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Relatos Ardientes

La amiga de la novia que no quería marcharse

4.4 (50)

La boda había durado once horas exactas.

Sofía lo sabía porque había mirado el reloj cuando el fotógrafo pidió la última foto del grupo. La una y cuarenta y siete de la madrugada. El cálculo le había dado gracia mientras posaba con esa sonrisa que llevaba pegada a la cara desde las dos de la tarde, la sonrisa oficial de novia feliz, la que duele en los carrillos después de la hora siete y que sin embargo no puedes dejar de poner porque hay siempre alguien con un teléfono apuntándote.

Once horas de flores blancas, discursos emocionados, felicitaciones con doble beso, tíos que le apretaban la mano con la solemnidad de quien entrega algo importante, y su madre llorando en tres momentos distintos que no venían especialmente al caso.

Rodrigo había aguantado bien, que era mucho decir. Él odiaba los eventos sociales con esa aversión tranquila de los introvertidos bien educados. Y sin embargo estuvo ahí toda la noche, traje oscuro, pelo recién cortado, repartiendo abrazos y brindis con una generosidad que Sofía le agradeció en silencio cada vez que lo localizaba desde el otro extremo del salón.

Valeria, en cambio, había disfrutado de cada minuto.

Siempre lo hacía. Las fiestas eran su hábitat natural: sabía cuándo reír, cuándo callarse, cuándo rellenar la copa de alguien que la necesitaba aunque no lo pidiera. Sofía la había conocido en primero de carrera, en una cola del comedor universitario, y desde entonces habían pasado más horas juntas que con cualquier otra persona en sus vidas. Rodrigo llegó después, en tercero, y se integró en esa amistad con una facilidad que Sofía siempre había encontrado llamativa, aunque nunca de una forma que le resultara incómoda.

Esa noche Valeria llevaba un vestido de color granate con escote cruzado. Sofía lo había visto cuando entró a la iglesia y le había parecido perfecto: elegante sin esforzarse, llamativo sin necesidad de llamar. Lo que no había previsto era la forma en que Valeria iba a usarlo durante las siguientes horas.

El problema, si se podía llamar problema, era que Valeria llevaba toda la noche mirándola de una manera específica.

No era la mirada habitual. La habitual era cálida, directa, con ese humor contenido que Sofía sabía leer después de diez años de amistad. Esta era diferente. Era la mirada de alguien que tiene algo pendiente y sabe que la noche no va a terminar sin resolverlo.

Sofía lo notó la primera vez durante la cena, cuando Valeria le rozó el antebrazo al pasarle el pan y dejó los dedos ahí un segundo más de lo necesario. Lo notó la segunda vez en la pista de baile, cuando bailaron juntas una canción lenta y Valeria la tuvo muy cerca, con la palma de la mano en su espalda baja y los labios casi rozando su oreja cuando le susurró algo que Sofía apenas escuchó. Lo notó la tercera vez cuando los ojos de Valeria se encontraron con los suyos por encima del hombro de Rodrigo y Valeria sonrió de un modo que no era precisamente de amistad.

Y lo que Sofía encontró raro no fue la mirada en sí. Lo raro fue que no hizo nada para detenerla.

***

A las dos menos cuarto, los últimos invitados se despidieron. El camarero cerró la barra y empezó a apilar las sillas con ese ruido específico que indica que la fiesta ha terminado de verdad. Sofía se quitó los zapatos en el ascensor y subió los tres pisos descalza, con el vestido blanco recogido en un brazo y los tacones colgando del otro. Rodrigo y Valeria fueron detrás, los dos en silencio, los tres un poco borrachos aunque no lo suficiente para no saber exactamente lo que estaba pasando.

La suite era grande. Cama enorme en el centro, una chaise longue frente al ventanal, y una botella de cava que el hotel había dejado en la mesita con un lazo y una tarjeta de felicitación escrita con esa letra redonda y genérica de los hoteles. La ciudad se extendía detrás del cristal, miles de puntos de luz que no tenían ningún interés en lo que iba a ocurrir en esa habitación.

Rodrigo abrió el cava sin ceremonia. Sirvió tres copas.

—Deberíamos brindar —dijo Valeria.

—¿Por qué? —preguntó Sofía.

—Por lo que sea que venga ahora.

Sofía cogió su copa. Los tres bebieron sin decir nada más.

