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Relatos Ardientes

La travesti de la cinta azul en el cortijo

A principios de febrero, Marcelo me llamó para avisarme de que teníamos servicio. Diez días enteros en un cortijo perdido en la sierra, me dijo, y me indicó la fecha en que pasaría a buscarme. No me dio más detalles, y yo tampoco se los pedí. Hacía tiempo que había aprendido que con Marcelo las preguntas sobraban y las respuestas llegaban cuando él quería.

Llegado el día, la furgoneta apareció frente a mi portal. Dentro ya viajaban Brenda y Noelia, mis compañeras de siempre. Cargué la maleta en la parte trasera, me subí y arrancamos hacia el norte. Pasada la capital de la provincia, paramos en un club de carretera donde recogimos a otras tres chicas. Marcelo se despidió del que parecía el dueño del local con un apretón largo y, ya de vuelta al volante, hizo las presentaciones.

—Chicas, estas son Katia, Larisa y Vera, tres rumanas de este club que nos van a echar una mano. Los clientes han pedido seis, y nosotras solo somos tres —dijo, y luego se giró un instante hacia las recién llegadas—. Ellas son Brenda, Noelia y Daniela, las tres españolas del grupo.

Tras los saludos de rigor, el coche se hundió en un silencio espeso, roto solo de vez en cuando por Marcelo, que iba señalando pueblos y soltando anécdotas de los caminos por los que pasábamos. Nos adentrábamos en el Valle de las Encinas, una comarca de dehesa cerrada donde, según él, íbamos a pasar la semana larga.

Después de más de cinco kilómetros por un carril de tierra que serpenteaba entre barrancos, llegamos a la portada de un cortijo enorme. El portón se abrió justo cuando Marcelo empezaba a tocar el claxon, mucho antes de que lo necesitáramos.

Bajó del coche y abrazó con efusión a la mujer que nos abría, una tal Rosa. La apretó y la sobó cuanto pudo, y ella se dejó hacer entre risas, encantada con el manoseo.

Rosa era colombiana, de unos treinta años, morena, con la cara tostada por el sol y una boquita pequeña pintada con suavidad. No llegaría al metro sesenta y cinco. Llevaba un jersey ceñido que le aprisionaba dos pechos redondos y firmes, y unas mallas ajustadas que dibujaban un trasero gordito y torneado. Por delante marcaba todo; por detrás, dos glúteos que parecían pedir guerra.

—Anda que no tiene suerte el cabrón de tu marido, teniendo un bombón como tú —le dijo Marcelo sin dejar de sobarla—. La tonta eres tú. Otra mujer tan guapa no estaría enterrada en estos barrancos perdiéndose lo bueno de la vida. Ya te lo he dicho mil veces: el día que quieras venirte conmigo, solo tienes que guiñarme un ojo. Bueno, estas son las chicas que pidieron los señores. Diles dónde se arreglan y dónde duermen, que cuando vuelvan los hombres tienen que estar listas.

—Pues ya llegáis tarde —contestó Rosa, haciéndonos señas para que la siguiéramos—. Os esperaban para el almuerzo. Cuando volvieron de cazar pensaban encontraros aquí, para tener fiesta.

Subimos a una sala grande en la parte alta de la casa, con seis camas y sus armarios. Estábamos deshaciendo las maletas cuando Marcelo apareció con una caja de cartón.

—Ahí lleváis varios conjuntos de lencería. Os los ponéis por las tardes, antes de que vuelvan del campo. Por las mañanas, vestíos con vuestra ropa, pero enseñando carne, que es lo que estos quieren ver. Portaos bien, que pagan bien y a veces sueltan buenas propinas. Cuando os vaya llamando por el nombre, bajáis de una en una y os presento. Poneos también la cinta ajustada al cuello, cada una con su nombre escrito. Daniela, tú la azul, que es la única de ese color. Venga, no perdáis tiempo, que enseguida llegan.

