Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Camila me confesó lo de los tres en Camboriú

Camila se tiró en el puff con una remera enorme y nada debajo, como siempre. Afuera caía una lluvia finita, yo acababa de descorchar la segunda botella de vino blanco y la compu reproducía un recital viejo en YouTube, más por costumbre que por ganas. Era el primer viernes en meses que habíamos conseguido quedarnos solas en mi departamento, sin apuros ni pendientes.

Soltó una carcajada de la nada y me miró con esa sonrisa torcida que le conozco demasiado bien.

—Sofi, ¿te acordás cuando te dije que en Camboriú estuve en una «fiestita»? Nunca te conté los detalles de verdad. ¿Querés que te cuente todo, todo?

Me senté en el borde de la cama y bajé el volumen de la compu.

—Obvio, putísima. Contame desde el principio y no te saltees nada.

Se tapó la cara un segundo, pegó un sorbo largo y arrancó.

***

—Fue en el verano del veintidós, yo tenía dieciocho recién cumplidos. Fuimos con mi vieja desde Buenos Aires, dos días infernales de ruta. Llegamos a Camboriú el veintiocho de diciembre y nos metimos en un hotel barato cerca de la costanera. Paseamos por la Avenida Atlántica, comimos pastel brasileño en los puestos callejeros, recorrimos los shoppings hasta cansarnos. Mi vieja se probaba bikinis divinos y los vendedores le decían «que senhora linda, parece ter trinta, no máximo». Yo al lado, muda. Ni un piropo.

»Los primeros días hicimos la ronda clásica: Praia Central, Praia Brava, Praia dos Amores, el sendero hasta Laranjeiras. Mi vieja, con cuarenta y tres años, era una diosa. Tetas grandes, piel blanca, apenas unos kilitos de más. Caminaba por la arena con un bikini entero discreto y todos los buenos le hablaban. «De onde vem, linda?», «Tá sozinha?». Ella se reía modesta y respondía «vim com minha filha». Yo al lado, con microbikini negro, mis ciento veinte de lolas rebotando, cerca de los noventa y cinco kilos. Decí que la mayor parte se me fue a las tetas y al culo, pero igual me sentía como un manatí al lado de ella. ¿Sabés quiénes me hablaban a mí? Los gordos borrachos del quiosco, el tatuado que olía a cerveza, los que te dicen «vení, nena, te invito un trago» con esa cara de «sé que estás desesperada».

»Una noche, después de un día entero en Praia Brava, mi vieja conoció a un brasileño en el lobby del hotel. Cuarenta y cinco, elegante, auto impecable. La invitó a tomar algo en un bar de la Lagoa. «Nada serio, Camila, solo charlar». Se puso un vestido corto, se maquilló y se fue feliz como una pendeja. Yo me quedé tirada en la cama del hotel mirando el ventilador, con esa bronca que te quema las tripas. Ella tiene hombres que la tratan como una reina, y yo... Me puse el microbikini debajo de un short, agarré dos cervezas del minibar y salí a caminar por la playa de noche, con solo las luces lejanas de los quioscos cerrados.

»Ahí apareció un pibe. Argentino, de Rosario, unos veinte años, flaquito, con el pelo largo atado. Se acercó insistente pero bien, no con la cara del gordo del quiosco.

—¿Sola, preciosa? Mirá qué curvas tenés, me matás —me dijo.

»El alcohol y la bronca hicieron el resto. Nos besamos atrás de unas rocas, me arrodillé en la arena fría y le bajé el short. Le chupé la pija como sé hacerlo, garganta profunda, sin apuro. Gimió bajito, me agarró del pelo, me dijo «sos una diosa». Me tragué todo. Me dio un beso en el cachete y se fue diciendo «gracias, nena». Volví al hotel con arena en las rodillas y gusto a semen en la boca, sintiéndome la peor puta del mundo.

»Al día siguiente mi vieja estaba radiante. «Fue un caballero, Camila, charlamos toda la noche, me hizo reír. Nada más, pero qué lindo». Yo sonreí forzada y pensé ella feliz con una charla y yo me mamé una pija en la playa por nada. Me sentí sucia, inferior. Pero igual me puse el microbikini y bajé a la playa, como si nada hubiera pasado.

