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Relatos Ardientes

Cuatro hombres, una camioneta y yo sin ropa interior

Esa mañana me desperté con la misma sensación de siempre: el cuerpo encendido, la sábana húmeda en el lugar equivocado y Ernesto ya levantado, vistiéndose de espaldas a mí sin siquiera mirarme. No era que no hubiéramos hecho nada. Habíamos hecho algo, sí. Cinco minutos, dos posiciones, un beso distraído en la frente antes de que se fuera al baño. El problema es que cinco minutos no alcanzan para apagar lo que yo tenía esa mañana. Ni siquiera se había venido dentro. Se salió antes, como hace siempre, y se corrió sobre mi vientre con dos jadeos flojos que sonaron más a disculpa que a placer. Yo me había quedado con el coño palpitando, apretándose alrededor de la nada, buscando una polla que ya no estaba.

Me quedé mirando el techo unos segundos con los brazos cruzados sobre el pecho, escuchando el ruido del agua en la ducha. Respiré despacio. Bajé una mano por debajo de la sábana y me toqué. Estaba empapada, resbalosa, hinchada. Me pasé dos dedos por el clítoris muy despacio, apenas rozándolo, y sentí el estremecimiento subirme por la columna. Podía correrme sola en dos minutos. Pero eso no era lo que quería. Quería que me llenaran. Quería sentir peso encima, manos que apretaran, una boca mordiendo, una verga entrando a fondo. Me saqué los dedos, me los llevé a la boca y me chupé mi propio sabor. Luego me levanté.

Me puse los pantalones más ajustados que tengo, unos de color blanco que pegan bien a las curvas, una blusa sin mangas de tela fina y ninguna ropa interior. Los pezones se marcaban claramente contra la blusa, dos puntas duras que cualquier ojo iba a encontrar en segundos. Era un desayuno en casa de mi suegra, no una cita formal, y si nadie iba a prestarme atención dentro de casa, por lo menos saldría sintiéndome bien conmigo misma.

Mientras Ernesto apuraba a los niños para que se bañaran, yo abrí el teléfono en la cocina y empecé a revisar mensajes. Había uno de Marcos, un amigo de toda la vida que vive a unas cuadras de la casa de mis suegros. Lo conozco desde antes de casarme. Es de esos amigos con los que siempre hay una chispa, una insinuación flotando en el aire que ninguno de los dos recoge. O no había recogido hasta ese día.

«Andamos de fiesta, ¿vienes?», escribió a las ocho de la mañana.

Le respondí que no, que íbamos a desayunar en familia. Pero algo en ese mensaje me encendió otra vez. Marcos nunca andaba solo, eso lo sabía bien. Guardé el teléfono y fui a ayudar a los niños a prepararse.

No pude evitar escribirle de nuevo cinco minutos después: «¿Cuántos son?»

No respondió de inmediato. Me quedé con el teléfono en la mano, preguntándome por qué lo había preguntado. Sabía perfectamente por qué. Lo sabía por el latido entre las piernas, por la humedad que ya me estaba empapando el pantalón blanco, por la manera en que apretaba los muslos parada frente a la estufa.

***

A las diez y cuarto bajamos todos al estacionamiento. Ernesto traía a Sofía en brazos, que todavía estaba medio dormida con la mejilla apoyada en su hombro. Mi hijo mayor, de siete años, iba con los audífonos puestos y una tableta en la mano, ajeno al mundo. Era domingo. Todo se movía despacio.

—¿No te cambias? —me dijo Ernesto, mirándome de arriba abajo con esa expresión que ponía cuando algo no le gustaba pero tampoco iba a decir exactamente qué.

—Ahorita me pongo algo encima. Ve subiendo a los niños, yo ya voy.

Cuando se dieron la vuelta, revisé el teléfono. Marcos había respondido.

«Somos cuatro. Estamos llegando a tu zona.»

