La amiga de la novia que no quería marcharse
La boda había durado once horas exactas.
Sofía lo sabía porque había mirado el reloj cuando el fotógrafo pidió la última foto del grupo. La una y cuarenta y siete de la madrugada. El cálculo le había dado gracia mientras posaba con esa sonrisa que llevaba pegada a la cara desde las dos de la tarde, la sonrisa oficial de novia feliz, la que duele en los carrillos después de la hora siete y que sin embargo no puedes dejar de poner porque hay siempre alguien con un teléfono apuntándote.
Once horas de flores blancas, discursos emocionados, felicitaciones con doble beso, tíos que le apretaban la mano con la solemnidad de quien entrega algo importante, y su madre llorando en tres momentos distintos que no venían especialmente al caso.
Rodrigo había aguantado bien, que era mucho decir. Él odiaba los eventos sociales con esa aversión tranquila de los introvertidos bien educados. Y sin embargo estuvo ahí toda la noche, traje oscuro, pelo recién cortado, repartiendo abrazos y brindis con una generosidad que Sofía le agradeció en silencio cada vez que lo localizaba desde el otro extremo del salón.
Valeria, en cambio, había disfrutado de cada minuto.
Siempre lo hacía. Las fiestas eran su hábitat natural: sabía cuándo reír, cuándo callarse, cuándo rellenar la copa de alguien que la necesitaba aunque no lo pidiera. Sofía la había conocido en primero de carrera, en una cola del comedor universitario, y desde entonces habían pasado más horas juntas que con cualquier otra persona en sus vidas. Rodrigo llegó después, en tercero, y se integró en esa amistad con una facilidad que Sofía siempre había encontrado llamativa, aunque nunca de una forma que le resultara incómoda.
Esa noche Valeria llevaba un vestido de color granate con escote cruzado. Sofía lo había visto cuando entró a la iglesia y le había parecido perfecto: elegante sin esforzarse, llamativo sin necesidad de llamar. Lo que no había previsto era la forma en que Valeria iba a usarlo durante las siguientes horas. El escote le marcaba las tetas cada vez que se inclinaba para hablar con alguien, y Sofía había sorprendido a más de un invitado mirándole el surco entre los pechos con una insistencia que a Valeria parecía divertirle.
El problema, si se podía llamar problema, era que Valeria llevaba toda la noche mirándola de una manera específica.
No era la mirada habitual. La habitual era cálida, directa, con ese humor contenido que Sofía sabía leer después de diez años de amistad. Esta era diferente. Era la mirada de alguien que tiene algo pendiente y sabe que la noche no va a terminar sin resolverlo. Era una mirada que se le iba a la boca, al cuello, al escote del vestido de novia, y volvía a los ojos con una desfachatez tranquila.
Sofía lo notó la primera vez durante la cena, cuando Valeria le rozó el antebrazo al pasarle el pan y dejó los dedos ahí un segundo más de lo necesario. Lo notó la segunda vez en la pista de baile, cuando bailaron juntas una canción lenta y Valeria la tuvo muy cerca, con la palma de la mano en su espalda baja y los labios casi rozando su oreja cuando le susurró algo que Sofía apenas escuchó. La mano había bajado de la espalda al inicio del culo en un movimiento lento y deliberado, y Sofía había sentido los pezones tensársele contra el vestido blanco como si tuvieran su propia opinión al respecto. Lo notó la tercera vez cuando los ojos de Valeria se encontraron con los suyos por encima del hombro de Rodrigo y Valeria sonrió de un modo que no era precisamente de amistad.
Y lo que Sofía encontró raro no fue la mirada en sí. Lo raro fue que no hizo nada para detenerla. Y que tenía las bragas húmedas desde hacía un par de horas y todavía faltaba lo más interesante.
***
A las dos menos cuarto, los últimos invitados se despidieron. El camarero cerró la barra y empezó a apilar las sillas con ese ruido específico que indica que la fiesta ha terminado de verdad. Sofía se quitó los zapatos en el ascensor y subió los tres pisos descalza, con el vestido blanco recogido en un brazo y los tacones colgando del otro. Rodrigo y Valeria fueron detrás, los dos en silencio, los tres un poco borrachos aunque no lo suficiente para no saber exactamente lo que estaba pasando.
