Lo que pasó la última noche con los vecinos de al lado
Éramos dos lesbianas de vacaciones buscando una última noche juntas; jamás pensé que un simple beso terminaría con todos enredados en el mismo sofá.
Éramos dos lesbianas de vacaciones buscando una última noche juntas; jamás pensé que un simple beso terminaría con todos enredados en el mismo sofá.
Cuando me quitó la venda de los ojos, no estaba solo en el salón. Seis hombres desnudos me rodeaban y mi novio observaba desde un rincón con una sonrisa.
Entre el humo y los gritos del público, Soledad ya no sabía dónde terminaba ella y empezaba su hija. Solo sabía que no quería que esa noche acabara nunca.
Cuatro mujeres, nueve hombres y una cabaña con piscina. Subí a la van sabiendo que algo iba a pasar, pero no que iba a entregarme a todos sin pensarlo dos veces.
Toqué la puerta de madera esperando a mi padre, pero quien me abrió fue el capataz, con una sonrisa distinta. Y entonces me dijo que él no estaba.
«Sabía que me excitaba imaginarla con otro hombre. Lo que no sabía era hasta dónde estábamos dispuestos a llegar cuando dejé de poner las reglas.»
Tres sillas en medio del salón, cuatro mujeres dando vueltas y la música a punto de parar: la que se quedara de pie esa ronda, se quedaba sin nada.
Compartimos mesa con una pareja que acabábamos de conocer. Tres horas más tarde, en su salón, una caja de cartas rojas borró todas las líneas que creíamos tener.
Me subí al carro esperando una tarde con él, pero en el asiento de atrás había alguien más, y entendí enseguida por dónde venía la cosa.
Estaba casado y solo en la verbena cuando aparecieron mis dos ex la misma noche. Primero se odiaron. Después decidieron compartirme hasta el amanecer.
Tres meses sola con su hija y la cama fría. Cuando un mensaje le ofreció un verano lejos de todo, no imaginó que en esa casa la esperaban dos.
Oía sus gemidos a través de la pared y me quedaba quieta, imaginando. No sabía que esa curiosidad terminaría conmigo entre los dos.
Acepté la invitación pensando en una velada elegante entre copas y cumplidos. Nunca imaginé lo que la condesa había planeado para mí cuando se apagaran las luces.
Llevaba años ocultando mi otra vida. Esa tarde subí al auto sin saber que mi cliente más generoso había preparado algo que me marcaría para siempre.
Cuando subí a la mesa a bailar para ellos, supe que no iba a bajar igual. Eran diez, después fueron doce, y ninguno se quedó con las ganas.
Nadie dijo en voz alta lo que iba a pasar, pero cuando empezaron a caer las prendas, los cuatro supimos que esa noche no íbamos a volver a casa siendo los mismos.
Cruzó la puerta de la tienda con el vestido más corto de su armario. Don Rafael había esperado años para llevarla por la puerta escondida detrás del estante.
Llevaba años con ese cajón cerrado con llave. Esa mañana lo encontré abierto, y dentro había un disco negro con el nombre de Sofía escrito en rotulador.
Volvió del trote al atardecer y la encontró en las dunas. No estaba sola. Nunca lo había estado.
Andrés me abrió la puerta con esa sonrisa que me desarmaba. Sofía no estaba. Yo tampoco había ido por ella.