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Relatos Ardientes

Encendí la cámara y dejé de ser su marido

El contador llegó a cien visualizaciones justo cuando el teléfono de Marcos vibró por primera vez. Estaba en el cuarto de reprografía del sótano, rodeado de planos enrollados y archivadores grises, con el portátil sobre una caja de papel A3. La pantalla proyectaba luz azul sobre su cara mientras veía crecer el número. Cien. Ciento doce. Ciento cuarenta y tres.

El canal se llamaba «Arquitecta Premium». Lo había bautizado Ricardo, el director del estudio, con esa mezcla de arrogancia y sentido práctico que lo caracterizaba en todo. Llevaba activo cuatro horas. Ya tenía suscriptores de pago.

Había sido Marcos quien grabó el primer video. Sus manos habían sostenido la cámara. Sus dedos habían pulsado el botón de grabación en el dormitorio de la suite del hotel, un martes por la noche, mientras su mujer firmaba el contrato de exclusividad sobre la espalda de Ricardo como si fuera un escritorio de carne.

El teléfono vibró de nuevo. Era un grupo de WhatsApp de compañeros de la universidad: los de la promoción del noventa y seis, los que quedaban a cenar una vez al año y siempre decían que había que quedar más.

—Oye, ¿la del video que nos mandó Soto no es tu mujer? Dime que no es verdad.

No respondió. Bloqueó el teléfono y lo dejó boca abajo sobre un plano de planta. En el piso de arriba, Laura estaba reunida con el señor Sung y su equipo de asesores jurídicos. O eso le había dicho esa mañana cuando salieron juntos de casa.

Siempre una reunión. Siempre algo perfectamente razonable.

Cerró el portátil. El contador llevaba unos minutos sin actualizarse. Cuando lo volvió a abrir diez minutos después, marcaba doscientas ochenta y cuatro visualizaciones. Alguien estaba compartiendo el link.

Marcos no subió. Se quedó en el sótano hasta que el fluorescente del techo empezó a parpadear y los números siguieron creciendo.

***

A mediodía, Ricardo convocó a todo el equipo en la sala de juntas para celebrar la firma del contrato. Había pedido catering a una empresa de fuera: embutidos, queso manchego, bandejas de sushi que a nadie le convencían del todo. El vino espumante llegó antes que los platos.

Laura presidía el extremo de la mesa frente a la pantalla de presentaciones. Llevaba un vestido gris con un escote en V que dejaba visible el borde de la clavícula, y su vientre —ya inconfundible en el sexto mes— quedaba enmarcado por la tela con una simetría que varios de los presentes miraban demasiado tiempo. El pelo lo llevaba suelto, algo que solo hacía cuando sabía que la iban a fotografiar.

—¡Por el mejor activo de este estudio! —exclamó Ricardo, levantando la copa hacia ella.

Los veintipocos empleados aplaudieron. Algunos brindaron de pie. Los del equipo de diseño —Soto, Miriam, el becario que se llamaba igual que Marcos— se acercaron a Laura en pequeños grupos para darle la enhorabuena, tocarle el vientre, hacerse una foto con ella. Ella sonreía cada vez que alguien llegaba. Era una sonrisa amplia, de dientes, que Marcos recordaba de cuando se conocieron en Sevilla, hace ya casi siete años.

Él estaba al fondo de la sala, junto a la ventana que daba al patio interior. Ricardo le había pedido que grabara la celebración con el teléfono para las redes del estudio. «Tú sabes hacer estas cosas, Marcos. Se te da mejor que a nadie del equipo».

Enfocó a su mujer a través de la pantalla. A través de ese rectángulo de cristal, Laura era nítida y lejana al mismo tiempo.

—Graba cuando el señor Sung me dé la mano —dijo ella, acercándosele un momento sin mirarlo—. Es lo que más van a pedir los del nivel diamante. El cliente importante reconociendo el trabajo. Ya sabes cómo funciona esto.

Marcos asintió. Pulsó grabar.

El señor Sung se acercó a Laura con esa cortesía formal de ejecutivo que ha viajado demasiado. Le tendió la mano. Ella la tomó con ambas manos y se inclinó levemente, y la cámara de Marcos capturó el momento desde el ángulo que sabía que quedaría mejor: el perfil de su vientre, el escote, la sonrisa profesional que no era la sonrisa que guardaba para otros.

