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Relatos Ardientes

El trato que cerraron con el cuerpo de mi esposa

El amanecer llegó sin avisarme, como llegaban todas las cosas desde que firmé aquel acuerdo que no supe leer. Había pasado la noche ordenando los archivos de la sesión anterior: borrando metadatos, comprimiendo carpetas, guardando copias en el servidor cifrado que Roberto había instalado en mi propio ordenador. Terminé a las cuatro. A las ocho, mientras Valeria dormía en el lado izquierdo de la cama con la espalda hacia mí, el móvil vibró con la notificación que ahora organizaba mis días mejor que cualquier agenda.

09:00 h. Hotel Gran Palacio. Torre Mediterráneo. Suite Ático.

Me duché en el baño de invitados. El del matrimonio hacía meses que ya no era para mí.

***

Preparé el equipaje de Valeria con la precisión que Roberto me había enseñado durante las primeras semanas, cuando todavía fingía que aquello tenía una lógica que yo podría llegar a entender. Abrí el cajón del armario que ya no guardaba mis cosas y saqué el juego de lencería negra con encaje en los bordes, el conjunto de seda color marfil con los tirantes finos, y el rojo oscuro que ella reservaba para las reuniones importantes. Añadí los tacones de aguja, el perfume que Roberto compraba por litros en un distribuidor mayorista, y en el fondo de la bolsa coloqué la cámara de alta definición: batería cargada, cuatro tarjetas de memoria nuevas en el bolsillo lateral.

Las instrucciones de Roberto habían sido claras desde el principio, formuladas con la misma neutralidad con la que daría instrucciones a un proveedor de servicios.

—Nada de gomas, Marcos —me dijo la primera vez, sentado al otro lado de la mesa de la oficina, con un café a medio beber—. Los clientes de este nivel pagan precisamente por eso. Polla desnuda dentro del coño de tu mujer. Corridas dentro, sin barreras. Si alguno de ellos tiene que buscar un coño limpio en otro sitio, habremos perdido la cuenta y tú habrás perdido el acuerdo de silencio. No creo que quieras eso.

No quería eso.

Cuando Valeria entró al salón ya vestida, con el pelo recogido en un moño bajo y los labios pintados de rojo oscuro, recogió la bolsa del suelo sin mirarme y la puso sobre el sofá para revisarla. Asintió una vez cuando encontró todo en su sitio.

—El coche sale en veinte minutos —dijo.

***

El trayecto hasta el hotel duró cuarenta y cinco minutos por el tráfico de media mañana. Valeria iba en el asiento trasero con las piernas cruzadas, retocándose los labios frente al espejo del parasol. Yo conducía. Siempre conducía yo desde que Roberto me había explicado que formar parte del equipo significaba, entre otras cosas, ser útil en los desplazamientos.

A mitad de camino, sin apartar los ojos del espejo, Valeria me habló.

—El señor Kanamoto lleva seis meses en negociaciones con Roberto —dijo—. Es el accionista mayoritario del grupo asiático. Si este contrato se cierra hoy, Roberto es socio director antes de que termine el año. —Hizo una pausa para terminar de perfilarse el labio inferior—. Kanamoto tiene sus preferencias. Dice que las gomas son para desconocidos y para cobardes, que él necesita sentir que su verga entra directa, piel contra piel, y correrse dentro de una hembra ajena para saber que la está marcando. —Cerró el lápiz de labios y lo guardó—. Lo tendrás en cuenta cuando estés detrás de la cámara.

Conduje en silencio durante un semáforo en rojo.

—Y si en algún momento —continuó ella, ahora mirándome directamente por el retrovisor— muestras esa cara que pones a veces, esa que parece que estás calculando algo, te juro que antes de que salgamos del hotel esa denuncia que tengo preparada desde octubre habrá llegado a tres correos. Lo sabes perfectamente, Marcos.

Lo sabía.