Fue Valeria quien se movió primero. Se acercó a Sofía despacio, sin gestos bruscos, como si hubiera calculado exactamente ese momento durante las últimas horas. Le apartó un mechón de la frente con los dedos y se quedó así, con la mano en su cara, esperando.

—Dime que no —dijo en voz baja. —Y me voy ahora mismo.

Sofía no dijo nada.

Valeria la besó.

Era un beso tranquilo al principio, casi cauteloso, los labios apenas en contacto. Pero Sofía respondió, y entonces el beso cambió de naturaleza. Se profundizó lentamente, con esa calma que tienen solo las cosas que llevan mucho tiempo esperando su momento.

Rodrigo estaba a unos pasos, con la copa en la mano. Sofía lo buscó con los ojos por encima del hombro de Valeria. Lo que encontró en su expresión no fue sorpresa ni rechazo. Era algo completamente distinto.

—Ven —le dijo.

Él dejó la copa en la mesita y se acercó.

***

El vestido blanco tardó en caer al suelo. No por dificultad técnica, sino porque ninguno de los tres parecía tener prisa. Rodrigo buscó la cremallera de la espalda mientras Valeria seguía besando a Sofía, y los tres se movían despacio, buscando el espacio que les correspondía, ajustándose sin hablar.

Cuando la tela finalmente resbaló, Sofía sintió el aire frío de la habitación sobre la piel. Valeria retrocedió un paso solo para mirarla.

—Dios mío —dijo en voz baja.

Sofía no supo si reírse o no. Pero la forma en que Valeria lo dijo no tenía nada de exagerado ni de forzado. Era simplemente la comprobación de alguien que ha estado imaginando algo y descubre que la realidad supera a la imagen.

Rodrigo rodeó a Sofía por detrás, sus manos recorriendo despacio los costados, la cadera, la curva de la cintura. Sofía inclinó la cabeza hacia atrás contra su hombro y cerró los ojos un momento. Valeria se quitó el vestido granate con calma, lo dejó doblado sobre la silla —ese pequeño detalle de orden en medio de todo lo demás la hizo humana de una forma inesperada— y volvió.

Lo que siguió no tuvo la urgencia ni el carácter de escena que Sofía hubiera imaginado. Fue deliberado. Había algo concentrado en cómo los tres se movían, como si cada uno supiera que merecía la pena tomarse el tiempo necesario.

Valeria comenzó por el cuello, luego la clavícula, siguiendo una línea descendente que Sofía notó como una corriente recorriéndole la espalda. Rodrigo le susurraba al oído cosas que Sofía apenas procesaba, distraída por la boca de Valeria avanzando con paciencia.

Se desplazaron hacia la cama sin que nadie lo propusiera en voz alta. La cama era tan grande que había espacio de sobra para los tres.

—¿Qué quieres? —preguntó Valeria, apoyada en un codo a su lado.

—No lo sé todavía —dijo Sofía. —Pero no pares.

***

Valeria bajó despacio, con paciencia, deteniéndose, explorando. Sofía tenía los dedos enredados en su pelo sin dirigir nada, solo sintiendo.

Rodrigo se acomodó a su lado, y Sofía lo buscó casi por reflejo. Lo besó torpemente al principio, distraída por lo que le hacía Valeria, pero él no pareció importarle la torpeza. La sujetó con calma y le devolvió el beso con una atención que a Sofía le resultó extrañamente reconfortante en ese momento.

Cuando Valeria llegó adonde quería llegar, Sofía soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo.

El primer orgasmo llegó de forma casi silenciosa, como una ola que lleva tiempo formándose y se rompe sin aspavientos. Sofía tenía los dedos de Rodrigo entrelazados con los suyos y apretó sin darse cuenta de la fuerza.

—Bien —dijo Valeria cuando levantó la cabeza, con una serenidad que a Sofía le hizo soltar una risa corta e involuntaria.

***

Se reorganizaron varias veces durante la siguiente hora larga. No era un proceso ordenado ni planeado: era una conversación continua entre cuerpos que iban encontrando lo que buscaban. Sofía se giraba, Rodrigo cambiaba de posición, Valeria se acomodaba donde hacía falta. Funcionaba con una lógica propia que no necesitaba instrucciones.

