Lo que mi novia preparó al caer el sol en la cala
Habíamos llegado a la cala antes de mediodía y, ya por la tarde, la arena empezaba a vaciarse. Mara repartía las toallas con la calma de quien lo tenía todo planeado, aunque a mí no me había contado nada concreto. Sofía y Lía, dos amigas suyas que yo solo había visto de pasada en alguna fiesta, se habían sumado al plan esa misma mañana sin demasiada explicación.
—Tú tranquilo —me había dicho Mara mientras conducíamos hacia el sur—. Tú trae la nevera y la sombrilla. Del resto me encargo yo.
A esa altura ya tendría que haber sospechado algo.
Las horas se nos pasaron entre cervezas tibias, baños cortos y conversaciones que iban poniéndose más densas con cada minuto. Sofía hablaba con esa voz que parecía siempre a punto de soltar una confesión. Lía, más callada, se reía bajito y miraba a Mara como si estuviera midiendo cuánto se podía atrever a hacer. Yo intentaba seguir el ritmo, pero llevaba un rato distraído mirando cómo los tirantes del biquini de mi novia se le iban deslizando por los hombros sin que ella hiciera nada por subírselos.
Cuando el sol empezó a inclinarse hacia el horizonte, la playa estaba prácticamente vacía. Solo quedábamos nosotros y un par de surfistas a lo lejos, demasiado lejos para distinguir nada de cerca.
Fue entonces cuando Mara propuso lo que probablemente llevaba tramando desde hacía días.
—Chicas, ¿qué tal si Lucas se sienta allá y nos mira un rato? —dijo, señalando una toalla apartada—. Solo mirar, amor. Quiero que veas algo.
No supe qué contestar. Asentí, porque cualquier otra respuesta me habría sonado torpe, y arrastré mi toalla a unos cinco metros. Desde allí lo veía todo: la arena, el reflejo cobrizo del sol y las tres mujeres reclinadas sobre la toalla grande.
***
Mara fue la primera en moverse. Se quitó la parte de arriba del biquini con una lentitud calculada y la dejó caer al suelo. Sofía, pelirroja y de piel blanquísima, se rio como si no se lo creyera. Lía se mordió el labio y me miró un instante, comprobando si yo seguía en mi sitio.
—Ven, Sofía —dijo Mara, tumbándose boca arriba con las piernas separadas—. Empieza tú. Lía mira primero, si quiere.
Sofía no necesitó que se lo dijera dos veces. Se inclinó sobre Mara y empezó a besarla en el cuello, bajando despacio hasta los pechos. Le mordía los pezones con cuidado, lamiéndolos después como pidiendo perdón. Mara cerraba los ojos y dejaba escapar suspiros cortos.
Yo seguía a cinco metros, con la respiración cada vez más pesada. La toalla se me pegaba al cuerpo. Me había bajado el bañador hasta las rodillas casi sin darme cuenta y me la sujetaba con la mano, ya mojada por encima.
Lía, todavía sentada al lado, parecía decidirse en silencio. Al rato se inclinó y pasó la lengua por la cintura de Mara, primero con miedo y después con más confianza. Me miró desde allí, con los ojos grandes y oscuros, como dándose permiso a sí misma.
—Lucas —dijo Mara entre jadeos—, ¿lo ves? ¿Te gusta cómo me tocan?
—Sí —contesté, y mi propia voz me sonó ronca, lejana.
—Quédate ahí. Tócate si quieres. Mira solo.
Obedecí. La mano se me movía sola, lenta, mientras el aire fresco del atardecer me recorría las piernas y el pecho. Era una sensación extraña: nunca antes había sentido tanto deseo desde la quietud, sin tocar a nadie.
***
El sol se hundió un poco más. La arena empezaba a enfriarse. Sobre la toalla, Mara se había abierto del todo. Sofía le besaba los muslos por dentro, justo en ese punto donde la piel es más fina. Lía, ya menos tímida, le pasaba la lengua por el ombligo, marcando círculos cada vez más bajos.
—Comédmela las dos —pidió Mara—. Quiero sentir las dos lenguas a la vez.
Sofía se acomodó entre sus piernas y empezó a lamerle el clítoris con movimientos cortos y rápidos. Lía se colocó al lado y siguió con los labios mayores, con una lengua plana que se introducía despacio. Mara arqueó la espalda, las manos perdidas en el pelo de Sofía.
—Joder, así… las dos a la vez… qué calientes están vuestras lenguas…
Yo notaba cómo el corazón me latía en las sienes. La polla me dolía de tan dura. Me había olvidado por completo del agua, de la nevera, de los surfistas a lo lejos. Solo existía esa toalla a cinco metros y tres cuerpos moviéndose entre las sombras de un cielo violeta.
Mara giró la cabeza hacia mí.
—Lucas, ven. No tienes que tocar si no quieres. Solo ven más cerca. Quiero verte.