Puse el intermitente y tomé la salida hacia el puerto.

***

La suite ático del Gran Palacio ocupaba toda la planta treinta y dos. Cuando el ascensor privado abrió sus puertas, comprendí que esta vez la escala era diferente a las anteriores. El salón principal era una sala de reuniones disfrazada de habitación de lujo: suelos de mármol blanco, ventanales de suelo a techo con vistas al mar, una mesa oval de cristal en el centro rodeada de sillas de cuero negro. Sobre la mesa, una carpeta con documentos impresos y dos plumas de plata.

El señor Kanamoto estaba sentado en el sofá del fondo: un hombre de unos setenta años con traje gris carbón y una expresión que no comunicaba nada concreto. A su derecha, de pie con los brazos cruzados, dos hombres con la complexión y la postura de quienes han sido entrenados para no moverse a menos que sea necesario. Junto a la barra del bar, el director ejecutivo de la consultora, a quien reconocí de haber visto una sola vez en el despacho de Roberto. Y al fondo, sirviendo whisky con la naturalidad de quien está en su propio territorio, Roberto.

Cuando entré detrás de Valeria, Roberto levantó el vaso a modo de saludo.

—Señor Kanamoto —anunció, en el tono que usaba para cerrar presentaciones—, le presento a la persona con quien hemos formalizado este preacuerdo. —Dio un paso hacia nosotros—. Y este es Marcos, su marido. Él se encargará de que el recuerdo de esta tarde quede registrado con la calidad que usted merece.

Kanamoto me miró durante tres o cuatro segundos, con los ojos quietos y la expresión sin cambiar. Luego desvió la mirada hacia Valeria, la recorrió de arriba abajo, se detuvo en las tetas y en la entrepierna, y dijo algo en japonés que nadie tradujo.

***

Me pusieron la cámara en las manos y me señalaron el ángulo desde el que debía trabajar: a la derecha de los ventanales, con el mar de fondo difuminado por el contraluz. La instrucción era técnica y concisa: primer plano en los momentos que lo requirieran, plano general para las escenas de conjunto, auriculares puestos para el audio en alta fidelidad. No había silla para mí. Me quedé de pie, con los pies separados a la anchura de los hombros, el objetivo apuntando hacia el centro de la sala, y la pantalla mostrándome en tiempo real lo que la lente capturaba.

Valeria se colocó en el espacio libre frente a la mesa con la seguridad de alguien que conoce exactamente cuál es su lugar. Uno de los escoltas de Kanamoto se acercó por detrás. El otro la rodeó por el frente. Ella no retrocedió ni un centímetro. Vi cómo le bajaban la ropa con lentitud calculada, sin prisa, sin pedir permiso: el vestido resbaló por los hombros, cayó a la altura de las caderas y luego al suelo, y Valeria quedó de pie sobre los tacones con la lencería negra pegada al cuerpo, los brazos relajados a los lados, mientras las cuatro manos de los escoltas le recorrían la piel de los muslos, del vientre, de las tetas por encima del encaje, apretándoselas como quien tantea un producto antes de comprarlo.

Cuando quedó solo con la lencería negra, Kanamoto habló desde el sofá. Roberto, a su lado, tradujo en voz baja.

—Quiere ver el tatuaje.

Valeria se giró levemente hacia la derecha. En la cadera izquierda, en el espacio exacto que el encaje dejaba libre, tenía las cuatro letras que Roberto le había propuesto tatuarse el segundo año, en aquel estudio del barrio gótico adonde yo la acompañé sin entender todavía lo que estaba firmando. Cuatro letras en tinta negra fina, sin adornos.

Kanamoto asintió una vez. Dijo una palabra en japonés.

Roberto sonrió.

Desde detrás del objetivo, yo mantuve el plano estable.

