco. Volví al armario y rebusqué hasta encontrar unas sandalias de plataforma que mi madre usaba en verano, de tiras anchas y suela alta. Me las calcé sentada en el borde de la cama, abrochando las hebillas con dedos torpes. Cuando me puse de pie, el mundo había cambiado de altura.
Caminé por el pasillo escuchando el golpe seco de las plataformas contra el suelo. Tac, tac, tac. Cada paso era una declaración. Me detuve frente al espejo otra vez y giré despacio, midiéndome de perfil, levantando la barbilla. Las piernas se veían más largas. La caída del encaje, más femenina. Lía estaba completa, y Lía no quería quedarse encerrada.
Las cuatro paredes de mi habitación empezaron a apretar. No era suficiente verme; quería existir más allá del cristal del espejo. Subí primero, hacia la azotea, porque me pareció el lugar más seguro: nadie sube a una azotea un sábado por la tarde.
***
El viento me recibió arriba con una caricia inesperada. Rozó mis brazos desnudos, se coló bajo el encaje, levantó apenas la tela contra mis muslos. Cerré los ojos. Por un segundo no fui un chico jugando a esconderse en la ropa de su madre, sino una mujer caminando sobre una pasarela secreta, suspendida entre los tejados de la ciudad. El cielo empezaba a teñirse de naranja y yo me sentía parte del paisaje, no escondida de él.
Di unos pasos hasta el borde, con la barandilla a una distancia prudente, y dejé que el aire hiciera lo que quisiera con la tela. Nunca me había sentido tan expuesta y tan libre al mismo tiempo. La piel se me erizaba con cada ráfaga, y cada vello erizado era una pequeña confirmación de que esto, fuera lo que fuera, era real.
Entonces miré hacia la puerta de la escalera, abierta, y se me ocurrió la idea que cambiaría la tarde.
¿Y si bajo?
No la azotea. La escalera. El edificio entero, hueco y silencioso, esperando. Nunca había bajado más de tres escalones vestida de Lía, y siempre con el corazón en la garganta, lista para correr de vuelta al primer ruido. Esa tarde, sin embargo, la idea de descender hasta abajo, hasta la calle, se instaló en mí con una claridad casi dolorosa.
Empecé el descenso desde el cuarto piso. Tac. El sonido de la plataforma contra el cemento retumbó en el hueco de la escalera y me pareció enorme, como si todo el edificio pudiera oírlo. Tac. Segundo escalón. Me agarré a la baranda fría con una mano y bajé con la otra extendida, midiendo cada apoyo. Tac. Tercer escalón. El encaje se mecía con el movimiento, rozándome los muslos a cada paso.
Llegué al rellano del tercer piso. Allí solía estar mi límite. Me detuve, escuché. Silencio. Solo mi respiración y el latido golpeándome las costillas como si quisiera salir. Sonreí, orgullosa de mí misma, y avancé hacia el siguiente tramo.
De pronto, el silencio se rompió.
Una llave girando en una cerradura. La puerta del tercer piso, a un metro de mí, empezó a abrirse.
El tiempo se espesó, adquirió esa textura lenta de los sueños de los que uno no puede despertar. No tuve tiempo de correr. No tuve tiempo de nada. La puerta se abrió del todo y de ella salió un hombre.
***
Tendría unos treinta años. Recién duchado, con el pelo todavía húmedo y una camiseta gris pegada al cuerpo. Salía mirando el móvil, distraído, con las llaves tintineando en la otra mano. Y entonces levantó la vista.
Nuestras miradas se cruzaron y el mundo se detuvo.
En esos segundos que duraron una eternidad, él me vio. No me vio de pasada, no me confundió con una vecina. Sus ojos hicieron el recorrido completo: subieron desde las plataformas blancas, treparon por mis piernas desnudas, se detuvieron en la caída del encaje sobre mis muslos, en el escote bordado de flores, y volvieron por fin a mi cara. Vi el instante exacto en que entendió lo que estaba viendo. Vi cómo el secreto que yo intentaba esconder y mostrar al mismo tiempo quedaba al descubierto entre los dos.
