La noche que los cuatro cruzamos esa línea
Esta historia me cuesta contarla porque no todo salió como yo lo había imaginado. Y sin embargo, sigo pensando en ella más de lo que me gustaría admitir.
Marcos y yo llevábamos una semana sin hablarnos bien. Habíamos tenido una pelea importante, de esas que no se resuelven en un día, y cuando llegó el viernes del festival seguíamos en esa zona tensa donde uno hace lo que tiene que hacer sin mirar demasiado al otro. Nuestros amigos Lara y Tomás nos habían convencido de ir. Decían que nos haría bien salir. Tenían razón en parte.
Quedamos primero en el centro del pueblo para tomar algo antes del concierto. Yo apenas bebí durante la cena, solo una cerveza. Marcos no dejó de hacerlo. Para cuando entramos al recinto del festival ya iba con las mejillas encendidas y una sonrisa más ancha de lo normal. Tomás y yo bebimos más despacio.
El problema no era que Marcos bebiera. El problema era que cuando bebía, Marcos se volvía especialmente encantador con todo el mundo menos conmigo. Esa noche llevaba un abanico de cartón que repartían en la entrada, y lo usaba de pretexto para meterse con las chicas que tenía cerca. Les abanicaba la cara, ellas se reían, él se reía, y yo podía ver desde lejos cómo lo miraban. No era imaginación mía.
Me lo callé todo. Seguí bebiendo mi agua con gas y me callé.
Cuando el concierto acabó, Tomás dijo que por esa zona no había nada más abierto. Lara propuso ir a casa, si no nos importaba. Hacía cuatro meses que habíamos comprado el piso y todavía estaba a medias: cajas sin desembalar, cuadros apoyados contra la pared. Pero había bebida y había sofá. Cogimos un taxi y en quince minutos estábamos dentro.
Marcos preparó las copas. Lara y él se sentaron juntos en el sofá. Tomás y yo nos quedamos en las sillas del otro lado. Bebimos, hablamos, nos reímos de las cosas del festival. Las velas que yo había encendido antes de salir seguían prendidas en la repisa. Eran casi las cuatro de la mañana cuando Marcos dijo:
—¿Y si jugamos al «yo nunca»? Pero con una condición: si alguien pide detalles, hay que darlos.
A todos nos pareció bien. Íbamos bastante borrachos.
—¿Quién empieza? —preguntó Tomás.
—Yo —dijo Lara, y se incorporó un poco en el sofá—. Yo nunca me he acostado con dos personas distintas el mismo día.
Bebimos los tres. Lara nos miró con los ojos abiertos.
Tomás suspiró despacio, resignado.
—Fue hace mucho. Antes de conocerte. Una chica en una discoteca, a primera hora de la noche, y luego otra al amanecer en su piso. No fue planeado, fue la noche.
Lara lo miró con cara de interés, como si ese detalle le gustara más de lo que quería admitir. No dijo nada y bebió de su copa.
—Me toca —dijo Tomás—. A mí nunca me han penetrado por detrás.
Bebí yo. Y Lara también.
Tomás la miró fijamente.
—¿Cuándo? Si a mí no me dejas.
Lara agachó la cabeza. Me buscó con la mirada, pidiendo que la rescatara.
—Tomás, podemos hablar esto luego.
—No. Quiero saberlo ahora.
—Con Rodrigo, mi ex —dijo ella al fin—. No me gustaba. Me dolía. Por eso contigo no lo hago, no es que no quiera, es que tengo mala experiencia y me da miedo que vuelva a doler.
Tomás asintió en silencio. Agachó la cabeza y no preguntó más.
Me tocaba a mí.
—Yo nunca he hecho una lluvia dorada.
Tomás y Lara bebieron. Los dos. Al mismo tiempo.
Los miré a los dos.
—Explicadlo.
Se miraron entre ellos con media sonrisa.
—A Tomás le gusta —dijo Lara—. Y a mí me pone que lo haga.
Vi cómo Marcos, sentado a su lado en el sofá, se movía levemente. Tomás también se recolocó en la silla. El ambiente había cambiado de tono sin que nadie lo dijera en voz alta.
—¿Solo él a ti? —pregunté.
—A veces también al revés.
—¿Y le pone?
—Le encanta.
Me lo imaginé con detalle. El detalle me excitó más de lo que esperaba. Marcos y yo nunca lo habíamos hecho, no porque no quisiéramos, sino porque nunca había surgido la conversación de frente.
Le tocaba a Marcos.
Lo vi pensativo. Su mano izquierda estaba en el sofá, en el hueco entre su pierna y la de Lara. Siempre he pensado que entre ellos había algo, aunque nunca había tenido pruebas concretas. Ahí estaba su mano, quieta, sin que pudiera ver exactamente qué hacía mientras buscaba su frase.
—Yo nunca he pensado en acostarme con la otra persona de la pareja que tengo delante —dijo.
Silencio.
Los cuatro nos miramos. Nadie habló. Y entonces, como si lo hubiéramos coordinado, los cuatro cogimos la copa al mismo tiempo y bebimos. Sin preguntas. Sin detalles.
***
Le tocaba de nuevo a Lara.
—Yo nunca he pensado en chupársela al marido de mi amiga —dijo.
Me miró directamente. Yo la miré. Las dos levantamos la copa y bebimos.
Pensé que iba a quedarse ahí. No me callé.
—¿Quieres hacerlo? —pregunté.
Se le subió el color a las mejillas. Con su propia frase no había reaccionado así. Pero con mi pregunta directa, sí.
Marcos la miraba desde el lado. Tomás la miraba desde el frente. Yo la miraba sin apartar los ojos.