***

Lo que siguió duró casi dos horas y no hubo un solo minuto que la cámara no registrara con toda su crudeza. El primer escolta la condujo hacia el sofá sin ceremonias. La sentó al borde del cojín, le abrió las piernas con las dos manos, le arrancó las bragas de encaje de un tirón que hizo saltar la costura, y le hundió la cara entre los muslos. Valeria echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gemido largo cuando la lengua del escolta empezó a trabajarle el coño de abajo hacia arriba, deteniéndose en el clítoris con lametones lentos y luego metiendo la lengua entera, follándola con la boca como si quisiera dejarla lista antes del turno de la polla. Enfoqué en primer plano. El objetivo captó el brillo de la saliva mezclándose con los jugos de ella, los dedos del hombre abriéndole los labios del coño para trabajarle mejor, y la cara de Valeria contraída en ese gesto que yo había aprendido a reconocer en los primeros años del matrimonio y que ahora, detrás de una cámara, tenía un valor de mercado concreto.

El segundo escolta se colocó de pie junto al brazo del sofá. Se bajó los pantalones sin urgencia, sacó una polla gruesa y ya dura, y le agarró a Valeria la mandíbula con una mano para girarle la cara hacia él. Ella abrió la boca sin que se lo tuviera que pedir. El hombre le metió la verga entera de una sola embestida, hasta el fondo de la garganta, y empezó a follarle la boca con un ritmo firme mientras el otro seguía comiéndole el coño. Valeria gemía con la boca llena, ahogándose por momentos, con los ojos húmedos por el esfuerzo pero sin apartarse ni un milímetro. Los dedos del escolta se le enredaron en el pelo del moño y se lo deshicieron de un tirón. La saliva le caía por la barbilla hasta las tetas, que se le habían salido del sujetador negro después de que él le bajara los tirantes con un solo dedo.

Cuando el primer escolta se levantó del suelo con la boca brillante, se bajó los pantalones y se sacó una polla todavía más gruesa que la del otro. Valeria abandonó la boca del segundo con un gemido de queja y se puso a cuatro patas sobre el sofá, arqueando la espalda, ofreciendo el culo sin que hubiera que pedírselo. El primero se colocó detrás, se agarró la verga y se la metió entera de una sola embestida hasta el fondo del coño. Valeria gritó. No había gomas. Kanamoto lo había pedido expresamente y Roberto lo había garantizado antes de la reunión. El objetivo captaba cada detalle con una nitidez que no dejaba nada a la imaginación: la polla del escolta entrando y saliendo del coño de mi mujer, la piel de los labios apretándose alrededor del tronco cada vez que él se hundía hasta el fondo, el ruido húmedo de la carne golpeando contra la carne, los dedos del hombre clavados en las caderas de ella dejándole marcas rojas que iban a durar días.

El segundo escolta se puso delante y le volvió a meter la polla en la boca. Valeria quedó ensartada entre los dos, follada por delante y por detrás, con los dos hombres marcándole un ritmo coordinado que la sacudía entera. Yo mantenía el plano abierto para que la cámara captara la escena completa y luego cerraba en primer plano sobre el coño penetrado, sobre la boca llena, sobre la cara de Valeria roja y sudada y con esa mueca de placer que ya no era representada sino real. En los auriculares el sonido llegaba amplificado sin ningún filtro: los golpes de las caderas contra el culo de ella, los gemidos ahogados con la boca llena, los gruñidos de los escoltas, el chasquido húmedo cada vez que una polla salía del coño para volver a entrar. Los reconocí a todos en las primeras dos horas de matrimonio y ahora los reconocía otra vez, ampliados y vendidos, atravesados por la lente de una cámara que temblaba solo cuando yo respiraba mal.

