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Relatos Ardientes

Mi mujer se durmió desnuda en aquella cala perdida

Una compañera del trabajo nos había prestado su apartamento de verano en Cabo de Gata, en un pueblito blanco que se llamaba El Pozo de los Frailes. La carretera que bajaba a la costa terminaba en un camino de tierra, y al final del camino, escondida entre dos paredes de roca volcánica, había una cala que solo conocían cuatro pescadores y los nudistas más viejos del lugar. Le propuse a Lucía bajar allí una mañana, dejarnos los bañadores en el coche y pasar el día desnudos. Aceptó con una sonrisa que ya conocía: la de cuando algo le interesaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Llegamos a media mañana. La arena era oscura, casi negra, y el agua tenía ese azul transparente que solo se ve en las calas que no aparecen en las guías. Había tres parejas mayores en el otro extremo y un grupo de chicos jóvenes encaramados a las rocas, fumando y bebiendo cerveza tibia. Extendimos las toallas cerca de la pared del acantilado, donde había una franja de sombra fina, y nos quitamos la ropa con esa mezcla de pudor y excitación que produce hacerlo en público por primera vez en años.

Lucía tiene treinta y cuatro años, la piel morena por naturaleza y un cuerpo que aún hoy me corta la respiración cuando lo veo desnudo a contraluz. Se untó protector solar despacio, sabiendo que la miraba, sabiendo que también la miraban los chicos de las rocas. Después se tumbó boca arriba, abrió los brazos en cruz y cerró los ojos.

—Despiértame para comer —murmuró.

El calor pegaba fuerte. El rumor de las olas era tan regular que parecía respirar por nosotros. En diez minutos estaba dormida. Lucía siempre ha tenido un sueño pesado, casi animal: una vez se quedó frita en un concierto en Madrid y no se despertó ni cuando saltó la pirotecnia. Yo me quedé sentado a su lado, con la espalda apoyada en la roca, y la observé como quien observa un cuadro que solo le pertenece a uno.

Entonces miré hacia las rocas.

Los seis chicos seguían allí, pero ya no fumaban ni hablaban. Estaban quietos, mirando hacia nuestra toalla con la misma concentración con la que un perro mira a través de una verja. Tendrían entre veinte y veinticinco años, cuerpos delgados de gimnasio barato, esa edad en la que el deseo es una urgencia más que una elección.

Lucía y yo llevábamos años jugando con la misma fantasía en la cama. Cuando follábamos a oscuras, le susurraba al oído escenarios en los que otros hombres la usaban delante de mí, y a ella se le aceleraba la respiración hasta que se corría sin que casi la tocara. Era nuestro juego privado, una historia que contábamos sin creer del todo en ella. Nunca habíamos cruzado el umbral. Pero allí, en aquella cala perdida donde nadie nos conocía y donde mi mujer dormía profundamente desnuda al sol, el umbral se hizo de pronto muy fino.

Levanté el brazo y les hice una seña.

Tardaron unos segundos en moverse, mirándose entre ellos como si yo fuera una alucinación. Luego bajaron de la roca uno detrás de otro y caminaron por la arena negra hasta nuestras toallas. Cuando llegaron, los puse en círculo alrededor de Lucía y me llevé un dedo a los labios.

—No la despertéis —les dije en voz baja—. Tiene un sueño profundo. Si queréis, podéis pajearos sobre ella y correros encima. Pero en silencio.

Los seis se miraron sin entender del todo lo que estaba ocurriendo. Uno se rió por nervios, otro tragó saliva. Después, sin decir una palabra, se bajaron los bañadores y se quedaron desnudos alrededor de la toalla, formando una corona de cuerpos delgados y polla en mano que se movían cada uno a su ritmo. Yo me senté un poco más atrás para verlo entero.

Lucía no se movió. Su pecho subía y bajaba con la calma de un mar manso, ajena por completo al ritual que se estaba celebrando alrededor de su cuerpo.

El primero fue un chaval rubio con los hombros pecosos. Se masturbó deprisa, mordiéndose el labio para no hacer ruido, y descargó sobre el vientre moreno de Lucía un chorro espeso que le resbaló hacia el ombligo. Ella frunció ligeramente el ceño, suspiró, y siguió durmiendo. El siguiente, más alto y nervioso, le acabó sobre los pechos, salpicándola desde los pezones hasta la base del cuello. Otro le cubrió el muslo izquierdo. Otro le mojó el pubis depilado. Los dos últimos, los más jóvenes, apuntaron a la cara: uno le dejó un hilo blanco en la mejilla y el otro un reguero brillante en los labios cerrados.