El corazón me dio un salto. Cuatro. Cuatro pollas. Cuatro pares de manos. Se me contrajo el coño de golpe, tan fuerte que tuve que apoyarme un segundo contra la pared del pasillo.

Escribí rápido: «Espérenme en la calle de atrás, salgo en diez minutos». Lo mandé antes de que me diera tiempo de arrepentirme.

—¡Mamá! —me llamó mi hijo desde el elevador.

—Ya voy —respondí, guardé el teléfono y subí.

***

Le dije a Ernesto que me iba a bañar rápido y que los alcanzaba en casa de su madre en veinte minutos. Me puse una cara de tedio perfecto, como si fuera un trámite más del domingo. Él dudó un segundo, me sostuvo la mirada, y luego asintió. Me dejó las llaves del departamento y se fue con los niños sin decir más.

En cuanto escuché cerrarse las puertas del elevador, bajé al estacionamiento por la puerta lateral.

La camioneta estaba en la esquina de la calle de atrás, una pick-up oscura con los vidrios a medio bajar. Vi las luces delanteras parpadear dos veces y caminé hacia ella. Marcos bajó del asiento del copiloto antes de que yo llegara. Me saludó de beso en la mejilla y me dijo en voz baja, con esa sonrisa suya que nunca prometía nada bueno:

—A ver, una vueltita nada más.

Me di la vuelta despacio para que viera el pantalón. Le mostré el culo apretado en la tela blanca, sin línea de calzón, sin nada. Hubo un silencio breve desde el interior de la camioneta. Luego una voz que no reconocí:

—Súbete, mamacita. Ven a que te partamos en dos.

Me abrieron la puerta trasera. Adentro había tres hombres además de Marcos: uno al volante y dos en el asiento de atrás. No los conocía a ninguno. Eran mayores que Marcos, con esa energía particular de quien lleva toda la noche despierto y todavía quiere más. Me senté entre los dos del asiento trasero y Marcos volvió al copiloto.

—Así me gustan los domingos —dijo el que conducía, sin girar la cabeza, mientras arrancaba despacio.

***

No pasaron ni dos minutos antes de que sintiera una mano en el muslo. Luego otra, del otro lado. Dedos gruesos apretándome la carne, subiendo con hambre, sin pedir permiso, sin fingir cortesía.

No dije nada. Tampoco lo esperaban.

El de mi izquierda deslizó los dedos por debajo de la tela del pantalón y confirmó lo que ya sabía: que no llevaba nada debajo. Soltó una risa corta y satisfecha cuando encontró el coño empapado y me metió el dedo medio hasta el nudillo de un solo empujón.

—No trae nada. Y está chorreando, el cuero —le dijo al otro, como si yo no estuviera ahí—. Sentí, güey, cómo aprieta.

El otro metió también dos dedos. Los sentí abrirme, moverse dentro, curvarse buscando el punto exacto. Se me escapó un gemido largo y me mordí el labio. El de mi derecha inclinó la cabeza hacia mi cuello. Sentí su aliento antes de sus labios, y después la lengua caliente en la piel, subiendo hasta la oreja. Me mordió el lóbulo despacio y me susurró:

—Vas a chuparnos las vergas a todos, ¿verdad, puta?

Se me contrajo todo por dentro. Asentí sin voz.

Mientras tanto, el otro bajaba el cierre de mi pantalón lentamente, sin prisa, con la actitud de alguien que no tiene apuro porque sabe perfectamente cómo termina esto. Me sacó los dedos empapados del coño y me los pasó por los labios de la boca, embarrándome mi propio flujo. Los chupé sin que me lo pidiera.

Me arqueé un poco hacia adelante para ayudarlo a bajarme el pantalón.

Marcos, desde el asiento delantero, estiró el brazo por encima del respaldo y me acarició el cabello. Lo miré un segundo y él sonrió.

—Tranquila —dijo—. Vamos a portarnos bien contigo. Muy bien.

