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Relatos Ardientes

La puta de mi hijo: mi confesión como travesti

Esta historia es verídica, y cuenta cómo pasé de ser el padre de mi hijo a convertirme en la mujer y la puta de su cama. La escribo sin filtros, porque ya no me importa lo que piensen. Solo me importa que mi macho esté contento.

Me llamo Marcos, aunque mi nombre de mujer es Daniela. Soy de Culiacán, en Sinaloa, y acabo de cumplir cuarenta y dos años. A los veintidós, en el taller de costura donde trabajaba, conocí a la que después fue mi pareja, una mujer dos años menor que yo. Nos juntamos en unión libre y al poco tiempo tuvimos un hijo. Se llama Adrián, hoy tiene veintiún años, y nació dotado de una manera que jamás imaginé que terminaría adorando como su segunda madre.

Nuestra relación fue como cualquier otra que cae en la rutina. Duró apenas cinco años. No nos entendíamos, y en la cama nunca terminé de complacerla, porque mi sexo siempre fue pequeño y poco generoso. Ella me lo reprochaba sin decirlo, y con el tiempo empezó a buscar afuera lo que yo no le daba. No la culpo. Cada quien busca lo que necesita.

Decidimos separarnos en buenos términos. Ella se quedaría con Adrián entre semana para criarlo; los fines de semana el niño venía conmigo. Así fue durante años, mientras él crecía y yo, poco a poco, empezaba a dejar de interesarme en las mujeres.

***

Sin darme cuenta, me fui adentrando en otro mundo. Me excitaba muchísimo ver videos de travestis y transexuales. Me ponía a mil ese morbo de ver a un hombre poseyendo a otro, pero a uno vestido de mujer, maquillado, provocativo, en lencería. Viviendo solo tenía libertad total. Una noche cualquiera me dispuse a fumar un poco de marihuana para relajarme, y bien volado me senté a ver porno.

La excitación se intensificó con la hierba. Empecé a imaginar que yo era esa chica del video, con curvas espectaculares, capaz de seducir a cualquier hombre. Me masturbé acostado en la cama, tocándome los pezones. Por primera vez me sentí una mujer. Sentí un placer que no conocía al imaginarme vestida de nena, con medias, zapatillas y la cara pintada.

¿Y si de verdad pudiera ser ella?

Mi ex había dejado olvidados unos juguetes en el clóset. Tomé un consolador mediano, me puse un babydoll y unas zapatillas suyas, y volví a la cama frente al video, ya un poco más femenina. Con mucho lubricante me lo fui introduciendo despacio, chupándolo primero como había visto hacerlo. El efecto de la yerba con la imagen de mí misma en lencería me hizo tener, por primera vez, lo que es un orgasmo de mujer.

Desde esa noche algo cambió en mí para siempre.

***

Empecé a comprar más lencería, zapatillas de plataforma, pelucas, vestidos, perfume con feromonas. Todo en la intimidad, claro. Con los años desperté mis dos dualidades: ser hombre afuera y sentirme mujer adentro. A Adrián lo criamos con amor, sin que le faltara nada de su padre ni de su madre, y mientras él estudiaba yo me volvía cada vez más femenina.

A veces, en el trabajo o en casa, me llegaba la excitación de la nada. El deseo de vestirme, de ser poseída por un macho, de saber qué se sentía ser una mujer completa. Fumando me sumergía en un estado de placer puro. Todavía no me atrevía a contactar a un hombre real, así que primero me animé a crear cuentas en redes sociales, donde subía fotos mías ya transformada.

Apenas publiqué las primeras imágenes me llovieron solicitudes. La mayoría sin foto de perfil, pero me enfoqué en los que parecían más reales. Con el tiempo empecé a usar parches hormonales y a tener encuentros con hombres que me trataban como una verdadera mujer. Pero esas historias las dejo para otra ocasión. En este relato quiero centrarme en mi hijo. En mi macho. En mi hombre.

***

Adrián estudia en la universidad con una beca que se ganó a puro esfuerzo. Es un muchacho guapo, alto, de tez morena clara, con un físico muy varonil. Lo cuento porque es importante para entender lo que pasó aquel jueves por la noche.

