Mi tío me descubrió vestida de mujer esa tarde
Me llamo Valeria, o al menos ese es el nombre con el que me siento yo de verdad. Tengo veintiséis años y vivo en una ciudad del centro del país que prefiero no nombrar. Soy de cuerpo lleno, de esos que algunos llaman curvilíneos, con caderas anchas y un trasero del que más de uno se ha quedado prendado. La piel apenas morena, alta, casi un metro setenta y cinco. Desde muy chica me atrajo la ropa femenina: los vestidos, la ropa interior, todo aquello que mis hermanas guardaban en sus cajones. Crecí con esa pasión escondida, y vestirme me hacía feliz de una forma que no sabía explicar.
A los diecinueve entré en una universidad lejos de casa y tuve que rentar un cuarto cerca del campus. Aquello fue una liberación: por fin estaría sola, sin el miedo constante a que alguien me sorprendiera. Y nadie lo hizo en todos esos años. Donde de verdad me descubrieron fue en casa de mis padres, por un descuido tonto, y eso es justo lo que les voy a contar.
Era invierno. Había cerrado el semestre con la mejor calificación del grupo, así que me dieron permiso de adelantar las vacaciones dos semanas. Llegué a casa un sábado a mediodía. Mi familia trabajaba y no volvía hasta entrada la tarde, de modo que esperé. El cuerpo me pedía vestirme, pero me contuve sabiendo que tendría días enteros por delante.
El lunes mis padres salieron a las siete. Una de mis hermanas estaba de viaje con su novio y la otra trabajaba turno completo. Tenía la casa para mí sola, doce horas por delante. No lo pensé demasiado.
Me metí a bañar y me depilé el cuerpo entero con calma, sintiendo cómo la piel quedaba lisa bajo mis dedos. Después busqué entre la ropa que tenía localizada. Me puse una tanga roja, un sostén a juego, una blusa blanca casi transparente, una minifalda negra ajustada y unas medias de encaje a media pierna. Saqué una peluca que guardaba mi hermana, el maquillaje, algunas joyas de mi madre y unos tacones negros que había comprado tiempo atrás. Cuando me miré al espejo, me enamoré de mí misma. La falda ceñida me marcaba las nalgas y me sentí espectacular.
Salí del cuarto envalentonada y me preparé el desayuno: unos waffles y un vaso de leche con chocolate. Después lavé los trastes y fui a poner una carga de ropa. Al llegar al patio noté material de construcción amontonado y, al fondo, una pared nueva que antes no existía. Llamé a mis padres para preguntar, pero ninguno contestó, así que volví adentro y no le di importancia.
Me senté frente a la televisión con el volumen alto. Tan alto que no escuché la puerta. Solo me di cuenta de que había alguien cuando una voz grave y conocida me habló a la espalda.
Me quedé paralizada. Lo único que atiné a hacer fue silenciar la tele.
—Buenos días —repitió la voz.
No quise girarme. Levanté apenas una mano, devolviendo el saludo.
—Vine a seguir con el trabajo —dijo—. ¿Me puedes abrir el portón para meter las herramientas?
No tenía escapatoria. Me levanté despacio y, al verlo, sentí que se me iba el suelo. Era mi tío. El esposo de mi tía, en realidad. Un hombre que, para ser sincera, siempre me había caído pésimo: prepotente, de los que regañaban a su esposa delante de todos sin importarle nada. Se habían casado cuando yo era una niña; él le llevaba a mi tía más de diez años y, por aquel entonces, rondaba los cuarenta y tantos.
Aunque debo admitir que es guapo. Alto, de barba poblada, con esa cara de pocos amigos que parece traer pegada, manos enormes y una barriga apenas asomando. Por eso, en cuanto lo reconocí, el miedo me apretó el pecho. No sabía cómo iba a reaccionar. Me le quedé viendo y él a mí. Era obvio que sabía que era yo. Conocía a mis hermanas y sabía que no estaban en casa. Pero solo sonrió.