Tranquila. Como si hubiera algo que me pusiera nerviosa.

El conductor seguía dando vueltas lentas por las calles del fraccionamiento. Las ventanas estaban a medio bajar y la mañana era fresca. Afuera, una señora paseaba a un perro pequeño. Un niño andaba en bicicleta al otro lado de la calle. Nadie miraba hacia adentro de la camioneta. Nadie sabía que adentro había una mujer casada con dos hijos, en pantalón blanco a medio bajar, con dos dedos ajenos hundidos en el coño y la boca abierta pidiendo más.

***

Me bajaron el pantalón hasta las rodillas con un movimiento limpio y directo. El de mi izquierda se abrió la bragueta y sacó la polla. Era gruesa, oscura, con el glande hinchado y una gota transparente asomando en la punta. Me tomó de la nuca con una mano firme y me acercó sin ceremonia. La envolví con la mano primero para calibrarla —pesaba, latía— y me la pasé por los labios como si la saludara. Luego abrí la boca y la dejé entrar hasta el fondo, hasta sentirla golpearme la garganta. Me atraganté un segundo y él soltó un gruñido gutural.

—Así, mamacita, así. Trágamela toda.

Empecé a chuparla con hambre, ayudándome con la mano, subiendo y bajando, dejando que la saliva me chorreara por la barbilla. Le lamí la punta, le pasé la lengua por debajo, le metí toda la verga en la boca de nuevo y aguanté la respiración. Cada vez que la sacaba para respirar, un hilo grueso de saliva quedaba colgando entre mis labios y el glande.

Lo que más me gusta de esos momentos es la honestidad que tiene el cuerpo. No hay protocolo, no hay conversación innecesaria, no hay que fingir que esto no es exactamente lo que es. Soy una mujer con la boca llena de una verga ajena mientras otro me abre el culo con las manos.

Mientras yo me inclinaba hacia adelante, el otro me acomodó desde atrás, me levantó levemente con las manos en las caderas y empezó a tocarme entre las piernas con los dedos. Primero despacio, explorando, luego con más presión en el lugar exacto. Me frotó el clítoris con el pulgar en círculos lentos mientras me metía dos dedos en el coño, curvándolos hacia arriba. Sentí un temblor que empezó en las caderas y me subió hasta los hombros. Grité con la verga todavía en la boca y la vibración le hizo apretar más los dedos en mi nuca.

—¿Lista? Porque te la voy a meter hasta los huevos.

No respondí con palabras. Solo separé más las rodillas.

Me posicioné encima de él, de espaldas, y sentí el glande caliente buscándome la entrada. Bajé despacio, dejando que la punta se abriera camino, y luego, cuando ya no aguanté las ganas, me dejé caer del todo. Estaba tan húmeda que no hubo resistencia. La verga entera me entró de una, hasta tocarme el fondo, y solté un gemido ronco que hizo reír al del volante.

—Escúchenla, la muy perra —dijo Marcos desde adelante, sin girarse—. Le encanta.

Empecé a moverme despacio, apoyando las manos en sus rodillas para mantener el balance. Subía y bajaba con toda la longitud, sintiendo cómo me abría y me llenaba en cada movimiento. El otro seguía en mi boca, ahora empujándome la cabeza con las dos manos, follándome la garganta a su ritmo. Se me llenaban los ojos de lágrimas, se me caía la saliva, y el coño me apretaba solo cada vez más. La camioneta continuaba en movimiento, dando una curva larga hacia la avenida principal.

Los cuatro seguíamos en silencio, salvo por la respiración, los chapoteos húmedos del coño ensartándose en la polla y el ruido sordo del motor.

