La primera vez que me sentí completamente mujer
Tenía veintidós años cuando empecé a vivir solo. Estudiaba arquitectura en la universidad pública de la capital, llevaba año y medio con Sofía, y acababa de conseguir un departamento de dos habitaciones en una zona tranquila que podía pagar con la mensualidad que me mandaban mis padres. Era una vida ordenada, sin sobresaltos. Lo que ocurrió dentro de ese departamento no estaba en ningún plan.
Sofía era alta, de caderas amplias y senos generosos, con las piernas torneadas por años de natación competitiva. Venía a quedarse los fines de semana, a veces también entre semana, y fue dejando cosas en mi lugar poco a poco: el cepillo de dientes, el secador, cremas, perfumes. Después llegó la ropa. Faldas de varios largos, blusas de seda, vestidos que le quedaban pegados al cuerpo. Y la lencería: conjuntos de encaje de todos los colores, medias, tangas, sujetadores de satén que olían a su perfume cuando los abrías.
Ocupaban la mitad de mi armario. Yo los veía cada vez que buscaba una camisa.
La primera vez que lo hice fue casi un accidente. Ella acababa de irse un domingo a la tarde, yo estaba solo, y mis manos encontraron un conjunto de encaje negro en el cajón equivocado. Lo sostuve frente a mí durante un minuto. Lo doblé. Lo volví a desdoblar. Y después fui al baño con él.
Me lo puse. Me quedaba bien. Demasiado bien.
Yo mantenía el cuerpo delgado de alguien que entrena todos los días: hombros estrechos, cadera con algo de curva, piernas largas. Y un trasero que siempre había considerado excesivo para un chico. Con esa tanga negra encuadrado en el espejo del baño, lo que durante años había llamado «curiosidad» tomó una forma mucho más concreta. Me masturbé durante casi una hora sin apartar los ojos del reflejo.
Esa fue la primera noche. No fue la última.
***
A lo largo de los meses siguientes, cada vez que Sofía se marchaba yo abría el armario. Probé sus conjuntos uno a uno: el encaje rojo, la seda crema, las medias con costura. Me tomaba fotos. Me miraba desde distintos ángulos. Me quedaba rendido en la cama sin entender bien lo que sentía, pero sabiendo que necesitaba más que eso.
Compré una cámara web de segunda mano y empecé a entrar en chats de encuentros para hombres bisexuales. Puse un anuncio corto y directo: joven, inexperto, completamente pasivo, que disfruta usando lencería femenina, busca hombre mayor, discreto, con experiencia. Las respuestas llenaron la bandeja en cuestión de minutos.
Me hice adicto a esas noches. Aparecía frente a la cámara con los conjuntos de Sofía, seguía instrucciones, cumplía peticiones. Me excitaba saber que al otro lado de la pantalla alguien se masturbaba mirándome. Me excitaba más todavía imaginarlo de traje, con familia, con una vida ordenada que no tenía nada que ver con lo que hacíamos en esas sesiones.
Fijé mis criterios para los encuentros presenciales: mayor de cincuenta y cinco años, preferiblemente casado, discreto por necesidad. Y con algo que valiera la pena. Hice mi primera selección y quedé con dos hombres distintos.
Fueron encuentros rápidos, nerviosos, sin mayor trascendencia. Los dos eran amables pero breves, inseguros, demasiado pendientes de sus propios nervios como para prestarse a lo que yo buscaba. Salía con sensaciones mezcladas: algo de satisfacción, más de decepción. Me faltaba algo que todavía no sabía nombrar exactamente.
***
Lo conocí en una de esas plataformas de citas discretas. Su primer mensaje no fue directo a lo explícito: me preguntó cómo me llamaba, qué estudiaba, si me gustaba el café solo o con leche. Tardamos más de dos semanas en hablar de sexo.
Se llamaba Rodrigo. Sesenta y dos años, dueño de una empresa constructora mediana, casado desde hacía treinta años, dos hijos en la universidad. Me mandó una foto de perfil donde se veía de espaldas en lo que parecía una obra: ancho de hombros, alto, con esa postura de quien está acostumbrado a que la gente lo escuche. Me contó que nunca había estado con un hombre ni con una chica trans, pero que llevaba años con esa curiosidad guardada tan adentro que a veces dudaba si era real o solo una fantasía recurrente.
