El mejor inicio de vacaciones que tuve jamás
Llevaba casi dos semanas evitándolos a todos. No por malhumor ni por algún capricho pasajero, sino porque quería que llegaran a ese fin de semana con las ganas bien acumuladas. Era mi forma de preparar el terreno: darles tiempo, dejarlos esperar, y aparecer yo cuando el momento fuera el correcto. Las vacaciones no empiezan solas; hay que construirlas.
Lo de la oficina surgió el jueves por la mañana, cuando Marcos se acercó a mi escritorio con esa sonrisa suya de cuando tiene algo en mente. Me dijo que varios del equipo querían hacer un brindis el viernes al salir, que eran varios los que arrancábamos vacaciones al mismo tiempo. Le pregunté quiénes iban. Luciano y Tomás, los dos más jóvenes del departamento. Y Darío, que participaba en casi todo lo que se organizaba. Me lo pensé exactamente el tiempo que tardé en abrir la boca.
—Cuenten conmigo —le dije.
Cuatro hombres, último día laboral, sin fecha de regreso. No era una mala forma de arrancar.
El jueves por la tarde salí del trabajo con la cabeza en otra parte. Fui al supermercado, llené el carro con todo lo necesario para no tener que salir de casa en varios días, y después caminé hacia la librería de Alfredo. Hacía más de dos meses que no pasaba por ahí, y eso era tiempo suficiente para que me lo cobrara con intereses.
Alfredo tenía cincuenta y pico de años, manos grandes y esa manera tan particular de mirar por encima del marco de los anteojos cuando algo le llamaba la atención. Llevaba siempre el mismo delantal azul marino y nunca andaba apurado. Nos conocíamos desde hacía mucho, primero como cliente y vendedor, y después como algo que no tenía nombre pero que funcionaba bien para los dos.
Cuando llegué ya estaba bajando la persiana. Al verme desde adentro dudó un instante y la levantó de nuevo sin decir nada. Entré, él cerró detrás de mí, y cuando me di vuelta para saludarlo ya me tenía entre sus brazos con la nariz enterrada en mi cuello.
—Dos meses —dijo, en voz baja—. Dos putos meses sin verte, sin olerte, sin cogerte. Casi me vuelvo loco pajeándome pensando en tu coño.
—Lo sé. Fui un desastre.
Le pedí disculpas por la hora y le dije que venía agotada, que había sido una semana larga y que solo quería buscar algo para comer y seguir camino. Él me escuchó sin interrumpirme, me apretó un poco más contra él y después me dijo que quería ocuparse de mí por una vez, que lo dejara devolver algo de todo lo que yo le había dado en estos años.
No lo pensé demasiado. El cansancio a veces baja las defensas de una manera que no es del todo indeseable.
Me llevó al cuarto trasero que usaba como dormitorio cuando se quedaba hasta tarde ordenando el stock. Me hizo sentar en el borde de la cama y se arrodilló frente a mí para quitarme los zapatos. Después subió por las pantorrillas con una calma que me sorprendió desde el principio: no había urgencia, no había torpeza. Solo sus manos moviéndose despacio sobre mi piel como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Hoy te dejo a vos —repitió, casi para sí mismo—. Hoy te chupo hasta que me pidas por favor que pare.
Me sacó la blusa, me desabrochó el corpiño y me lo dejó caer sobre la falda. Se quedó mirándome las tetas como si fuera la primera vez, y después bajó la boca y me chupó un pezón entero, tirando de él con los dientes hasta que se me escapó un jadeo. Me hizo lo mismo con el otro, más despacio, mordiéndome apenas mientras me pellizcaba el que le quedaba libre entre el pulgar y el índice. Yo ya sentía el coño empapado antes de que me tocara siquiera la falda.
—Sacame todo —le dije—. No aguanto más.
Me bajó la falda y la bombacha de un tirón y me quedé desnuda frente a él, con las piernas todavía juntas. Me las abrió con las dos manos, sin apuro, y se quedó mirándome el sexo con la boca entreabierta.
—Estás chorreando —murmuró—. Mirá cómo brillás.
Me recosté cuando me lo pidió. Él fue subiendo desde los pies, centímetro a centímetro, con la boca: los tobillos, las rodillas, la cara interna de los muslos. Para cuando llegó adonde yo ya necesitaba que llegara, estaba completamente relajada y completamente despierta al mismo tiempo. Esa contradicción que solo aparece cuando alguien sabe exactamente lo que hace.
Me abrió los labios del coño con los pulgares y me pasó la lengua entera, de abajo hacia arriba, terminando con un círculo lento sobre el clítoris. Se me arqueó la espalda. Lo hizo de nuevo, y otra vez, hasta que perdí la noción del ritmo. Después clavó la lengua adentro, cogiéndome con ella como si fuera una polla chica, entrando y saliendo, y me chupó todo el jugo con avidez. Cuando volvió al clítoris ya lo tenía hinchado, y ahí no aflojó: lo lamió, lo succionó, se lo metió entero en la boca y se lo trabajó con la punta de la lengua sin parar, mientras me metía dos dedos hasta el fondo y me los curvaba buscando el punto justo por dentro.