En menos de cinco minutos, mi mujer estaba literalmente bañada bajo el sol del Cabo, cubierta de una capa que empezaba a brillar y a cuajarse con el calor. Los chicos se subieron los bañadores con prisa y se alejaron hacia el agua, sin atreverse a mirar atrás. Yo me quedé sentado, con el corazón retumbándome en las sienes, mirando lo que acababa de hacer.

Una gota más pesada le resbaló desde el pómulo hasta la comisura del labio. Lucía frunció el ceño, se pasó la mano por la cara y, al sentir la viscosidad entre los dedos, abrió los ojos de golpe.

Se incorporó muy despacio, como si tuviera miedo de mover algo que no entendía. Bajó la mirada por su propio cuerpo: pechos, vientre, muslos. Después se miró los dedos, que brillaban a contraluz. Luego me miró a mí.

—¿Pero qué cojones, Marcos…? —su voz era ronca por la siesta y por algo más—. ¿De quién es todo esto?

—De unos chavales que estaban en las rocas —respondí intentando que la voz me saliera firme—. Te veían tan tranquila que no han podido evitarlo. Estaban necesitados.

Se tocó el pezón derecho con la yema del dedo y vio cómo se le pegaba un hilo blanco. Después volvió a clavarme la mirada, y allí, en aquellos dos segundos, vi pasar todo: el cabreo, la sorpresa, la incredulidad, la excitación. Lo último ganó.

—¿Y me has dejado dormir mientras seis tíos se pajeaban encima mía? —dijo apretando los dientes—. ¿Has tenido cojones para hacer esto y no despertarme?

—No sabía cómo ibas a reaccionar, Lu. Eran muchos. Me acojoné un poco y los dejé hacer.

—Eres un imbécil —siseó—. Eres un imbécil porque me has perdido la mejor parte. Tendrías que haberme despertado. Se la habría chupado uno a uno y los habría hecho correrse en mi boca y dentro de mí, no por encima como si fuera un puto cenicero. Gilipollas.

Se tumbó otra vez sobre la toalla, abrió las piernas con una lentitud teatral y se señaló el cuerpo de arriba abajo.

—Ahora, como castigo por no despertarme, me lo vas a limpiar todo con la lengua. No quiero que se desperdicie ni una gota. Déjame impecable.

Me arrodillé entre sus piernas y empecé a lamer. Empecé por el cuello, fui bajando por la clavícula, por el surco entre los pechos, por el ombligo, por la cara interna de los muslos. La mezcla de salitre, sudor y semen tibio era tan intensa que me cortaba el aliento. Lucía me agarraba el pelo, sin guiarme, solo sujetándome, mientras miraba por encima de mi hombro hacia la orilla.

—Marcos —murmuró cuando llegué al pubis—, mira. Siguen ahí. Están en el agua. ¿Los ves?

Levanté la cabeza. Los seis chavales chapoteaban a unos veinte metros, mirando hacia nosotros, evidentemente sin saber si echar a correr o quedarse. Algunos volvían a estar duros.

—Si quieres, los llamo —dije con la barbilla manchada—. Si quieres decirles algo.

Lucía sonrió. Era una sonrisa que no le había visto nunca, una sonrisa de animal pequeño que acaba de descubrir que tiene dientes.

—Lo que quiero, Marcos, es que aprendan que tu mujer no es una estatua para que practiquen puntería.

Se incorporó de golpe, ignorando los hilos que aún le resbalaban entre los pechos. Se puso de pie sobre la toalla, desnuda, manchada, imponente bajo el sol del mediodía, y levantó el brazo hacia la orilla.

—¡Eh! ¡Vosotros! ¡Venid aquí!

Los chicos se quedaron paralizados en el agua. Se miraron entre ellos y dieron un paso atrás, convencidos de que les iba a caer una bronca o algo peor. Pero Lucía no les dio tiempo a calcular nada.

—¡He dicho que vengáis ahora mismo! ¡Habéis empezado un trabajo y lo vais a terminar como hombres!

