La travesti de la cinta azul en el cortijo
A principios de febrero, Marcelo me llamó para avisarme de que teníamos servicio. Diez días enteros en un cortijo perdido en la sierra, me dijo, y me indicó la fecha en que pasaría a buscarme. No me dio más detalles, y yo tampoco se los pedí. Hacía tiempo que había aprendido que con Marcelo las preguntas sobraban y las respuestas llegaban cuando él quería.
Llegado el día, la furgoneta apareció frente a mi portal. Dentro ya viajaban Brenda y Noelia, mis compañeras de siempre. Cargué la maleta en la parte trasera, me subí y arrancamos hacia el norte. Pasada la capital de la provincia, paramos en un club de carretera donde recogimos a otras tres chicas. Marcelo se despidió del que parecía el dueño del local con un apretón largo y, ya de vuelta al volante, hizo las presentaciones.
—Chicas, estas son Katia, Larisa y Vera, tres rumanas de este club que nos van a echar una mano. Los clientes han pedido seis, y nosotras solo somos tres —dijo, y luego se giró un instante hacia las recién llegadas—. Ellas son Brenda, Noelia y Daniela, las tres españolas del grupo.
Tras los saludos de rigor, el coche se hundió en un silencio espeso, roto solo de vez en cuando por Marcelo, que iba señalando pueblos y soltando anécdotas de los caminos por los que pasábamos. Nos adentrábamos en el Valle de las Encinas, una comarca de dehesa cerrada donde, según él, íbamos a pasar la semana larga.
Después de más de cinco kilómetros por un carril de tierra que serpenteaba entre barrancos, llegamos a la portada de un cortijo enorme. El portón se abrió justo cuando Marcelo empezaba a tocar el claxon, mucho antes de que lo necesitáramos.
Bajó del coche y abrazó con efusión a la mujer que nos abría, una tal Rosa. La apretó y la sobó cuanto pudo, y ella se dejó hacer entre risas, encantada con el manoseo.
Rosa era colombiana, de unos treinta años, morena, con la cara tostada por el sol y una boquita pequeña pintada con suavidad. No llegaría al metro sesenta y cinco. Llevaba un jersey ceñido que le aprisionaba dos pechos redondos y firmes, y unas mallas ajustadas que dibujaban un trasero gordito y torneado. Por delante marcaba todo; por detrás, dos glúteos que parecían pedir guerra.
—Anda que no tiene suerte el cabrón de tu marido, teniendo un bombón como tú —le dijo Marcelo sin dejar de sobarla—. La tonta eres tú. Otra mujer tan guapa no estaría enterrada en estos barrancos perdiéndose lo bueno de la vida. Ya te lo he dicho mil veces: el día que quieras venirte conmigo, solo tienes que guiñarme un ojo. Bueno, estas son las chicas que pidieron los señores. Diles dónde se arreglan y dónde duermen, que cuando vuelvan los hombres tienen que estar listas.
—Pues ya llegáis tarde —contestó Rosa, haciéndonos señas para que la siguiéramos—. Os esperaban para el almuerzo. Cuando volvieron de cazar pensaban encontraros aquí, para tener fiesta.
Subimos a una sala grande en la parte alta de la casa, con seis camas y sus armarios. Estábamos deshaciendo las maletas cuando Marcelo apareció con una caja de cartón.
—Ahí lleváis varios conjuntos de lencería. Os los ponéis por las tardes, antes de que vuelvan del campo. Por las mañanas, vestíos con vuestra ropa, pero enseñando carne, que es lo que estos quieren ver. Portaos bien, que pagan bien y a veces sueltan buenas propinas. Cuando os vaya llamando por el nombre, bajáis de una en una y os presento. Poneos también la cinta ajustada al cuello, cada una con su nombre escrito. Daniela, tú la azul, que es la única de ese color. Venga, no perdáis tiempo, que enseguida llegan.
Mientras nos arreglábamos, Rosa se quedó con nosotras. Nos confesó que alguna vez le gustaría vestirse de puta como nosotras, que Marcelo se lo había propuesto muchas veces y nunca había aceptado. Después nos puso en antecedentes. La finca era de un rico bodeguero de la zona, don Gustavo. Con él tendríamos que atender a don Esteban, militar de carrera; a don Lorenzo, jefe de una sucursal de banco en la capital; a don Cosme, un político venido de Madrid; a don Ignacio, dueño de una marca de ropa, y a don Mauricio, propietario de un hotel-restaurante en la costa. Todos los años se juntaban diez días en el cortijo para cazar perdices con reclamo por las mañanas y las tardes. Nuestro trabajo era hacerles compañía y todo lo demás.
