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Relatos Ardientes

La apuesta que terminó conmigo gimiendo frente a ellos

La historia ocurrió hace unos cuantos años. Yo tenía poco más de veinte y llevaba un tiempo saliendo con Martín. A esa edad el deseo era una urgencia constante, y como ninguno de los dos tenía casa ni coche, las ocasiones para estar solos eran escasas. Los inviernos eran los peores. Por suerte, tres amigos compartían un piso en el centro y muchas tardes de sábado acabábamos allí, viendo películas, bebiendo cerveza o jugando a cualquier cosa para matar el tiempo.

Normalmente éramos un grupo grande, pero aquella tarde solo estábamos los cinco. Martín y yo, e Iván, Hugo y Rubén, los tres del piso. Eran tíos majos, divertidos, pero físicamente bastante discretos. Creo que por eso siempre andaban salidos: ninguno tenía demasiada suerte con las chicas.

Llovía con rabia desde primera hora. Pedimos pizzas, cenamos pronto y decidimos ver una película. Hugo empezó a rebuscar entre una torre de DVD grabados, varios sin carátula ni título. Metió uno casi al azar y, en cuanto dio al play, la pantalla se iluminó con una música pegajosa y un letrero en rosa: «Vergas gigantes, volumen tres». Durante tres segundos desfilaron pollas enormes sobre un fondo negro antes de que Hugo, muerto de risa, parara la reproducción.

—Es de Rubén —dijo señalándolo—. No me jodas con que te lo iban a traer los Reyes.

Empezaron a meterse con él. Que si ya te vale tener un DVD de pollas y no uno de tetas, que si se te está notando algo, que si tenías algo que contarnos. Martín los mandó callar porque estaba yo delante, pero le dije que no pasaba nada. No les conté que llevaba unos minutos sin poder quitarme de la cabeza las imágenes que había visto por un segundo.

Empezó entonces una conversación absurda sobre actores porno, sobre si esas pollas eran reales o prótesis, sobre si de verdad había mujeres capaces de follar con semejantes bichos. Me preguntaron a mí, supongo que por picarme, y respondí la verdad: que solo había estado con Martín y que no tenía con qué comparar.

—Pues para comparar está el DVD —soltó Hugo.

—No, gracias —dije riendo—. Estoy contenta con lo que tengo.

—¿Nunca has visto una peli porno? —preguntó Rubén.

—Nunca.

—Pues así sacas ideas.

—Ya tenemos las nuestras —cortó Martín.

Hugo insistió. Propuso votación. Él y Rubén a favor, Iván y Martín en contra. Todos giraron la cara hacia mí, esperando mi voto. No sé muy bien qué me pasó por la cabeza. Supongo que ya estaba caliente sin admitirlo, supongo que pensé que Martín y yo aprovecharíamos después para escaparnos a cualquier sitio. Levanté la mano.

—Venga, al play.

Martín me miró con las cejas arqueadas, pero no dijo nada. Estábamos sentados los tres en el sofá grande: Iván a la izquierda, Martín en medio, yo a la derecha, todos tapados con una manta enorme. Hugo y Rubén ocupaban los dos sillones individuales. Rubén tenía una manta pequeña sobre las piernas. Hugo no tenía ninguna.

La película eran historias cortas. La primera era el tópico del masaje: un tío tumbado boca abajo, una masajista muy maquillada, una toalla que iba cediendo terreno. Cuando el actor se dio la vuelta, la cámara se recreó en la erección absurdamente grande que asomaba por debajo de la tela. La chica empezó a subirle las manos por los muslos y yo dejé de respirar durante un par de segundos.

Sin darme cuenta, mi mano bajo la manta había agarrado el muslo de Martín. Un poco más arriba de lo que habría hecho en público. Él me miró con esa cara entre sorpresa y diversión que yo le conocía bien, pero no me apartó. Le cogí la muñeca y me llevé su mano entre las piernas, sobre la tela del vaquero. Nadie pareció darse cuenta. Todos estaban pegados a la pantalla como adolescentes.

Miré de reojo. Rubén había subido una rodilla al asiento, intentando disimular algo debajo del pantalón. Hugo estaba muy quieto, con las manos sobre la manta pequeña y las muñecas rígidas. Iván, a mi derecha, no se movía, pero tenía la mandíbula apretada.