Mientras nos arreglábamos, Rosa se quedó con nosotras. Nos confesó que alguna vez le gustaría vestirse de puta como nosotras, que Marcelo se lo había propuesto muchas veces y nunca había aceptado. Después nos puso en antecedentes. La finca era de un rico bodeguero de la zona, don Gustavo. Con él tendríamos que atender a don Esteban, militar de carrera; a don Lorenzo, jefe de una sucursal de banco en la capital; a don Cosme, un político venido de Madrid; a don Ignacio, dueño de una marca de ropa, y a don Mauricio, propietario de un hotel-restaurante en la costa. Todos los años se juntaban diez días en el cortijo para cazar perdices con reclamo por las mañanas y las tardes. Nuestro trabajo era hacerles compañía y todo lo demás.

Terminamos de vestirnos de putitas, como decía Rosa. Tras maquillarnos a conciencia, nos pusimos tanga y sujetador rojo, medias de red, zapatos de tacón alto y una bata transparente de imitación de encaje, todo del mismo color. Cada una se ajustó al cuello su cinta elástica con el nombre. Las de ellas, rojas. La mía, azul.

—Ya están aquí —avisó Rosa desde la ventana que daba al patio.

Todas corrimos a asomarnos para ver qué clase de hombres iban a usarnos esa semana. Yo me quedé un poco atrás, y Rosa se acercó a mi oído.

—Tú no eres como las demás. Ellas son mujeres, tú eres travesti, te he visto que tienes pene. A ti te traen para don Mauricio, que dicen que es un poco de la acera de enfrente.

Entre las chicas se armó un pequeño revuelo. Las rumanas no daban crédito. No se habían dado cuenta de nada en todo el viaje y me habían tomado por una mujer más.

***

La voz de Marcelo retumbó desde abajo, ordenándonos que nos preparáramos. Nos colocamos al inicio de la escalera, listas para bajar en cuanto sonara nuestro nombre. Llegaba hasta nosotras el griterío de aquellos hombres, que venían contentos comentando los lances de la jornada. Llamaron a Rosa a voces para que desplumara y cocinara las piezas, mientras el dueño de la casa le advertía a Marcelo que esperaba buen ganado.

—Don Gustavo, ya verá como no tienen queja —respondió Marcelo—. He traído seis jacas que no las hay mejores. Seis hembras de tronío para disfrutar de lo lindo.

—Pues vamos a verlas —dijo el anfitrión, ansioso.

—¡Brenda! —anunció Marcelo.

Empezó a bajar ella, una mujer entrada en los cuarenta, de cuerpo relleno, melena con mechas cayéndole por la espalda, labios carnosos y ojos grandes pintados en verde agua. Dos pechos firmes y un par de caderas anchas que se mecían bajo la gasa transparente. Causó revuelo entre los clientes.

—¡Noelia! —fue la segunda.

Bajó despacio. Morena agitanada, melena hasta la cintura, ojos negros brillantes, alta y delgada, pero con los glúteos duros y las piernas largas. Pechos pequeños y respingones. También provocó sensación.

—¡Daniela! —dijo Marcelo, y se me cortó la respiración un segundo.

Bajé despacio, midiendo cada peldaño. Soy una chica con un sexo pequeño que escondo bien. Caderona, con el trasero respingón y duro, los pechos pequeños, la melena morena rozándome los hombros, los labios gruesos y los ojos color miel. Marcelo añadió, alzando la voz:

—Como verán, lleva la cinta azul. Eso significa que es la única mujer con pene. Téngalo en cuenta.

Los seis se pusieron a hablar entre ellos, sorprendidos, porque era toda una mujer salvo por ese detalle.

—A ver, a ver… que venga para acá esa guarrilla, que quiero comprobar una cosa.

Me acerqué a don Gustavo. Echó la mano a mi entrepierna sin pedir permiso, apartó el tanga y me sacó la polla pequeña al aire delante de todos. La sopesó, la estiró un poco entre el pulgar y el índice, y se rió mirando a sus amigos.

—Pues es verdad, señores. Esta, aunque no lo parezca, lo es. Y menuda pollita más mona tiene, mírenla, si cabe entera en la boca de un trago.

