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Relatos Ardientes

Junté a mi amiga con mi ex y no pude apartar la mirada

Los miré desde la barra del Tabernero, ese bar que tiene la luz justa para que nadie se pregunte por qué un detalle del cuerpo del otro se ve tan bien. Camila hablaba demasiado fuerte, como hace cuando algo le importa y no quiere admitirlo. Mateo la escuchaba con los codos sobre la mesa y la cabeza apenas inclinada, y yo conocía esa inclinación: significaba que estaba mirando una boca y no estaba escuchando una palabra.

Llevaban cuarenta minutos así, en una mesita junto a la ventana. Yo me había acomodado al fondo, con un vermut, y los espiaba en el reflejo del espejo grande del fondo. Ellos no sabían que yo seguía ahí. Habíamos llegado los tres juntos, había hecho la presentación —«Cami, este es Mateo, mi amigo de la facultad»— y había puesto cara de que me llegaba un mensaje urgente. «Me llaman del laburo, perdonen, vuelvo en una hora». Camila había puesto cara de querer matarme. Mateo había puesto cara de no creerme nada. Yo había salido a la vereda, había dado tres vueltas a la manzana y había vuelto a entrar por la puerta de servicio del lado del baño.

No era la primera vez que armaba algo así, pero sí la primera vez que lo armaba con esta combinación.

Mirá lo que tenés. Mirá bien lo que tenés.

Camila tiene una manera de hablar que parece pelea. Le agita las manos, le sube el tono, y cuando el otro intenta meter una palabra ella resopla y arranca otra vez. A los hombres les da miedo. A Mateo, no. Mateo se reía cada dos minutos, y cada vez que se reía ella se quedaba un segundo en silencio, mirándole los dientes.

***

Yo a Camila la besé hace dos veranos, en su departamento de Almagro, después de una fiesta donde nos habíamos tomado todo lo que había sobre la mesa. Nos sentamos en su cocina a comer un pedazo de pan con queso fundido, ella en la mesada y yo de pie entre sus rodillas, y de pronto le saqué una miga de la comisura del labio con el pulgar y ella me agarró la muñeca y no me la soltó. El beso empezó así, con su mano alrededor de la mía. Después fue más rápido de lo que yo pensaba que iba a ser.

Le quité la remera en la cocina. Le quité el corpiño en el pasillo. Cuando llegamos a la cama yo ya tenía las manos en sus pechos —pequeños, redondos, con esos pezones que se ponen duros antes de que los toques— y la lengua entre sus dientes. Camila no es callada. Camila avisa cada cosa que le gusta y cada cosa que quiere que dure más. Esa noche me avisó tantas veces que me reí contra su cuello, y ella me preguntó de qué me reía, y yo le dije «de vos», y ella me agarró la cabeza y me la bajó.

Lo que recuerdo de esa noche no son las palabras. Es la manera en que se le humedecía la piel del esternón cuando yo le pasaba la lengua por debajo del pecho, y cómo levantaba la pelvis cuando le bajé el pantalón con los dientes. Ella tenía la concha apretada como si fuera la primera vez, y para mí también lo era —con una mujer, quiero decir—, así que avanzamos despacio, las dos pidiendo lo mismo y las dos sorprendidas. En algún momento nos enredamos boca abajo, las dos a la vez, y el cuarto se llenó de un sonido que era de las dos juntas y yo no sabía si lo que escuchaba era ella o era yo.

A la mañana siguiente desayunamos como si nada. Nunca volvimos a hablar de eso. Es lo que tienen las amigas mejores: se puede hacer cualquier cosa una vez y guardarla en un cajón.

***

A Mateo lo conocí mucho antes. Fuimos novios casi dos años cuando yo tenía veintitrés y él veinticinco, y de él lo que más recuerdo —antes que las películas que vimos, los viajes que hicimos, las peleas estúpidas que tuvimos— es la verga. Es injusto y es cierto. Mateo tiene una verga roja, ancha, de venas marcadas, y cuando se ponía dura me hacía pensar en una flor que se había abierto demasiado.

Tenía además una costumbre que no le he visto a ningún otro. Antes de meterla, golpeaba con la cabeza, despacio, una y otra vez, en la entrada. No fuerte. Lo justo para que una se volviera loca. Te miraba a los ojos y te preguntaba cómo querías, cuánto querías, dónde querías, y mientras vos le contestabas con el cuerpo él seguía golpeando, suavecito, hasta que la que pedía eras vos. Cuando finalmente entraba, te besaba. Como si recién ahí empezara la conversación.

No quieras ganarle. No se le gana. Llegás antes que él, siempre, y él te mira con la cara de saberlo.

Cortamos por una pelea sin importancia y por todas las peleas con importancia que no habíamos sabido decir. Pero quedamos bien. Quedamos lo suficientemente bien como para que yo, dos años después, lo invitara a tomar algo «con una amiga que te va a caer».

***

Y ahora estaba ahí, mirándolos en el espejo, con un vermut que empezaba a transpirar el vaso.

Camila había apoyado el codo en la mesa y la mejilla en la mano. Mateo decía algo —yo no podía oír— y le sonreía con esa sonrisa de él, la que hacía que cualquiera le contestara más de lo que pensaba contestar. Camila tenía las piernas cruzadas y la rodilla de arriba se mecía un poquito, marcando un ritmo que no era el de la música del bar.

Vamos. Tocale el brazo. Tocale algo, idiota.