Por seguridad, había bloqueado en mi perfil femenino a todos los familiares y amigos. Esa noche me llegó una solicitud de un tal «Bruno activo intenso». Entré a su perfil y revisé sus fotos. Se veía bien, aunque en ninguna salía su rostro. No le di importancia y acepté. A las pocas horas me escribió por mensaje privado.

—Hola, mamacita, ¿cómo estás? Me gustaría conocerte. Vivo cerca y quiero invitarte a pasarla rico en un hotel.

Me extrañó que mencionara una zona donde justamente vivía mi ex, pero no le di vueltas. Le seguí la conversación.

—Hola, bebé. Soy una travesti cien por ciento pasiva. Me encantaría, aunque tengo lugar propio. Ahí la podemos pasar muy bien.

—Tranquila, yo llevo las cervezas, una botella, condones y lubricante de fresa.

Justo el sabor que yo solía comprar. Otra coincidencia rara, pero estaba demasiado caliente como para sospechar. Le dije que lo esperaría el sábado por la noche. Tenía lencería nueva sin estrenar.

***

El viernes no fui a trabajar. Aproveché para depilarme y hacer todo lo que hace una nena antes de un encuentro con su hombre. El sábado me preparé con calma: un lavado para estar bien limpia, una ducha larga, crema humectante con aroma a flores. Me maquillé muy producida, exagerada, hasta verme como yo quería: una mujer entregada, lista para todo.

Elegí un atuendo de novia, un babydoll blanco con liguero, medias de red y unas zapatillas transparentes de tacón altísimo. Me coloqué un velo que me hacía ver irreal. Estaba lista cuando sonó la notificación.

—Ya casi llego, mija. Voy en taxi.

—Aquí te espero —le respondí, y le mandé una foto de lo que traía puesto.

—Guau, reina, estás como quieres. Ahorita te voy a hacer sentir toda una mujer.

—Ay, papi, qué rico me hablas. Quiero que me hagas una hembra completa.

Mientras esperaba fumé un poco. El placer se intensificó, me sentí más femenina que nunca, caminando despacio frente al espejo. Me asomé por la ventana, volví al baño a retocarme, y entonces sonó el timbre. Fui hacia la puerta y abrí con cuidado, discreta, para que no me vieran los vecinos chismosos.

***

Cuál sería mi sorpresa cuando lo vi entrar.

Era mi propio hijo.

Me quedé petrificada, sin saber qué hacer ni qué decir. El aire se me cortó en la garganta.

—Perdóname, hijo —balbuceé—. No sabía que vendrías. Qué vergüenza que me veas así, vestido de mujer.

Él cerró la puerta detrás de sí con una calma que no esperaba.

—No te preocupes, papá. Ya sabía que te gustaba esto. Lo descubrí hace tiempo, cuando buscaba una chamarra tuya y encontré toda tu colección de lencería, las pelucas, las zapatillas. Me imaginé cómo te verías vestida, y me calenté como nunca. Por eso preferí no decirte nada. Creé otra cuenta para buscarte, y por fin te encontré. Vine a hacerte mi puta.

—Ay, hijo —susurré, temblando—. Me haces sentir una perra en celo.

Lo que sentí en ese momento no tengo cómo explicarlo. Vergüenza, sí. Pero debajo de la vergüenza, un deseo que llevaba años esperando.

***

Adrián encendió el estéreo y puso una canción de reguetón, de esas que pegan fuerte.

—Quiero que me bailes lo más puta que puedas —dijo, dejándose caer en el sillón—. Quiero ponerme bien duro para que me la empieces a mamar.

Me dispuse a bailarle. A mi propio hijo. Mostrándole las nalgas, las tetas que las hormonas me habían hecho crecer. Lo veía caliente, excitado de ver a su padre transformado en mujer, moviéndose para él. Se sacó el sexo y, al verlo, me quedé sin aliento. Era enorme, grueso, mucho más de lo que yo recordaba haberle dado al nacer.

Me incliné para besarlo, pero él me detuvo.

—Espera. Dame un beso primero.