Cuando terminó la primera escena dije que iba al baño. Una vez dentro, sin pensar mucho, me bajé las bragas, las doblé y me las metí en el bolsillo del pantalón. Volví al salón. Martín y Hugo estaban en la cocina preparando unas copas. Cuando volvimos a sentarnos, Martín quedó al lado del brazo del sofá para tener su vaso a mano, e Iván se había corrido hacia el medio. Yo quedé entre los dos. Aproveché que nadie miraba y le puse las bragas a Martín en la palma de la mano. Las reconoció con el tacto, las miró un instante y se las guardó en el bolsillo sin cambiar la cara.

***

La segunda historia era una pareja y su amigo en una casa de playa. Se bañaron desnudos, salieron, se tumbaron al sol, empezó el tópico de la crema por todo el cuerpo. Yo volví a colocar la mano de Martín entre mis piernas, esta vez sin tela de por medio. Nos masturbábamos despacio, sin movernos demasiado, escondidos bajo la manta. Iván, pegado a mí por el lado derecho, tenía que notar el movimiento de mi brazo, pero miraba fijamente la pantalla como si eso no existiera.

Los otros dos seguían haciendo comentarios. Que si esas pollas no eran de verdad, que si así se parte a cualquiera en dos, que si era imposible follar con aquello. De vez en cuando Iván añadía algo corto y volvía al silencio.

—Una polla así tiene que ser un coñazo —dijo Hugo—. Se te asustan todas.

—Vamos, imagínate que Martín te mete eso —soltó Rubén señalándome con la barbilla.

—Oye, tú qué sabrás qué me mete —respondió Martín sin sacar la mano de donde la tenía.

Me reí por los dos. Seguimos un rato así, con los chicos compitiendo a ver quién decía la gilipollez más grande. Iván seguía sin abrir la boca.

—Habrá chicas para todo —dije—. A algunas les gustará así.

—Pues deben ser pocas —insistió Hugo.

—Oye, Iván, tú ni hablas —dijo Rubén—. ¿No será que la tienes tú así y no quieres presumir?

—Déjalo.

—Venga, cuenta. ¿Gigante o tan pequeña que te da vergüenza?

—Eso no te importa.

No sé por qué abrí la boca. Creo que pensé que le estaba haciendo un favor.

—Dejadlo ya —dije—. Da igual cómo la tenga. Si es pequeña y juguetona también vale.

Iván se puso rojo hasta las orejas.

—No la tengo pequeña —dijo muy serio.

Hugo y Rubén se echaron a reír. Martín soltó una risotada corta.

—Hombre, si Carla solo te quería echar un cable.

—La tengo más grande que las de la peli.

Se hizo un silencio de dos segundos. Después todos se descojonaron menos yo, que me sentí un poco culpable por haberle metido en aquello.

—Perdona, Iván —dije intentando no reírme—. No me estoy riendo de ti. Pero más grande que esas es mucho decir.

—Pues lo tengo más grande.

—¿Qué te apuestas? —saltó Martín entre carcajadas.

—Contra Martín y tú.

Hugo se levantó del sillón dando palmadas.

—Cincuenta pavos. Yo con Martín y Carla.

—Y yo con Iván —dijo Rubén.

—A ver, ¿cómo vamos a comprobarlo? —pregunté—. ¿Con mi boca?

—Con un vaso de tubo —dijo Hugo, ya disparado—. Si no le entra la punta en un vaso, en una boca tampoco. Esperad.

Se fue a la cocina y volvió con un vaso largo, de los de combinado. Lo cogí y me lo acerqué a los labios. Hice el gesto de abarcarlo con la boca y ni de broma. Solo de imaginar una polla del doble de ancho que la de Martín metida ahí, me reí yo sola.

—Mejor que cincuenta pavos —dije—. Si no le entra, os vais a tomar algo y nos dejáis la casa a Martín y a mí. Un par de días al mes además de hoy.

—Eh, eh, eh —protestó Hugo—. Yo juego con vosotros. Que os deje Iván su habitación.

—No. Quiero la casa entera.

