Por qué los tríos son mi vicio favorito
He probado muchas formas de follar, pero nada me enciende tanto como quedar en medio de dos cuerpos decididos a usarme y complacerme a la vez.
He probado muchas formas de follar, pero nada me enciende tanto como quedar en medio de dos cuerpos decididos a usarme y complacerme a la vez.
Volví al bar por mi mujer y la encontré demasiado cómoda entre dos camioneros; esa noche, dentro de la autocaravana, todo se torció de la peor y más excitante forma.
Aceptamos las reglas sin saber del todo a qué nos entregábamos: una isla, varios amos y la promesa de que un no siempre sería un no. El resto lo decidía el deseo.
Cuando Renata sacó el tanga del bolsillo y lo dejó sobre la mesa, supe que aquella sobremesa no iba a terminar con un café.
Lo llamaban su escapada secreta: tres días sin maridos ni hijos. Pero esta vez Bea invitó a cuatro hombres a cenar, y ninguna imaginó cómo acabaría la noche.
Sabía que aquel disfraz de diabla era demasiado atrevido, pero lo que no imaginé es hasta dónde estaría dispuesta a llegar cuando dejé las braguitas escondidas en el baño.
«Una mujer como tú vale miles por una noche», dijo Ingrid mientras me ataba la correa al cuello y me arrastraba hacia el interior del local.
Diego y yo llevábamos años bromeando con cambiar de pareja por una noche. Cuando Sofía me tomó de la mano hacia su dormitorio, dejó de ser una broma.
Se enfundó el vestido negro, me besó y dijo «no me esperes». Yo sabía exactamente con quién iba a pasar la noche, y eso era justo lo que me excitaba.
Llevaba noches imaginándolo. Esa madrugada, sentada en el sillón con una copa en la mano, por fin lo vi: mi marido entrando en el cuerpo de otra.
Nunca habíamos entrado a un local así. Cuando aquella pareja de la playa cruzó la puerta y se sentó en nuestra mesa, supe que la noche ya no nos pertenecía solo a nosotros.
Cuando abrí la puerta de la habitación ya era tarde para arrepentirme: ella estaba sobre la cama, y él no se detuvo cuando nuestras miradas se cruzaron.
Empezó como un juego de palabras en la cama. Terminó conmigo subiendo al coche de otro hombre, mientras mi marido esperaba dentro del casino sabiéndolo todo.
Cuando Marina se quitó la última prenda dentro del agua tibia, los cuatro supimos que esa noche nadie iba a dormir en su propio lado de la cama.
Sebastián llegaba tarde esa noche, así que Valeria y Mateo cenaron solos. Entre el vino y el silencio, los dos confesaron algo que ninguno sabía cómo nombrar todavía.
Yo siempre me enamoraba; ella solo quería divertirse. Pero esa noche, detrás de una puerta del local, descubrí algo de mí misma que jamás imaginé.
Le dije que buscaba algo más fuerte que ella, mucho más fuerte. No se escandalizó. Sonrió y me dijo que conocía un sitio donde eso era posible.
Habíamos hablado del intercambio durante semanas por chat, pero ninguno imaginó que cruzar esa puerta tapizada de rojo nos haría olvidar de quién éramos pareja.
Cuando los guardias forestales tocaron la puerta huyendo de la nevada, ninguno imaginó que terminarían eligiendo pareja con el resto de nosotros esa noche.
Llegué a su casa pensando que era una charla cualquiera. Entonces vi al desconocido sentado en el sofá y supe que la propuesta no iba a ser sencilla.