Nos besamos. Un beso largo, profundo, con la lengua, devorándonos la boca el uno al otro mientras él me apretaba las nalgas y me daba palmadas.

—Ahora sí, papá. O debería decir mamá. Mámamela. Quiero ver qué tan buena eres. Quiero ver si lo haces mejor que mi novia.

Esas palabras me encendieron por completo. Me lo metí entero de un solo movimiento, y él se sorprendió.

—Guau. A mi novia apenas le cabe la mitad.

—Así somos las pasivas —le respondí mirándolo a los ojos—. Nos entrenamos para complacer a los hombres de verdad.

***

Estuve casi una hora chupándosela, sin dejar de mirarlo, diciéndole que él era mi macho, mi hombre.

—De ahora en adelante yo seré el hombre que tú nunca pudiste ser —me dijo, agarrándome del pelo—. Seré el dueño de tu culo. Ahora ponte en cuatro.

Me abrió las nalgas con las dos manos y hundió la lengua en mi ano. Lamía y succionaba, y yo sentía un placer tan enorme que empecé a gemir sin control. Me dio una nalgada fuerte, como advirtiéndome que los vecinos podían oír, pero ya nada me importaba. Estaba enloquecida.

—Vamos, ponme el condón con la boca —ordenó.

Se lo coloqué con los labios, desde la punta hasta la base, y después le metí los testículos en la boca, uno por uno. Él bufaba de placer por lo que su propio padre, convertido en mujer, le hacía. Entonces sacó una bolsita.

—Te traje un regalo.

Era una correa, de esas para perras sumisas. Me la puso al cuello y me llevó tirando de ella hasta la habitación, la misma donde él había sido concebido años atrás.

***

—Súbete a la cama, zorrita.

Adrián se desnudó por completo, acomodó el celular en el tocador y empezó a grabar. A su propio padre, vestido de mujer, siendo poseído por su hijo. Me puse en cuatro, él subió detrás de mí y entró de una sola estocada. Grité de placer.

—¡Ay, papi! —exclamé.

Comenzó el vaivén, el mete y saca lento y profundo, mientras sus manos me apretaban los senos.

—Ay, mi amor, qué rico me lo haces.

—Vas a ver que de ahora en adelante solo vas a querer de mí —me dijo al oído—. Voy a ser tu marido en la cama.

—Ay, sí, mi amor, mi macho.

Me acomodó en distintas posiciones. En cada cambio yo se lo limpiaba con la boca, en señal de que ya era mío, mi hijo y mi hombre a escondidas del mundo. Una posición me enamoró por completo.

—Mami, ¿recuerdas cuando me cargabas en tus brazos? —me preguntó.

—Sí, mi amor. Todavía lo recuerdo.

—Pues ahora te voy a devolver ese cariño.

***

Al borde de la cama, sin sacármela, me acomodó las piernas sobre sus hombros, puso las manos en mis nalgas y me alzó con una facilidad increíble. Yo lo abracé por detrás del cuello y nos fundimos en besos apasionados, devorándonos la boca, padre e hijo, mientras él me sostenía en el aire y me embestía con fuerza.

Duramos así toda la noche. Nunca me había sentido tan plena, tan mujer con un hombre de verdad, y más sabiendo que ese hombre era mi propio hijo. Poco a poco nos fuimos cansando, hasta quedarnos dormidos abrazados, con él todavía dentro de mí.

Dormí unas horas y me desperté cerca de las nueve para prepararle el desayuno a mi nuevo macho. Quería que recuperara energías y volviera a hacerme el amor antes de regresar a casa de su madre.

Pero eso, amores, lo dejaré para otro relato.

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Comentarios (5)

pampero1979

Que giro... no me lo esperaba para nada. Excelente!!!

RominaBA

Wooow, me quede sin palabras. Que relato tan intenso, espero que haya mas.

ElCurioso_ok

Jaja la situacion inicial me mato de risa antes de que todo se pusiera intenso. Muy buena forma de contarlo.

Natacha_Sur

Nunca habia leido algo asi y me sorprendio para bien. Segui escribiendo!

AlejoBaires

Se me paso volando, cuando quise acordar ya habia terminado y me quede con ganas de mas.

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