Lo que parecía que iba a terminar rápido tardó bastante más, y eso lo hizo mejor. Le agarré la cabeza con las dos manos y le monté la cara sin vergüenza, moviendo la pelvis contra su boca. Cuando llegué al orgasmo fue largo y limpio, con esa clase de descarga que te deja sin palabras por unos segundos. Me sacudí entera contra su boca y él no me soltó, siguió chupándome mientras yo me venía, tragando todo lo que le salía del coño.
—Puta madre —jadeé—. Puta madre, Alfredo.
Se levantó, se desabrochó el pantalón y lo dejó caer. Tenía la verga durísima, gruesa, con la punta brillante de tanto pre-semen. Me trepé al borde de la cama y se la agarré con la mano, apretándosela desde la base hasta la punta un par de veces antes de abrir la boca y metérmela hasta la mitad. Le pasé la lengua por abajo, por el frenillo, y él soltó un gruñido ronco.
—Así no —dijo, retirándose—. Así me vengo enseguida y todavía te quiero coger.
Me acostó de espaldas, me abrió las piernas y se acomodó entre ellas. Me puso la cabeza de la polla en la entrada del coño y me la restregó un rato ahí, mojándose, sin metérmela todavía. Yo levanté la pelvis buscándolo y él se rio.
—Pedila.
—Metémela, la puta madre.
Empujó de una sola vez y se me hundió hasta el fondo. Cerré los ojos y solté un gemido largo. Empezó despacio, con embestidas profundas, sacándomela casi entera antes de volver a empujar. Después subió hasta mis pechos, los tomó con las dos manos y los juntó para lamerlos mientras me cogía cada vez más fuerte. Era de esos hombres que no separan las cosas: todo iba junto, todo tenía continuidad. Las tetas, la boca, la polla, todo trabajando al mismo tiempo, sin pausa.
Me giró de costado, me levantó una pierna sobre su hombro y volvió a entrar en ese ángulo que llega distinto. La cama crujía. Yo le clavaba las uñas en el brazo. Me vine una segunda vez con él adentro, apretándole la verga con los espasmos, y él tuvo que frenarse para no acabar ahí mismo.
—Avisame cuando estés cerca —le pedí, con la voz rota.
Me puso en cuatro y me agarró de las caderas. Desde atrás me cogió más rápido, más brusco, y el ruido de sus pelvis contra mi culo llenó todo el cuarto. Me tiró del pelo, no fuerte, lo suficiente para hacerme arquear la espalda. Se inclinó sobre mí y me mordió el hombro.
—Ya —dijo unos minutos después.
Me deslicé hacia abajo, me arrodillé frente a él y lo tomé con la boca justo a tiempo. La primera oleada me golpeó el paladar. Él se agarró la verga con la mano y se la sacudió sobre mi lengua mientras yo lo miraba desde abajo, con la boca abierta, dejando que me llenara. Me lo tragué todo, hasta la última gota, y después le pasé la lengua por la punta para limpiarlo. Era lo menos que podía hacer después de dos meses de ausencia.
El calor del cuarto trasero y el cansancio acumulado me vencieron. Nos quedamos dormidos sin proponérnoslo. Me desperté cuando ya entraba luz por la rendija de la persiana, con el brazo de Alfredo pesándome sobre el pecho. Me fui en puntas de pie, dejándolo roncar.
***
El viernes en la oficina pasó lento, como pasan siempre los últimos días antes de las vacaciones. La gente está presente de cuerpo pero ya no está realmente ahí. A las seis en punto Marcos reunió al grupo en el hall de entrada y salimos los cinco juntos hacia su departamento, que quedaba a pocas cuadras. Él llevaba una bolsa con cervezas. Yo iba con lo puesto: falda de lino, sandalias y el pelo recogido de cualquier manera.
El departamento era amplio y tenía una terraza con piscina pequeña pero suficiente para lo que teníamos en mente. Cuando subimos ya estaba oscureciendo. Alguien puso música, alguien abrió las cervezas, y en menos de diez minutos los cinco estábamos en el agua.
Sin ropa. Eso tampoco requirió mucha negociación.
El agua estaba tibia y la cerveza fría, y yo me ubiqué en el centro sin pensarlo demasiado. Fue Tomás el primero en acercarse, con las manos en mi cintura y la boca cerca de mi oído. Me pasó una mano por el vientre, bajó hasta el pubis y me metió dos dedos en el coño ahí mismo, en el agua, mientras me mordía el lóbulo de la oreja.
—Estás abierta ya —me susurró—. Qué bueno.
Después llegó Marcos por el otro lado. Me agarró una teta con cada mano y me las apretó desde atrás, pellizcándome los pezones hasta que se me pusieron duros bajo el agua. Sentí su polla clavándoseme contra la baja espalda, dura, buscando lugar.