La suite era grande. Cama enorme en el centro, una chaise longue frente al ventanal, y una botella de cava que el hotel había dejado en la mesita con un lazo y una tarjeta de felicitación escrita con esa letra redonda y genérica de los hoteles. La ciudad se extendía detrás del cristal, miles de puntos de luz que no tenían ningún interés en lo que iba a ocurrir en esa habitación.
Rodrigo abrió el cava sin ceremonia. Sirvió tres copas.
—Deberíamos brindar —dijo Valeria.
—¿Por qué? —preguntó Sofía.
—Por lo que sea que venga ahora.
Sofía cogió su copa. Los tres bebieron sin decir nada más. Sofía sintió el cava bajarle por la garganta con la misma temperatura que le subía entre los muslos.
Fue Valeria quien se movió primero. Se acercó a Sofía despacio, sin gestos bruscos, como si hubiera calculado exactamente ese momento durante las últimas horas. Le apartó un mechón de la frente con los dedos y se quedó así, con la mano en su cara, esperando.
—Dime que no —dijo en voz baja—. Y me voy ahora mismo.
Sofía no dijo nada.
Valeria la besó.
Era un beso tranquilo al principio, casi cauteloso, los labios apenas en contacto. Pero Sofía respondió, y entonces el beso cambió de naturaleza. Se profundizó lentamente, con esa calma que tienen solo las cosas que llevan mucho tiempo esperando su momento. La lengua de Valeria buscó la de Sofía sin prisa, húmeda, segura, y Sofía abrió la boca para recibirla mientras sentía el calor subirle por el cuello y el pecho como una descarga lenta. La lengua de su amiga le sabía a cava y a algo más oscuro, algo que llevaba diez años en suspenso y que ahora se le metía en la boca con un hambre paciente. Sofía notó la mano de Valeria bajarle por el costado del cuerpo, rodearle la cadera, apretarle el culo a través del vestido blanco con una posesividad que le hizo soltar un gemido corto contra sus labios.
Rodrigo estaba a unos pasos, con la copa en la mano. Sofía lo buscó con los ojos por encima del hombro de Valeria. Lo que encontró en su expresión no fue sorpresa ni rechazo. Era algo completamente distinto. Tenía la respiración más pesada de lo normal, la mandíbula marcada, la vista fija en la boca de Valeria sobre la de Sofía como si no quisiera perderse ni un segundo. El bulto en el pantalón del traje era tan evidente que Sofía sintió las piernas aflojársele un poco más.
—Ven —le dijo.
Él dejó la copa en la mesita y se acercó.
***
El vestido blanco tardó en caer al suelo. No por dificultad técnica, sino porque ninguno de los tres parecía tener prisa. Rodrigo buscó la cremallera de la espalda mientras Valeria seguía besando a Sofía, y los tres se movían despacio, buscando el espacio que les correspondía, ajustándose sin hablar. Los dedos de Rodrigo bajaron la cremallera con una lentitud casi reverente y la tela se fue abriendo por la espalda hasta dejar a Sofía temblando de anticipación más que de frío. Por debajo solo tenía un sujetador blanco de encaje y unas bragas a juego que ya estaban empapadas por delante. Valeria le metió la mano entre las piernas por encima de la tela y se rió con la boca pegada a la suya al sentirla tan mojada.
—Joder, Sofía —murmuró, frotándole el coño por encima del encaje con dos dedos—. Estás chorreando.
Cuando la tela del vestido finalmente resbaló, Sofía sintió el aire frío de la habitación sobre la piel. Valeria retrocedió un paso solo para mirarla.
—Dios mío —dijo en voz baja.
Sofía no supo si reírse o no. Pero la forma en que Valeria lo dijo no tenía nada de exagerado ni de forzado. Era simplemente la comprobación de alguien que ha estado imaginando algo y descubre que la realidad supera a la imagen.
Rodrigo rodeó a Sofía por detrás, sus manos recorriendo despacio los costados, la curva de la cintura, la parte baja del vientre, y luego subiendo a los pechos con una presión firme que le arrancó a Sofía un jadeo corto. Le desabrochó el sujetador con un solo movimiento de los dedos y la prenda cayó al suelo a sumarse al vestido. Los pezones de Sofía se le pusieron duros al contacto con el aire, y Rodrigo se los pellizcó por detrás, primero suave y luego apretando lo justo para que ella sintiera el tirón directo entre las piernas. Ella inclinó la cabeza hacia atrás contra su hombro y cerró los ojos un momento.