»Y ahí los conocí a los tres. Estaban jugando al fútbol tenis en Praia Central. Nicolás, argentino de veintitrés, morocho, alto, con los abdominales marcados y se le notaba todo el paquete por arriba del short. Mateo, argentino de veintidós, rubio flaco, chetito, hablaba como si se la comiera. Y Rafael, brasileño de veinticuatro, pelo negro con piel blanca, sonrisa canchera que te desarma. Arrancamos con pavadas, caipirinhas, bromas de boliche, paseo por la laguna y açaí en un quiosquito. Nicolás me gustaba un montón, Sofi. Me hablaba bajito, me hacía reír, me miraba las tetas pero también los ojos. Y parecía que yo le gustaba a él.

»Al cuarto día me invitaron a la casa que alquilaban en Praia dos Amores. «Vení a tomar algo, Camila, después te llevamos». Mi vieja estaba muerta de cansancio y me dejó ir sin hacer preguntas. Llegué a las ocho con una botellita de vodka de regalo.

»La casa era chiquita: una sola cama matrimonial en el living, crujiente, y las dos habitaciones con camas individuales medio rotas. Empezamos tomando y charlando pavadas hasta que Rafael propuso jugar al «yo nunca», pero versión zarpada.

—Yo nunca me cogí a una gordita —arrancó Mateo. Los tres tomaron. Yo me puse colorada pero me reí.

—Yo nunca hice un trío —dijo Nicolás mirándome. Tomé sola. Se volvieron locos.

—Yo nunca chupé en la playa —siguió Rafael. Los cuatro tomamos. Lo miré con cara de qué hijo de puta, pero me reí.

—Yo nunca cogí sin forro —dijo Mateo. Tomé otra vez. Rafael soltó un «essa é safada pra caralho» y se mataron de risa los tres.

»Pasamos a verdad o consecuencia. Todos elegían consecuencia, obvio.

—Camila se saca la remera y se queda en bikini —ordenó Nicolás. Lo hice. Mis tetotas rebotaron y los tres se quedaron duros mirándome, literal.

—Nicolás besa a Camila treinta segundos en la boca —dijo Rafael. Nos besamos con lengua, más de treinta segundos, y sentí la mano de Nicolás en mi nuca.

—Camila le toca el bulto a los tres por arriba del short —propuso Mateo.

—Chicos, nooo, me da cosa —dije haciéndome la difícil.

—Es un juego, dale —insistió.

»Accedí. Lo hice temblando y riéndome, y los tres ya estaban durísimos.

—Camila le chupa la pija a Nicolás dos minutos —tiró Rafael.

—Ay, no... Bueno, dale —dije muerta de risa y vergüenza.

»Me arrodillé, le bajé el short y empecé. Nicolás gemía bajito. Los otros dos miraban y se tocaban por encima del pantalón. Ahí el juego explotó.

—Última consecuencia: Camila tiene que coger con los tres esta noche —dijo Rafael con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas.

»Me quedé callada un segundo, mirando a Nicolás. El alcohol me había dado valentía y, para qué te voy a mentir, ya había decidido que sí antes de que él terminara la frase. Ya me cogí a tantos en la vida, ¿qué son tres más?

—Ay, chicos, no da... —dije igual, haciéndome rogar—. Bueno, pero solo con forro, eh. No se hagan los boludos.

»Arrancó todo torpe. Primero solo con Nicolás. Me tiró en la cama chica, que se hundía en el medio y crujía horrible. Me sacó el bikini con las manos, me chupó la concha despacio, yo reía y gemía al mismo tiempo de puros nervios. Se puso un forro y me penetró de frente. Era incómodo: la cama se movía, yo no sabía dónde poner las piernas, él se resbaló una vez y casi se cae. Nos cagamos de risa los dos.

—Ahora metémela por el culo —le pedí, ya envalentonada.

»Rafael fue a la cocina y volvió con un frasco de aceite de coco.

—Lubricante casero, flaca —dijo con una sonrisa.

»Nicolás se cambió el forro, se untó bien y entró despacio. Dolía al principio. Yo hacía caras raras y le decía «ay, despacio, boludo...». La cama crujía tan fuerte que parecía que se iba a partir. Mateo y Rafael miraban desde el sillón y se pajeaban.