—Vaya, no sabía que mi cuñada tenía tres hijas —dijo, divertido.
Bajé la cabeza, muerta de vergüenza. Lo que dijo después me sorprendió.
—Tranquila. O tranquilo, como prefieras. No pasa nada si te gusta esto. Está bien, no tienes por qué apenarte.
Levanté la cara y sonreí sin querer.
—Anda, ábreme el portón y vuelve a meterte para que no te sientas incómoda.
Asentí y corrí a abrir. Metió sus cosas y volví a cerrar. Antes de irse a trabajar, me miró otra vez.
—Disculpa si pensaste que me reí de ti. Es que no podía creer que fueras tú. Por eso dije lo de las tres hermanas. Si tus hermanas ya son guapas, tú así también das pelea —y soltó una risa franca.
Me puse colorada hasta las orejas. Tomó sus herramientas y se fue al patio. Yo me dejé caer en el sofá, tratando de procesar lo que acababa de pasar. No podía creer que aquel hombre, el mismo de los gritos y los malos modos, me hubiera entendido sin más, sin buscar nada a cambio.
***
A la hora de la comida me llamó. Yo ya me había cambiado, vestida de chico otra vez.
—¿Y ahora qué pasó? —se burló—. Hace rato había una sobrina bien bonita y ahora hay un sobrino todo feo.
—Ya, tío —reí.
—Oye, ¿me das chance de calentar mi comida en el microondas?
—Claro, pásele. Está por allá.
Mientras su plato giraba en el microondas, él tomó una silla y se sentó frente a mí, que picaba cebolla en la barra.
—¿Te puedo hacer unas preguntas, sobrino?
—Dígame.
—¿Por qué haces eso? Lo de vestirte de mujer.
—No lo sé —admití—. Solo me gusta.
—¿Y eres gay o algo así?
—No. Solo me gusta vestirme.
—¿Y tu familia sabe?
—No. Por favor no les diga nada.
—Tranquila, no diré nada —respondió, y sonrió de lado—. Aunque debería, por todo lo mal que hablaste de mí.
—Es que sí se pasaba con mi tía…
—Lo sé. Por eso estoy tratando de cambiar. Pero me trataste de lo peor.
—Discúlpeme.
—Ya pasó. ¿Y siempre te vistes?
—No, solo cuando no hay nadie.
—Por eso te cambiaste cuando llegué, ¿verdad? —dijo, y volvió a reír—. Mira, si quieres vestirte aunque yo esté aquí, por mí no hay problema.
—Gracias, pero me da pena.
—¿Pena de que te vea? Yo estoy allá afuera y tú aquí adentro.
—Aun así.
—Bueno, hagamos un trato: si te vistes aunque yo ande por aquí, no le digo nada a tus padres.
—No, por favor —supliqué.
—Es broma —rió—. Hazlo como te sientas cómoda. Oye, ¿y has salido así a la calle?
—Nunca.
—¿Por qué?
—Me da vergüenza. Si aquí con usted ya me cuesta, en la calle me desmayo.
—No pasa nada. A lo mucho te ligas a un montón de hombres, porque con lo que tienes te sobra.
—Ay, tío, cómo es usted.
—En serio, ¿no te gustan los hombres?
—Pues no —dije, riendo nerviosa.
—Vamos, sobrina, a alguien le habrás echado el ojo. Si hasta yo, que estoy seguro de lo mío, veo un hombre guapo y lo reconozco. Sé sincera.
—Bueno… sí hubo un chico que me llamaba la atención. Pero nada más.
—¿Lo ves? Y dime, ¿cuántos años tiene?
—Me va a regañar, pero tiene treinta.
—¿Y eso qué? Yo le llevo más de diez años a tu tía. Para el cariño no hay edad. ¿Y él sabe de ti?
—Ni siquiera sabe que existo. Solo me gusta de lejos.
—Si te lo propones, puede saberlo. Te dejo el consejo, sobrina: quítate la pena conmigo primero, y después con el mundo. Así te será más fácil.