Le dije que me gustaba tener el control del lugar. Que yo reservaba el hotel, yo elegía la hora, yo ponía las condiciones. Aceptó sin protestar.
Elegí un hotel discreto en una calle lateral del centro, de esos que tienen entrada amplia y recepcionistas que no levantan la vista. Reservé para una tarde de martes. Compré una botella de vino blanco y un conjunto de lencería negro que había elegido especialmente para esa noche: encaje con detalles de satén, una tanga que dejaba mis nalgas completamente descubiertas.
Llegué una hora antes. Me depilé, me duché, me preparé con cuidado. Me puse la lencería. Ajusté la peluca que había comprado esa semana: negra, larga, hasta la cintura. Me apliqué unas gotas del perfume de Sofía en el cuello y las muñecas. Me miré en el espejo del baño del hotel durante un buen rato.
Eres tú, pensé. Esto eres tú.
Encima del conjunto me puse unos jeans y una camiseta. La revelación tenía que tener su momento.
***
Rodrigo era exactamente como imaginaba. Casi un metro noventa, con ese cuerpo de hombre que ha hecho deporte toda su vida y todavía lo nota en la forma en que ocupa el espacio. Llegó puntual, me saludó con un apretón de manos firme y una sonrisa tensa. Nervioso, claramente. Me pareció perfecto.
Abrí el vino. Hablamos sin prisa: sus proyectos de construcción, mis exámenes, una serie que los dos habíamos visto sin saberlo. El vino aflojó algo en él. Los hombros bajaron. La voz se hizo más lenta. A la segunda copa le dije que iba a cambiarme.
En el baño tardé diez minutos. Me quité los jeans y la camiseta. Reajusté la peluca. Me retoqué los labios con un gloss que había comprado esa semana. Me miré una última vez.
Abrí la puerta.
Su cara cambió por completo. Se quedó quieto, la copa a medio camino entre la mesa y su boca, mirándome de arriba abajo. No dijo nada durante varios segundos.
—Dios —murmuró al fin, en voz muy baja.
Me acerqué despacio. Me giré de espaldas y puse mi trasero a la altura de su cara. Sentí sus manos grandes posarse sobre mis nalgas con esa mezcla de incredulidad y deseo que solo tienen los hombres que llevan mucho tiempo esperando algo. Me las acarició despacio, como comprobando que eran reales. Me las besó. Primero con suavidad, después con más hambre.
Hice a un lado la tanga. Él no necesitó más instrucciones: su lengua encontró mi entrada y comenzó a explorarla con una concentración que me sorprendió. Para ser la primera vez, sabía exactamente lo que hacía. Yo me incliné hacia adelante, abrí mis nalgas con las manos y le di todo el acceso que quería.
***
Cuando sentí que era el momento, me puse de rodillas frente a él. Rodrigo estaba sentado en el borde de la cama, la respiración agitada, los ojos muy abiertos. Me tomé mi tiempo: le quité el cinturón, después el pantalón. Debajo de la ropa interior había una erección considerable que llevaba rato luchando por salir.
Cuando lo liberé me quedé quieta un momento.
Era el pene más grande que había visto en mi vida. No exagerado ni ridículo: simplemente proporcional a ese hombre enorme. Grueso, largo, con un glande ancho que llenaba la palma de mi mano.
Empecé por besarlo con calma. Recorrí el tronco con la lengua de arriba abajo, le besé los testículos, volví al glande y lo laminé despacio. Escuché cómo su respiración cambiaba. Le metí la cabeza en la boca y sentí cómo mi mandíbula alcanzaba su límite justo ahí. Mamé durante varios minutos, aumentando el ritmo poco a poco. Rodrigo resistió bien, pero cuando empezó a mover las caderas y a guiar mi cabeza con las manos supe que no le quedaba mucho.
Antes de quedar se lo había pedido: que guardara varios días. Lo había cumplido. Cuando acabó lo hizo con fuerza, inundándome la garganta con un semen espeso e intenso. Me lo tragué todo sin apartarme. Después le limpié el pene con la boca, con cuidado, hasta dejárselo impecable.
