Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La tarde que Marcos me amó como a su chica trans

Esto pasó hace varios años, cuando yo cursaba el segundo año de carrera. Tenía diecinueve años y ya llevaba tiempo dejando atrás cierta ingenuidad. No la sexual, que también, sino la de creerme que podía vivir fingiendo ser algo que no era. Desde muy joven supe lo que soy: una chica trans que ama los hombres, su cuerpo, el peso de sus manos, la certeza con que pueden hacerte sentir exactamente en el lugar correcto.

Para esa época ya tenía experiencia. Me habían tocado, me habían besado, me habían abierto. Sabía lo que era tener a alguien dentro, aunque no tan seguido como me hubiera gustado. También cargaba años de historia como travesti. Desde la adolescencia me probaba la ropa de mi hermana mayor cuando se iba de casa: sus tangas de encaje, sus corpiños con relleno, sus sostenes de aro. Ella usaba copa C y yo llegaba apenas a la B, pero con el relleno correcto quedaba muy bien. Me miraba al espejo y me sentía yo, completamente yo, sin disculpas.

Hubo una época en que empecé a ir a la facultad con uno de sus corpiños bajo la camisa. Nadie dijo nada. Tal vez nadie notó, tal vez notaron y callaron. De cualquier modo, guardar ese secreto tenía algo que me encendía por dentro.

A mi novio lo voy a llamar Marcos. Nos conocimos en el primer año, en el pasillo de un edificio que olía a fotocopia y café frío. Empezamos de a poco: miradas que duran un segundo de más, mensajes hasta tarde, una vez que se ofreció a acompañarme hasta la parada del colectivo y tardamos el triple de lo necesario. Era dos años mayor, de hombros anchos, con esas manos grandes que yo imaginaba sobre mi cuerpo mucho antes de que eso fuera posible.

Para cuando llegó esa tarde de gimnasio, ya éramos novios desde hacía algunos meses. Ya teníamos historia. Pero lo de esa tarde fue distinto.

***

Jugamos básquet solos, en el gimnasio de la universidad, después de que el resto se fue. Era tarde y el lugar quedó vacío excepto por nosotros dos y el zumbido de los tubos fluorescentes del techo. Terminamos el partido sin que importara quién ganó y nos sentamos en el parqué, con las espaldas contra la pared, sudados y sin aliento.

Marcos me miró de costado. No con la mirada de siempre, sino con una más lenta, que bajó desde mi cara hasta mis piernas y volvió a subir. Después dijo:

—Tenés las piernas y el trasero de una mujer. ¿Lo sabés?

No respondí de inmediato. Lo miré y puse en esa mirada todo lo que él necesitaba entender. Una caída de ojos despacio, cargada, femenina. Él la recibió sin parpadear.

Pasó el brazo alrededor de mi cintura y me atrajo hacia él. Empezó por el hombro, subió por el cuello, fue tomándose su tiempo, y cuando llegó a mi boca me besó con calma, como alguien que sabe exactamente lo que está haciendo. Yo respondí abriendo los labios y poniéndole la mano sobre la entrepierna. Lo que encontré ahí ya estaba respondiendo. Me encanta eso: palpar a través de la tela cómo el cuerpo de un hombre empieza a cambiar antes de que ninguno de los dos diga nada.

—Vamos al vestuario —dijo.

***

Cerró con llave desde adentro. En un rincón había un colchón grueso donde los atletas descansaban después de los entrenamientos. Me giró de espaldas, me abrazó por detrás y pegó su cuerpo al mío. Su erección era evidente contra mis nalgas, sin disimulo.

Me bajó el short despacio. Cuando vio las bragas que llevaba puestas —negras, de encaje fino, prestadas de mi hermana— exhaló despacio. No dijo nada. No hizo falta.

Me las bajó a medias. Separó mis nalgas con las dos manos y se inclinó.

Lo que hizo después fue lento y meticuloso. Me comió el culo con una dedicación que nadie antes había tenido conmigo. Empecé a gemir en silencio y terminé mordiéndome el puño. Me aferraba al borde del colchón, al aire, a lo que tuviera cerca. Él no paraba y yo no quería que parara. Cada vez que sentía que ya no aguantaba más, él encontraba un ángulo nuevo, un ritmo diferente, una manera de llevarme un poco más allá. Cerré los ojos y me rendí por completo a esa sensación.

Cuando se incorporó, yo ya estaba temblando. Lo giré, lo senté en el colchón y me arrodillé delante de él.

Le desabroché el pantalón con calma. Saqué su polla con las dos manos. No estaba del todo dura todavía, y eso me gustaba: significaba que yo tenía trabajo por hacer. Le di un beso suave en la punta, casi con ternura. Luego otro. Después abrí la boca y la envolví despacio, sin apuro, dejando que la temperatura de mi boca hiciera lo suyo.

—Así —dijo con la voz baja. No con soberbia, sino con alivio. Como quien recibe algo que llevaba esperando.

Trabajé con la lengua y con los labios, variando el ritmo. Me la sacaba entera y le pasaba la lengua por el glande en círculos. Me la volvía a meter hasta donde me entraba, que era cada vez más porque iba creciendo y yo iba adaptándome. Le acaricié los testículos con los dedos y escuché su respiración acelerarse. En eso medía yo si lo estaba haciendo bien: en cómo respiraba, en cómo sus manos buscaban mi cabeza sin presionar, dejándome llevar el ritmo.

Lo llevé hasta el borde y lo detuve. Le apreté suave con la mano para frenar la marea. Quería que estuviera entero para lo que seguía.