—Bien hecho —le susurró Ricardo al pasar a su lado, con una palmada breve en el hombro—. Esta tarde hay sesión en la terraza con los de comunicación. Necesito que estés allí también con la cámara.

—De acuerdo —respondió Marcos.

Siguió grabando. Laura alzó su copa hacia la sala. La sala aplaudió de nuevo.

***

Lo que había empezado dos meses antes era difícil de explicar con palabras que tuvieran algún sentido. Ricardo lo había presentado como una propuesta de pareja, usando esa voz razonada y tranquila que reservaba para las reuniones de directivos. «Una manera de recuperar la conexión que habéis perdido. De que ella se sienta deseada. Y tú eres el que mejor la conoce, Marcos. Eso es lo que da valor a todo esto».

Marcos no recordaba haber dicho que sí de manera explícita. Recordaba haber escuchado. Recordaba que Laura había asistido a aquella conversación sin hablar, con las manos sobre la mesa del salón y la vista fija en la ventana. Recordaba que esa misma noche Ricardo se había quedado a cenar, y que después de cenar nadie había sugerido que se marchara.

La cámara había aparecido al cabo de una semana. Un modelo compacto pero bueno, con estabilizador óptico y tarjeta de memoria de sobra. Ricardo la había dejado sobre la mesa de centro como si fuera un regalo de cumpleaños.

—Para ti —le había dicho—. Porque tú eres el que sabe verla.

El que sabe verla. Eso eres tú ahora. El que ve y graba y guarda y sube.

Aquella primera noche, con las manos algo temblorosas y la cámara frente a la cara, Marcos había encuadrado el sofá donde Ricardo y Laura empezaban a desnudarse, y había sentido algo que no era exactamente asco ni exactamente deseo, sino los dos mezclados de una manera que ya no sabía separar. Cuando Laura se giró hacia la cámara un segundo —solo un segundo— y no dijo nada, Marcos comprendió que el acuerdo estaba cerrado sin que nadie lo hubiera firmado.

Desde entonces, el canal había crecido. Los suscriptores pedían más. Y más significaba escenarios nuevos, hombres nuevos, situaciones que Ricardo gestionaba con la misma eficiencia con la que cerraba los contratos del estudio.

Marcos aprendió a mantener el pulso firme. Aprendió a anticipar los movimientos, a cambiar de ángulo sin perder el foco, a saber cuándo acercar y cuándo alejar. Aprendió que la luz natural de la tarde quedaba mejor que los focos artificiales para las escenas largas, y que los primeros planos de las manos generaban más interacción en los comentarios que los planos abiertos. Era bueno en esto. Quizás demasiado bueno.

Laura se lo agradecía a su manera.

—Nadie ilumina como tú —le decía, a veces, cuando todo terminaba. Y eso era lo único que le decía.

***

Cuando llegó a casa a las ocho y cuarto de la tarde, el salón estaba transformado. Habían desplazado la mesita de centro. Tres aros de luz portátiles formaban un triángulo en la alfombra, con los cables recogidos junto a la pared. Alguien los había montado antes de que él llegara.

Los tres hombres esperaban sentados: uno en el sofá, dos en las sillas del comedor que alguien había traído hasta allí. Ropa cara. Copas de vino en la mano. Conversaban en voz baja con esa naturalidad de quien lleva un rato en un lugar y ya se ha acostumbrado al espacio.

Marcos no los conocía. Nunca había visto sus caras antes de esa noche.

Cuando lo vieron entrar, los tres asintieron con una cortesía impersonal y volvieron a su conversación. El que estaba en el sofá —el de más edad, con el pelo gris en las sienes y un reloj que costaba más que el coche de Marcos— consultó la hora.

Laura salió del dormitorio.

Llevaba una bata de satén burdeos que se abría sobre su vientre. No llevaba nada debajo. Cruzó el salón despacio, sin prisa, y llegó hasta Marcos. Le puso una mano sobre el pecho, justo encima del esternón. Una presión suave que lo mantuvo exactamente donde estaba.

—Llegas tarde —dijo. No era un reproche. Era una constatación.

—Había retención en la autopista —respondió él.