Cuando levanté la vista, seguía duro.
—Vamos a la cama —dije.
***
Me puse a cuatro patas sobre el colchón con el trasero levantado, las manos separando mis nalgas. Escuché cómo se ponía el preservativo. Después sentí sus dedos, gruesos y largos, empujando suavemente mi entrada. Uno. Luego dos. Luego tres, y yo gemí en voz alta sin poder evitarlo.
Con cuatro dedos me tenía al límite. Cuando los retiró, lo que vino después entró despacio, centímetro a centímetro. Me preguntó en voz baja cómo estaba.
—Bien —respondí—. No pares.
Tardó varios minutos en estar completamente dentro. Cuando lo estuvo, los dos nos quedamos quietos, respirando. Lo sentía en sitios que nunca había sentido nada. Después empezó a moverse.
Primero lento, con un ritmo profundo y regular. Sus manos tomaron mis caderas con firmeza, sin brusquedad: la seguridad de alguien que sabe lo que tiene entre los dedos. Cada embestida resonaba en la habitación. Yo agarré las sábanas y aguanté concentrada en cada sensación, en ese peso detrás de mí que me llenaba de una manera que no tenía palabras.
Me ordenó que me girara. Obedecí al instante.
Me acosté boca arriba, levanté las piernas, y Rodrigo se posicionó entre ellas mirándome a los ojos mientras entraba otra vez. Cogimos así durante un buen rato. Después me incorporé, lo miré erecto desde arriba, apoyé las manos en su pecho y me senté lentamente hasta tragarlo entero. Me moví en círculos, hacia adelante y atrás, sin sacarlo nunca. Él cerraba los ojos y apretaba mis caderas con las dos manos sin decir nada.
Cuando me pidió que me acostara sobre él, lo hice de espaldas, con él penetrándome desde abajo. Sus brazos me rodearon. Me besó el cuello. Acarició mis pezones con los pulgares. Murmuró algo que no llegué a entender pero que sonó bien.
***
El final llegó con él encima de mí, yo boca abajo con un cojín bajo las caderas y mi trasero levantado hacia él. Cogía con una cadencia lenta y profunda, sin apresurarse, como si los dos supiéramos que esto estaba llegando a su fin y ninguno quisiera empujarlo.
Escuché cómo su respiración se volvía irregular.
—No aguanto más —dijo con la voz ronca.
—Dámelo todo —respondí.
Lo que vino después fue silencioso e intenso. Sentí el calor, la presión del preservativo lleno, el peso de su cuerpo sobre mi espalda. Me toqué una sola vez y acabé casi al mismo tiempo, con ese orgasmo que viene desde adentro y que no se parece a ningún otro.
Quedamos quietos varios minutos. Su aliento en mi nuca. Su pene todavía dentro, perdiendo firmeza despacio. Cuando finalmente se apartó, sentí un frío repentino y un vacío que me tomó por sorpresa.
Le retiré el preservativo con cuidado. Lo vacié en mi boca. Limpié su pene con los labios hasta dejárselo impecable.
Se quedó mirándome con una expresión que era mitad asombro, mitad algo que no supe identificar.
—No esperaba eso —dijo al fin.
—Nunca esperes —respondí.
***
Nos echamos en la cama un rato, hablando de poco. Él tenía que volver a casa antes de las nueve. Yo tenía un parcial al día siguiente. Mientras abrochaba la camisa frente al espejo del baño, me preguntó si podíamos repetir.
—Claro —dije—. Pero yo elijo el hotel.
Sonrió de una manera que no le había visto en toda la tarde: relajada, sin tensión. Como alguien que acaba de dejar caer algo que llevaba demasiado tiempo cargando.
Nos vimos una vez al mes durante casi un año. Con Sofía seguí igual: el sexo funcionaba, la relación avanzaba con normalidad. Pero había algo que solo Rodrigo podía darme, algo que no tenía nombre todavía pero que yo ya reconocía con toda claridad en el momento en que lo sentía.
Esa noche, de vuelta en mi departamento, guardé la lencería de Sofía en su cajón con cuidado. La mía, la que había comprado para esa tarde, la puse en el cajón de abajo.
Era hora de tener las mías propias.