El amigo de nuestro hijo resultó ser nuestro amante
Si alguien me hubiera dicho hace una década que pasados los cuarenta y siete iba a llevar una cuenta en redes con miles de seguidores calientes, me habría reído en su cara. Pero ahí estaba yo, sentado en la hamaca del porche con una cerveza tibia en la mano, revisando los mensajes que llegaban a la cuenta que Beatriz y yo manejábamos desde hacía tres años. Tengo un negocio propio, un hijo en la universidad y una panza que mis seguidores reconocen como mi marca personal.
Beatriz, mi esposa de cuarenta y nueve años, siempre fue una belleza natural: piel canela, curvas reales y ese aire de señora respetable que en redes vuelve locos a los hombres aburridos de su rutina. Empezamos con fotos discretas, después con lencería, y terminamos metidos hasta el cuello en el mundo swinger. Pero ella tenía una regla de oro: nada de singles. «Son impredecibles, Andrés», repetía cada vez que aparecía un perfil sin pareja preguntando por ella.
Hasta que llegó solitario24.
Era una cuenta sin rostro, pero con un cuerpo que la dejaba sin aire: brazos definidos, piel blanca y un tatuaje de una serpiente alada que le subía por el costado del abdomen. Beatriz se obsesionó con ese tatuaje. Lo ampliaba en la pantalla del celular a las tres de la mañana, mientras yo fingía dormir y la oía respirar agitada al otro lado de la cama. Lo que ninguno de los dos pudo imaginar fue que ese mismo cuerpo había estado mil veces en la habitación de al lado, riéndose con mi hijo mientras jugaban consola.
Lo descubrimos un sábado de calor obsceno. Yo estaba en el porche cuando vi llegar a mi hijo con Mateo. Venían empapados de un partido en la cancha del barrio, empujándose como críos. Entraron a la sala, donde Beatriz ordenaba unos papeles del trabajo con esa frescura doméstica que tanto contrastaba con la mujer que aparecía en nuestra cuenta.
—Tío, este calor me mata —dijo Mateo, y sin pensarlo se quitó la camiseta de un tirón.
El tiempo se detuvo.
Beatriz levantó la vista desde la mesa y yo casi suelto la botella. Con la luz del mediodía cayéndole en diagonal, el torso de Mateo era un calco exacto de las fotos que guardábamos en una carpeta secreta del celular. La serpiente alada, las costillas marcadas, la línea de pelo bajándole hasta el ombligo. Cada detalle coincidía. El desconocido al que mi esposa le mandaba mensajes obscenos a las tantas de la madrugada estaba ahí, a tres metros, jadeando porque acababa de subir las escaleras.
Miré a Beatriz. Estaba pálida primero, después rojísima. No podía despegar los ojos del abdomen del muchacho, ese mismo que ella había ampliado en su pantalla la noche anterior.
—¿Pasa algo, tía? —preguntó Mateo, ajeno a todo.
—No, hijo. Es que... no sabía que tenías tantos tatuajes —contestó ella con la voz quebrada.
Me hundí en el sillón, sintiendo el peso de mi panza contra los muslos. El single al que le habíamos dado permiso de mandar fotos durante meses era el mismo crío que se sentaba a comer paella con nosotros los domingos.
Mateo nos sonrió con su cara de buen chico —que ahora me parecía un descaro— y subió las escaleras con mi hijo. En cuanto desaparecieron, Beatriz me miró con una mezcla de pánico y calentura que no podía disimular.
—Andrés... es él. Mateo es solitario24.
***
Esa noche el muchacho se quedó a cenar. Llevaba una camiseta apretada que dejaba adivinar lo que ya conocíamos en alta resolución. Beatriz no podía mirarlo a la cara; picoteaba el arroz y observaba de reojo los brazos del chico cada vez que se servía agua. Yo, encendido por el morbo, decidí confirmar lo que ya sabía. Saqué el celular por debajo de la mesa, abrí los mensajes privados de la cuenta y escribí.
—«mi mujer está loca por lamerte la serpiente del abdomen. ahora mismo no sabe que te estoy escribiendo».
Envié el mensaje. Un segundo después, el celular de Mateo vibró sobre el mantel.
El chico se quedó mudo a mitad de una broma con mi hijo. Vi cómo agarraba el teléfono, cómo tragaba saliva mientras leía, cómo se le subían los colores hasta las orejas.
—¿Te pusiste rojo, Mateo? —soltó Beatriz, con una malicia que me calentó hasta los huesos.
—Una chica que me escribió, tía —respondió él, con los dedos volando sobre la pantalla.
Mi celular vibró en el regazo: «Estoy cenando con unos amigos, pero solo pienso en cómo se vería ella debajo de mí ahora mismo».
Lo miré fijo y no me devolvió la mirada. Mientras tanto, el hombre que le pasaba la jarra de agua era el mismo que leía sus fantasías más sucias en mensajes privados.