Me levanté sin pensar. La arena se me clavaba en los pies. Caminé hasta la toalla y me senté al borde, en cuclillas, todavía con la mano sobre mí mismo. Mara, sin dejar que las otras dos pararan, alargó el brazo y me cogió la muñeca.
—Acércate más. Solo un poco.
Le hice caso. Me arrodillé al lado de su cabeza. Ella giró el cuello y me besó profundo, con la boca abierta y la lengua entera. Sabía a Sofía, a Lía, a un mar de sales mezcladas, y reconocí el sabor sin haberlo probado nunca. Gemí en su boca.
—¿Ves cómo no era tan difícil? —murmuró ella.
***
Sofía levantó la cabeza un segundo, los labios brillantes, y me miró desde abajo.
—Yo también quiero probar —dijo.
No supe a qué se refería hasta que se incorporó y me besó. No fue como con Mara: fue lento, con los labios apenas tocándose al principio, hasta que abrió la boca y noté la lengua suya, fresca, distinta. Lía nos miraba desde el otro lado y siguió lamiendo a Mara, esta vez sin titubeos.
Sofía bajó la mano por mi vientre y me agarró con firmeza, evaluando.
—Pesa más de lo que parece —dijo riendo.
—No te rías —le devolví, en broma.
—Déjame.
Y se inclinó. Fue una sola lamida, larga, desde la base hasta arriba, y luego una pausa, mirándome a los ojos, antes de meterla en la boca. Tenía los labios pequeños y suaves, distintos a los de Mara. Lía, sin soltar a Mara, alargó la mano y me acarició las pelotas con dedos casi temblorosos. Era la primera vez que me tocaba.
Mara me miraba desde arriba con una sonrisa que ya no era inocente.
—¿Lo estás disfrutando, amor? —preguntó.
—Mucho —respondí, y era verdad.
Pasaron unos minutos así, con Sofía y Lía turnándose, y con Mara observándonos como si fuese ella quien dirigía el resto de la noche. Y, en efecto, lo era.
***
—Sofía —dijo Mara incorporándose—, súbete encima de él. Quiero ver cómo lo cabalgas mientras yo me corro.
Sofía me miró de reojo, esperando mi consentimiento. Asentí. Se colocó sobre mí, de espaldas, apoyando las manos en mis muslos, y bajó despacio. Era estrecha y caliente, y sentí cómo se abría centímetro a centímetro hasta sentarse del todo. Soltó un quejido bajo, casi un suspiro.
—Joder, qué grande es —murmuró—. Me llena toda.
Empezó a moverse arriba y abajo, con un ritmo lento al principio, luego más sostenido. Mara se había tumbado de espaldas otra vez y Lía le mordía los pechos. Sofía, mientras me cabalgaba, observaba la escena de las otras dos con una mezcla de asombro y excitación.
Yo tampoco aguantaba la mirada en un solo sitio. Veía la espalda de Sofía moviéndose contra mí, las manos de Mara en el pelo de Lía, las olas rompiendo a lo lejos en una franja blanca contra el cielo casi negro.
Mara fue la primera en correrse. Empezó a temblar bajo la lengua de Lía, las piernas cerrándose alrededor de su cabeza, los gemidos cada vez más cortos hasta convertirse en un grito ahogado. Lía no apartó la boca hasta que ella se lo pidió.
Sofía aceleró el ritmo encima de mí. Las manos se le habían clavado en mis muslos, los suyos temblaban.
—Voy… —avisó—. Lucas, voy…
Yo la sujeté por las caderas para que no parara. Se corrió con un espasmo que sentí por dentro, todo su cuerpo cerrándose en un solo punto. Cuando se quitó de encima, me miró un segundo con una expresión que no supe descifrar, y se dejó caer al lado de Mara.
Lía se acercó entonces hasta mí. No dijo nada. Se inclinó y empezó a chupármela despacio, con esa misma timidez que había mostrado toda la noche. Mara, todavía recuperándose, le acariciaba el pelo desde atrás como animándola.
No tardé mucho. Cuando supe que iba a correrme, intenté apartarla, pero Lía me sujetó las caderas con una fuerza que no me esperaba. Me corrí en su boca con sacudidas largas, y ella aguantó hasta el final, tragando lo que pudo y dejando que el resto le resbalara por el mentón sobre la arena.
***
Nos quedamos los cuatro tumbados en silencio. La playa estaba ya completamente a oscuras. Solo se oían las olas y el silbido del viento entre las rocas. Mara se acurrucó contra mí, todavía desnuda, y me dejó un beso en el hombro.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Sí —dije—. Estoy bien.
—¿Lo harías otra vez?
Lo pensé. Miré a Sofía, que ya tenía los ojos cerrados, y a Lía, que se había envuelto en una toalla y miraba el mar con una sonrisa pequeña.
—No lo sé —contesté—. Pero la próxima vez, elijo yo a quién invitamos.
Mara se rio en mi cuello.
—Eso era exactamente lo que esperaba oír.