Todos rieron y empezaron a hacer gracias, menos don Mauricio, que trató de convencerlos de que yo no era un hombre, sino una mujer en un cuerpo equivocado. Marcelo zanjó la discusión con otro nombre.

—¡Katia!

Bajó una rubia guapísima, veintipocos años, ojos azules, piel casi de porcelana, piernas duras y un poco arqueadas, caderas generosas, cintura finísima y unos labios perfilados en rojo intenso. Por los comentarios, se notaba que iba a ser una de las que se rifarían a bofetadas.

—¡Larisa!

Descendió una mujer menuda, de piernas torneadas y caderas anchas, cintura pequeña, boca grande bien maquillada y ojos verdes. El pelo castaño claro rizado a la altura de los hombros. Gustó mucho su juventud y lo proporcionado de su cuerpo.

—¡Vera! —era la última.

Bajó la tercera rumana, piernas delgadas y bien torneadas, caderas normales, trasero carnoso, cintura muy fina, pelo rubio liso y ojos color miel. Gustó por su mirada de fiera y por ese culo respingón.

Cuando terminó de bajar, los señores aplaudieron, y don Gustavo se dirigió a Marcelo.

—Este año te has portado. Buenas yeguas. Creo que vamos a pasarlo muy bien.

—Bueno, señores, ahí las tienen. Disfrútenlas, que para eso están. Cualquier cosa que no les guste, me llaman y lo soluciono. Y vosotras, portaos bien con estos clientes, que son especiales. Simpáticas, complacientes y obedientes. Me marcho, que no quiero quejas.

***

Marcelo se fue y nosotras empezamos a hablar con los hombres, que enseguida nos rodearon la cintura y nos tocaron por todas partes, como si no se creyeran que éramos de carne y hueso. Mientras tanto, Rosa preparaba las perdices en una sartén honda y su marido, Tomás, cortaba jamón, queso y embutido en una tabla.

Don Gustavo sentó a Katia en sus rodillas y no paraba de sobarla. Le metió la mano por dentro del sujetador rojo, le pellizcó los pezones rosados hasta ponerlos duros como pepitas y, cuando la rubia soltó un gemidito, le bajó una copa de tinto por el escote y le lamió el chorro que le resbalaba entre las tetas. A mí, salvo el militar, todos me tocaron el sexo en algún momento, hasta el propio Tomás, asombrados de que no pareciera un hombre. Don Cosme me metió los dedos por dentro del tanga, me agarró la polla dormida y me la sacudió despacio, curioso, como quien examina una fruta rara. Don Ignacio me pellizcó los pezones por encima de la tela y me dijo al oído que quería vérmelos con los dientes clavados. Don Lorenzo me pasó la lengua por el cuello, justo por debajo de la cinta azul, y me susurró que si la suerte lo ponía conmigo, me iba a poner a cuatro patas encima de la mesa del comedor.

—Venga, a la mesa, que nos sirvan las chicas —ordenó don Gustavo, ocupando el sillón que la presidía con Katia de nuevo en su regazo.

Las otras cinco, con la ayuda de Rosa, fuimos sirviendo los platos y el vino en un ambiente cada vez más espeso. A todas nos tocaban el culo y las piernas, incluida la guardesa, a la que sobaban delante de su marido. Don Cosme le metió la mano a Rosa por debajo de las mallas y le hundió el dedo corazón en el coño delante de Tomás, que se limitó a tragar saliva y a seguir cortando jamón con la mandíbula apretada. Rosa gimió sin querer, se puso colorada, y don Cosme sacó el dedo brillante y se lo chupó despacio, mirando al marido a los ojos.

—Está mojadita la colombiana, Tomás. Mucho más de lo que tú te crees.

