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Relatos Ardientes

La trans me convenció de algo que juré que nunca haría

Voy a contar lo que me pasó anoche, porque todavía me río solo cuando lo pienso. Llevaba semanas con la idea metida en la cabeza: quería volver a contratar a una chica trans y, esta vez, animarme a un trío. Me pasé varios días revisando anuncios, comparando fotos, leyendo descripciones. Estaba decidido.

El problema fue que la primera que me interesó, una que se anunciaba justo con eso de los tríos, traía la sorpresa de que el tercero era un hombre y no otra chica trans. En cuanto leí la letra chica la descarté sin pensarlo dos veces. No era lo que yo buscaba. Lo mío siempre habían sido ellas, nada más.

Seguí mirando hasta que apareció Sharon. Me gustó de inmediato: cuerpo cuidado, una sonrisa que se notaba auténtica incluso en una foto de celular, y un precio que entraba sin problema en mi presupuesto. La llamé, acordamos hora y lugar, y reservé una habitación de hotel cerca del centro para la noche siguiente.

Llegó puntual, vestida con un jean simple y una franela que no buscaba impresionar a nadie. No le hacía falta. Bajo esa ropa cualquiera se adivinaba un cuerpo trabajado, firme, de los que se cuidan en serio. Me dio un beso en la mejilla y, antes de ir a cambiarse, se sentó conmigo en el borde de la cama a conversar un rato.

Me sorprendió lo fácil que era hablar con ella. Tenía una labia natural, se reía con ganas y en cuestión de minutos ya hablábamos de mil cosas como si nos conociéramos de antes. Me contó que estudiaba de día, que lo de los encuentros lo manejaba con cuidado y solo con clientes que le daban buena espina. Yo le seguía la conversación, relajado, sin la ansiedad típica de estos casos. Había algo en su forma de mirar que desarmaba.

En un momento ladeó la cabeza, curiosa, y me preguntó por qué la había elegido a ella entre tantas.

—Tengo mis años en esto —le dije, medio en broma—. Sé lo que me gusta y lo que no.

Le conté que justamente había descartado a una chica porque ofrecía el trío con un hombre incluido.

—¿Y eso por qué? —preguntó, ya con una sonrisa pícara.

—Porque por mucha experiencia que tenga con chicas como tú, con un tipo no he hecho nada en mi vida. Y no me llama. Es más, me daría asco —solté, convencido.

Sharon arqueó una ceja, divertida, como si acabara de escuchar el reto más fácil de su carrera.

—Deberías probar antes de hablar —dijo—. Más gente de la que crees lo está haciendo. Mira, yo tengo un compañero que trabaja conmigo. Es buena onda.

—No —corté en seco—. Ni hablar.

Fue ahí cuando ella cambió de estrategia. Se acercó muy despacio, pegó sus labios a los míos y, en un susurro que me erizó la nuca, murmuró:

—Anda, dale, papi.

Y empezó a besarme. No un beso cualquiera: uno lento, hambriento, de esos que te apagan la parte del cerebro que sabe decir que no. Cuando por fin se separó, ya tenía el celular en la mano. Marcó, esperó dos tonos y le dio a alguien el número de nuestra habitación. Colgó antes de que yo pudiera reaccionar.

¿Pero qué acaba de pasar?

—Espera, espera —alcancé a decir—. No quiero eso. No voy a tocar a nadie.

Ella ya se había metido al baño a ducharse. Yo me quedé del otro lado de la puerta, hablándole por la rendija como un tonto, repitiendo que conmigo no contara para ningún contacto con el otro tipo, y que pagar, lo que se dice pagar, no iba a pagar nada.

—Tranquilo, tranquilo —se reía bajo el agua—. Nadie te va a obligar a nada.

***

Salió del baño y la queja se me murió en la garganta. Estaba espectacular. El pelo húmedo recogido a un lado, la piel brillante, ese cuerpo que en la foto ya prometía y en persona cumplía con creces. Vino directo hacia mí y volvió a besarme, esta vez bajando.