—Gracias, tío. Lo tendré en cuenta.
***
Tomé su consejo al pie de la letra. Empecé a vestirme más seguido, y a él le encantaba aplaudir mi decisión. Con los días le agarré confianza. Lo invitaba a comer conmigo, lo atendía, le servía agua, le lavaba la ropa de trabajo. Sin darme cuenta, parecíamos un matrimonio: él reparaba la casa y yo la mantenía. Me contaba sus pesares con mi tía y yo los míos. De alguna manera, nos entendíamos.
La obra estaba por terminar. Un viernes temprano llegó, me llamó y me tendió una bolsa.
—Toma. Cámbiate, que vamos a salir.
—¿Qué? ¿Salir? ¿A dónde?
—No preguntes y ponte lo que te di.
Esa orden suya me encendió algo por dentro. Subí corriendo. Dentro había un minivestido blanco entallado, de tirantes, y unos tacones rojos preciosos con un moño al costado. Elegí mi propia ropa interior: un bóxer femenino rojo de encaje, tan diminuto que parecía tanga, y un sostén negro. Me puse la peluca, me maquillé lo mejor que pude y bajé.
—Guau, sobrina. Te ves increíble.
—Gracias, tío.
Me llevó en su coche hasta un parque. Bajé temblando, pero él fue quitándome el miedo poco a poco. Lo tomé del brazo y caminamos despacio, disfrutando del lugar. Pronto noté que los hombres que pasaban se me quedaban mirando.
—Mira, sobrina, aquel te está viendo. Y ese otro también.
—¿Y cuál es la idea de todo esto?
—Que veas que puedes tener al hombre que quieras. Así se te van el miedo y las dudas.
—Gracias, pero estoy bien así.
—Confía en mí. Métete en tu papel de mujer.
—Si es así, deberías decirme sobrina, no sobrino —bromeé.
—Tienes razón. ¿Y vas a andar sin nombre?
—Ya tengo uno. Me gusta Luz.
—¿Luz? No, sobrina, tu nombre tiene que ser más sensual. Espérame aquí, ahora vuelvo.
Se alejó y lo perdí de vista. Saqué el celular para tomarme algunas fotos. Entonces se acercó un chico.
—Hola, hola —dijo.
Le sonreí.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—Bien, ¿y tú? —contesté, cuidando que mi voz sonara lo más fina posible.
—Bien también. Disculpa la pregunta… ¿no eres chica?
—No —admití, nerviosa—. Lo siento.
—¿Por qué lo sientes?
—Por la decepción.
—Para nada. Al contrario, gracias por ser sincera. Por cierto, soy Adrián. ¿Y tú esperas a alguien?
—A mi tío.
—Ojalá no se enoje de verme contigo —rió—. ¿Cómo te llamas?
En eso volvió mi tío y respondió por mí.
—Se llama Valeria.
Adrián y yo lo miramos.
—Disculpe, señor. No quise molestar a su sobrina.
—Para nada. Platiquen, yo voy a dar una vuelta —dijo, con un tono que me sonó seco.
—Mejor me voy —contestó Adrián—. ¿Me pasas tu número, Valeria?
Se lo di. Cuando se fue, mi tío se sentó otra vez a mi lado, claramente serio.
—¿Qué pasó, tío?
—Nada. Mejor vámonos.
***
En el trayecto no dijo una palabra. Al llegar a casa, ya no aguanté.
—¿Por qué estás tan serio conmigo?
—Tantito te dejo sola y ya andas de coqueta.
—Tú me trajiste. Tú querías que me viera el mundo.
—Sí, pero ibas conmigo. Y encima le diste tu número.
—Él me lo pidió. No le veo nada de malo.
—¿A cualquiera que te lo pida se lo vas a dar?
—No entiendo qué te pasa —dije, y los ojos se me llenaron de lágrimas—. Si no te gusta verme con otros hombres, ten el valor de decirme que te gusto.
