Mi primera vez con una transexual que contraté
Me llamo Martín y aquella primavera acababa de cumplir veintitrés años. Desde adolescente había tenido una atracción que casi nunca conté en voz alta: me ponían las chicas con polla. Cuando empecé a ver porno por mi cuenta, terminaba siempre buscando lo mismo, escenas con transexuales, sobre todo si llevaban ellas la iniciativa. No era algo que me avergonzara, pero tampoco era fácil de explicar, así que durante años lo dejé donde estaba, en la pantalla.
Ese año decidí que ya estaba bien de fantasear. Quería hacerlo de verdad, sentirlo, dejar de mirar y empezar a tocar. Tenía pareja en aquel momento, Sofía, pero llevábamos meses en una relación abierta y ella sabía perfectamente lo que me gustaba. Cuando le conté lo que tenía pensado, se rió y me dijo que le parecía bien, que me lo merecía. Esa noche, con su permiso y el mío, abrí el portátil y empecé a buscar.
Tardé varios días en decidirme. Entraba a las páginas de acompañantes y pasaba las fotos una y otra vez, comparando, descartando, volviendo atrás. Tenía dos manías muy claras: que se le notara la polla y que tuviera buenas tetas, porque las tetas me vuelven loco. Al final di con un anuncio que me hizo parar en seco. La chica se hacía llamar Valeria, parecía joven, tenía una sonrisa que se veía sincera incluso en una foto retocada, unos pechos generosos y, justo debajo, lo que estaba buscando, una polla normal, ni grande ni pequeña.
Le escribí esa misma noche. Me contestó al rato, amable, sin prisa, como si estuviera acostumbrada a tratar con tipos nerviosos. Acordamos el precio, cincuenta euros por media hora, y me pasó la dirección. Apunté el día, una tarde de jueves, y colgué el teléfono con el corazón golpeándome las costillas. Durante las horas siguientes no pensé en otra cosa.
Los días previos se me hicieron eternos. Repasaba mentalmente cómo sería, qué le diría, si sabría comportarme o me quedaría paralizado en la puerta. Por las noches, en la cama, imaginaba la escena una y otra vez con tanto detalle que me costaba dormir. Sofía notó que andaba distraído y se reía de mí, me llamaba colegial nervioso. Tenía razón. A mis veintitrés años me sentía como un crío a punto de hacer algo prohibido, y esa sensación, lejos de frenarme, me empujaba todavía más.
***
El edificio estaba en una calle tranquila, de esas que parecen vacías a media tarde. Subí hasta el cuarto piso por las escaleras, en parte por los nervios y en parte porque no quería cruzarme con nadie en el ascensor. Antes de tocar el timbre me asomé al rellano, comprobé que no había vecinos curiosos, respiré hondo y llamé.
Valeria abrió en lencería. Llevaba un conjunto negro y un tanga que apenas le cubría lo que escondía debajo. Era más guapa que en las fotos, con la piel suave y una mirada que me desarmó al instante.
—Pasa, no te quedes ahí —dijo, apartándose para dejarme entrar.
El piso era pequeño pero estaba cuidado, ordenado, con una vela encendida que olía a vainilla. Me guió por un pasillo corto hasta el dormitorio. Yo apenas hablaba, las manos me sudaban y ella se dio cuenta enseguida.
—Es tu primera vez con una chica como yo, ¿verdad? —preguntó, sentándose en el borde de la cama.
—Se nota mucho —contesté, y los dos nos reímos.
Tranquilo, Martín, llevas años queriendo esto.
Me senté a su lado y ella me cogió de la nuca con suavidad para acercarme. Empecé por el cuello, bajé hasta el escote y le quité el sujetador sin demasiada elegancia. Le besé los pechos despacio, primero uno y luego el otro, y noté cómo respiraba más hondo. Fui bajando con la boca por el vientre hasta toparme con la tela del tanga.
Por encima de la tela ya se le marcaba todo. La había estado rozando con la mano mientras le besaba el pecho, así que la tenía dura. Empecé a lamerla por encima del tanga, sintiendo el calor a través del algodón, y luego fui tirando de la prenda hacia abajo con los dientes, despacio, como quien destapa algo que llevaba mucho tiempo esperando ver.
Su polla no era grande, trece o catorce centímetros como mucho, pero a mí me encantó. La cogí con la mano, la miré de cerca y por fin hice lo que tantas veces había imaginado: me la metí en la boca.
—Más despacio —me dijo, acariciándome el pelo—. Usa más saliva, así.
Le hice caso. Me dejaba guiar, escuchaba sus indicaciones y trataba de hacerlo bien. Intenté tragármela entera y no pude, me faltaba práctica, pero a ella pareció gustarle el esfuerzo. Cada vez que levantaba la vista me la encontraba mirándome con los labios entreabiertos.