Valeria se quitó el vestido granate con calma, lo dejó doblado sobre la silla —ese pequeño detalle de orden en medio de todo lo demás la hizo humana de una forma inesperada— y volvió desnuda del todo, sin sujetador ni bragas, la piel cálida y los pezones duros de excitación bajo la luz amarillenta de la suite. Tenía las tetas más pequeñas que Sofía, redondas, con las puntas oscuras y rígidas, y un triángulo de vello recortado entre los muslos que brillaba ligeramente de humedad propia. Llevaba toda la noche tan caliente como ella.
Sofía le miró el coño sin disimulo. Valeria se dio cuenta y abrió las piernas un dedo más, ofreciéndoselo con una sonrisa lenta.
—Después —le dijo—. Primero tú.
Rodrigo le bajó las bragas a Sofía mientras le mordía el cuello. Tuvo que pasarle la mano por el coño para sacárselas del todo, y al hacerlo dejó dos dedos quietos sobre los labios mojados, presionando sin entrar todavía. Sofía soltó un gemido largo que terminó contra la boca de Valeria.
Lo que siguió no tuvo la urgencia ni el carácter de escena que Sofía hubiera imaginado. Fue deliberado. Había algo concentrado en cómo los tres se movían, como si cada uno supiera que merecía la pena tomarse el tiempo necesario. Valeria volvió a besarla, esta vez más hondo, más sucio, metiéndole la lengua hasta el fondo de la boca mientras le buscaba un pezón con la mano y se lo retorcía sin piedad. Sofía sintió la mano de Rodrigo descender hasta la curva de su culo para apretarlo con ganas, separándole un poco las nalgas mientras la guiaba hacia el centro de la cama.
Valeria comenzó por el cuello, luego la clavícula, chupando la piel con la boca abierta hasta dejarle un ardor dulce, siguiendo una línea descendente que Sofía notó como una corriente recorriéndole la espalda. Le mordió un pezón con cuidado y luego con menos cuidado, hasta que Sofía se arqueó. Rodrigo le susurraba al oído cosas que Sofía apenas procesaba: que estaba preciosa, que había esperado demasiado, que se dejara llevar, que iba a follársela mientras Valeria le comía el coño. Su voz era grave, cargada, y el roce de su erección contra el muslo de Sofía le dejó claro lo poco que estaba pensando en otra cosa. La tenía dura como una piedra, dura desde hacía horas, y Sofía la sintió palpitar contra la cadera incluso a través del pantalón.
Se desplazaron hacia la cama sin que nadie lo propusiera en voz alta. La cama era tan grande que había espacio de sobra para los tres. Sofía cayó de espaldas y Valeria se subió encima a horcajadas, restregándole el coño desnudo y empapado contra el vientre antes de empezar a bajar.
—¿Qué quieres? —preguntó Valeria, apoyada en un codo entre las piernas abiertas de Sofía, con la boca húmeda y la mirada fija en el coño que tenía a centímetros de la cara.
—No lo sé todavía —dijo Sofía, respirando más rápido—. Pero no pares.
—¿Quieres que te coma el coño? —Valeria sopló sobre los labios mojados y Sofía dio un respingo—. Dilo.
—Cómemelo. Por favor.
Valeria sonrió con una intensidad hambrienta y bajó otra vez, esta vez sin rodeos, separándole los muslos con ambas manos y enterrándole la cara entre las piernas mientras Rodrigo se acomodaba al lado de Sofía y le besaba la nuca.
***
Valeria pasó la lengua plana de abajo arriba, lamiéndole el coño entero de una sola vez, y se detuvo en el clítoris para chuparlo entre los labios con una succión lenta que a Sofía le hizo levantar las caderas de la cama. Sofía tenía los dedos enredados en su pelo sin dirigir nada, solo sintiendo cómo esa boca le recorría el centro del cuerpo con una dedicación implacable. La lengua de Valeria se movía lenta sobre el clítoris, luego más firme, luego otra vez suave, alternando presión y ritmo hasta dejarla desarmada. Sofía se arqueó sobre las sábanas con un gemido ahogado, las caderas buscando más de esa presión exacta mientras Rodrigo le acariciaba los pechos desde un lado, pellizcándole los pezones con suavidad antes de apretarlos con más fuerza.