Terminamos de vestirnos de putitas, como decía Rosa. Tras maquillarnos a conciencia, nos pusimos tanga y sujetador rojo, medias de red, zapatos de tacón alto y una bata transparente de imitación de encaje, todo del mismo color. Cada una se ajustó al cuello su cinta elástica con el nombre. Las de ellas, rojas. La mía, azul.
—Ya están aquí —avisó Rosa desde la ventana que daba al patio.
Todas corrimos a asomarnos para ver qué clase de hombres iban a usarnos esa semana. Yo me quedé un poco atrás, y Rosa se acercó a mi oído.
—Tú no eres como las demás. Ellas son mujeres, tú eres travesti, te he visto que tienes pene. A ti te traen para don Mauricio, que dicen que es un poco de la acera de enfrente.
Entre las chicas se armó un pequeño revuelo. Las rumanas no daban crédito. No se habían dado cuenta de nada en todo el viaje y me habían tomado por una mujer más.
***
La voz de Marcelo retumbó desde abajo, ordenándonos que nos preparáramos. Nos colocamos al inicio de la escalera, listas para bajar en cuanto sonara nuestro nombre. Llegaba hasta nosotras el griterío de aquellos hombres, que venían contentos comentando los lances de la jornada. Llamaron a Rosa a voces para que desplumara y cocinara las piezas, mientras el dueño de la casa le advertía a Marcelo que esperaba buen ganado.
—Don Gustavo, ya verá como no tienen queja —respondió Marcelo—. He traído seis jacas que no las hay mejores. Seis hembras de tronío para disfrutar de lo lindo.
—Pues vamos a verlas —dijo el anfitrión, ansioso.
—¡Brenda! —anunció Marcelo.
Empezó a bajar ella, una mujer entrada en los cuarenta, de cuerpo relleno, melena con mechas cayéndole por la espalda, labios carnosos y ojos grandes pintados en verde agua. Dos pechos firmes y un par de caderas anchas que se mecían bajo la gasa transparente. Causó revuelo entre los clientes.
—¡Noelia! —fue la segunda.
Bajó despacio. Morena agitanada, melena hasta la cintura, ojos negros brillantes, alta y delgada, pero con los glúteos duros y las piernas largas. Pechos pequeños y respingones. También provocó sensación.
—¡Daniela! —dijo Marcelo, y se me cortó la respiración un segundo.
Bajé despacio, midiendo cada peldaño. Soy una chica con un sexo pequeño que escondo bien. Caderona, con el trasero respingón y duro, los pechos pequeños, la melena morena rozándome los hombros, los labios gruesos y los ojos color miel. Marcelo añadió, alzando la voz:
—Como verán, lleva la cinta azul. Eso significa que es la única mujer con pene. Téngalo en cuenta.
Los seis se pusieron a hablar entre ellos, sorprendidos, porque era toda una mujer salvo por ese detalle.
—A ver, a ver… que venga para acá esa guarrilla, que quiero comprobar una cosa.
Me acerqué a don Gustavo. Echó la mano a mi entrepierna sin pedir permiso y comprobó lo que escondía.
—Pues es verdad, señores. Esta, aunque no lo parezca, lo es.
Todos rieron y empezaron a hacer gracias, menos don Mauricio, que trató de convencerlos de que yo no era un hombre, sino una mujer en un cuerpo equivocado. Marcelo zanjó la discusión con otro nombre.
—¡Katia!
Bajó una rubia guapísima, veintipocos años, ojos azules, piel casi de porcelana, piernas duras y un poco arqueadas, caderas generosas, cintura finísima y unos labios perfilados en rojo intenso. Por los comentarios, se notaba que iba a ser una de las que se rifarían a bofetadas.
—¡Larisa!
Descendió una mujer menuda, de piernas torneadas y caderas anchas, cintura pequeña, boca grande bien maquillada y ojos verdes. El pelo castaño claro rizado a la altura de los hombros. Gustó mucho su juventud y lo proporcionado de su cuerpo.
—¡Vera! —era la última.
Bajó la tercera rumana, piernas delgadas y bien torneadas, caderas normales, trasero carnoso, cintura muy fina, pelo rubio liso y ojos color miel. Gustó por su mirada de fiera y por ese culo respingón.
Cuando terminó de bajar, los señores aplaudieron, y don Gustavo se dirigió a Marcelo.
—Este año te has portado. Buenas yeguas. Creo que vamos a pasarlo muy bien.
—Bueno, señores, ahí las tienen. Disfrútenlas, que para eso están. Cualquier cosa que no les guste, me llaman y lo soluciono. Y vosotras, portaos bien con estos clientes, que son especiales. Simpáticas, complacientes y obedientes. Me marcho, que no quiero quejas.
***
Marcelo se fue y nosotras empezamos a hablar con los hombres, que enseguida nos rodearon la cintura y nos tocaron por todas partes, como si no se creyeran que éramos de carne y hueso. Mientras tanto, Rosa preparaba las perdices en una sartén honda y su marido, Tomás, cortaba jamón, queso y embutido en una tabla.
