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Relatos Ardientes

Cuatro hombres, una camioneta y yo sin ropa interior

Esa mañana me desperté con la misma sensación de siempre: el cuerpo encendido, la sábana húmeda en el lugar equivocado y Ernesto ya levantado, vistiéndose de espaldas a mí sin siquiera mirarme. No era que no hubiéramos hecho nada. Habíamos hecho algo, sí. Cinco minutos, dos posiciones, un beso distraído en la frente antes de que se fuera al baño. El problema es que cinco minutos no alcanzan para apagar lo que yo tenía esa mañana.

Me quedé mirando el techo unos segundos con los brazos cruzados sobre el pecho, escuchando el ruido del agua en la ducha. Respiré despacio. Luego me levanté.

Me puse los pantalones más ajustados que tengo, unos de color blanco que pegan bien a las curvas, una blusa sin mangas de tela fina y ninguna ropa interior. Era un desayuno en casa de mi suegra, no una cita formal, y si nadie iba a prestarme atención dentro de casa, por lo menos saldría sintiéndome bien conmigo misma.

Mientras Ernesto apuraba a los niños para que se bañaran, yo abrí el teléfono en la cocina y empecé a revisar mensajes. Había uno de Marcos, un amigo de toda la vida que vive a unas cuadras de la casa de mis suegros. Lo conozco desde antes de casarme. Es de esos amigos con los que siempre hay una chispa, una insinuación flotando en el aire que ninguno de los dos recoge. O no había recogido hasta ese día.

«Andamos de fiesta, ¿vienes?», escribió a las ocho de la mañana.

Le respondí que no, que íbamos a desayunar en familia. Pero algo en ese mensaje me encendió otra vez. Marcos nunca andaba solo, eso lo sabía bien. Guardé el teléfono y fui a ayudar a los niños a prepararse.

No pude evitar escribirle de nuevo cinco minutos después: «¿Cuántos son?»

No respondió de inmediato. Me quedé con el teléfono en la mano, preguntándome por qué lo había preguntado.

***

A las diez y cuarto bajamos todos al estacionamiento. Ernesto traía a Sofía en brazos, que todavía estaba medio dormida con la mejilla apoyada en su hombro. Mi hijo mayor, de siete años, iba con los audífonos puestos y una tableta en la mano, ajeno al mundo. Era domingo. Todo se movía despacio.

—¿No te cambias? —me dijo Ernesto, mirándome de arriba abajo con esa expresión que ponía cuando algo no le gustaba pero tampoco iba a decir exactamente qué.

—Ahorita me pongo algo encima. Ve subiendo a los niños, yo ya voy.

Cuando se dieron la vuelta, revisé el teléfono. Marcos había respondido.

«Somos cuatro. Estamos llegando a tu zona.»

El corazón me dio un salto. Cuatro.

Escribí rápido: «Espérenme en la calle de atrás, salgo en diez minutos». Lo mandé antes de que me diera tiempo de arrepentirme.

—¡Mamá! —me llamó mi hijo desde el elevador.

—Ya voy —respondí, guardé el teléfono y subí.

***

Le dije a Ernesto que me iba a bañar rápido y que los alcanzaba en casa de su madre en veinte minutos. Me puse una cara de tedio perfecto, como si fuera un trámite más del domingo. Él dudó un segundo, me sostuvo la mirada, y luego asintió. Me dejó las llaves del departamento y se fue con los niños sin decir más.

En cuanto escuché cerrarse las puertas del elevador, bajé al estacionamiento por la puerta lateral.

La camioneta estaba en la esquina de la calle de atrás, una pick-up oscura con los vidrios a medio bajar. Vi las luces delanteras parpadear dos veces y caminé hacia ella. Marcos bajó del asiento del copiloto antes de que yo llegara. Me saludó de beso en la mejilla y me dijo en voz baja, con esa sonrisa suya que nunca prometía nada bueno:

—A ver, una vueltita nada más.

Me di la vuelta despacio para que viera el pantalón. Hubo un silencio breve desde el interior de la camioneta. Luego una voz que no reconocí:

—Súbete, mamacita.

Me abrieron la puerta trasera. Adentro había tres hombres además de Marcos: uno al volante y dos en el asiento de atrás. No los conocía a ninguno. Eran mayores que Marcos, con esa energía particular de quien lleva toda la noche despierto y todavía quiere más. Me senté entre los dos del asiento trasero y Marcos volvió al copiloto.

—Así me gustan los domingos —dijo el que conducía, sin girar la cabeza, mientras arrancaba despacio.

***

No pasaron ni dos minutos antes de que sintiera una mano en el muslo. Luego otra, del otro lado.

No dije nada. Tampoco lo esperaban.

El de mi izquierda deslizó los dedos por debajo de la tela del pantalón y confirmó lo que ya sabía: que no llevaba nada debajo. Soltó una risa corta y satisfecha.

—No trae nada —le dijo al otro, como si yo no estuviera ahí.

El de mi derecha inclinó la cabeza hacia mi cuello. Sentí su aliento antes de sus labios. Mientras tanto, el otro bajaba el cierre de mi pantalón lentamente, sin prisa, con la actitud de alguien que no tiene apuro porque sabe perfectamente cómo termina esto.

Me arqueé un poco hacia adelante para ayudarlo.

Marcos, desde el asiento delantero, estiró el brazo por encima del respaldo y me acarició el cabello. Lo miré un segundo y él sonrió.

—Tranquila —dijo.

Tranquila. Como si hubiera algo que me pusiera nerviosa.