Valeria le metió dos dedos en el coño sin dejar de chuparle el clítoris. Sofía sintió la doble penetración —los dedos curvándose dentro buscando un punto que Valeria parecía conocer mejor que ella misma, la lengua moviéndose en círculos rápidos por fuera— y se le escapó un gemido largo que no parecía suyo.
—Joder —jadeó—. Joder, Valeria, sigue así.
—Tiene un coño precioso —le dijo Valeria a Rodrigo sin levantar la cabeza del todo, hablando contra la carne mojada de Sofía—. ¿Sabes lo bien que sabe tu mujer?
Rodrigo soltó un gruñido. Se había desnudado en algún momento que Sofía se había perdido. La tenía al lado, con la polla dura apuntándole en el muslo, el glande brillante de líquido preseminal, gruesa, marcada por la vena de abajo. Sofía cerró la mano alrededor y empezó a masturbarlo despacio sin mirar lo que hacía, los ojos cerrados, concentrada en la boca que le estaba arrancando el alma por debajo.
Rodrigo se acomodó a su lado, y Sofía lo buscó casi por reflejo. Lo besó torpemente al principio, distraída por lo que le hacía Valeria, pero a él no pareció importarle la torpeza. La sujetó con calma y le devolvió el beso con una atención que a Sofía le resultó extrañamente reconfortante en ese momento, metiéndole la lengua en la boca con un hambre contenida que pronto dejó de ser contenida. Le tomó la mano que le estaba masturbando la polla y le guió el ritmo, más fuerte, apretándole el puño alrededor de la verga.
—Mámasela —le dijo Valeria entre dos lametones, mirando hacia arriba con la barbilla brillante—. Yo me ocupo de esto.
Sofía se giró un poco, sin que Valeria sacara los dedos de su coño, y se metió la polla de Rodrigo en la boca. La chupó entera desde la punta hasta donde le llegó, ayudándose con la mano para lo que no le entraba, sintiéndolo palpitarle contra la lengua. Rodrigo le agarró el pelo con una mano sin tirar, solo sujetándoselo apartado de la cara, y soltó un jadeo largo cuando ella empezó a mover la cabeza arriba y abajo con un ritmo lento. Sabía amargo y caliente. Sofía le pasó la lengua por la vena de abajo, le chupó los huevos uno tras otro, y volvió a metérsela hasta la garganta hasta que se le saltaron las lágrimas. Rodrigo se dejaba hacer, observándola con una mezcla de incredulidad y deseo, y de vez en cuando bajaba la mano para tocarle un pezón mientras Valeria seguía dándole entre las piernas.
Valeria curvó los dedos dentro del coño de Sofía y le chupó el clítoris con más insistencia, y Sofía soltó la polla de Rodrigo con un grito ahogado.
—Me voy a correr —jadeó—. Me voy a correr, joder, Valeria, sigue, sigue.
Cuando Valeria llegó adonde quería llegar, Sofía soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo. Su cuerpo se tensó con un espasmo largo, la vulva palpitándole alrededor de los dedos y de la boca de Valeria, y el orgasmo le subió de golpe por la espalda, caliente, desordenado, dejándola temblando mientras seguía sintiendo la lengua de Valeria lamiéndola hasta el final. Le apretó los muslos a Valeria contra la cabeza sin querer y notó la corrida bajándole por dentro como una corriente líquida, un orgasmo que no terminaba, que seguía y seguía cada vez que Valeria movía los dedos dentro un milímetro más.
—Bien —dijo Valeria cuando levantó la cabeza, con una serenidad que a Sofía le hizo soltar una risa corta e involuntaria. Tenía la mitad de abajo de la cara brillando, los labios hinchados, el mentón empapado del coño de Sofía. Se chupó los dos dedos uno tras otro con la mirada fija en ella—. Sabes a gloria, cariño.
***
Se reorganizaron varias veces durante la siguiente hora larga. No era un proceso ordenado ni planeado: era una conversación continua entre cuerpos que iban encontrando lo que buscaban. Sofía se giraba, Rodrigo cambiaba de posición, Valeria se acomodaba donde hacía falta. Funcionaba con una lógica propia que no necesitaba instrucciones.