***
Esa noche nos quedamos con las ganas. Pero al día siguiente, cuando mi hijo se fue a la facultad, llamé a Mateo a nuestra habitación con la excusa de mover unos muebles.
—Aprovechando que estás joven, ayúdame —le dije, quitándome la camisa para estar cómodo, dejando mi torso de cincuentón al aire—. Con ese físico que tienes debes traer locas a todas. ¿O prefieres mujeres con experiencia?
Mateo se rió, nervioso.
—La verdad, tío... una mujer que sepa lo que quiere es lo mejor.
Era el momento. Saqué el celular y le puse delante una foto de su propio cuerpo, esa misma que había llegado a nuestra cuenta dos semanas antes.
—No solo es lo mejor, Mateo. Beatriz y yo llevamos meses imaginando cómo te verías entre sus piernas.
El color se le fue de la cara. Retrocedió un paso, mirando la pantalla y luego mi cara, intentando armar el rompecabezas.
—Tío... yo... no sabía... perdón —balbuceó.
—Calma, muchacho. Si no nos gustara, no estarías aquí. En este cuarto no soy el padre de tu amigo. Soy el dueño de la mujer que te tiene loco. ¿Quieres acostarte con ella o te arrepentiste?
Tragó saliva, enderezó la espalda y asintió.
—Sí, tío. Me gusta mucho.
—Quítate la ropa, entonces.
Obedeció rápido, como si llevara años esperando esa orden. Se quedó en bóxer en mitad del cuarto, contraste brutal entre su cuerpo fibroso y mi presencia robusta. Lo senté al borde de la cama, de espaldas a la puerta, y llamé a Beatriz.
Cuando entró y lo vio así, casi se desmaya. Se llevó las manos a la boca y soltó un gemido de puro shock.
—Ya no hay pantalla, mi amor —le dije—. Aquí tienes a tu solitario. Toca esa serpiente que tanto querías ver.
Beatriz se acercó como en trance, mientras la bata se le iba abriendo sola. Empezó con los dedos temblorosos a recorrerle los hombros tensos. Mateo cerró los ojos, estremeciéndose con cada roce.
—Mírame, Mateo —ordené—. Mírame mientras ella te baja el bóxer. Si los mensajes eran verdad, hoy aprendes lo que es estar con una mujer de verdad.
Me clavó los ojos, cargados de lujuria. Mi mujer le bajó la prenda con una lentitud cruel hasta dejar al aire un trozo de carne que la hizo poner una cara que yo nunca le había visto. Era más gruesa que la mía, con el glande enrojecido y la base llena de pelo. Beatriz se quedó contemplándola unos segundos, y entendí que desde ese instante el amigo de mi hijo se había convertido en nuestro juguete.
***
Sin que mediara una palabra más, Mateo y Beatriz se enredaron como dos imanes que llevaban meses buscándose detrás de una pantalla. Él la agarró del pelo con una mano y le sujetó la mandíbula con la otra para devorarle la boca. El intercambio era torpe y desesperado, sonido húmedo de saliva y respiración rota. Beatriz se aferró a su espalda y le clavó las uñas hasta dejar marcas rosadas en la piel joven.
—Sí, Mateo, así... —jadeó cuando él bajó hasta el cuello y empezó a morderla. Ella arqueaba la columna como si quisiera meterse dentro del muchacho.
Mateo no hablaba. Resoplaba como un animal hasta que la empujó contra el colchón. La madera de la cama crujió. Le abrió los muslos sin ceremonia y Beatriz se entregó, buscando con la mano la dureza del chico.
Cuando por fin se conectaron, mi mujer soltó un grito largo que me vibró en el pecho.
—¡Dios, qué grande, carajo!
Me senté en una silla a un metro escaso del punto de unión. Quería captar el sonido de la carne contra la carne, el ritmo torpe y voraz de Mateo, que se enterraba con una fuerza que hacía rebotar los pechos de Beatriz violentamente. El chico se había olvidado de mí; tenía los ojos clavados en los de ella, inyectados.
—Más fuerte, Mateo, rómpeme todo —le suplicaba mi mujer, con la cara empapada y los ojos en blanco.
Yo, en ese momento, no era un esposo. Era un voyeur que estaba grabando con la mirada el pecado más sucio de nuestra propia cama.
***
Después de tenerla en misionero hasta que la cama chillaba con cada embestida, Mateo bajó por su cuerpo. Le besó el vientre y se hundió entre sus piernas. Mi mujer abrió los muslos al máximo y soltó un alarido cuando sintió la lengua del muchacho. Le agarró del pelo, hundiéndole los dedos en la nuca, mientras él la lamía con un hambre desesperada.
—Me vas a matar, Mateo, me vas a matar —gemía, casi levitando del colchón.
