La esposa perfecta que una app eligió para mí
Pagué una fortuna por encontrar a la esposa perfecta. La app me mandó un solo perfil: Daniela. Lo que descubrí en el hotel no estaba en ninguna foto.
Pagué una fortuna por encontrar a la esposa perfecta. La app me mandó un solo perfil: Daniela. Lo que descubrí en el hotel no estaba en ninguna foto.
Olía a café recién hecho y supe que la noche anterior no había sido un sueño. Yamila seguía ahí, en mi cocina, con la piel todavía caliente del deseo.
Estaba seguro de que nadie podía hipnotizarlo. Se sentó en el sillón con una sonrisa de suficiencia, sin sospechar que esa mujer ya había decidido en quién iba a convertirlo.
Crucé la puerta de aquel apartamento con mi morral lleno de lencería y salí convertida en otra cosa: en la perrita obediente de dos hombres.
Sentía la boca y el cuerpo listos, el corazón golpeándome el pecho. Solo faltaba que él cruzara la puerta y me mirara como yo necesitaba que me mirara.
Tenía el pelo rojo, los labios pintados y un cuerpo que paraba el tráfico. Lo que no imaginé fue lo que encontraría cuando metí la mano bajo su vestido.
Cuando abrí la puerta con el vestido puesto y el pelo recién peinado, se quedó sin palabras. Esa noche dejé de esconderme y me entregué por completo.
Le avisé por el chat que saldría vestida de hombre, pero que entraría al hotel hecha toda una mujer. Lo que no le conté fue cuánto deseaba esa noche.
Tres gotas al día durante tres días. Eso me dijo la mujer del local sin nombre. Lo que no me advirtió fue lo que pasaría si alguien se equivocaba con el frasco.
Si eres una mujer alta te das cuenta de cómo te miran. Aquella tarde, entre estanterías polvorientas, supe que un hombre me había marcado como su próxima presa.
En la pantalla era una diosa intocable de miles de seguidores. Esa noche, frente a la puerta de la suite, era solo ella: sin filtro, sin máscara, temblando.
Llevaba una semana en el puesto y ya estaba de rodillas en su despacho, contando cajas en voz alta, sin imaginar lo que aquella mujer pensaba enseñarme esa tarde.
No me llamó por mi nombre la primera vez. Me miró entera, sin morbo y sin lástima, como si mi cuerpo no fuera un problema que ella tuviera que resolver.
Tengo cara de viciosa y todos lo notan. En el último vagón, apretada contra cuerpos que no conozco, dejo que mis manos hagan lo que mi cabeza ya decidió.
Dormimos desnudas, abrazadas de cucharita, y casi nunca llegamos a desayunar antes de que su erección matutina decida por las dos.
Siempre escuchaba a mis amigos hablar de esos cines a oscuras. Una tarde salí temprano del trabajo y decidí cruzar la puerta para verlo con mis propios ojos.
Pulsé el timbre con los dedos temblorosos. Sabía que al otro lado de esa puerta me esperaba alguien capaz de convertirme en lo que siempre había soñado ser.
Llevo años siendo la fiera en la cama. Los hombres me temen o me complacen. Nadie me había atado. Nadie hasta que le di mi correo a aquel desconocido del chat.