Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El juego que aceptamos en aquel bar se nos fue de las manos

Diego me miró por encima del borde de la copa y sonrió de esa manera suya, ladeada, que siempre me anticipaba un problema. Llevábamos casi una hora en una mesa al fondo del bar hablando sobre atracción, sobre miradas, sobre lo que él llamaba «la teoría del deseo». Yo sabía que la teoría se le estaba quedando corta.

—Estaría bien pasar a la práctica —dijo, recostándose en la silla.

—¿Práctica? —pregunté, aunque ya sospechaba.

—Te desabrochas un par de botones, te subes un poco la falda y vas sola a la barra a pedir algo. Yo me quedo aquí, vigilándote. Si algo te incomoda, me haces una seña y aparezco. Te tomo del brazo y te presento como mi novia.

Lo dijo con la naturalidad de quien pide otro vino. Me quedé mirándolo, sintiendo cómo la sangre me subía a la cara.

—¿En serio?

—Solo es un juego, Marina. Para ver cómo reacciona la gente. No vas a hacer nada que no quieras hacer.

Me mordí el labio. Diego no era mi novio, ni siquiera estábamos saliendo todavía: había un coqueteo viejo entre nosotros que nunca habíamos terminado de aclarar. La idea me incomodaba y, al mismo tiempo, sentí esa picazón en el estómago que siempre precede a las decisiones equivocadas.

—Está bien —dije, porque a veces decir «sí» es la única forma de demostrarse a una misma que no es una cobarde—. Lo hago.

Me desabroché dos botones de la blusa antes de pensarlo demasiado. La línea del sostén apenas asomaba. Después, debajo de la mesa, me subí la falda dos dedos. Cuando me levanté, la tela me quedó bastante por encima de la rodilla.

—Te ves bien —murmuró Diego.

No le contesté. Caminé hasta la barra como si llevara siglos ensayando ese paseo, aunque nunca lo había hecho. Sentí miradas en los hombros, en las piernas, en el escote. Me senté en un taburete alto y crucé las piernas. La falda me subió todavía más.

—Un cosmopolitan, por favor —le pedí al barman, intentando que la voz no me delatara.

***

El primero se acercó antes de que llegara el cóctel. Camiseta gris, sonrisa directa, edad parecida a la mía.

—Perdona, no escuché bien lo que pediste. ¿Qué tomas?

—Cosmopolitan —contesté.

—Suena bien. ¿Te gustan los cócteles fuertes o algo más suave?

Me reí sin querer. Era una conversación de manual, pero la pregunta venía con una mirada que dejaba claro que no hablaba de bebidas.

—Depende de la compañía —dije, y me sentí absurda y poderosa al mismo tiempo.

Mientras él pedía lo mismo que yo, noté algo a mi otro lado. Un segundo chico, mayor, camisa abierta en el cuello, se había sentado en el taburete contiguo. Tenía un acento que no logré ubicar.

—Qué noche tan agradable, ¿no te parece? —dijo—. Perdona si soy directo, pero no podía evitar decirte algo. Irradias una luz especial.

—Gracias —murmuré, sintiendo un calor incómodo en la nuca.

—No sé de dónde sale esa luz. Quizá de tus ojos verdes. O de tu sonrisa.

Quise mirar a Diego, pero no pude. Estaba clavada entre dos hombres que me miraban como si yo fuese el último vaso de agua del desierto.

El primero alzó su copa.

—¿Brindamos?

—¿Y yo no puedo brindar también? —protestó el segundo.

—Brindemos los tres —dije, con una sonrisa que no era la mía.

Choqué las copas. Bebí un trago largo. Sentí la mano del primero apoyarse en mi hombro mientras el brazo del segundo me rodeaba la cintura. Fue casi simultáneo, y durante un segundo me quedé sin aire.

—Esperen —dije, intentando soltarme con suavidad—. Esto es demasiado rápido para mí.

El segundo no me soltó del todo. Me sostuvo por la cintura con una firmeza educada, casi paternal, y me miró con esa intensidad que paraliza.

—Sabía que vendrías a mí, preciosa.

***

Diego apareció al fin. Le tomé del brazo como si fuese una cuerda en una corriente.

—Hola, mi amor —dije, demasiado fuerte—. He hecho dos amigos. ¿Y si nos vamos a una mesa más tranquila?

—Claro —contestó Diego, sin sorpresa, sin urgencia.

Caminé pegada a él hasta una mesa libre. Y los dos chicos vinieron detrás. Se sentaron antes de que tuviera tiempo de respirar. El primero, a mi derecha, dejó su muslo pegado al mío. El segundo, a mi izquierda, se acomodó tan cerca que sus dedos rozaron mi espalda como por casualidad.

—Voy a por las bebidas —anunció el segundo—. ¿Te pido algo, Diego?

—Una cerveza.

Lo miré sin entender. ¿Una cerveza? ¿En serio?, pensé. Diego se inclinó por detrás de mi taburete y apoyó las dos manos sobre mis hombros. Sus pulgares empezaron a presionar la base de mi cuello, lentos, profesionales, como si llevara años haciéndolo.

—Tranquila, Marina. Relájate.