Recorrió mi pecho con la boca, se detuvo en mis tetillas y las chupó mientras me miraba desde abajo, sin perder contacto visual ni un segundo. Siguió descendiendo hasta encontrar mi pene, ya completamente duro, y empezó a chuparlo con una calma deliberada, saboreándolo, jugando, sin apuro ninguno. Bajó a mis testículos, los lamió uno por uno, y siguió todavía más abajo. Cuando su lengua llegó a mi entrada, sentí un cosquilleo que me recorrió toda la espalda. Lo hacía endemoniadamente bien.

En eso golpearon la puerta.

Ella se levantó tranquila a abrir y yo quedé ahí, desnudo, inmóvil, con las piernas abiertas sobre la cama y sin la menor idea de qué hacer con mi cara.

Entró un chico. Saludó a Sharon con confianza y ella nos presentó. Se llamaba Maicol, o eso dijo. A mí me presentó con una risita como «mi nene», y yo no supe si reírme o taparme.

—Veo que ya tienes el motor caliente —comentó él, mirándome de arriba abajo.

Nos reímos los tres, lo cual aflojó un poco la tensión. Entonces Sharon, leyéndome perfecto, le aclaró:

—Él no quiere contacto contigo por ahora, así que lo respetamos. Yo te cubro tu hora.

Al escuchar eso me destensé del todo. Si ella iba a pagarle y yo me mantenía al margen, perfecto. Era su show, no el mío.

Aun así, no podía dejar de mirarlo de reojo. Me repetía en la cabeza que yo solo estaba ahí de espectador, que esto era cosa de ellos dos y que en cualquier momento podía levantarme y cortar todo. Tú pusiste las reglas, ahora respétalas. Lo que no calculé fue lo difícil que sería sostener esas reglas con ella moviéndose así frente a mí.

Maicol no llegaba a los veinticinco. Delgado pero marcado, piel clara, aspecto limpio y prolijo. Al hablar se le notaba muy amanerado, pero parecía buen tipo. Sharon se arrodilló frente a él y empezó a hacerle sexo oral igual que me lo había hecho a mí, hasta que el muchacho se puso firme. Y ahí sí abrí los ojos: no era pequeño en absoluto, bastante grueso, de los que imponen un poco solo de verlos.

Cuando lo tuvo listo, Sharon volvió a mí. Me levantó las piernas otra vez para seguir devorando mi entrada con la lengua, y Maicol se acomodó detrás de ella, que se había puesto en cuatro, para hacerle exactamente lo mismo. La escena tenía algo eléctrico, lo admito. Pero yo seguía sin saber cómo moverme, atento a no cruzar la línea que yo mismo había trazado.

***

Entonces ella subió, gateando sobre mí, hasta sentarse en mi cara. Apoyó su trasero sobre mi boca y yo, casi por instinto, empecé a lamerla. En ese instante Maicol se paró frente a Sharon y le metió el pene en la boca. Ella quedó en el medio, atendiéndolo a él con la boca mientras yo la atendía a ella desde abajo.

Cuando se cansó de esa posición, Sharon se giró buscando comerse mi pene. Yo me acomodé boca arriba y ella se inclinó sobre mí, tomándome entero, mientras yo le miraba esa cara de placer que ponía. No me daba cuenta de lo que se venía.

Porque mientras yo estaba ahí, tendido, con su pene apenas a centímetros de mi cara y el suyo en mi boca, Maicol se ubicó detrás de ella. Y empezó a penetrarla. Justo ahí, pegado a mí. Las embestidas eran brutales, sin clemencia, y toda esa fuerza que él descargaba sobre Sharon terminaba transmitiéndose a mí, porque cada golpe la empujaba hacia adelante y su pene se me hundía en la garganta.

Ella gritaba, mezcla de dolor y placer, perdida en lo suyo. Y yo, debajo, me ahogaba. Me estaba follando la boca sin querer, embestida tras embestida, y lo único que podía hacer era mantener los labios abiertos y rezar por respirar a tiempo por la nariz entre arcada y arcada. No tenía el control de absolutamente nada.