Hubo un momento en que Sofía estuvo entre los dos, con Rodrigo detrás moviéndose con un ritmo sostenido que ella notaba en los hombros, y Valeria frente a ella besándola en la boca con las palmas sujetándole la cara. La sensación de estar completamente rodeada, sin ningún espacio libre, era algo que Sofía no habría sabido describir de antemano pero que en ese momento le pareció exactamente lo que llevaba tiempo buscando sin tenerle nombre.

—¿Estás bien? —le preguntó Rodrigo en algún punto.

—Más que bien —dijo ella.

Valeria llegó después, con los muslos apretados alrededor de la mano de Sofía y un sonido que no era un grito pero tampoco era discreto. Luego se quedó tumbada boca arriba mirando el techo, con esa sonrisa que Sofía solo le había visto otra vez, cuando le llegó la carta diciendo que había aprobado las oposiciones.

Rodrigo terminó poco después, con una brevedad que Sofía encontró inesperadamente tierna comparada con todo lo anterior.

Los tres se quedaron quietos un rato. La habitación olía a calor humano y al cava dulce que nadie había terminado de beberse.

***

Sofía fue la primera en levantarse. Fue al baño, se miró en el espejo del lavabo un momento largo. Tenía el pelo completamente deshecho y una marca en el cuello que iba a ser difícil de contextualizar en el desayuno con la familia. Se lavó la cara con agua fría y volvió a la habitación.

Valeria estaba buscando sus cosas con los ojos entrecerrados.

—¿Te vas? —preguntó Sofía.

—Es vuestra noche de bodas —dijo Valeria. —Tengo cierto límite de presencia en una noche de bodas.

—Podrías quedarte.

Valeria la miró. Era la misma mirada de antes, la del salón durante la cena, pero ahora tenía algo diferente. Más tranquila. Como si ya no hubiera nada pendiente de resolver.

—La próxima vez —dijo.

Se vistió sin prisa, cogió el bolso de la silla, se acercó a Sofía y la besó en la mejilla. Luego fue hacia la cama donde Rodrigo ya estaba medio dormido y le apoyó la mano en el hombro un segundo.

—Cuídala bien —le dijo.

—Siempre —murmuró él sin abrir los ojos.

Valeria recogió los zapatos del suelo, los colgó de la misma mano como si fuera el gesto más natural del mundo, y cerró la puerta de la suite con cuidado para no hacer ruido.

***

Sofía se metió en la cama. Rodrigo levantó el brazo sin mirar y ella se colocó debajo, con la cabeza en su pecho.

Afuera, la ciudad empezaba a aclarar en los bordes del cielo.

—¿Estás bien? —preguntó él al cabo de un momento.

—Sí —dijo ella. —¿Tú?

—Sí.

Hubo un silencio cómodo, del tipo que solo existe entre personas que llevan mucho tiempo juntas.

—Llevaba tiempo queriendo preguntarte si te parecería bien —dijo Rodrigo entonces, en voz baja.

—Y yo llevaba tiempo esperando a que lo preguntaras —dijo Sofía.

Él soltó una carcajada corta y suave. Sofía también se rió, despacio, contra su pecho.

Se durmieron con la ciudad despertando detrás del ventanal y el vestido blanco todavía en el suelo donde había caído, arrugado y olvidado, como si nadie hubiera tenido energía para colgarlo.

Nadie la tuvo.

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4.4 (50)

Comentarios (10)

LoboNocturno7

La tension del inicio lo dice todo. De esos relatos que te atrapan antes de que pase algo.

NatiR86

Me quede con ganas de mas!!! segunda parte por favor

Renato_BA

Buenisimo, muy bien escrito. Se siente real sin ser forzado.

Alex1706

Esa situacion de 'los tres lo saben sin decirlo'... clasico. me encantan estos relatos

Marta_77

Me recordo a una noche con amigas donde tambien habia tension en el ambiente jaja. Al final no paso nada pero esto lo cuenta mejor.

PacoLector

excelente!!!

guillermo2024

muy bueno, espero que sigas subiendo relatos de este estilo. saludos desde argentina

Marco

Bien escrito y con mucha naturalidad. No todo tiene que ser explicito para ser excitante.

bersuit

jajaja pobre Sofia, aunque tampoco hizo mucho por irse eh

LectorCR

Gran relato, se hizo corto. Queremos saber como termino la noche completa :)

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