***

Me vine la primera vez con él adentro, sin avisar, con un espasmo que me hizo apretar con fuerza lo que tenía en la boca. El coño se me convirtió en un puño, latiendo alrededor de la verga, ordeñándola sin control. El hombre debajo de mí me clavó los dedos en las caderas y empujó dos veces hacia arriba, muy fuerte, antes de quedarse quieto, vaciándose despacio dentro de mí. Sentí los chorros calientes llenándome, uno tras otro, y me estremecí con cada uno. Se me escurrió por el interior de los muslos cuando me levanté.

El que tenía en la boca me sacó su verga y se corrió sobre mi cara y mi cuello en dos chorros gruesos. Un hilo espeso me cayó sobre los labios y se lo lamí sin pensarlo.

Me quedé un momento inmóvil, respirando, con el semen chorreándome por la barbilla y del coño.

—Mi turno —dijo una voz desde el frente.

El conductor frenó la camioneta en una calle lateral sin salida y apagó el motor. Me moví del asiento y me puse de rodillas sobre el tapizado, con el culo levantado hacia atrás. El tercero, que hasta ese momento había permanecido callado en el copiloto, se pasó al asiento trasero. Era el más alto de todos, con las manos grandes y los movimientos lentos y deliberados. Se sacó una verga larga y curva, más gruesa que las anteriores. Me tomó de la cintura por detrás sin decir nada.

—Despacio —dije, mirando por encima del hombro—. Ahí no, en el coño primero.

—En los dos, mi vida. En los dos vas a sentirme.

Me escupió el pulgar y lo presionó contra la entrada del culo, suave, para prepararme. Lo hizo sin apuro, con paciencia, girándolo, empujando de a poco, hasta que sentí que el cuerpo cedía por completo y el dedo entero le entró. Luego metió dos. Yo apretaba la cara contra el respaldo y me mordía la mano para no gritar demasiado. Con la otra mano se guiaba la verga hacia el coño y frotaba el glande contra los labios empapados, esparciendo el semen del anterior con el mío propio.

Nunca es lo mismo con alguien que no conoces. La incertidumbre cambia todo: no sabes qué esperar, no puedes anticiparte, no hay rutina ni costumbre. Eso te obliga a estar completamente presente en cada sensación, sin poder distraerte.

Cuando entró del todo en el coño, me aferré al respaldo del asiento con ambas manos y respiré por la boca, contando en silencio hasta que encontré el ritmo. Empezó a follarme con embestidas largas y profundas, pegándome las caderas contra el culo con cada empujón. La camioneta se mecía suavemente. Yo gemía cada vez más alto, sin importarme quién pudiera oír desde la calle.

—Ahora sí —dijo, y sacó la verga chorreando de flujo y semen, la apoyó contra mi ano y empujó despacio.

Grité. Se me abrió el culo alrededor de la verga gruesa, ardió un segundo, y después el ardor se transformó en otra cosa. En un placer denso, cerrado, que me hacía apretar los dientes. Empezó a moverse despacio, luego más rápido, sujetándome del pelo con una mano y de la cadera con la otra. El otro que había estado esperando aprovechó y me metió los dedos en el coño vacío, tres a la vez, moviéndolos al mismo ritmo. Me estaban llenando por todos lados. Sentí que me iba a partir.

Marcos se acomodó frente a mí.

—¿Puedo? —preguntó, con la verga ya afuera, dura y palpitando a centímetros de mi cara.

Fue la única vez en toda la mañana que alguien pidió permiso. Lo miré sin decir nada y abrí la boca.

Me la metió despacio, mirándome a los ojos todo el tiempo, mientras el otro me destrozaba el culo por detrás. Nunca lo había mirado así, tan cerca. Hubo algo en esa mirada suya, en la sonrisa apenas dibujada mientras me follaba la boca, que me hizo correrme por segunda vez. Un temblor largo que me sacudió entera, con la verga de Marcos hasta el fondo de la garganta y la del otro en el culo.