Hubo un rato en que Sofía estuvo entre las piernas de Valeria devolviéndole el favor, con la cara entre los muslos de su amiga lamiéndole el coño con torpeza al principio y con más decisión después. Sabía distinto al suyo, más salado, más fuerte, y Sofía la chupó como había soñado en algún momento que no se había permitido recordar hasta esa noche. Valeria gemía bajito, con las manos en su pelo, las caderas ondulando contra su boca, y mientras tanto Rodrigo se había puesto detrás de Sofía, de rodillas, y le había metido la lengua en el coño desde atrás, follándola con la boca mientras ella le comía el coño a Valeria. Sofía sintió que el cerebro se le apagaba un momento.
Hubo otro momento en que Sofía estuvo entre los dos, a cuatro patas, con Rodrigo detrás moviéndose con un ritmo sostenido que ella notaba en los hombros, en la cintura, en la forma en que la agarraba por las caderas, y con Valeria delante echada de espaldas con las piernas abiertas, ofreciéndole el coño otra vez para que se lo siguiera comiendo. La sensación de estar completamente rodeada, sin ningún espacio libre, con una polla dándole por detrás y un coño en la boca, era algo que Sofía no habría sabido describir de antemano pero que en ese momento le pareció exactamente lo que llevaba tiempo buscando sin tenerle nombre.
Rodrigo la penetró despacio al principio, con una paciencia que contrastaba con el temblor de sus manos. Le pasó el glande por toda la raja del coño antes de meterse, untándose el principio de la polla en su humedad, y cuando empujó hasta el fondo Sofía gimió contra el coño de Valeria con un sonido amortiguado. Estaba llena, abierta, la presión sólida de la polla empujando dentro de ella hasta el fondo, golpeándole un punto profundo que la hacía ver puntos blancos cada vez que él retrocedía y volvía a entrar. Valeria le agarró la cabeza con las dos manos y le frotó la cara contra su coño abierto, dejándole sentir cómo se ponía cada vez más mojada conforme Sofía la lamía a la vez que Rodrigo la follaba por detrás.
El movimiento se volvió más profundo, más continuo, y Sofía empezó a perder la cuenta de dónde terminaba una sensación y empezaba la otra. Rodrigo le daba con un ritmo cada vez más fuerte, agarrándole las caderas con los dedos clavados, y cada embestida le hacía rozar el clítoris contra las sábanas y mover la cabeza contra el coño de Valeria. El sonido en la habitación era una mezcla de jadeos, palmadas de cadera contra culo, y los gemidos cada vez más altos de Valeria.
—¿Estás bien? —le preguntó Rodrigo en algún punto, con la voz rota de deseo, sin dejar de embestirla.
—Más que bien —dijo ella, apenas capaz de sostener la frase, levantando un segundo la cara de entre las piernas de Valeria—. Dame fuerte. Fóllame fuerte.
Rodrigo le obedeció. Le sujetó las caderas con más fuerza y empezó a meterle la polla con embestidas largas y profundas que la hicieron deslizarse hacia delante sobre la cama, hasta que tuvo que apoyar los codos a los lados de Valeria para no caerse encima. Sofía sentía la verga entera entrar y salir, los huevos de Rodrigo chocándole contra el clítoris en cada empuje, y volvió a meter la lengua en el coño de Valeria con un hambre que no había sentido en su vida. Le metió dos dedos a la vez que la chupaba, los curvó como Valeria le había hecho a ella, y notó cómo el coño de su amiga empezaba a apretarle alrededor.
Valeria llegó la primera, con los muslos apretados alrededor de la cabeza de Sofía y un sonido que no era un grito pero tampoco era discreto, más bien un jadeo áspero que se le quebró al correrse. Sofía sintió el coño contraerse alrededor de sus dedos en pulsaciones rápidas, el líquido caliente bajándole por la palma, y siguió lamiéndole el clítoris hasta que Valeria le apartó la cabeza con un sobresalto, demasiado sensible para seguir. Luego se quedó tumbada boca arriba mirando el techo, con esa sonrisa que Sofía solo le había visto otra vez, cuando le llegó la carta diciendo que había aprobado las oposiciones.