»Después se sumaron los otros dos. Fue un desastre coordinado, Sofi, te lo juro. Rafael quiso ponerse abajo para vaginal, pero la cama era tan chiquita que Nicolás casi se cae cuando intentó entrar por atrás. Logramos medio equilibrio: Rafael adentro mío, Nicolás por el culo, y yo chupándole la pija a Mateo sin forro, porque entre risas me convenció. Nos chocábamos las cabezas, las tetas se me bamboleaban para todos lados, yo tosía cuando Mateo me apuraba, la cama sonaba como si estuviera por romperse. Cambiamos posiciones como pudimos. Yo arriba de Rafael, Nicolás tratando anal otra vez (pero se le salía el forro y paramos a poner más aceite), y Mateo en la boca. En un momento intenté meterme las dos pijas de los costados al mismo tiempo en la boca. No entraban. Solo las lamía juntas mientras babeaba todo. Se reían y me decían «esta la chupa divino».

»Me cogieron casi hora y media así, cambiando todo el tiempo porque nada salía perfecto. Siempre con forro en la concha y en el culo, eso sí. Yo transpiraba, mis tetas rebotaban, gemía y me reía a la vez. Al final me pusieron de rodillas en el piso, se sacaron los forros y los tres me pajearon encima. Nicolás y Rafael me acabaron en la boca y me tragué todo. Mateo me acabó en las tetas. Yo estaba destruida, con leche goteando por todos lados, pero te juro que me sentía la mujer más deseada del planeta.

»Antes de limpiarme, saqué la cámara digital de la cartera.

—A ver, quiero fotos. Quiero acordarme siempre.

»Me sacaron como veinte. Yo con la cara y las tetas cubiertas, sonriendo con la lengua afuera. Yo con dos pijas en la boca. Yo rodeada de los tres. Yo mostrando el culo abierto. Al final me saqué un selfie sola, con la leche todavía corriéndome por el cuerpo. Las tengo guardadas en un pendrive, Sofi. Todavía las tengo.

»Al día siguiente estaba toda adolorida, pero igual bajé a la playa con ellos. Mi vieja nunca se enteró de nada.

***

Camila tomó otro sorbo de vino, me miró con esa cara de puta satisfecha que se le pone cuando está contenta consigo misma, y siguió.

—Al otro día, Sofi, volví sola a la casa. Le dije a mi vieja que salía con amigos. Me abrió Nicolás, solo. Los otros dos habían ido a surfear. Me miró distinto, no con la sonrisa zarpada de la noche anterior, sino con algo más tibio. «Vení, hoy es solo nuestro», me dijo.

»Fue re lindo. Nada torpe, nada apurado. Nos besamos despacio en la puerta, me llevó a la cama (que habíamos forrado con dos sábanas para que no crujiera tanto), me sacó la ropa con calma, me chupó la concha hasta que acabé temblando. Después me penetró con forro y a la mitad me pidió sin. Yo acepté, tomaba la pastilla. Lo hicimos en misionero, yo arriba, cucharita. Repetimos tres veces esa tarde. Me decía bajito al oído «sos hermosa, Camila», y yo le creía un poco, pero me dejaba creerlo. Al final me acabó adentro. Nos quedamos abrazados mirando el techo, riéndonos del desastre de la noche anterior. Me dijo que le había dado un poco de cosa compartirme, porque yo le gustaba, pero que al ver que yo quería, había disfrutado igual, aunque con celos. Que no sabía si se animaría a repetir.

»Así pasé el resto del viaje. Casi todos los días volvía sola a verlo. A veces en la casa, a veces en un rincón escondido de la playa, cogiendo rápido pero tierno. Una vez me llevó al mirador del Morro do Boi al atardecer y lo hicimos ahí, con el mar abajo. Le hice un pete hasta el final y se me escapó un «te amo». Él me sonrió con cara de amor. Me sentí como en una película, aunque sabía que era solo vacaciones. Antes de volver a Buenos Aires me pidió el número.

—Cuando estés en BA, nos vemos, Camila. Quiero seguir viéndote.

»Le dije que sí, emocionada. Pensé quizá esta vez se me dé.

»Pero el penúltimo día salí a caminar sola por Praia Central. Había pasado la noche con Nicolás y me había despertado feliz, con esa sensación de novia de vacaciones. En la arena apareció un brasileño grandote, unos veinticinco, moreno, musculoso, con un dragón tatuado en el brazo. Me tiró onda fuerte. «Oi, gata, vem cá». Yo seguía calentona, con el cuerpo todavía abierto, y... dije que sí. Me llevó a un departamento lejos de la playa, muy lindo.