—Quiero que me la metas —le dije—. Toda. Que me abras bien y que te corras adentro.

Me miró un momento. Después preguntó:

—¿Cómo querés que te pongas?

—Decime vos —respondí.

—Boca arriba. Las piernas bien abiertas.

***

Me recosté de espaldas sobre el colchón. Separé las piernas y sostuve mis nalgas con las manos para exponerme. Él escupió sobre mi culo, se posicionó entre mis piernas y empezó a entrar despacio, con cuidado, controlando la presión.

Los primeros centímetros siempre duelen. No importa la experiencia que tengas. Es un dolor que reconocés, que ya sabés cómo respirar. Aguanté, porque sabía lo que venía después. Él tampoco forzó: fue cediendo de a poco, dejándome espacio para dilatarme, sin apuro aunque yo notaba que le costaba contenerse.

Cuando estuvo entero adentro, ambos nos quedamos quietos. Solo nuestra respiración y el zumbido de los tubos del techo. Era una sensación densa, plena, de esas que te llenan de arriba abajo.

Entonces empujé yo primero. Moví la pelvis hacia él para que entendiera que podía seguir. Y empezó a moverse.

Al principio con un ritmo lento que me desesperaba en el mejor sentido. Yo gemía y me tapaba la boca con la mano. Él me sujetaba de las caderas y me acercaba a cada embate. Levanté las piernas y él las tomó sobre sus hombros, cambiando el ángulo, yendo más hondo. Sentí el cambio de inmediato: una presión diferente, más profunda, que me obligó a soltar un gemido que no pude contener del todo.

—Ay, Marcos, más fuerte —conseguí decir entre los dientes—. Así no, más.

—Vas a gritar —me respondió, sin dejar de moverse.

—Me cubro yo —le dije, y me puse las dos manos sobre la boca.

Arreció. Y ahí entendí la diferencia entre estar con alguien que lo hace por instinto y estar con alguien que te presta atención. Marcos leía mi cuerpo. Cuando yo retrocedía, él avanzaba. Cuando yo pedía más, lo daba sin necesitar que lo dijera dos veces. No era solo físico: era comunicación, un ida y vuelta que me hacía sentir completamente vista y deseada.

Levanté los brazos sobre la cabeza y me aferré a la cabecera del colchón. Me apoyaba en ella para resistir los embates y también para empujar hacia él en cada uno. Me sentía completamente yo: Valentina, chica trans, enamorada de ese hombre y de lo que su cuerpo me hacía sentir. No había fingimiento ni actuación. Era exactamente lo que siempre quise ser en ese momento exacto.

—Sos mi mujer —dijo entre dientes, con la voz espesa—. Lo sabés, ¿no?

No pude responder. Asentí con la cabeza, con los ojos cerrados y la boca tapada por mis propias manos. Sí. Lo sé. Hace tiempo que lo sé.

***

Cuando llegó al límite lo sentí en su respiración antes que en nada más. En cómo apretó mis caderas, en cómo su ritmo pasó de preciso a urgente, de controlado a puro impulso. Y después el calor adentro: la sensación de que te eligen sin reservas, sin a medias, sin excusas.

Se quedó quieto encima de mí, sin salir. Los dos con la respiración entrecortada. Él bajó la cabeza y apoyó la frente sobre mi hombro. Yo lo abracé con los brazos y con las piernas. Afuera seguía zumbando el fluorescente. Adentro todo era silencio y peso y calor.

Después de un rato que no supe medir, me besó en el cuello. Luego en la mejilla. Luego en la boca, despacio, con el mismo cuidado que al principio.

—Valentina —dijo.

—¿Qué? —respondí.

—Nada. Solo tu nombre.

***

Nos duchamos juntos en el vestuario. El agua caliente caía y él me pasó el jabón por la espalda con una naturalidad que me pareció lo más íntimo de toda la tarde. Hablamos de un parcial que teníamos la semana siguiente, de una película que él quería que viéramos, de una pizzería nueva que habían abierto cerca de la facultad. Cosas pequeñas. Cosas de personas que comparten algo real y no solo un cuerpo.

Salimos cuando ya oscurecía. En la vereda, delante de la entrada del gimnasio, me tomó de la mano. Sin preámbulos, sin mirar alrededor para ver si alguien miraba. Solo lo hizo, como si fuera la cosa más normal del mundo.

Para mí fue lo más importante que hizo en todo el día.

Caminamos así varias cuadras, hablando de nada, con las manos entrelazadas y el frío de la noche sobre la cara. Yo pensaba en todo lo que acababa de pasar y en todo lo que teníamos por delante. No sé si lo nuestro tenía nombre, no sé si necesitaba tenerlo. Lo que sé es que esa tarde en el vestuario vacío de la universidad fue una de esas que no se olvidan: de las que guardás con cuidado durante años y que, cuando las recordás, todavía te producen algo en el pecho.

Gracias por leer hasta el final. Esta historia es de las que uno no cuenta siempre.

Valora este relato

Comentarios (5)

DamianRio

Que hermoso relato!!! me encanto de principio a fin

SebaCba

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo

LauraV87

Me llego al corazon. Pocas veces un relato me genera tanta emocion. Gracias por compartirlo

RobertoBA77

Buenisimo!! Es de los mejores que lei aca en mucho tiempo, en serio

NachoCba2

Me recordó a algo que viví hace años en circunstancias similares. Esas situaciones inesperadas siempre son las más intensas

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.