Sin darle respiro, el chico la giró y la puso en cuatro, agarrándola de las caderas. Le daba palmadas que dejaban la marca de los dedos en la piel canela mientras ella gemía entrecortado. Cuando Beatriz se dio vuelta y se sentó encima, empezó a cabalgarlo con una furia que yo no le conocía. Subía y bajaba clavándole la mirada, mientras él la sostenía por los pechos.
—¡Qué verga, qué verga! —gritaba ella.
Yo me masturbaba sin disimulo, con la mano dolorida ya. El olor a sexo y sudor era tan denso que se podía masticar. Cuando Beatriz se deslizó hacia abajo y se llevó la verga del muchacho a la boca, Mateo echó la cabeza hacia atrás y soltó un gruñido profundo. Yo creí que se vendría así, en su garganta. Pero en el último segundo el chico la giró otra vez de espaldas, le abrió las piernas de par en par y empezó a embestirla con una violencia animal.
—¡Dale todo, Mateo! —alcancé a gruñir mientras me vaciaba sobre mi propia panza.
Justo antes de venirse, él se salió de un tirón y descargó chorros densos directo a la cara de Beatriz. Le caía en las mejillas, en los labios. Ella cerró los ojos y sacó la lengua para recibirlo, sonriendo como una niña que acaba de robar un caramelo. Mateo seguía descargando, jadeando como si se estuviera muriendo.
***
Los tres nos quedamos unos segundos en silencio pesado, roto solo por las respiraciones y el ventilador del techo. Mateo se dejó caer al lado de Beatriz, exhausto. Yo miré a mi mujer, que sonreía con la cara todavía manchada, sabiendo que el secreto que ahora compartíamos con el amigo de su hijo nos había cambiado para siempre.
—Andrés —jadeó ella—. Ven acá. Límpiame con tu verga.
No me lo tuvo que repetir. La agarré de la cintura, la puse en cuatro frente a Mateo y se la metí de un golpe que retumbó en las paredes. Mateo, que nos miraba desde el colchón con los ojos como platos, sintió cómo su verga volvía a ponerse dura solo de ver cómo yo batía dentro de Beatriz su propia leche. Mi mujer, sin que nadie le dijera nada, estiró el brazo, lo agarró por la base y se lo metió en la boca mientras yo seguía embistiendo por detrás.
El sonido en el cuarto era una locura: gemidos ahogados de Beatriz con la boca llena, jadeo ronco de Mateo, ruido de carnes chocando. Cuando ya no aguanté el ritmo, apreté las caderas de mi mujer hasta dejarle marcas y me corrí dentro. Mateo, por su parte, le agarró la cabeza y la hundió hasta el fondo de su garganta antes de explotar por segunda vez.
***
Han pasado casi dos años desde aquel sábado de calor. Mateo sigue siendo nuestro solitario de planta, la pieza que nadie sospecharía dentro de nuestro engranaje. Mi hijo no se ha enterado de nada. Para él, su amigo es simplemente el tipo leal que viene a casa los fines de semana, juega consola en su cuarto y se queda a dormir cuando la cosa se hace tarde. Lo más perverso es ver a Mateo riéndose con mi hijo en el sofá del salón sabiendo que esa misma mañana lo tuve de rodillas frente a Beatriz, cumpliendo cada orden que yo le susurraba.
A veces, cuando estamos los cuatro en la mesa, estiro la pierna y rozo el pie del muchacho. Él se pone rígido, no por miedo sino por pura calentura. Beatriz, mientras tanto, se lleva el vaso a la boca con esa elegancia de señora respetable y me lanza una mirada que solo nosotros entendemos.
Las reglas del juego siguieron evolucionando. Le di a mi mujer permisos para verse con él a solas mientras yo trabajaba. Me calentaba la idea de estar cerrando un pedido en la oficina sintiendo cómo el celular vibraba en el bolsillo con una notificación nueva: una foto de los zapatos deportivos de Mateo tirados en la alfombra del salón, un audio donde solo se oía el sonido rítmico de la carne y los gemidos de Beatriz llamándome por mi nombre mientras él la poseía. Saber que mi esposa estaba siendo atendida por ese atleta joven mientras yo facturaba dinero me hacía sentir más poderoso que nunca.
Al llegar a casa por la noche encontraba a Beatriz relajada, con un brillo extraño en los ojos, y a Mateo despidiéndose con un «hasta mañana, tío» que ahora sonaba a pura complicidad. Es el equilibrio perfecto: yo pongo las reglas, él pone el cuerpo y mi mujer disfruta de lo mejor de los dos mundos. Mientras mi hijo duerma tranquilo en la habitación de al lado, los tres seguiremos escribiéndonos para mantener encuentros, porque al final del día, cuando cierro la puerta de mi cuarto y veo a Beatriz a mi disposición, me quedo con la satisfacción de saber que el control sigue estando exactamente donde lo dejé.