Bajé del coche y entré. Me senté en el sofá. Tenía un mensaje de un número desconocido, pero no lo abrí. A los pocos minutos entró él y se sentó frente a mí.
—¿Por qué dices que tenga el valor? ¿Acaso te gusto?
—Sí, tío. Me gustas. Me enamoré de ti en estas semanas. Y si acepté hablar con ese chico fue porque pensé que no tenía oportunidad contigo. Hasta que vi tus celos.
—Está bien… sí me gustas. Desde el primer día que te vi.
—¿Y por qué no lo dijiste?
—No lo sé. Pero… no estoy enamorado, Valeria. Es puro deseo. Un deseo enorme de partirte en dos, de ser el primer hombre que te folle ese culito.
Cuando lo dijo, sentí que las piernas se me aflojaban y una humedad rara me subió por dentro. Me levanté y fui hacia él, lo tomé de la mano y lo besé. El beso más intenso que había dado nunca. Su lengua entró en mi boca como si fuera dueña de ella, buscando la mía, empujándola, saboreándome entero. Él me sujetó de la cintura con esas manos enormes y me apretó contra su cuerpo, y ahí, contra mi vientre, sentí por primera vez el bulto duro de su verga marcándose por debajo del pantalón. Se me escapó un gemido dentro de su boca.
Me fue empujando hasta que caí de espaldas en el sofá, con él encima. Me subió el minivestido blanco hasta la cintura y se quedó mirándome, con el bóxer rojo de encaje mojado ya en la punta, mi propia polla marcándose contra la tela.
—Mira nada más lo que tienes aquí abajo, sobrina —murmuró, pasando la mano por encima del encaje—. Toda una damita por fuera y bien caliente por dentro.
—Tío, por favor…
—Por favor qué. Dilo.
—No me haga hablar así.
—Vas a hablar como una puta, porque eso es lo que quieres ser hoy. Mi puta. Dilo.
—Sí, tío… quiero ser tu puta.
Sonrió y me abrió las piernas de un tirón. Se hundió a besarme el cuello, a morderme el lóbulo de la oreja, a bajar por el escote hasta arrancarme los tirantes del sostén. Me chupó los pezones por encima de la tela, mordiéndolos hasta que se me endurecieron, y después metió la mano por debajo y me pellizcó uno con dos dedos, con fuerza. Yo arqueaba la espalda y me retorcía debajo de él, incapaz de estarme quieta.
Se incorporó de rodillas sobre el sofá y se desabrochó el cinturón sin quitarme los ojos de encima. El pantalón cayó, y el bóxer negro que llevaba debajo estaba tenso, deformado por la verga que empujaba adentro. Se bajó el elástico y aquella cosa saltó afuera, gorda, larga, con las venas gruesas dibujadas a lo largo, la cabeza morada y una gota espesa temblando en la punta. Nunca había visto una polla tan cerca. Se me hizo agua la boca sin proponérmelo.
—Ven aquí. De rodillas.
Bajé al piso, entre sus piernas abiertas. Con la mano me tomó la nuca y me acercó despacio, hasta que la punta caliente me rozó los labios pintados. Saqué la lengua y la pasé por el glande, recogiendo aquella gota salada. Él dejó escapar un suspiro ronco.
—Así, sobrina. Ábrela más.
Abrí la boca y me la metió. Al principio solo la cabeza, jugando, dejando que la chupara con los labios. Después empujó, poco a poco, hasta que sentí la verga hincharse contra mi paladar. Me la saqué para respirar, y le pasé la lengua por debajo, subiendo desde los huevos hasta la punta, lento, como había visto hacer en los videos que miraba a escondidas. Le lamí los testículos uno por uno, me los metí en la boca, y cuando volví a subir él me tomó del pelo de la peluca y empujó de nuevo, más adentro. Me atraganté, se me llenaron los ojos de lágrimas, pero no me solté. Cuanto más profundo empujaba, más ganas me daban de dejarme.