No dijo nada. Yo tampoco podía. Tenía la garganta cerrada y las piernas convertidas en algo que ya no me obedecía. El corazón me golpeaba tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo desde donde estaba.
Y entonces sentí el calor. Una humedad cálida, inevitable, extendiéndose por la ropa interior bajo el encaje. El miedo y el deseo se habían mezclado en una sola corriente eléctrica que me recorría entera y que terminó traicionándome de la forma más íntima posible. Me quedé helada y ardiendo a la vez, sin saber si quería que la tierra me tragara o que ese hombre diera un paso más hacia mí.
Él entornó los ojos un segundo, apenas. Algo cruzó su cara que no era burla ni asco. Era otra cosa. Curiosidad, quizá. O reconocimiento. Abrió la boca como si fuera a decir algo, y yo contuve el aliento esperando esa palabra que nunca llegó.
Porque entonces giró, metió la llave de nuevo en su puerta para asegurarla, y bajó por el otro tramo de la escalera sin volver a mirarme. Sus pasos se perdieron hacia la planta baja. Escuché el portal abrirse y cerrarse. Y me quedé sola en el rellano, temblando, con el encaje húmedo y el corazón desbocado.
***
Subí los escalones de dos en dos, tropezando con las plataformas, agarrándome a la baranda como a un salvavidas. Entré en casa, cerré con doble vuelta y me dejé caer contra la puerta, resbalando hasta el suelo. Tardé varios minutos en recuperar el aire.
Cuando lo hice, me desnudé deprisa, como quien deshace un hechizo antes de que la magia se vuelva en su contra. Me quité las sandalias, doblé el babydoll con cuidado y deslicé las manos una última vez sobre las flores bordadas antes de devolverlo a su balda exacta. Borré toda huella. Guardé a Lía en el cajón del fondo, debajo de mis cuadernos, donde nadie miraría.
Esa noche, en la cena, mi madre habló del calor y mi hermano se quejó de no sé qué partido. Yo asentía y comía en silencio, repasando una y otra vez aquella mirada en la escalera. La vergüenza ardía, sí, pero debajo de la vergüenza había otra cosa que tardaría años en nombrar: por primera vez, alguien había visto a Lía. Alguien la había mirado de arriba abajo y no había desaparecido. El mundo no se había acabado. Yo seguía aquí.
***
Hoy tengo veintitrés años y el destino tiene sentido del humor. Por una de esas vueltas que da la vida, volví a alquilar en el mismo edificio. No en el cuarto, donde crecí, sino en el tercero. En el mismo piso del que salió aquel hombre. A veces, cuando subo del trabajo, me detengo en ese rellano y reconozco el lugar exacto donde estuve parada, con el encaje rozándome los muslos y el corazón a punto de salírseme del pecho.
Ya no escondo a Lía en un cajón. Hace tiempo que dejó de ser un secreto que sale solo cuando la casa está vacía. La ropa que llevo es mía, comprada con mi dinero, elegida frente a un espejo que ya no me pide explicaciones. Pero hay un descenso que nunca terminé.
Aquella tarde llegué al tercer piso y di media vuelta. Nunca pisé la calle vestida como me sentía por dentro. Me quedé a mitad de la escalera, entre la seguridad del armario y la libertad del aire libre, y allí me quedé congelada durante años.
A veces miro hacia abajo, hacia el tramo que me falta, y recuerdo el brillo de aquel babydoll blanco. El deseo de bajar el último escalón, de cruzar el portal y caminar por la acera sin esconderme, sigue ahí, intacto, latiendo igual que aquella tarde de viento.
Quizá ya es hora. Quizá esta misma semana baje despacio, escalón a escalón, escuchando el golpe de mis tacones contra el cemento, y termine de una vez el descenso que Lía empezó hace seis años. Esta vez, si alguien abre una puerta y me mira, no voy a correr.