Don Gustavo sentó a Katia en sus rodillas y no paraba de sobarla. A mí, salvo el militar, todos me tocaron el sexo en algún momento, hasta el propio Tomás, asombrados de que no pareciera un hombre.
—Venga, a la mesa, que nos sirvan las chicas —ordenó don Gustavo, ocupando el sillón que la presidía con Katia de nuevo en su regazo.
Las otras cinco, con la ayuda de Rosa, fuimos sirviendo los platos y el vino en un ambiente cada vez más espeso. A todas nos tocaban el culo y las piernas, incluida la guardesa, a la que sobaban delante de su marido. El militar, don Esteban, me llamó por mi nombre y me pidió que le sirviera una botella. Mientras le llenaba la copa despacio, noté su mano explorándome el trasero. Le miré la bragueta y vi que estaba empalmado. No tuve mejor ocurrencia que echarle mano y soltarle, en plan de broma, porque varias compañeras ya habían hecho lo mismo con otros:
—Cuando quiera le curo esa inflamación.
—Quita de ahí —estalló él, dándome un empujón que tiró la botella al suelo, donde se hizo añicos—. ¿Qué dices, maricón de mierda? Tú a mí no me tocas. Como se te ocurra volver a hacerlo, te mato. Anda, agáchate y recoge el destrozo que has hecho.
Me agaché a recoger los cristales y a limpiar el vino con un trapo. Intervino don Gustavo.
—Déjala, Esteban. No la atosigues por lo que es. Ya lo hablamos, que este año le pediríamos a Marcelo una chica del tercer sexo, para probar y distraernos. Es más, quedamos en que sortearíamos a las chicas cada día, que la suerte decidiera quién atiende a quién. Así que hazte a la idea de que a ti también puede tocarte dormir con Daniela.
—Con un maricón, ni muerto —contestó don Esteban.
Una vez servida la mesa, nos fueron sentando entre uno y otro, invitándonos a comer y beber. La conversación giró en torno a cuál era la jaca más guapa, porque esa sería la última en adjudicarse. Nos preguntaron qué clase de servicios estábamos dispuestas a hacer, y el tono fue subiendo a medida que lo explicábamos. Rosa escuchaba con los ojos muy abiertos y, en un momento, se inclinó hacia su marido.
—Esta noche te la voy a chupar y luego me das por detrás. Quiero saber qué se siente.
—Tomás, si dejas a tu mujer entrar en el sorteo como una puta más, te dejamos sortear también y llevarte a una de estas a la cama —dijo don Gustavo, soltando una carcajada que coreó el resto—. Lo mismo tienes mala suerte y te toca tu propia mujer.
Don Mauricio se acercó a mi lado y empezó a hablarme bajito. Que era muy guapa, que le gustaría que fuera yo quien le atendiera esa noche. Le devolví algún arrumaco que él agradecía encendiéndose por momentos.
***
Llegó la hora del sorteo. Decidieron que la primera en adjudicarse, en una partida de cartas, sería Brenda. Antes de empezar, don Gustavo, ejerciendo de anfitrión, le ordenó a Katia, que iba a ser la última en repartirse, que se metiera bajo la mesa y se lo hiciera con la boca. Era digno de ver: don Gustavo jugando sus cartas con cara de póker mientras se le escapaba algún quejido de placer. No tardó en terminar, y Katia salió de debajo de la mesa relamiéndose.
Las cartas decidieron. Brenda quedó para don Gustavo; Noelia, para don Cosme; Katia, para don Ignacio; Larisa, para don Lorenzo; Vera, para don Mauricio, y yo, Daniela, para don Esteban, el militar, que renegaba y echaba pestes por la boca porque no me quería. Don Mauricio, sonriente, le propuso un cambio, asegurando que a él no le importaba. Así que él se quedó conmigo, que era justo lo que deseaba, y el militar con Vera.
Rosa la guardesa se me acercó y, bajando la voz, me dijo:
—Anda que no vas a tener suerte. Al final con el dulce de don Mauricio. No veas cómo lo vas a pasar.
—No te creas. Me habría gustado más un buen macho que me lo diera duro —le respondí—. Esta delicadeza de hombre ya veré si cumple o me deja a medias.
Rosa soltó una carcajada y me llamó puta. Yo le repliqué, entre risas:
—Vente luego con nosotras a la habitación, que te visto de guarra a ti también. Porque este, seguro, va a querer verme vestida así toda la noche.
Y es que aquellos diez días en el cortijo dieron para mucho más de lo que cualquiera podría imaginar. Pero esa primera noche, con la cinta azul todavía apretándome el cuello y don Mauricio esperándome al final del pasillo, fue solo el principio.