—Sí —dijo al fin. Desafiante, como si quisiera que las miradas la frenaran y no lo hubieran conseguido.
—¿Por qué no lo haces entonces?
—¿Quieres que lo haga?
—Sí. Hazlo.
Lara miró a Tomás. Él no sonreía. Necesitaba algo a cambio. Eso era evidente en su cara.
—¿Y tú? —dijo ella—. ¿Se la chupas a Tomás?
—Claro. Y quiero que me folle por detrás, ya que tú no se lo dejas hacer.
Marcos sonreía. Los dos habíamos hablado de esta posibilidad más de una vez. No sabíamos si ocurriría ni cómo. Pues bien: ahí estaba.
Lara se levantó del sofá.
Tiene el pelo negro y largo, y cuando se lo recoge en una coleta rápida el gesto tiene algo de decisión tomada. Llevaba una blusa con botones que se quitó de tres movimientos. Se desabrochó el sujetador y lo dejó caer sobre el brazo del sofá. Se puso sobre Marcos y le cogió la cara con las dos manos.
Yo miré a Tomás.
Tomás me miraba con una expresión que no supe leer del todo. Sorpresa, sí. Pero también algo que no era exactamente indiferencia.
Me levanté y le tendí la mano.
***
En el dormitorio, Tomás se quedó parado en medio de la habitación mientras yo me quitaba el vestido. Me acerqué y empecé a desabrocharle el cinturón. Cuando le bajé los pantalones vi que estaba flácido. Me arrodillé y me lo metí en la boca. Tardó poco en ponerse duro, pero apenas llevaba un minuto cuando se corrió. Rápido. Sin avisar.
Le pedí que se pusiera entre mis piernas. Lo hizo. Pero a los pocos minutos lo paré.
—Deja. No me está llegando.
Se sentó en la esquina de la cama, sin saber bien dónde mirar ni qué hacer con las manos.
—Espera aquí —le dije—. Ahora vuelvo.
Salí al pasillo y cerré la puerta.
***
Lo escuché antes de verlo.
Desde el pasillo llegaba el sonido claro de Lara. No fingido, no de película. De esos sonidos que no se pueden controlar.
Entré al salón.
Marcos la tenía a cuatro patas sobre el sofá. Me detuve en el marco de la puerta y los miré. Él la separaba con los pulgares y empujaba hacia adentro. Por detrás del todo. El mismo sitio que Lara había dicho que con su marido no podía, que le dolía, que le daba miedo. Con el mío, aparentemente, no le dolía nada de nada.
Lara gemía con la cara hundida entre los cojines. Cada vez que Marcos avanzaba, el sonido se cortaba un instante y volvía más alto.
Entonces ella levantó la cabeza, se giró y me vio en la puerta.
Se quedó inmóvil.
Marcos levantó la vista.
—Ven —dijo.
Me acerqué. Me cogió del pelo con firmeza y tiró de mí hacia abajo. Sacó la polla del culo de Lara y me la metió en la boca. Olía a ella. La tuve así unos segundos. Luego la sacó y me pegó la cara contra Lara, contra sus nalgas, contra su sexo húmedo.
Empecé a lamerla mientras con la mano libre me masturbaba. Lara gemía con la cabeza levantada ahora, mirando hacia adelante.
Marcos se colocó detrás de mí y entró por donde Lara no le dejaba entrar a Tomás. Lo sentí todo. Noté el destello de la pantalla del móvil desde la esquina del ojo. Estaba grabando.
Nos fue moviendo a las dos. Primero a ella, luego a mí, luego a ella por detrás. Nos obligó a chupársela juntas, las dos arrodilladas. Volvió a sacar el móvil y nos grabó. Cogió a Lara del cuello con una mano y se meó despacio en su boca. Ella cerró los ojos y se lo tragó. Luego me cogió a mí y repitió. Me lo tragué con los ojos abiertos, mirándolo. Después nos agarró a las dos por el cuello y pegó nuestras caras hasta que nos besamos.
Nos dejó besándonos y fue al dormitorio.
No supimos qué le dijo a Tomás. Salió antes de treinta segundos.
Volvió con nosotras y siguió. Con Lara, luego conmigo, luego con Lara por detrás, luego conmigo. Las dos nos corrimos varias veces antes de que él estuviera a punto. Cuando notó que llegaba, nos cogió del pelo a las dos, nos puso de rodillas, juntó nuestras caras y se corrió encima. En la boca, en la mejilla, en el labio. Lo lamimos.
***
Lara se vistió rápido. Fue al dormitorio y le dijo a Tomás que se iban. Salieron sin que nadie dijera gran cosa. Un beso en la mejilla, el bolso, la puerta.
Marcos y yo nos quedamos solos. No hablamos. Recogimos los vasos, apagamos las velas y nos fuimos a la cama.
***
A la mañana siguiente, Lara me escribió: «Ayer fue una locura.»
Le contesté que sí.
Esa noche, mientras cenábamos, los móviles de los cuatro vibraron casi al mismo tiempo. Era un vídeo que Marcos había enviado al grupo.
Se veía todo: él con Lara, la posición, los detalles, los sonidos de fondo. A mí me había pixelado por completo. A Lara no. Se la veía perfectamente: la cara, las manos, la boca, cada momento.
No sé qué sintió Tomás cuando lo abrió. Nunca lo pregunté.
Semanas después, Lara me dijo en otro contexto que lo había visto varias veces. Que se había masturbado con él. Que no sabía si eso decía algo bueno o algo malo de ella.
Le dije que no decía nada de ella que no supiéramos ya.
No volvimos a hablar del tema. Tampoco volvimos a quedar los cuatro.