Salieron del agua despacio, en una fila tímida, intentando taparse con las manos algo que ya no tenía sentido tapar. Cuando llegaron a la altura de la toalla, Lucía se cruzó de brazos y dejó que el sol siguiera secando lo que tenía encima.

—¿Os creéis muy listos pajeándoos sobre una mujer dormida? —dijo recorriendo con la mirada las seis pollas que volvían a despertar—. Pues ahora que estoy despierta, vamos a ver si tenéis lo que hay que tener para terminar lo que habéis empezado.

Se volvió hacia mí y me clavó dos ojos negros llenos de vicio.

—Marcos, tú te quedas ahí sentado y no te pierdes ni un detalle. Y la próxima vez que me dejes durmiendo mientras me cae un diluvio así, te juro que te quedas sin tocarme un mes entero.

***

Se arrodilló sobre la arena oscura, frente al primero, el rubio pecoso. Le agarró el sexo con una mano firme y, antes de empezar, me guiñó un ojo por encima del hombro.

—Mira y aprende, marido… que estos chicos todavía tienen mucho que dar.

Empezó a chuparla despacio, mirándolo a la cara, como si quisiera memorizarle el gesto. Después fue pasando uno por uno, en orden, sacándoles gemidos contenidos que se mezclaban con el sonido de las olas. No era prisa: era método. Los iba dejando al borde y pasaba al siguiente, asegurándose de que ninguno se le adelantara.

—Ahora —ordenó cuando los seis temblaban a su alrededor—. Tres en la boca y tres dentro. Y ay del que se confunda.

Se tumbó sobre la toalla, abrió las piernas y los chicos se organizaron solos, atónitos, con esa torpeza solemne que tienen los hombres muy jóvenes cuando descubren que alguien les ha tomado el mando. El primero se le metió en la boca. El segundo se hundió entre sus piernas. El tercero le apretó un pecho con una mano que temblaba. La arena se le pegaba a la espalda, el sudor le brillaba en la frente y la cala entera olía a sal, a sexo y a sol.

Yo seguí sentado, con la boca seca, mirándola. Lucía me miraba a mí entre embestida y embestida, asegurándose de que no perdía detalle, de que aquella imagen se me quedaba grabada para siempre.

—¡Ahora! —rugió cuando notó que el grupo no aguantaba más.

El primero se le corrió en la boca con un quejido largo. Ella tragó sin pestañear y abrió la boca para el segundo, que descargó en su lengua con la misma fuerza. El tercero le mojó los labios y el mentón. Sin pausa, los otros tres se turnaron entre sus piernas: el cuarto se vació dentro con una embestida final, el quinto le siguió segundos después, el sexto remató el ritual con un gemido ahogado contra el cuello de Lucía.

Cuando los chicos se apartaron, ella se quedó tendida sobre la toalla manchada, los muslos abiertos, una mezcla espesa resbalándole por la cara interna del muslo y por la comisura de la boca. Los seis se vistieron en silencio, sin atreverse a hablar, y se fueron caminando hacia el sendero como quien sale de una iglesia.

Me arrodillé a su lado y le aparté un mechón húmedo de la frente.

—¿Satisfecha, mi vida? —le susurré.

Lucía abrió los ojos y me dedicó una sonrisa cansada, brillante y absolutamente sucia.

—Mucho mejor que estar dormida, Marcos… mucho mejor —dijo con la voz ronca—. Pero no te acostumbres. La próxima vez que aparezcan seis así, te las comes tú una por una. Para que aprendas a despertarme.

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Comentarios (7)

Nico_pba

Que situacion mas caliente!! Narrado de 10, se siente que lo viviste de verdad.

Fernando

Buenisimo!!! Segunda parte porfavor

MarcosDV

Una fantasia que muchos hemos tenido. Muy bien relatado, engancha desde el principio y no podes parar.

RaulEsposito

Se hizo cortico... quiero mas de esta historia

Roxana_Baires

Dios mio que tension debia haber en ese momento. Me encanto como lo contaste, muy natural todo y sin exagerar.

Maxi_bsas

jajaja esa cala ya no era tan perdida eh. Tremendo relato, bien narrado!

LuisaMDP

Yo en esa situacion no sabria que hacer honestamente. Muy bien escrito, se vive cada momento con el narrador.

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