—¿Y si le entra? —preguntó Rubén.

—Si le entra… —Martín me miró con cara de no te embales.

—Si le entra —dije—, Martín y yo nos masturbamos como estamos, pero sin manta.

Rubén abrió mucho los ojos. Hugo se rió tan fuerte que pensé que iba a despertar a los vecinos. Iván no se rió.

—Hecho —dijo.

Martín me cogió del brazo y me arrastró al pasillo.

—¿Tú estás loca? ¿Y si la tiene así de grande?

—Ni de coña la tiene así.

—Mira, si perdemos, te masturbo con la mano por dentro del pantalón. No te voy a dejar enseñar nada.

—Quedamos en una vez por semana —dije al volver al salón—. Y que mida más de veinte centímetros empalmada.

—Hecho —soltaron Hugo y Rubén a la vez.

Iván tragó saliva.

***

Lo que vino después fue rarísimo y a la vez lógico, como suele pasar cuando todo el mundo está demasiado caliente para pensar. Iván se levantó y, con las manos temblándole un poco, se bajó el pantalón y el calzoncillo. Incluso sin empalmarse, lo que tenía entre las piernas me dejó sin palabras. Era grueso, pálido, con una longitud imposible para un tío flácido. Cogió el vaso, lo acercó y metió la punta. A duras penas, pero cabía, rozando ya las paredes.

—Ha entrado —dijo Martín apresurado—. Casa para nosotros.

—No vale —respondió Hugo—. Así no cuenta. Tiene que estar dura.

—Con todos mirando me corto —murmuró Iván.

—Pon la peli otra vez.

Hugo dio al play. La tercera escena era una pareja casada que había invitado a tres amigos a cenar. No hacía falta un máster en guion porno para adivinar el resto. La mujer hizo un striptease torpón y empezó a pasar de polla en polla mientras el marido observaba desde una butaca.

Mientras la escena avanzaba, yo miraba de reojo a Iván. Estaba rojo, con la boca entreabierta, la vista clavada en la pantalla, la mano bajando despacio sobre su polla para ayudar al proceso. Cuando se levantó otra vez y cogió el vaso, lo supe al instante. Estaba completamente duro y lo que había crecido entre sus piernas era imposible. Intentó meter el glande en el vaso y el glande no pasó. Ni siquiera llegó a rozar el borde interior. Era más ancho que el vaso.

Hugo y Rubén daban saltos.

—Habíamos apostado —dijo Hugo—. No os rajéis.

Martín me miró. Le dije que sí con la cabeza, sin ser capaz de dejar de mirar la polla de Iván, todavía fuera del pantalón.

—Nadie se mueve de su sitio —dije—. Y en cuanto Iván se suba el pantalón, ponéis la peli otra vez.

—Que se quede con la polla fuera —pidió Rubén—. Si el pacto es que vemos algo, lo vemos todos.

Iván se sentó a mi derecha sin subirse el pantalón ni el calzoncillo. Su polla, todavía dura, descansaba contra su muslo. Martín volvió a colocarse al otro lado, puso la mano entre mis piernas y empezó a tocarme despacio. Yo le bajé el pantalón hasta los tobillos y cogí su polla por encima del calzoncillo. Seguía siendo la que conocía, la que me gustaba. Pero había otra a medio metro.

Rubén y Hugo giraron sus sillones para tener mejor vista. Yo cerré los ojos en un intento torpe de ignorar que estábamos dando un espectáculo. A los dos minutos me rendí: era imposible. Abrí los ojos y miré. Rubén se había bajado ya el pantalón. Hugo estaba haciendo lo mismo con menos disimulo. Iván se tocaba lentamente a mi lado, mirando el techo como si ignorar lo que pasaba le costara menos si no nos miraba.

—¿Te subes? —me susurró Martín al oído.

Dije que no con la cabeza. Dos minutos después dije que sí. Me monté encima de él, guié su polla con la mano y me dejé caer. Cuando empecé a cabalgarle, los gemidos que llenaban el salón ya no eran solo los de la tele.