El conductor seguía dando vueltas lentas por las calles del fraccionamiento. Las ventanas estaban a medio bajar y la mañana era fresca. Afuera, una señora paseaba a un perro pequeño. Un niño andaba en bicicleta al otro lado de la calle. Nadie miraba hacia adentro de la camioneta.

***

Me bajaron el pantalón hasta las rodillas con un movimiento limpio y directo. El de mi izquierda sacó su pene y me tomó de la nuca para acercarme. Lo envolví con la mano primero para calibrarlo, luego lo metí en la boca.

Lo que más me gusta de esos momentos es la honestidad que tiene el cuerpo. No hay protocolo, no hay conversación innecesaria, no hay que fingir que esto no es exactamente lo que es.

Mientras yo me inclinaba hacia adelante, el otro me acomodó desde atrás, me levantó levemente con las manos en las caderas y empezó a tocarme entre las piernas con los dedos. Primero despacio, explorando, luego con más presión en el lugar exacto. Sentí un temblor que empezó en las caderas y me subió hasta los hombros.

—¿Lista? —me preguntó en voz baja.

No respondí con palabras.

Me posicioné encima de él, de espaldas, y lo dejé entrar. Estaba tan húmeda que no hubo resistencia. Empecé a moverme despacio, apoyando las manos en sus rodillas para mantener el balance. El otro seguía en mi boca. La camioneta continuaba en movimiento, dando una curva larga hacia la avenida principal.

Los cuatro seguíamos en silencio, salvo por la respiración y el ruido sordo del motor.

***

Me vine la primera vez con él adentro, sin avisar, con un espasmo que me hizo apretar con fuerza lo que tenía en la boca. El hombre debajo de mí me clavó los dedos en las caderas y empujó dos veces hacia arriba antes de quedarse quieto, vaciándose despacio.

Me quedé un momento inmóvil, respirando.

—Mi turno —dijo una voz desde el frente.

El conductor frenó la camioneta en una calle lateral sin salida y apagó el motor. Me moví del asiento y me puse de rodillas sobre el tapizado. El tercero, que hasta ese momento había permanecido callado en el copiloto, se pasó al asiento trasero. Era el más alto de todos, con las manos grandes y los movimientos lentos y deliberados. Me tomó de la cintura por detrás sin decir nada.

—Despacio —dije.

Me escupió el pulgar y lo presionó contra mi entrada, suave, para prepararme. Lo hizo sin apuro, con paciencia, hasta que sentí que el cuerpo cedía por completo. Luego cambió.

Nunca es lo mismo con alguien que no conoces. La incertidumbre cambia todo: no sabes qué esperar, no puedes anticiparte, no hay rutina ni costumbre. Eso te obliga a estar completamente presente en cada sensación, sin poder distraerte.

Cuando entró del todo, me aferré al respaldo del asiento con ambas manos y respiré por la boca, contando en silencio hasta que encontré el ritmo.

Marcos se acomodó frente a mí.

—¿Puedo? —preguntó.

Fue la única vez en toda la mañana que alguien pidió permiso. Lo miré sin decir nada y abrí la boca.

Terminamos en un intervalo corto de minutos. El interior de la camioneta olía a piel caliente y a algo más, ese olor denso que se queda pegado a la memoria aunque no quieras. Me limpié como pude con unos pañuelos que alguien sacó de la guantera. Me volví a poner el pantalón, me alisé la blusa y me acomodé el cabello mirándome en el espejo retrovisor que el conductor había girado hacia mí, sin que yo lo pidiera.

—¿A dónde te llevo? —preguntó.

Le di la dirección de mi suegra.

Marcos se giró desde el copiloto con esa sonrisa tranquila que siempre tuvo, esa que nunca cambia sin importar la situación.

—El desayuno no se enfría —dijo.

Me reí. Fue una risa genuina, de esas que no se pueden fingir.

***

Llegué catorce minutos tarde. Mi suegra abrió la puerta antes de que tocara el timbre y me dijo que la comida ya estaba en la mesa. Los niños estaban sentados. Ernesto levantó la vista cuando entré.

—Dijiste veinte minutos.

—Se me hizo tarde con el tráfico.

—¿Qué tráfico? Es domingo.

—Pues el de hoy, que siempre es el peor —dije, y me excusé para ir al baño.

Me lavé las manos con agua caliente, me enjuagué la boca, me arreglé el cabello frente al espejo del baño de mi suegra, que huele a lavanda y tiene una vela encendida aunque sean las diez de la mañana. Me miré un momento. Tenía las mejillas todavía encendidas. Me eché agua fría en la cara y esperé a que bajara el color.

Salí al pasillo y fui a la cocina.

—¿Qué vas a tomar? —me preguntó mi suegra.

—Café —respondí—. Cargado, por favor.

Me senté frente a Ernesto. Sofía ya comía sola, untando mermelada con más entusiasmo que precisión. Mi hijo mayor le contaba algo a su abuelo sobre un juego en la tableta. El sol entraba por la ventana y calentaba la mesa de madera. Mi marido me sirvió un vaso de jugo de naranja sin decir nada, como hacía siempre los domingos.

Tomé el vaso y bebí despacio.

Iba a ser un buen día.

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Comentarios (4)

NachoCba93

jajaja el titulo lo dice todo, ya me tenia enganchado antes de arrancar. tremendo relato!!

Romi_lee

Por favor seguila, quede con ganas de mas. Que buenoooo

pichon_79

bien narrado, se siente real sin pasarse. de lo mejor que lei ultimamente por aca

SolBA

esto era justo lo que necesitaba leer hoy jeje excelente!!

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