El primer escolta se corrió antes. Lo hizo dentro, con dos embestidas finales más profundas que las anteriores, agarrándola de las caderas y hundiéndose hasta el fondo mientras dejaba escapar un gruñido largo. Cuando sacó la polla, un hilo espeso de semen le cayó a Valeria por la cara interior del muslo hasta la corva. Enfoqué en primer plano el coño abierto y goteando. La cámara lo captó todo. El segundo escolta la volvió a girar, la puso boca arriba sobre el sofá con las piernas abiertas, y se le metió entre los muslos sin esperar. La embistió durante otros diez minutos, viendo la corrida del anterior escurrirse cada vez que él sacaba la verga. Al final se corrió sobre las tetas y sobre la boca abierta de ella, en chorros largos que Valeria recibió con la lengua fuera y los ojos cerrados.

Las cosas tenían un orden que todos conocían menos yo.

Valeria me buscó con los ojos una sola vez, a través del objetivo, cuando el segundo hombre acababa de descargar sobre su cara. Encontró la lente, se pasó la lengua por los labios recogiendo lo que le había caído, y sostuvo la mirada durante dos o tres segundos. Luego sonrió.

Sonrió como si yo no estuviera mirando sino como si precisamente por eso tuviera sentido todo lo que estaba ocurriendo.

***

Cuando los escoltas terminaron, Roberto y el director ejecutivo se acercaron. La escena migró de forma natural hacia la mesa de cristal donde estaban los documentos del contrato, y comprendí que aquello no era casual sino que Roberto lo había planeado así desde el principio: el cuerpo de Valeria sobre los papeles de la fusión, en el mismo encuadre. Publicidad y contrato en una sola imagen.

Roberto la agarró del pelo y la tumbó boca arriba sobre la mesa, con la cabeza colgando por el borde. Le abrió las piernas y se las dobló contra el pecho, dejándole el coño y el culo expuestos al mismo tiempo. El director ejecutivo se acercó por el lado de la cabeza, sacó una polla larga y curva, y se la metió directa en la boca aprovechando el ángulo. Roberto, por su parte, se bajó los pantalones con una mano y con la otra le separó las nalgas. Le escupió en el culo, se pasó la saliva por la punta de la verga, y le empezó a meter la polla en el ojete lentamente, ganando terreno con cada embestida hasta que quedó enterrado hasta la base. Valeria dejó escapar un aullido ahogado por la polla del director. Roberto sonrió y empezó a follarle el culo con embestidas largas y profundas, mirando a Kanamoto por encima del hombro como quien enseña un producto.

Durante los siguientes cuarenta minutos, mientras la cámara seguía grabando, escuché a Roberto comentar en voz alta los términos de la cláusula de exclusividad entre embestida y embestida, sin sacarle la polla del culo. Escuché al director ejecutivo responder con porcentajes mientras se follaba la boca de mi mujer y le apretaba las tetas con las dos manos. Los contratos eran reales. La negociación era real. Roberto se corrió dentro del culo de Valeria mientras firmaba con la pluma de plata la primera hoja del preacuerdo, y una gota de tinta cayó sobre el vientre de ella al mismo tiempo que un chorro de semen le escurría por el ojete abierto. El director ejecutivo sacó la verga de la boca y le vació la corrida entera sobre la cara, empapándole las mejillas y la frente y las pestañas. Valeria estaba en el centro de todo, usada como garantía de cierre, con una frialdad que no era indiferencia sino algo que yo había tardado mucho en reconocer como una forma de poder que ella había elegido para sí misma.

Fuera, Barcelona brillaba con esa luz de mediodía que lo vuelve todo plano y neutro.

***

La puerta de la suite se abrió por segunda vez cuando Kanamoto hizo una llamada breve desde su móvil. Entraron seis hombres más. Cuatro llevaban el uniforme del personal del hotel. Dos llegaron sin identificarse, con ropa de calle. Roberto los recibió con un gesto de quien esperaba visitas.

—El señor Kanamoto quiere ver la versión completa —me dijo en voz baja, pasando a mi lado—. Sin cortes. Primer plano en los momentos importantes. El material tiene que estar listo para el viernes.

Me quedé en mi posición, detrás del objetivo.