Terminamos en un intervalo corto de minutos. El de atrás se corrió dentro de mi culo con un gruñido, empujando hasta el final, y sentí el semen caliente inundándome por dentro. Marcos salió de mi boca justo a tiempo y me terminó de vaciar sobre los pechos, abriéndome la blusa con la otra mano. El interior de la camioneta olía a piel caliente y a algo más, ese olor denso que se queda pegado a la memoria aunque no quieras. A sudor, a semen, a coño usado.

Me limpié como pude con unos pañuelos que alguien sacó de la guantera. Me pasé uno entre las piernas, otro por la cara, otro por el escote. Sentí un hilo espeso escurrirse por el interior del muslo y lo atrapé antes de que llegara al pantalón blanco. Me volví a poner el pantalón, me alisé la blusa —que todavía tenía manchas húmedas que iba a tener que disimular— y me acomodé el cabello mirándome en el espejo retrovisor que el conductor había girado hacia mí, sin que yo lo pidiera.

—¿A dónde te llevo? —preguntó.

Le di la dirección de mi suegra.

Marcos se giró desde el copiloto con esa sonrisa tranquila que siempre tuvo, esa que nunca cambia sin importar la situación.

—El desayuno no se enfría —dijo.

Me reí. Fue una risa genuina, de esas que no se pueden fingir.

***

Llegué catorce minutos tarde. Mi suegra abrió la puerta antes de que tocara el timbre y me dijo que la comida ya estaba en la mesa. Los niños estaban sentados. Ernesto levantó la vista cuando entré.

—Dijiste veinte minutos.

—Se me hizo tarde con el tráfico.

—¿Qué tráfico? Es domingo.

—Pues el de hoy, que siempre es el peor —dije, y me excusé para ir al baño.

Me lavé las manos con agua caliente, me enjuagué la boca tres veces, hice gárgaras con enjuague bucal que encontré en el mueble, me arreglé el cabello frente al espejo del baño de mi suegra, que huele a lavanda y tiene una vela encendida aunque sean las diez de la mañana. Me bajé un poco el pantalón para revisar. Todavía tenía los muslos pegajosos y el coño hinchado, con el semen de dos hombres adentro. Me limpié con papel, tiré de la cadena, me subí el pantalón. Me miré un momento. Tenía las mejillas todavía encendidas y las tetas marcadas contra la blusa con un par de manchas apenas visibles que iban a secar en minutos. Me eché agua fría en la cara y esperé a que bajara el color.

Salí al pasillo y fui a la cocina.

—¿Qué vas a tomar? —me preguntó mi suegra.

—Café —respondí—. Cargado, por favor.

Me senté frente a Ernesto. Sofía ya comía sola, untando mermelada con más entusiasmo que precisión. Mi hijo mayor le contaba algo a su abuelo sobre un juego en la tableta. El sol entraba por la ventana y calentaba la mesa de madera. Mi marido me sirvió un vaso de jugo de naranja sin decir nada, como hacía siempre los domingos.

Tomé el vaso y bebí despacio, sintiendo cómo se me escurría otra gota tibia por dentro del muslo.

Iba a ser un buen día.

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Comentarios(9)

NachoCba93

jajaja el titulo lo dice todo, ya me tenia enganchado antes de arrancar. tremendo relato!!

Romi_lee

Por favor seguila, quede con ganas de mas. Que buenoooo

pichon_79

bien narrado, se siente real sin pasarse. de lo mejor que lei ultimamente por aca

SolBA

esto era justo lo que necesitaba leer hoy jeje excelente!!

Marcos_V91

me recordo a una situacion parecida que tuve hace tiempo... las cosas que pasan cuando menos las planeas son las mejores. gracias por compartirlo

ElCocinero55

y el desayuno familiar??? jajaja ese detalle me mato, muy bueno el arranque

Tortuga_Mx

De los mejores que lei en mucho tiempo, bien escrito y con buen ritmo. Mas asi por favor!

Beto_RA

increible!! segui publicando

LauritaBA

lo que mas me gusto es como arranca la historia, te mete de golpe sin rodeos. Bien ahi

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