El militar, don Esteban, me llamó por mi nombre y me pidió que le sirviera una botella. Mientras le llenaba la copa despacio, noté su mano explorándome el trasero. Me metió dos dedos por debajo del tanga y me separó las nalgas, buscándome el ojete con la yema. Le miré la bragueta y vi que estaba empalmado, un bulto grueso que empujaba la tela. No tuve mejor ocurrencia que echarle mano al paquete, apretárselo por encima del pantalón, y soltarle, en plan de broma, porque varias compañeras ya habían hecho lo mismo con otros:

—Cuando quiera le curo esa inflamación con la boca, se la dejo bien vacía.

—Quita de ahí —estalló él, dándome un empujón que tiró la botella al suelo, donde se hizo añicos—. ¿Qué dices, maricón de mierda? Tú a mí no me tocas la polla. Como se te ocurra volver a hacerlo, te mato. Anda, agáchate y recoge el destrozo que has hecho.

Me agaché a recoger los cristales y a limpiar el vino con un trapo. Intervino don Gustavo.

—Déjala, Esteban. No la atosigues por lo que es. Ya lo hablamos, que este año le pediríamos a Marcelo una chica del tercer sexo, para probar y distraernos. Es más, quedamos en que sortearíamos a las chicas cada día, que la suerte decidiera quién atiende a quién. Así que hazte a la idea de que a ti también puede tocarte dormir con Daniela.

—Con un maricón, ni muerto —contestó don Esteban.

Una vez servida la mesa, nos fueron sentando entre uno y otro, invitándonos a comer y beber. La conversación giró en torno a cuál era la jaca más guapa, porque esa sería la última en adjudicarse. Nos preguntaron qué clase de servicios estábamos dispuestas a hacer, y el tono fue subiendo a medida que lo explicábamos. Brenda contó, sin dejar de masticar, que le encantaba tragar semen y que se la podían correr dentro sin miedo. Noelia dijo que le gustaba el sexo anal, que la partieran en dos y que le hablaran sucio mientras la follaban por el culo. Katia, todavía en el regazo de don Gustavo, confesó en un español machacado que a ella le ponía chuparla a dos hombres a la vez, uno en la boca y otro en el coño. Cuando me tocó a mí, bajé la voz y admití que me gustaba que me follaran duro, sin mirarme la polla, tratándome como a la mujer que sentía ser, y que además chupaba de rodillas mejor que ninguna. Don Mauricio se atragantó con el vino y se puso rojo hasta las orejas. Rosa escuchaba con los ojos muy abiertos y, en un momento, se inclinó hacia su marido.

—Esta noche te la voy a chupar hasta que me llenes la boca, y luego me das por detrás. Quiero saber qué se siente que te la metan por el culo, ya está bien de tanto disimulo.

—Tomás, si dejas a tu mujer entrar en el sorteo como una puta más, te dejamos sortear también y llevarte a una de estas a la cama —dijo don Gustavo, soltando una carcajada que coreó el resto—. Lo mismo tienes mala suerte y te toca tu propia mujer.

Don Mauricio se acercó a mi lado y empezó a hablarme bajito. Que era muy guapa, que le gustaría que fuera yo quien le atendiera esa noche. Me pasó la mano por el muslo, por debajo de la falda, y con la yema del pulgar me acarició la polla escondida bajo el tanga rojo, muy despacio, con un mimo que ni el más cariñoso de mis novios había tenido. Le devolví algún arrumaco que él agradecía encendiéndose por momentos. Le busqué la bragueta por debajo de la mesa y le noté una polla larga y dura latiéndole contra la tela. Se la apreté, y él cerró los ojos un segundo, respirando hondo.

***

Llegó la hora del sorteo. Decidieron que la primera en adjudicarse, en una partida de cartas, sería Brenda. Antes de empezar, don Gustavo, ejerciendo de anfitrión, le ordenó a Katia, que iba a ser la última en repartirse, que se metiera bajo la mesa y se lo hiciera con la boca. La rubia se metió a cuatro patas por debajo del mantel, y todos oímos el ruido de la cremallera y el chasquido húmedo de una boca abriéndose paso alrededor de una polla gorda. Era digno de ver: don Gustavo jugando sus cartas con cara de póker mientras se le escapaba algún quejido de placer, y de vez en cuando un gruñido más grave cuando la rumana debía hundírsela hasta la garganta. El mantel se movía al ritmo de su cabeza. Don Cosme, sentado enfrente, se meaba de risa.