Luciano se sumergió un momento y sentí su lengua entre mis piernas bajo el agua, fría y precisa. Me chupó el clítoris con la boca cerrada, aguantando la respiración, y cuando salió a tomar aire volvió a hundirse. Levanté la vista y Darío estaba frente a mí, mirándome con esa calma suya que en la oficina me resultaba desconcertante y en ese contexto era otra cosa completamente distinta. Tenía la verga fuera del agua, gruesa y con las venas marcadas, apoyada contra el borde de la piscina.
Doblé la espalda hacia atrás y lo tomé con la boca. Se me hundió hasta la garganta y él me agarró la nuca sin apretar, guiándome el ritmo. Le chupé la punta, me la metí entera, se la trabajé con la lengua por debajo. Detrás, Tomás me había reemplazado los dedos con la polla y me estaba cogiendo despacio, con el agua ondulando alrededor de nosotros. Marcos me seguía apretando las tetas y me pellizcaba los pezones cada vez que Darío me empujaba la cabeza contra su verga.
Estuvimos así un buen rato, cambiando posiciones sin que nadie tuviera que decir nada, con el ruido del agua y la música de fondo mezclándose con todo lo demás. Me vine ahí, colgada del borde de la piscina, con Luciano lamiéndome el clítoris desde abajo y Darío en la boca. La noche era cálida y ninguno tenía prisa por salir del agua. Darío tenía algo que me había llamado la atención desde hacía tiempo en el trabajo: era callado, pero cuando decidía actuar lo hacía en serio, sin medias tintas. En el agua lo confirmé. Cada movimiento era deliberado, sin titubeos. Me gustó eso.
Salimos cuando los dedos empezaron a arrugarse. Marcos trajo unas toallas y nos tendimos en el sofá grande de la terraza, uno de esos que son casi una cama.
Me acomodé en el centro. Luciano se recostó debajo de mí y le agarré la polla con la mano, me la apoyé en la entrada del coño y me dejé caer despacio, sintiéndolo entrar centímetro a centímetro hasta que se me hundió hasta la base. Solté un gemido largo. Empecé a moverme sobre él, moliéndomela con las caderas. Darío se ubicó detrás y sentí sus manos abrirme las nalgas. Me escupió en el culo y me esparció la saliva con el pulgar, metiéndomelo hasta el nudillo primero para prepararme.
—Despacio —le pedí—. No es la parte que más uso.
Me apoyé hacia adelante sobre el pecho de Luciano, ofreciéndole el ángulo, y lo sentí avanzar con cuidado, la punta primero, dándome tiempo para adaptarme antes de seguir. Fue entrando de a poco, pausando cada vez que yo apretaba, hasta que en algún momento sentí sus caderas contra el culo. Me quedé quieta unos segundos, respirando, con las dos vergas adentro al mismo tiempo.
Cuando los dos encontraron el ritmo, el mundo se redujo a esas dos presencias simultáneas, a esa sensación de plenitud doble que no se parece a ninguna otra cosa. Sentía la de Luciano en el coño y la de Darío en el culo, separadas apenas por una pared de carne, rozándose una a la otra a través de mí. Cerré los ojos. Tomás estaba de pie frente a mí y lo tomé con la mano, después con la boca. Me la metió hasta el fondo y me la sacaba lento, dejando que le lamiera toda la vara antes de volver a empujar. Marcos esperaba al costado, mirando, cascándosela despacio.
—No te quedo sin atención —le dije entre respiro y respiro, y se rio. Le extendí la mano y él se me acercó lo suficiente para que se la agarrara. Se la trabajé con el puño mientras Tomás me cogía la boca y los otros dos me cogían por abajo.
La noche siguió así durante horas, con cambios que nadie tenía que coordinar porque se daban solos, con esa lógica fluida que aparece entre personas que se conocen y saben leer las señales. Marcos me llenó la boca de semen en algún momento y me lo tragué sin dejar de moverme sobre las otras dos vergas. Después Tomás me acabó en las tetas, chorros gruesos que me cayeron entre los pezones y bajaron por el vientre. Me vine varias veces. Perdí la cuenta en algún momento después del tercer orgasmo, que llegó cuando Darío estaba detrás de mí y Marcos me mordía el cuello con más fuerza de la necesaria. Luciano se me vino adentro casi al mismo tiempo, apretándome las caderas con las dos manos, y yo sentí las palpitaciones de su verga descargando dentro del coño mientras Darío seguía cogiéndome el culo por atrás. Cuando Darío acabó fue afuera, sobre mi espalda, con un gruñido largo mientras me apretaba las nalgas con las dos manos.
No me quejé.
Cuando todo terminó nadie habló demasiado. Abrimos más cervezas, alguien encontró una playlist distinta, y nos quedamos tirados en la terraza mirando el cielo sin estrellas de la ciudad. Eran pasadas las tres de la madrugada. La música sonaba baja y el aire todavía era tibio. Luciano se quedó dormido primero. Después Tomás. Marcos y Darío hablaron un rato entre ellos sobre algo que ya no seguí.
Me fui poco antes del amanecer, con el pelo todavía húmedo y las piernas flojas. En el ascensor me miré en el espejo y me reí sola.
Vacaciones iniciadas. Todo lo que venía después era bonus.