***
Cambiamos de posición. Me senté yo en la cama y fue ella quien se arrodilló entre mis piernas. Tengo una polla de la que no me quejo, ronda los diecisiete centímetros, pero lo que más destaca es el grosor: cuando se me pone dura, no consigo cerrar el puño alrededor.
—Vaya pollón —dijo Valeria, y se relamió.
Empezó a lamerla muy despacio, de abajo arriba, sin dejar de mirarme a los ojos. Luego se la fue metiendo en la boca poco a poco. Por el grosor le costaba, lo notaba en cómo abría la mandíbula, pero no se rindió. Acabó engulléndola hasta el fondo y me regaló una de las mejores mamadas de mi vida. La saliva le caía por la barbilla y yo apretaba las sábanas con las dos manos.
Estuve a punto de correrme demasiado pronto. Le pedí que parara, que aún no, que quería follarle las tetas. Ella sonrió, se tumbó boca arriba y se juntó los pechos. Coloqué la polla entre ellos, firmes y grandes, y ella los apretó mientras yo empezaba a moverme. La sensación de la piel caliente envolviéndome casi me hace acabar otra vez.
—Para, para —dije, riéndome de mis propias ganas—. Quiero que me folles.
Valeria se incorporó y me miró con una mezcla de ternura y deseo.
—¿Seguro? Si es tu primera vez, vamos con calma.
—Seguro —contesté.
***
Me puso a cuatro patas en el centro de la cama. Antes de nada empezó a prepararme con paciencia, lubricando, metiendo primero un dedo, luego dos, abriéndome despacio mientras me hablaba bajito para que me relajara. En un momento bajó la cabeza y empezó a lamerme, y aquello fue una descarga que no esperaba. Era la primera vez que alguien lo hacía y el placer me recorrió entero, distinto a todo lo que conocía.
Cuando notó que estaba listo, se puso un condón y empezó a entrar muy poco a poco. Sabía que era mi primera vez y no tenía ninguna prisa. Al principio me dolió un poco y se me escapó un quejido.
—Aguanta, respira hondo —me dijo, sin moverse—. Ya verás como se te pasa.
Tenía razón. El dolor fue cediendo y, cuando me la metió del todo, lo que quedó fue otra cosa, una mezcla de presión y placer que no sabía nombrar. Entonces empezó a moverse de verdad, con embestidas firmes, sujetándome de las caderas y dándome alguna que otra palmada en el culo que me arrancaba un gemido.
—Date la vuelta —dijo después de un rato.
Me tumbó boca arriba, me echó las piernas sobre sus hombros y siguió follándome así, mirándome a la cara. En esa postura yo le alcanzaba los pezones y se los chupaba cada vez que se inclinaba sobre mí. Ya no había rastro de dolor, solo ganas de más.
Quise probar yo a llevar el ritmo. Le pedí que se tumbara y me senté encima, dejándome caer despacio hasta que entró entera. Empecé a moverme, a mecer las caderas, buscando el ángulo que más me gustaba. El placer fue tan intenso en esa posición que no pude contenerme. Me corrí sin tocarme siquiera, varios chorros que cayeron sobre el vientre y el pecho de Valeria. Siempre he acabado abundante, y aquella vez no fue una excepción.
***
Ella estaba muy cerca también. Me lo dijo con la voz entrecortada, que le faltaba poco. Le pedí lo que llevaba toda la tarde deseando: que se corriera en mi boca.
Se puso de pie junto a la cama y yo me arrodillé en el suelo. Volví a lamerla un rato, hasta que se la cogió con la mano y empezó a acariciarse rápido, mirándome desde arriba.
—Me corro —avisó, y un segundo después lo hizo.
Sentí su calor en la boca y en la cara. Tragué lo que pude, sin apartarme, con las manos apoyadas en sus muslos. Cuando terminó nos quedamos un instante quietos, ella acariciándome el pelo y yo recuperando el aliento.
Nos limpiamos sin prisa. Me vestí, le pagué lo acordado y le di las gracias de verdad, no por cortesía. Salí de aquel cuarto piso con una rara sensación de calma, como si por fin hubiera cerrado algo que llevaba años abierto.
Desde entonces he repetido con otras chicas, he probado, he buscado. Algunas estuvieron bien, otras no tanto. Pero ninguna experiencia se ha parecido a aquella primera tarde con Valeria, a esa mezcla de nervios, descubrimiento y placer que solo se vive una vez. Y por eso, de todas las historias que podría contar, sigo eligiendo siempre la misma.