—Estos señores llevan esperando cuarenta minutos. Han venido de lejos. —Le ajustó el cuello de la camisa con dos dedos, despacio, sin mirarlo a los ojos—. Coge la cámara, Marcos. La batería está cargada. Ya lo dejé todo listo.

Fue al dormitorio. La cámara estaba en el trípode, orientada hacia el salón. La tarjeta de memoria, formateada. La batería, al cien por cien.

Ya lo dejé todo listo. Por supuesto que sí.

Cuando volvió, los tres hombres se habían puesto de pie. El de las sienes grises le hizo un gesto breve con la cabeza: el gesto neutro de alguien que reconoce a un técnico en un plató y sabe cuál es su función.

Marcos colocó el trípode junto a la pared. Ajustó la altura. Encuadró.

Laura se arrodilló en la alfombra, en el centro del triángulo de luz. Tenía la bata todavía sobre los hombros, abierta. Levantó la vista hacia la cámara un segundo, solo un segundo, y Marcos vio en su cara algo que había dejado de buscar hace tiempo: no amor, no triunfo exactamente, sino algo más desnudo que cualquiera de las dos cosas. Una decisión tomada hasta las últimas consecuencias.

Los tres hombres se acercaron despacio. Ella dejó caer la bata.

Marcos pulsó el botón de grabación.

***

Duró casi dos horas. Marcos lo siguió todo a través del visor, cambiando de ángulo cuando era necesario, acercando cuando el encuadre lo pedía. Era preciso. Era eficiente. Había aprendido a serlo.

Los tres hombres se turnaban con una coordinación silenciosa, como si hubieran acordado un orden antes de llegar. Laura los recibía a todos con la misma disponibilidad, con los ojos cerrados o abiertos según el momento, y su vientre quedaba siempre visible en el encuadre, prominente e imposible de ignorar. Era el detalle que más visualizaciones generaba según las métricas del canal, que Marcos revisaba cada noche antes de cerrar el portátil.

En un momento dado, el de las sienes grises se giró hacia él sin dejar de moverse.

—Capta bien este plano. Es el que más van a compartir.

Marcos capturó el plano.

Lo que sentía desde detrás del trípode no tenía un nombre limpio. Había intentado ponerle uno varias veces, en el sótano, solo con el portátil y los números creciendo. No había encontrado ninguno que le quedara bien. Era más fácil seguir grabando.

Cuando terminó, los tres hombres se vistieron con la misma calma con que habían llegado. Uno dejó un sobre cerrado en la mesita del recibidor. Otro preguntó dónde estaba el baño. El tercero le dio la mano a Marcos antes de salir, con firmeza, mirándolo a los ojos como si acabaran de cerrar un trato.

—Buen trabajo —dijo. Y lo decía en serio.

La puerta se cerró. El salón quedó en silencio.

Laura recogió la bata del suelo. Marcos desmontó el trípode, enrolló el cable del aro de luz más cercano y lo apoyó contra la pared. Eran las diez y veinte de la noche y mañana había reunión de seguimiento en el estudio a las nueve.

—¿Tienes hambre? —preguntó ella desde la cocina.

—Un poco.

—Queda sopa de anoche.

Marcos dejó la cámara sobre la cómoda del dormitorio. Se sentó en el borde de la cama y miró sus manos. Las mismas manos que habían sostenido el trípode durante dos horas. Las mismas manos que mañana abrirían el portátil en el sótano del estudio para ver los números subir.

El bebé tiene que nacer en las mejores condiciones posibles. Eso es lo que ella dice. Eso es lo que tú te repites cada noche cuando apagas la luz.

Desde la cocina llegó el sonido del gas al encenderse. El ruido familiar y exacto de una noche cualquiera.

Marcos se levantó. Fue a cenar.

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Comentarios (6)

Nando_Cba

tremendo!!! me dejé llevar desde la primera línea, muy buen relato

nico_lecturas

Por favor seguí con esta historia. Quedé muy enganchado y el final abre para mucho más

ValentinaRS

Qué bien escrito, se siente muy real sin pasarse de la raya. Me encantó

Marte22

Hay segunda parte?? quedo esperando...

viajero_mx

Me recordó a una situación que viví, esas cosas que empiezan como algo pequeño y terminan cambiándolo todo

ClaudioR

Increible como lo fuiste contando, muy bien llevado el ritmo. Mas de esto!

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