—Eso es. Traga toda esa verga, mi amor. Mira cómo te resbala la baba por el mentón, qué rica te ves.
Se movía él ahora, follándome la boca despacio, sujetándome la cabeza con las dos manos. La saliva me chorreaba por la barbilla y me caía sobre el escote del vestido. Yo tenía la mano en mi propia entrepierna, apretándome por encima del bóxer, sintiéndome tan dura que me dolía. Con la otra mano le agarré los huevos y se los masajeé mientras lo chupaba.
—Puta madre, sobrina, aprendes rápido —jadeó—. Si no paras te voy a acabar en la boca, y todavía no.
Me sacó la verga entre un hilo de saliva y me levantó del suelo. Me dio vuelta, me empujó contra el respaldo del sofá y me subió el vestido hasta la cintura. Me bajó el bóxer rojo hasta los muslos, dejándome el culo al aire, y me abrió las nalgas con las dos manos.
—Mira este culito. Depiladito, rosadito, tembloroso. Toda una virgencita.
Se agachó y me besó una nalga, después la otra, mordiéndolas con hambre. Después sentí algo mojado y caliente que me hizo saltar: era su lengua, pasando entre mis nalgas, buscando mi entrada. Cuando la encontró, se quedó ahí, lamiéndome el agujero en círculos, apretando la punta contra él, empujando adentro. Yo gemí como no me había oído nunca, agarrado al respaldo del sofá con las dos manos, moviendo el culo hacia atrás para pedirle más.
—Tío, por favor, más, más…
—Aguanta, puta. Tengo que abrirte bien primero.
Se mojó dos dedos con saliva y me los metió, uno primero, después el segundo. Me ardió al principio, di un quejido, pero él los movía en tijera adentro, ensanchándome, buscando algo en el fondo. Cuando dio con el punto, se me escapó un grito y las piernas se me abrieron solas.
—Ahí está —murmuró—. Ahí lo tienes. Ese es el botón que te va a hacer venirte sin tocarte, sobrina.
Sacó los dedos y se escupió en la mano. Se untó la verga bien, y sentí la punta caliente apoyándose contra mi entrada. Empujó apenas y me estremecí. Empujó un poco más y la cabeza entró de golpe, con un ardor que me hizo gritar.
—¡Ay, tío, espera, espera!
—Tranquila, ya está lo peor. Respira.
Se quedó quieto, la cabeza de la verga adentro, la mano acariciándome la baja espalda para calmarme. Sentí cómo mi cuerpo se abría a la fuerza para hacerle lugar. Cuando el ardor cedió, moví yo el culo hacia atrás pidiéndole más, y él empezó a meterla, centímetro a centímetro, hasta que sentí sus huevos apoyarse contra mis nalgas. Me la había metido entera.
—Toda dentro, sobrina. Toda mi verga adentro de ti.
—Sí… la siento hasta el estómago.
Empezó a moverse despacio. Salía casi entera, dejándome vacía por un segundo, y volvía a entrar hasta el fondo, sacándome un gemido con cada empujón. El dolor se fue transformando en un placer que no había conocido nunca, un cosquilleo profundo que me subía por la espalda y me nublaba los ojos. Cada vez que su verga rozaba aquel punto que había encontrado con los dedos, se me escapaba un grito y me temblaban las piernas.
—Así, así, cógeme más fuerte —me oí decir, sin reconocerme.
—¿Más fuerte, sobrina? ¿Así te gusta?
Me agarró de las caderas y aceleró. El sofá crujía debajo de nosotros, sus huevos chocaban contra mis nalgas con un sonido húmedo, y mi propia verga se sacudía suelta entre mis piernas, chorreando en el bóxer que tenía enredado en los muslos. Él me pegó una nalgada, después otra, y sentí cómo la piel me ardía y me hervía al mismo tiempo.
—Estás bien apretadita, puta. Me estás ordeñando la verga.
—Es tuya, tío… mi culo es tuyo…
—Dilo otra vez.