—Gustavo, cabrón, se te nota en la cara. Te está tragando hasta las pelotas.

—Como una campeona —contestó él, apretando los dientes—. Esta rubia mama como los ángeles. Chupa, chupa, guarra, que te la voy a vaciar entera en el buche.

Se le pusieron los nudillos blancos de agarrar las cartas, echó la cabeza atrás y soltó un rugido largo. Debajo de la mesa se oyó a Katia atragantarse un segundo y luego tragar. No tardó en terminar, y Katia salió de debajo de la mesa relamiéndose, con un hilillo blanco resbalándole por la comisura de los labios, que se limpió con el dedo y se llevó a la boca chupándoselo despacio.

Las cartas decidieron. Brenda quedó para don Gustavo; Noelia, para don Cosme; Katia, para don Ignacio; Larisa, para don Lorenzo; Vera, para don Mauricio, y yo, Daniela, para don Esteban, el militar, que renegaba y echaba pestes por la boca porque no me quería. Don Mauricio, sonriente, le propuso un cambio, asegurando que a él no le importaba. Así que él se quedó conmigo, que era justo lo que deseaba, y el militar con Vera.

Rosa la guardesa se me acercó y, bajando la voz, me dijo:

—Anda que no vas a tener suerte. Al final con el dulce de don Mauricio. No veas cómo lo vas a pasar. Ese te la mete despacio, pero te la mete toda.

—No te creas. Me habría gustado más un buen macho que me lo diera duro, que me pusiera contra la pared y me la clavara sin preguntar —le respondí—. Esta delicadeza de hombre ya veré si cumple o me deja a medias.

Rosa soltó una carcajada y me llamó puta. Yo le repliqué, entre risas:

—Vente luego con nosotras a la habitación, que te visto de guarra a ti también. Porque este, seguro, va a querer verme vestida así toda la noche, con la cinta azul apretada y el tanga bajado hasta la mitad del muslo.

Don Mauricio no aguantó ni a que terminaran de recoger la mesa. Me agarró de la mano, me puso en pie de un tirón y me llevó por el pasillo hasta la última habitación, la más apartada. Cerró la puerta con pestillo y se quedó mirándome como quien tiene delante algo que llevaba mucho tiempo deseando y no acababa de creerse.

—Quiero verte entera —me dijo con la voz ronca—. Pero sin quitarte nada. Solo apartar.

Me empujó suavemente contra la pared, me subió la bata transparente y hundió la cara entre mis pechos pequeños, chupándome los pezones por encima del sujetador rojo hasta que la tela se me pegó, mojada, marcándome las puntas endurecidas. Le agarré la cabeza y le arqueé la espalda para ofrecérselos mejor. Me bajó una copa entera del sujetador y me atrapó el pezón desnudo con los dientes, tirando de él, mordiéndolo justo hasta el punto en que dolía y gustaba a la vez. Yo gemí bajito, con la boca abierta contra su pelo.

—Así, chúpame las tetas, muérdemelas, que se me pongan duras del todo.

Fue bajando con la lengua, me lamió el ombligo, me clavó la nariz en la ingle por encima del tanga rojo y aspiró hondo, olfateándome como un perro. Me apartó la tela hacia un lado y me dejó la polla pequeña al aire, ya medio hinchada, brillante en la punta. La miró un segundo, casi con ternura, y se la metió entera en la boca de un solo trago, hasta la raíz. Yo eché la cabeza contra la pared y solté un gemido largo.

—Ay, joder… así, mámamela, mámamela toda, que no me cabe más en tu boca.