—Joder —murmuró Valeria con la respiración agitada, contemplando cómo Rodrigo seguía follándose a Sofía a los pies de la cama—. Qué bonita estás así, follada por tu marido el día de tu boda.
Sofía gimió alto. Rodrigo aceleró el ritmo. Le agarró las nalgas con las dos manos, se las separó para verse entrar y salir, y Sofía sintió cómo se le acumulaba otro orgasmo desde el fondo del vientre.
—Me voy a correr otra vez —avisó con la voz ahogada contra la cama—. Sigue así, sigue, sigue…
—Córrete encima de mi polla —jadeó él—. Vamos, córrete.
Sofía se corrió con un grito largo y suelto, sin pudor ya, el coño apretándose alrededor de la verga de Rodrigo en espasmos lentos que lo arrastraron a él detrás. Rodrigo terminó poco después, con una brevedad que Sofía encontró inesperadamente tierna comparada con todo lo anterior, el cuerpo entero tensándose antes de soltar una corrida caliente dentro de ella que no vio pero sintió por la manera en que se quedó inmóvil, hundido hasta el fondo, respirando hondo, pegado a su espalda. Sofía notó los chorros de semen llenándola por dentro, uno tras otro, y la polla palpitándole en el coño mientras Rodrigo se vaciaba.
Cuando Rodrigo se retiró, despacio, Sofía sintió la corrida resbalándole entre los muslos. Valeria se incorporó, le miró el coño abierto y goteando, y soltó una risa baja.
—Madre mía —dijo, y se inclinó sin más, lamiéndole la cara interna del muslo limpiándole la mezcla que se le escapaba.
Sofía se dejó caer de lado, temblando, los tres apretados en la mitad central de la cama enorme.
Los tres se quedaron quietos un rato. La habitación olía a calor humano, a piel sudada, a sexo reciente, a semen, a coño, y al cava dulce que nadie había terminado de beberse.
***
Sofía fue la primera en levantarse. Fue al baño, se miró en el espejo del lavabo un momento largo. Tenía el pelo completamente deshecho y una marca en el cuello que iba a ser difícil de contextualizar en el desayuno con la familia. Entre los muslos seguía notando la humedad de Rodrigo bajándole despacio. Se lavó la cara con agua fría y volvió a la habitación.
Valeria estaba buscando sus cosas con los ojos entrecerrados.
—¿Te vas? —preguntó Sofía.
—Es vuestra noche de bodas —dijo Valeria—. Tengo cierto límite de presencia en una noche de bodas.
—Podrías quedarte.
Valeria la miró. Era la misma mirada de antes, la del salón durante la cena, pero ahora tenía algo diferente. Más tranquila. Como si ya no hubiera nada pendiente de resolver.
—La próxima vez —dijo.
Se vistió sin prisa, cogió el bolso de la silla, se acercó a Sofía y la besó en la mejilla. Luego fue hacia la cama donde Rodrigo ya estaba medio dormido y le apoyó la mano en el hombro un segundo.
—Cuídala bien —le dijo.
—Siempre —murmuró él sin abrir los ojos.
Valeria recogió los zapatos del suelo, los colgó de la misma mano como si fuera el gesto más natural del mundo, y cerró la puerta de la suite con cuidado para no hacer ruido.
***
Sofía se metió en la cama. Rodrigo levantó el brazo sin mirar y ella se colocó debajo, con la cabeza en su pecho.
Afuera, la ciudad empezaba a aclarar en los bordes del cielo.
—¿Estás bien? —preguntó él al cabo de un momento.
—Sí —dijo ella—. ¿Tú?
—Sí.
Hubo un silencio cómodo, del tipo que solo existe entre personas que llevan mucho tiempo juntas.
—Llevaba tiempo queriendo preguntarte si te parecería bien —dijo Rodrigo entonces, en voz baja.
—Y yo llevaba tiempo esperando a que lo preguntaras —dijo Sofía.
Él soltó una carcajada corta y suave. Sofía también se rió, despacio, contra su pecho.
Se durmieron con la ciudad despertando detrás del ventanal y el vestido blanco todavía en el suelo donde había caído, arrugado y olvidado, como si nadie hubiera tenido energía para colgarlo.
Nadie la tuvo.