Valeria los recibió desde la mesa, con el pelo suelto y pegoteado por el semen ya seco, la respiración alterada y las tetas todavía brillantes, sin ningún signo de querer que aquello terminara. Se bajó de la mesa, se puso de rodillas sobre la alfombra frente a los diez hombres, y les hizo un gesto con la barbilla para que se acercaran. Ellos formaron un semicírculo alrededor de ella, se bajaron los pantalones sin ceremonia, y Valeria empezó a mamar pollas una tras otra, agarrando dos con las manos mientras chupaba una tercera, cambiando de boca a mano y de mano a boca con una destreza que no tenía que ver con la obediencia ni con el miedo sino con algo que en ese momento no supe nombrar con precisión y que más tarde, mucho más tarde, reconocería como deseo genuino y no actuado.

Cuando las diez vergas estuvieron duras, la tumbaron sobre la alfombra y empezaron por turnos. El primero la penetró misionero, sujetándole las piernas contra el pecho. El segundo se colocó a horcajadas sobre su cara y le folló la boca desde arriba, aplastándole los cojones contra la barbilla. El tercero se acercó al costado y le agarró la mano derecha para que se la masturbara. La cuarta polla se la metieron en la otra mano. Valeria estaba ocupada por cuatro hombres a la vez y todavía quedaban seis esperando turno. Los que esperaban se masturbaban de pie, apuntándole a las tetas, al pelo, a los pies.

Después vino el doble. Uno la levantó del suelo y se la sentó encima, con la polla enterrada en el coño hasta el fondo, y Valeria empezó a moverse encima de él a caballito. Otro se colocó detrás y le empezó a meter la verga por el culo lentamente. Cuando quedó dentro, la sujetaron entre los dos y empezaron a follársela sincronizados, sacando y metiendo alternadamente, con el clítoris de ella rozando el vientre del que estaba abajo cada vez que la sacudía el movimiento. Un tercero se acercó por delante y le volvió a meter la polla en la boca. Triple penetración completa. La cámara enfocaba en primer plano el punto exacto donde las dos vergas la abrían por debajo y luego subía por el cuerpo hasta la cara con la boca llena de la tercera. En los auriculares el sonido era el de la carne mojada golpeándose contra sí misma multiplicado por tres, más los gemidos ahogados de Valeria, más los gruñidos coordinados de los tres hombres.

Los diez fueron pasando. Ninguno usó goma. Todos se corrieron dentro o encima. El coño de Valeria terminó goteando semen de cuatro corridas distintas mezcladas, el culo abierto y también goteando de dos más, la cara y las tetas empapadas de las otras cuatro. En algún momento la colocaron a cuatro patas y la usaron como bandeja: uno la follaba por detrás mientras otros dos se masturbaban sobre su espalda y le descargaban las corridas entre los omoplatos, dejando charcos espesos que le escurrían por los costados. Kanamoto observaba desde el sofá con las piernas cruzadas y las manos sobre las rodillas, con la misma expresión de quien asiste a una presentación corporativa y toma nota de los puntos relevantes. La grabación continuó sin interrupciones.

***

Hubo un momento, cerca del final, en que dejé de ver el monitor y me quedé mirando a través del objetivo con los ojos desenfocados, sin procesar realmente lo que capturaba la lente. Los auriculares seguían transmitiendo cada sonido, el ritmo continuo de diez cuerpos moviéndose al mismo tiempo, la voz de Valeria mezclada con las voces de ellos, los comentarios en japonés de Kanamoto que nadie traducía. En algún punto de ese tiempo indefinido comprendí que mi función no era la de esposo ni la de testigo sino la de conservar una evidencia que tendría un precio concreto en un mercado concreto.

Mantuve la cámara estable. Era lo único que podía controlar.