Don Mauricio mamaba como quien lleva mucho tiempo con hambre. Me la chupaba entera, me lamía los huevecillos apretados debajo, me pasaba la lengua por el perineo y volvía a subir hasta el glande, apretándomelo entre los labios. Con una mano me manoseaba una nalga por debajo del tanga, con la otra se abría la bragueta y se sacaba la suya. Yo bajé la mirada y me quedé quieta un segundo: la tenía larga, gorda, con las venas gruesas y el glande morado ya babeando líquido preseminal. No parecía la polla de un hombre delicado. Parecía la polla de alguien acostumbrado a partir a las tortas a las que le tocaban debajo.

—Ven aquí, ponte de rodillas, quiero que me la mames tú a mí también —le pedí, tirándole del pelo hacia arriba—. Que te chupe esa polla enorme que te gastas, que no me la esperaba.

Se levantó, me giró contra la pared y me plantó la boca de la polla en los labios. Yo abrí y me la fui tragando despacio, sintiendo cómo me llenaba primero la boca, después la garganta. La lengua le acariciaba la vena de abajo mientras avanzaba, y cuando le llegué a la base, me quedé un instante ahí, con la nariz aplastada contra su vello púbico, oliéndolo, sin respirar. Él me agarró la cabeza con las dos manos y me la empezó a follar en la boca, despacio pero hondo, entrando y saliendo con un ritmo firme.

—Qué bien mamas, joder, qué bien mamas, mi puta preciosa —jadeaba—. Esa cinta azul te queda de puta madre mientras me la comes. Trágala, guarra, tragátela toda, que sé que puedes.

Yo le babeaba la polla entera, se me caían los hilos de saliva por el mentón y le empapaban los huevos. Le agarré los cojones con una mano, se los apreté, se los masajeé, se los saqué por encima del pantalón. Le pasé la lengua por debajo, en el frenillo, y volví a comérmela hasta el fondo, apretándole las nalgas para que me la clavara más. Le noté cómo se le hinchaba, cómo se le ponía todavía más dura, y aparté la cabeza a tiempo, chupándole solo la punta.

—No te corras todavía, don Mauricio, que la quiero dentro. Quiero que me folles.

Me arrastró hasta la cama, me tumbó boca abajo y me subió las caderas, dejándome de rodillas con el culo en pompa. Me bajó el tanga rojo por los muslos, sin quitármelo del todo, y me lo dejó tenso a media pierna. Me abrió las nalgas con las dos manos y se quedó mirando. Yo, con la cara aplastada contra el colchón, le oí murmurar algo así como «qué culito de puta tienes, Daniela» y luego sentí su lengua caliente entrándome en el ojete. Lamía y clavaba la punta, la sacaba y volvía a empujarla, ensalivándome, aflojándome. Le agarré una almohada y le mordí para no gritar. Nunca me habían comido el culo así, con esa hambre.

—Sí, don Mauricio, cómemelo, méteme la lengua, ábremelo —gemí, meciendo el trasero contra su boca—. Prepárame ese culo de puta para tu polla.

Escupió sobre mi agujero, se escupió en la mano, se untó bien la polla y me apoyó el glande contra el ojete. Empujó despacio. Al principio me quemó, se me cerró todo por instinto, pero él me acariciaba las lumbares, me hablaba bajito, me pedía que respirara. Empujó otra vez, y esta vez la corona pasó dentro con un chasquido húmedo. Yo aullé contra la almohada.

—Aguanta, guapa, aguanta que ya está la peor parte —jadeó, sujetándome las caderas—. Ya te la tengo casi toda dentro, mira qué bien la coges, si eres una golfa.

Se hundió hasta el fondo, hasta que noté sus huevos aplastados contra los míos. Se quedó ahí un momento, dejándome sentirla entera, latiendo. Después empezó a follarme. Empujones largos, controlados al principio, saliendo casi hasta la punta y volviendo a clavármela hasta la raíz. Cada embestida me sacaba un gemido más agudo, y yo empujaba hacia atrás para que me la metiera más adentro. El delicado don Mauricio, el dulce que decía Rosa, me estaba destrozando el culo con una polla que no le cabía a nadie por descripción.

—Más fuerte, don Mauricio, más fuerte, no me trates como a una señora, trátame como a la puta que soy —le supliqué—. Fóllame ese culo, rómpemelo.