»Fue violento, Sofi. Me agarró del pelo apenas entré, me puso de cuatro contra el colchón, me bajó el bikini de un tirón y me metió la pija de una. Sin forro, sin juego previo, casi sin preguntar. Me cogió durísimo, me dio cachetadas en el culo, me apretaba las tetas con fuerza. Dolía, pero me gustaba más por eso. Yo gemía en portugués rotoso «mais forte, mais». Me hizo un anal sin lubricante, me acabó en la boca y me hizo tragar. Tuve tres orgasmos seguidos, con la cara hundida contra la almohada. Me despidió, me pagó el Uber de regreso, y yo volví al hotel con arena pegada, semen en la garganta y una sensación rarísima. Usada, sí, pero mucho más viva. Más mujer que nunca.

»El último día volví con Nicolás. Cogimos otra vez, lindísimo. Luces bajas, música suave, él mirándome a los ojos mientras entraba. Después nos quedamos charlando desnudos en la cama. Me contó de su laburo en un banco, del cine, de sus viajes, que quería conocer Europa. Yo le conté de la facu, de mis amigas, de mis miserias internas. Teníamos mil cosas en común. Odiábamos el frío, nos moríamos por un asado, soñábamos con lo mismo. Parecía perfecto.

»Y en un momento, no sé por qué, sin pensarlo, le conté lo del brasileño. «Ayer conocí a uno en la playa y pasó algo». Se quedó callado. Vi cómo se le endurecía la mirada, cómo la sonrisa se le iba poniendo de cartón. No me dijo nada feo. Solo un «ah, ok... qué loco». Pero le vi el asco en los ojos y la decepción atrás. Pensó esta es demasiado. Me dio un beso seco en la puerta y no me volvió a escribir nunca más. Ni cuando volví a Buenos Aires. Nada. Y te juro que no lo entiendo, Sofi. El tipo me compartió con sus dos amigos, me vio chupar dos pijas a la vez, y se ofendió porque estuve con uno más sin él. No lo entiendo todavía.

***

Camila se quedó un rato mirando el vaso de vino, con una sonrisa amarga que no le pegaba a la cara.

—Y ahí me di cuenta del contraste, Sofi. Mi vieja no tuvo sexo ni una sola vez en todo el viaje. Pero ese brasileño del hotel la llevó a cenar ostras frescas con vista al mar, a pasear por la Lagoa al atardecer, a almorzar a lugares hermosos, a caminar por playas tranquilas. Ella volvía al hotel brillando. «Fue un caballero, Camila, me hizo reír». Quedaron en verse en Buenos Aires cuando él viniera por trabajo. Ella fue feliz sin abrir las piernas una sola vez. Yo... me cogí a cuatro y se la chupé a otro más. Me llenaron de leche, me sentí deseada un rato y después me sentí vacía. Siempre lo mismo. Yo la puta que banca todo, y ella la que gana sin esfuerzo. Es injusto.

Se rio bajito, con los ojos un poco tristes, y levantó el vaso para brindar.

—Capaz un día encuentre un Nicolás que no se asquee. O capaz no. Pero, por ahora, me tocó esto. ¿Querés ver las fotos? O mejor... ¿me ayudás a olvidarlo con otra copa más?

Le extendí la botella sin decir nada. Me dio pena y me dio envidia en partes iguales. Abrió la galería del celular, donde tenía pasadas las fotos viejas de Camboriú, y me las fue mostrando una por una, con la misma naturalidad con que me hubiera mostrado un álbum de viaje familiar. Ninguna de las dos volvió a mencionar a Nicolás esa noche.

Valora este relato

Comentarios (7)

Ricky_22

increible!!! me quede con ganas de mas, esperando la continuacion

MarcelaRo

Que manera tan real de contarlo, se siente que fue algo que de verdad marco. Sigue asi!

PabloRos22

jajaja esa sonrisa que describe... yo conozco esa cara, lo dice todo sin decir nada

LatinoNight88

Me recordo a unas vacaciones en Brasil donde paso algo parecido. Las confesiones de playa son otra cosa jaja

Daniela22

Siguio contandole todo? Espero que si porque quede con mucha intriga al final

GusJav30

Buenisimo el arranque. Te atrapa de una y no podes soltar. Muy buen relato

RamiroPlata

de las mejores historias que lei aca, sin dudas. Tremendo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.