El masaje fue lo único cierto durante unos segundos. Cerré los ojos. Pero entonces sentí los dedos del primero subir por mi columna por debajo de la blusa, y la mano del segundo, que había vuelto, posarse sobre mi muslo desnudo.

—Diego —susurré—, esto no…

—Puedes decir basta cuando quieras —contestó él, junto a mi oído—. Solo tienes que decirlo. Todo se detiene. Decides tú.

***

Lo que vino después llegó en olas. Olas que yo misma no entendía. Los dedos del primero recorrieron mi espalda hasta el cierre del sostén y se quedaron ahí, jugando a no abrirlo. La mano del segundo dibujó un círculo en mi muslo y ascendió un centímetro, dos, tres. Diego seguía ocupándose de mi cuello y de mis hombros, y de pronto sus dedos estuvieron muy cerca del nacimiento de mi pecho, sin pasar la línea, jugando a no pasarla.

Mi cuerpo tembló en una dirección y mi cabeza en otra. Sentí miedo, sí. Pero también sentí una corriente que no quise nombrar correr desde el muslo hasta el bajo vientre. Y lo peor: sentí curiosidad.

—Diego, ¿adónde nos lleva esto? —pregunté sin abrir los ojos.

—Estamos en un sitio público —contestó—. Aguanta un poco más.

El primero me había levantado la blusa lo suficiente como para que sus dedos tocaran la piel de mi cintura. El segundo había llegado al borde de mi ropa interior. La rozó. No fue un accidente.

Un gemido se me escapó antes de que pudiera contenerlo. Abrí los ojos.

—Basta —dije, en voz baja.

Nadie se movió.

—Dilo más fuerte, Marina —murmuró Diego—. Si es lo que de verdad quieres.

Tragué saliva. El segundo me miraba de frente, con los labios entreabiertos, como si esperara mi permiso para algo que ya estaba haciendo.

—¡Basta! —grité.

El bar entero giró la cabeza. Las cuatro manos se retiraron a la vez, como por un resorte. Me levanté. La silla se arrastró con un chillido contra el suelo.

—Lo siento —dije, sin saber a quién se lo decía—. No puedo seguir con esto.

***

Salí al aire frío de la calle con Diego detrás. No le miré durante dos manzanas. Caminé tan rápido que las piernas me dolían.

—¿Cómo dejaste que pasara eso? —solté al fin, sin frenarme—. ¿Cómo permitiste que me tocaran así?

—Te dije que podías parar cuando quisieras —respondió, tranquilo—. Y paraste.

—Sabías que estaba asustada.

—Sabía que estabas dudando. No es lo mismo.

Me detuve. Le miré con la respiración entrecortada.

—Imagínate que te hubiera gustado seguir —añadió—. ¿Yo qué soy? ¿El portero del deseo de los demás? Si yo decidía por ti, te estaría tratando como a una niña.

Quise pegarle. También quise que me abrazara. Lo segundo me molestó más.

—No vuelvas a ponerme en una situación así sin avisarme con todas las palabras —mi voz sonó más firme de lo que esperaba—. No soy un experimento.

—Lo sé. Perdón.

Caminamos en silencio hasta el portal de mi edificio. Me apoyé contra la puerta. La pierna me temblaba todavía.

—¿Tú viste lo que pasó? —preguntó Diego—. Te desabrochaste dos botones, te subiste la falda dos dedos, y se montó esto. Es información. Útil.

—¿Útil para qué?

—Para que sepas el efecto que tienes. Y para que decidas qué quieres hacer con eso.

Bajé la mirada. Estaba enfadada y avergonzada y, debajo, había algo que no quería tocar todavía: el recuerdo del temblor en el muslo, la mano que había rozado mi ropa interior, mi propia voz diciendo la palabra basta con un retraso de tres segundos demasiado largo.

—Diego —dije—, hazme un favor. Esta noche, escribe lo que pasó. Yo voy a hacer lo mismo.

—¿Y luego?

—Luego lo comparamos.

Me sonrió de la misma manera de antes. Lo odié un poco. Lo deseé un poco. Subí a casa, me quité la falda corta y la blusa con los dos botones desabrochados, me senté frente al cuaderno y empecé a escribir con la misma mano que un par de horas antes había sostenido la copa de un cosmopolitan demasiado caro.

Escribí sobre los dedos en mi cuello. Sobre los dedos en mi muslo. Sobre los dedos en mi cintura. Sobre los míos, después, cuando apagué la luz.

Valora este relato

Comentarios (6)

Fercho22

que arranque!!! me engancho desde la primera línea, no pude parar

ValentinaR

Por favor seguí, quede re enganchada. Quiero saber como termina todo jaja

parejaBsAs

Lo leímos juntos y nos encantó. La tensión del inicio en el bar está muy bien lograda, se siente el ambiente desde el primer momento.

RodrigoMX

Me recordó a una situación parecida que viví hace unos años jajaja. Muy bien narrado

MarceloFdz

El titulo ya lo dice todo lol!! Muy buen relato

Charo_Mdq

Es la primera vez que publicas aca? Porque escribís muy bien y no te habia visto antes

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.