Le cambió la cara. Me agarró la cinta azul del cuello y tiró de ella como si fuera una rienda, echándome la cabeza hacia atrás. La otra mano me la clavó en la cadera, con los dedos marcándoseme, y empezó a embestirme en serio. El sonido de sus caderas chocando contra mis nalgas llenó la habitación, un chapoteo seco, rítmico, mezclado con mis gemidos entrecortados y sus jadeos roncos. El colchón crujía. La cinta se me clavaba en la garganta y me obligaba a arquear más la espalda.

—¿Así, guarra? ¿Así te gusta que te la meta?

—Sí, sí, sí, así, más, no pares, dámelo todo…

Me la sacó de golpe, me giró boca arriba, me dobló las piernas contra el pecho hasta que las medias de red se me tensaron en los muslos, y me la volvió a meter, esta vez mirándome a la cara. Me quería ver, quería verme la boca abierta, los ojos entornados, la polla pequeña saltándome contra el vientre con cada embestida. Me la sujetaba con dos dedos y me la sacudía al ritmo con que me follaba el culo, y esa doble caricia, por dentro y por fuera, me estaba volviendo loca.

—Córrete para mí, preciosa —me pidió, sin dejar de embestirme—. Córrete con la polla dentro, quiero verte, quiero verte cómo se te escapa.

Sentí que se me iba, que se me venía desde muy adentro, empujado por su glande frotándome donde tenía que frotarme. Se me tensó todo, se me contrajo el culo alrededor de su polla, y me corrí como una hembra, en chorros cortos, sin apenas dureza, un semen ralo y blanco que me salió sobre el ombligo y sobre su mano. Él gruñó al notar cómo se me apretaba dentro.

—Joder, joder, cómo aprietas, guarra, cómo me exprimes… me corro, me corro dentro, me corro dentro de ti.

—Sí, córrete dentro, lléname el culo, don Mauricio, lléname entero.

Empujó tres, cuatro veces más, hondo, y se derramó. Sentí los espasmos de su polla contra las paredes de mi culo, el latido caliente de cada chorro. Fueron muchos, y muy espesos. Se quedó ahí, clavado, dejándome hasta la última gota, con la frente pegada a mi frente y el aliento entrecortado en mi boca. Me besó, y era un beso raro, denso, mezcla de agradecimiento y de bestia todavía a medio calmar.

Cuando por fin salió de mí, un hilo blanco se le escapó a mi culo abierto y me resbaló por la raja hasta la sábana. Él lo miró, se pasó dos dedos por el reguero, los recogió y me los llevó a la boca. Yo abrí, y se los chupé despacio, sin apartarle la mirada, saboreando su corrida mezclada con la mía.

—Eres… eres otra cosa, Daniela —murmuró, todavía sin recuperar el aire—. Esta noche no te suelto.

Y es que aquellos diez días en el cortijo dieron para mucho más de lo que cualquiera podría imaginar. Pero esa primera noche, con la cinta azul todavía apretándome el cuello, la polla de don Mauricio latiéndome todavía dentro y el semen resbalándome por los muslos, fue solo el principio.

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Comentarios(8)

Maxi_Sur

Que relato mas intrigante!! La imagen de la cinta azul me quedo grabada. Muy bueno

SebaCba

Me dejo con ganas de saber como reaccionaron esos seis. Segunda parte por favor!

Rosana_cba

Increible como atrapa desde la primera linea. Se hizo corto, queda uno con ganas de mas

NandoPlaya

La tensión del comienzo es tremenda, esa mezcla de nervios y suspenso que te agarra desde el primer parrafo. Muy bien escrito.

Ximena_R

excelente!!!

LeonelBA

Me recordo a una situacion que yo tambien viví, ese momento de bajar unas escaleras sin saber bien que te espera del otro lado. Lo describis muy bien

Romi_23

Esperando la continuacion jeje, muy buen arranque!

BrisaLibre21

El detalle de la cinta azul como simbolo es genial. Quede muy intrigada, espero que haya mas

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