***

Cuando los hombres se retiraron, Kanamoto se levantó del sofá con la lentitud de quien no tiene prisa porque el resultado ya está asegurado. Se acercó a la mesa de cristal y firmó los documentos con la pluma de plata. El papel tenía marcas húmedas en los bordes pero la firma era legible, clara, legal. El director ejecutivo los recogió y los guardó en la carpeta sin revisarlos.

Kanamoto se detuvo a mi altura antes de salir. Me habló en inglés, midiendo las palabras.

—Tienes buena mano con la cámara —dijo—. Para ser el marido, tienes mucha mano con la cámara. Es una pena que no tengas nada más.

Salió. Roberto y el director ejecutivo lo siguieron. La puerta de la suite se cerró con un clic suave.

Valeria quedó recostada sobre la mesa, con los ojos cerrados y el cuerpo inmóvil salvo por la respiración. El semen de doce hombres le escurría entre los muslos, le brillaba sobre las tetas, le apelmazaba el pelo. Los documentos firmados estaban a su lado, salpicados. La cámara seguía encendida en mis manos.

Pasaron dos minutos antes de que abriera los ojos.

—Ven aquí —dijo.

Me acerqué con la toalla del minibar. Ella se incorporó apoyándose en los codos y me dejó trabajar en silencio. Le limpié el semen del vientre, de las tetas, de la cara interior de los muslos, del culo. Le pasé la toalla por la boca. Cuando terminé, tomó el móvil de la mesita y leyó algo en la pantalla.

—Roberto dice que el contrato está firmado y que Kanamoto ha quedado muy satisfecho. —Dejó el móvil boca abajo—. A partir del lunes vamos a necesitar una plataforma de distribución propia. Canal de suscripción, catálogo organizado por fechas, paquetes de contenido premium. Tú te encargas de la parte técnica y de la facturación. —Me miró—. Hay audiencia para esto, Marcos. Mucha más de la que crees.

Asentí porque no había otra respuesta disponible.

—Y edita bien el material de hoy. —Se bajó de la mesa y fue a recoger su ropa del suelo—. Roberto quiere que la cámara se vea estable en todos los planos. Dice que es lo primero que nota el cliente cuando decide renovar la suscripción.

Recogí la bolsa, guardé la cámara y esperé en la puerta mientras Valeria terminaba de arreglarse frente al espejo del baño. El ascensor tardó un minuto en llegar. Durante ese minuto estuve de pie en el pasillo mirando el número de la suite, pensando que no sabía en qué momento exacto había cruzado la línea que separaba lo que yo era de lo que me había convertido, ni si esa línea había tenido alguna vez un trazo visible o si siempre había sido tan fina que se cruzaba sin darse cuenta, dando un solo paso en la dirección equivocada.

Las puertas del ascensor se abrieron. Valeria salió del baño sin mirarme, pasó a mi lado y entró primero.

Entré detrás y pulsé el botón de la planta baja.

Para quienes leen desde Córdoba: escorts VIP en Villa María, con fotos reales.

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Comentarios(9)

Richi_54

tremendo relato, me dejó con la boca abierta. Muy bien contado!

NocheEnVela

Por favor que haya segunda parte, quedé re enganchado con la situación. Esa tensión entre los personajes es lo que mas me gustó.

Delgado_Sur

La narrativa tiene algo que te atrapa desde la primera línea. Seguí escribiendo!

Lautaro22

Leí de un tirón. Me recordó a algo que me contó un conocido, obvio que no tan extremo jaja. Excelente!

caminante_nocturno

Me intriga saber como continúa. ¿Pensas escribir mas entregas?

MarcelaT

La forma en que describe la situación desde adentro, sin juzgar, es lo que hace que funcione. Muy buen relato.

PabloCba_lector

increible cómo se va armando la tensión de a poco. Clase!

Ibero54

Se hizo cortísimo. Queremos mas!!

Caro_lectora

Muy morboso el planteo, la verdad. Me gustó que no sea todo tan directo sino que vaya construyendo la situacion de a poco.

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