—¡Es tuyo, es todo tuyo, no pares, por favor no pares!
Me sacó la verga de golpe y me dio vuelta. Me tumbó de espaldas sobre el sofá, me alzó las piernas por encima de sus hombros, y volvió a meterla de un solo empujón, esta vez mirándome a la cara. Ver su cara sobre la mía, esa barba, esos ojos entrecerrados, mientras me abría en dos, fue demasiado. Le clavé las uñas en la espalda por encima de la camisa y me dejé follar.
—Mírame, Valeria. Mírame mientras te cojo.
Le sostuve la mirada. Él se movía con ganas ahora, embistiéndome hondo, haciéndome subir por el sofá con cada empujón. Se agachó y me besó, metiéndome la lengua hasta la garganta mientras la verga me llegaba al fondo. Me chupó un pezón, después el otro, y bajó la mano libre a agarrarme la polla, que se me sacudía sola. Me la empezó a masturbar al ritmo de sus embestidas, apretando y soltando, apretando y soltando.
—Vente para mí, sobrina. Vente sin que te lo tenga que pedir dos veces.
—¡Ay, tío, me vengo, me vengo!
Sentí el orgasmo subir desde el culo, atravesarme la panza y explotar. Chorros de semen espeso me salieron de la polla, cayéndome en el vientre, en el pecho, uno hasta llegándome al mentón. Me convulsioné entero, apretándole la verga con el culo, y él soltó un gruñido animal.
—Puta madre, cómo aprietas… ahí voy, ahí voy…
Empujó tres, cuatro veces más, cada una más profunda que la anterior, y de repente se quedó clavado adentro. Sentí su verga latir dentro de mí, gruesa, hinchada, y después el calor: chorros y chorros de leche caliente derramándose en mi interior, llenándome, quemándome por dentro. Se dejó caer sobre mí, jadeando en mi cuello, sin salirse todavía.
—Eres mía, Valeria —susurró—. Desde hoy eres mía.
—Soy tuya, tío. Toda tuya.
Se quedó adentro un rato largo, ablandándose despacio, mientras me besaba la cara, la frente, los labios manchados de brillo corrido. Cuando por fin sacó la verga, sentí un vacío raro, y un hilo tibio de su semen resbalándome entre las nalgas. Me hizo abrir las piernas y se agachó a mirar.
—Mira nada más cómo te dejé el culito. Todo abierto, todo lleno de mi leche.
Metió un dedo, recogió un poco y me lo llevó a la boca. Lo chupé sin pensarlo, mirándolo a los ojos, y él sonrió.
—Buena chica.
Se fue al baño y yo me quedé tendida en el sofá, la piel brillando de sudor y de semen, el vestido hecho un desastre alrededor de la cintura, sintiéndome distinta, completa. Volvió con papel y me limpió él mismo, con una ternura que no le había visto nunca, un beso en el vientre, otro en la cadera. Me alzó del sofá como si no pesara y me llevó a mi cuarto. Nos recostamos, me abracé a su pecho, sentí su corazón todavía golpeando fuerte contra mi mejilla. No quería soltarlo. Dormimos un rato así, enredados, con mi pierna cruzada sobre la suya y su mano perdida entre mis nalgas.
Cuando despertamos, nos bañamos juntos. Bajo el chorro caliente, me arrodillé otra vez y le chupé la verga hasta hacerla revivir, y él me tomó de pie contra los azulejos, lento, con el agua cayéndonos encima, hasta acabar por segunda vez adentro de mí. Me puse algo más cómodo, una tanga y un short con el mismo sostén. Preparé la comida mientras él descansaba en el sofá. Comimos, y cuando llegó la hora de irse me dijo que quería que fuéramos pareja. Le dije que sí al instante. Nos besamos y se marchó, prometiendo volver al día siguiente.
Esa noche me sentí la mujer más feliz del mundo. Decidí ignorar a Adrián por un tiempo, aunque más adelante les contaré qué pasó con él. Y también todo lo demás que vino después.