Lo curioso es que, en medio del ahogo, una parte de mí estaba más excitado que en mucho tiempo. Sentir el peso de los dos cuerpos moviéndose sobre mí, escuchar los jadeos a un palmo de mi oreja, oler el sudor de los tres mezclado en esa cama: era un caos sensorial que me tenía duro como una piedra a pesar de que nadie me estaba tocando. Esto no era para nada lo que yo había planeado. Y aun así no quería que parara.

No sé cuánto duró. Para mí fue eterno. Creo que Sharon se olvidó por completo de que yo seguía vivo ahí abajo; estaba entregada a aguantar el ritmo de Maicol. Hasta que los dos cambiaron la cadencia, empezaron a gemir cada vez más fuerte y terminaron casi al mismo tiempo. Él dentro de ella, ella dentro de mi boca.

No se escapó ni una gota. Me la tragué toda, sin opción, espesa y abundante. Lo raro es que tenía un sabor dulce, casi a fruta, como si hubiera comido piña antes de venir. Cosas que uno nota en los momentos menos indicados.

***

Se separaron, respirando agitados, y yo quedé tendido esperando mi turno. Porque, hagamos cuentas: lo único que yo había hecho hasta ese punto era tragar. Sentía que ahora venía lo mío. Le pedí a Sharon que se pusiera en cuatro para mí.

—No, papi, déjame descansar —dijo, sobándose el trasero con una mueca—. Aguanta un toque.

Genial. Espectacular.

Pero no me dejó tirado del todo. Me pidió que me pusiera yo en cuatro y empezó a pasarme la lengua, dilatándome con paciencia, hasta que metió un dedo y comenzó a masturbarme por dentro despacio. Yo la miraba por el espejo de la pared, dejándome llevar, y vi cómo le hacía una seña discreta a Maicol.

El chico se sumó. Empezó a meter también su dedo, y al rato había dos o tres dedos de cada uno entrando y saliendo de mí a la vez. Reconozco que era de un morbo difícil de explicar, dos personas trabajándome al mismo tiempo. Con la mano libre, Sharon me agarró el pene y empezó a masturbarme con firmeza.

No aguanté mucho. Exploté sobre la cama, manchándolo todo, con los dedos de ambos todavía dentro de mí. Un orgasmo de esos que te dejan flojo y un poco idiota.

Maicol se limpió, se vistió y se fue como quien sale de un turno de oficina, despidiéndose con la mano. Sharon se quedó un rato más, recogió sus cosas, me dio otro beso en la mejilla y también se marchó. Y ahí me quedé yo, solo, desnudo en una habitación de hotel, mirando el techo y haciendo el balance de la noche.

***

Vamos a repasarlo, porque vale la pena.

Sharon me folló la cara y se vino dentro de mi boca mientras otro tipo se la follaba a ella. Después, entre los dos, me metieron los dedos hasta que me sacaron el orgasmo. Punto.

O sea: yo no me cogí a nadie. A mí nadie me penetró de verdad. Pagué una chica, terminé pagando también, de algún modo, la hora del muchacho, y para colmo un hombre me anduvo metiendo los dedos cuando yo había jurado que jamás tendría contacto con otro tipo.

Me reí solo, ahí tirado, negando con la cabeza. Había sido excitante, no lo voy a negar. Pero si me pongo a sacar la cuenta fría de lo que quería conseguir y lo que conseguí, la conclusión es una sola.

No sé. Creo que perdí el dinero.

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Comentarios (6)

Caro88

buenisimo!!! no esperaba ese giro al final

MarceloSur

Muy buen relato. Se hizo corto, quiero saber que paso despues jaja. Saludos

TatoBA

Me recordo a algo que me paso hace años y nunca le conte a nadie... muy bien escrito

Varela2020

jaja tremendo el titulo, pero el relato no defrauda para nada. Buen trabajo

Juanma_78

Hace tiempo que no leia algo tan entretenido en esta categoria. Esperando el proximo!!

Cris_Tucumana

Me engancho desde la primera linea. Espero que haya segunda parte!!!

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