No le tocaba el brazo. Mateo, que en otra vida me había tocado todo a mí en menos de una hora, no se animaba a apoyar la mano sobre la mesa cerca de la suya. Camila, que me había metido la lengua en la boca a los veinte minutos de empezar a tomar, le hablaba con los hombros tensos como una piba en una cita a ciegas.

Eran dos personas que yo conocía desnudas, encimadas, gimiendo, y se trataban como dos compañeros de oficina nuevos.

Daban un poco de risa. Daban más ternura. Y, sobre todo, daban ganas. Porque yo los pensaba juntos —la boca de él en el pezón de ella, las manos de ella en su nuca, las piernas de los dos enredadas— y se me humedecía la bombacha ahí mismo, de pie en la barra, con un señor a mi izquierda hablando de fútbol con el barman.

Pedí otro vermut. Tomé un trago largo. Decidí que ya llevaban suficiente tiempo solos para una primera escena, y que la segunda escena la tenía que armar yo.

***

Volví a la mesa con cara de haber resuelto un problema en el laburo.

—Listo, ya está, qué garrón —dije, y arrastré una silla. Me senté del lado largo de la mesa, entre los dos, de modo que mi muslo izquierdo quedara pegado a la pierna de Camila y el derecho contra la rodilla de Mateo. Lo hice como si fuera la cosa más natural del mundo.

—¿Y? —pregunté, mirando primero a uno y después a la otra—. ¿Se cayeron bien?

Camila me miró con un brillo que yo conocía. Mateo se rió, y al reírse acercó todavía más la rodilla a la mía debajo de la mesa.

—Bien —dijo él, despacio—. Muy bien.

—Bien, sí —dijo ella, mordiéndose el labio—. Se ve que tenés buen ojo para los amigos.

—Tengo buen ojo —dije—. Y para más cosas.

Se hizo un silencio. Uno de esos silencios que no son incómodos, que son ese instante en el que tres personas se dan cuenta a la vez de que están en la misma página. Mateo se llevó el vaso a la boca y por encima del borde me miró a mí, no a ella. Camila apoyó la palma en la mesa y movió un dedo sobre el mantel, y ese dedo se acercó al meñique de Mateo hasta tocarlo. Él no lo apartó.

—¿Saben qué? —dije—. Mi casa está a tres cuadras.

Lo dije sin levantar la voz, como quien comenta el clima. Camila respiró hondo y largó el aire por la nariz. Mateo apoyó el vaso. Me di cuenta de que había puesto la mano sobre la mía sin que yo lo notara.

—¿Pedimos la cuenta? —preguntó él, mirando ahora sí a Camila.

—Pedila vos —dijo ella, y deslizó la rodilla contra la mía hasta que sentí el calor a través de la tela.

***

Caminamos las tres cuadras pegados, sin que nadie dijera nada. Yo iba en el medio, ellos uno a cada lado, y cada paso me confirmaba que esto iba a pasar. La mano de Mateo en la parte baja de mi espalda. La de Camila enganchada en mi codo. El silencio compartido que era la mejor confirmación posible.

En el palier, Mateo me besó primero. Me besó como me besaba antes —sin apuro, abriéndome la boca con la lengua de a poco— y Camila me besaba el cuello al mismo tiempo, y yo pensé, mientras subíamos en el ascensor, que durante años la gente me había preguntado qué estaba buscando y que recién esa noche iba a poder contestar.

Adentro del departamento les saqué los abrigos a los dos. Saqué el mío. Los miré. Los puse a mirarse.

—Ahora ustedes —dije—. Yo miro un rato.

Mateo se acercó a Camila como quien se acerca a algo que va a romper si lo agarra mal. Le puso una mano en la cintura. Ella levantó la barbilla. El beso fue lento, lentísimo, y yo me senté en el sillón de enfrente y los miré, las piernas cruzadas, el corazón latiéndome contra los muslos.

Le saqué a Camila la remera por arriba de la cabeza desde mi lugar, sin moverme, con la mirada. Le saqué a Mateo la camisa también con la mirada. Cuando él bajó la cabeza al pecho de ella y le pasó la lengua despacio por debajo del pezón —exactamente como yo se la había pasado dos veranos antes—, Camila hizo el mismo sonido que había hecho conmigo, y yo me apreté las piernas y respiré hondo.

—Tráiganla acá —dije por fin, y mi voz salió más ronca de lo que esperaba.

Mateo se dio vuelta y me miró con esa sonrisa. Camila me extendió la mano. Me levanté del sillón.

Lo último que pensé, antes de que me arrastraran a la cama entre los dos y todo se volviera un solo cuerpo de tres bocas y seis manos, fue que llevaba demasiado tiempo guardando estas dos noches en cajones distintos, y que esta tercera —la que yo había armado, la que estaba empezando— iba a ser, por fin, el cajón que las contenía a las dos.

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Comentarios (7)

fede_lector

Tremendo relato, no pude soltar el celular hasta el final!!

Carla_Mdp

Se hizo cortísimo... por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo esa noche

mati_noc

increible!!

MarceloKap

La tension al principio esta muy bien planteada, se siente que sabias exactamente a donde ibas con la historia. Uno de los mejores que lei en este sitio en mucho tiempo.

LucasNocturno

jaja me recordo a una situacion parecida que tuve hace un par de años, obvio que con final bastante distinto. Gracias por compartirlo

RubenMdp

Y al final que paso con vos esa noche? jaja me dejo con la duda

noche_fan92

Muy buen relato, espero la continuacion!!

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