Al girar la cabeza vi a Hugo de pie junto al sofá, con la polla en la mano y los ojos clavados en mi culo. Vi a Rubén sentado en la mesa del salón, haciendo lo mismo con una cara de concentración absoluta. Iván se había puesto de rodillas a mi derecha en el sofá, con su polla gigante a menos de un palmo de mi costado. Estaban los tres pajeándose con mi cuerpo en medio y la habitación olía a sudor, a detergente de manta y a algo más animal.

Martín me agarró por la cintura y me hizo girar. Acabé sentada sobre él pero de cara a los chicos. Rubén me pidió con voz ronca si podía quitarme la camiseta. A esas alturas ya me daba igual. Me saqué la camiseta y el sujetador en un mismo movimiento y seguí moviéndome sobre Martín. Mis tetas subían y bajaban al ritmo que él marcaba desde abajo.

Entonces Martín me levantó, me puso de rodillas en el sofá y se colocó detrás. Empezó a embestirme con una velocidad que no dejaba duda. Yo miré al frente y me encontré a Iván de pie, con la polla frente a mi cara a dos cuartas. Se pajeaba con la mano bajando lenta, y cada vez que echaba la piel hacia atrás el glande aparecía grande, brillante, mucho más estrecho de lo que prometía todo lo demás.

—Martín —dije con la voz entrecortada.

—¿Qué?

—Creo que me cabe en la boca.

—¿El qué?

—La de Iván. Que creo que me cabe.

Martín gimió fuerte y empujó con más ganas. Iván, al oírme, acercó su polla a mi boca sin pensarlo. Saqué la lengua y le rocé el glande. Él empujó un par de centímetros y, justo en ese instante, Martín se corrió dentro de mí con un gemido largo. Yo grité a mi pesar, con la boca llena, y el orgasmo me atravesó entera mientras me agarraba a la polla de Iván para no perder el equilibrio.

Le noté las venas palpitando en la palma de la mano y tuve el reflejo justo de sacármela de la boca. El chorro salió disparado y cayó sobre mi pecho y en el respaldo del sofá. Mientras intentaba enderezarme, noté un hilo caliente bajando por mi brazo derecho: Hugo, sin decir palabra, acababa de correrse sobre mí desde el lateral.

Me levanté con torpeza, con los pantalones en los tobillos, y me fui derecha al baño. Antes de llegar, Rubén se me plantó delante con la polla en la mano. Le miré con toda la furia que me quedaba.

—Ni se te ocurra.

Di dos pasos rápidos para esquivarlo, tropecé con el pantalón y caí de bruces sobre Iván en el sofá. Antes de poder incorporarme noté el chorro caliente de Rubén cayendo sobre mi culo y mi espalda. Al cabrón no le dio la gana de cortarse. Iván se puso a gritarle que era un cerdo, y Martín se le sumó mientras yo me escapaba por fin al baño.

Frente al espejo me vi los pechos manchados, el brazo pegajoso, la espalda brillante. Me metí directamente bajo la ducha y tardé un buen rato en salir. Cuando volví al salón, los tres estaban de pie, vestidos, todavía discutiendo. Rubén sonreía como un niño que acaba de hacer una trastada. Les recordé que habíamos ganado la apuesta y que ya tardaban en irse.

Martín y yo nos quedamos solos aquella noche. Con el tiempo he pensado muchas veces en aquella tarde. Si pasara hoy, estoy casi segura de que a Hugo y Rubén los echaría con la misma prisa. Pero a Iván, últimamente, he empezado a comentarle a Martín que quizá no me importaría volver a encontrármelo una tarde. Pero eso ya es otra historia.

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Comentarios (7)

Marcos_99

tremendo!!! me quede con ganas de saber como termino todo jaja

Romina_84

Dios mio como lo contaste... se me hizo cortisimo. Segunda parte por favor!!

FernandoCR

esas noches que no se olvidan jajaja. Muy bueno, me hizo acordar a algo parecido

PacoLector

Bien narrado y con tension desde el principio. Seguí subiendo cosas así!

curiosa87

Y como quedaron todos despues? eso me quedé preguntando jaja

LuisaMDP

Me encantó como lo fuiste armando de a poco, sin apuro. Se nota que sabes escribir

PatriGA

excelente!!! mas relatos de este tipo por favor

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