El trío que empezó con un vibrador en la pista
El bar El Gavilán olía a salitre y ron barato. Las luces rojizas parpadeaban al ritmo de la salsa que retumbaba en los parlantes, y la pista de baile hervía con cuerpos que se rozaban sin disculparse. Clara, de pie junto a la barra con un vestido rojo que le llegaba a mitad del muslo, esperaba a que la música empezara a pisarle los pies. Llevaba puesto el juguete desde que salieron del departamento: un huevo de silicona suave, conectado por Bluetooth al celular de Andrés, que en ese momento la miraba desde una mesa del rincón con una copa en la mano y esa sonrisa tranquila que no engañaba a nadie.
La señal llegó antes de que pudiera pedir su primer trago. Una vibración corta, baja, casi discreta. Bastó para que Clara apretara los dientes y cruzara los tobillos.
—¿Estás bien? —preguntó el hombre a su lado, un tipo moreno con camisa abierta hasta el tercer botón.
—Perfectamente —respondió ella, y lo miró de frente.
Era alto, de hombros anchos, con la clase de mandíbula que Clara tardaba más de lo recomendable en dejar de mirar. Exactamente el tipo que Andrés sabía que ella notaría.
—¿Bailamos? —preguntó él.
—Por supuesto.
***
Andrés los observó alejarse hacia la pista. El moreno bailaba bien, con cadencia, una mano en la cintura de Clara, los cuerpos cada vez más cerca. Andrés desbloqueó el celular y subió la intensidad un nivel. Desde donde estaba, vio cómo ella se arqueaba levemente contra el pecho del hombre, ocultando el estremecimiento en un giro de cadera que podría haber parecido parte del baile. Podría.
Bebió un sorbo y siguió mirando.
El moreno le dijo algo al oído. Clara se rio, y Andrés conocía esa risa: la que aparecía cuando la situación la ponía nerviosa de la manera correcta. Empujó el nivel al máximo por tres segundos y la vio tropezar medio paso. El hombre la sostuvo por la cintura, sus manos bajando apenas más de lo que la situación pedía.
Andrés apagó el vibrador.
Dejó que Clara recuperara el aliento.
El segundo baile lo hizo con otro hombre, este rubio, más joven, que la hacía girar con destreza. Andrés activó el vibrador en pulsaciones cortas e irregulares, sin ritmo fijo. Era el ajuste que más la desestabilizaba porque no había manera de anticiparlo. La vio morderse el labio inferior y cambiar el peso de un pie al otro entre figuras. El rubio sonrió, creyendo que era por él.
Cuando terminó la canción, Andrés apagó el juguete del todo.
Clara se acercó a la barra, pidió agua y bebió la mitad del vaso de un golpe.
***
Fue después del tercer baile cuando apareció Diego.
Andrés lo notó antes que Clara: estaba apoyado en la columna junto al pasillo de los baños, con los brazos cruzados y los ojos claros del color del whisky añejo. Rondaba los treinta y cinco. No miraba la pista en general, miraba a Clara específicamente, con esa atención tranquila de quien ya tomó una decisión y solo está esperando el momento.
Clara lo encontró cuando fue al baño. Salió y él seguía ahí.
—Llevas un rato mirándome —dijo ella.
—Sí —confirmó él.
—¿Por qué?
Diego tardó un momento. —Porque tu marido también lleva un rato mirándote a ti y a mí al mismo tiempo, y creo que eso significa algo.
Clara no respondió de inmediato. Giró la cabeza hacia la mesa de Andrés.
Andrés le devolvió una sola mirada, y fue suficiente.
***
Hablaron en el pasillo, lejos de la música. Andrés fue directo: explicó el acuerdo, lo que esperaba esa noche, lo que Clara quería. Diego lo escuchó sin interrumpir, con la calma de quien ya ha navegado conversaciones poco convencionales y sabe cuándo decir que sí.
—¿Y ella lo quiere? —preguntó Diego.
—Fue su idea —dijo Andrés.
—¿Lo fue?
—Lleva meses pidiéndomelo.
Diego asintió despacio. —De acuerdo. Pero esto lo hacemos a mi ritmo.
Andrés extendió la mano. Diego la estrechó.
***
El trayecto en auto duró veinte minutos. Clara iba en el asiento del copiloto, con el vibrador activo en intensidad baja, los dedos entrelazados sobre el regazo, los labios apretados en esa expresión que Andrés reconocía bien: a mitad de camino entre la concentración y la rendición.
Diego iba atrás, en silencio. Miraba la ciudad pasar por la ventanilla, pero de vez en cuando sus ojos encontraban los de Clara en el espejo retrovisor. Ella desviaba la vista primero. Siempre.
Cuando bajaron del auto, ella temblaba.
—¿Frío? —preguntó Diego.
—No —dijo ella.
***
El departamento de Clara y Andrés era amplio, con pocas luces encendidas y el silencio de la madrugada instalado en cada rincón. Andrés apagó el vibrador en cuanto cruzaron la puerta. La noche ya no lo necesitaba.
Se sentó en el sillón de cuero junto a la ventana, cruzó los tobillos sobre el reposapiés y esperó.
Diego se acercó a Clara en el centro del salón. No la tocó de inmediato. La rodeó despacio, como si estuviera recordando los detalles de algo que ya había imaginado desde que la vio en la pista.
—El vestido —dijo, con voz baja.
Clara lo miró. —¿Qué pasa con él?
—Dámelo.
Ella alzó los brazos y él lo deslizó hacia arriba con movimientos lentos, sin apuro, dejando que cada centímetro de piel expuesta recibiera el aire frío del salón. Lo dobló. Lo dejó sobre el sofá. Después la observó un momento largo, en ropa interior, con la respiración algo acelerada.
—Eres exactamente lo que imaginé —dijo.
Andrés, desde su sillón, bebió un sorbo y no dijo nada.
***
Diego la llevó al dormitorio con una mano en la parte baja de su espalda, sin prisa. La sentó al borde de la cama y se arrodilló frente a ella, deslizando las palmas por sus piernas desde el tobillo hasta el muslo. Cuando llegó a las bragas, no las bajó todavía. Presionó la mano sobre la tela húmeda y la miró.
—¿Cuánto tiempo llevas así?
—Desde que salimos —admitió ella.
—¿Y él lo sabía?
—Él lo causó.
Diego volvió la cabeza hacia Andrés, que había seguido hasta el umbral, copa en mano. —¿Cuánto calentamiento más necesita?
—Ninguno —dijo Andrés.
Diego le bajó las bragas con calma, las dejó caer al suelo y separó sus rodillas. Retiró el juguete con cuidado. El sonido que escapó de Clara al sentir el vacío fue más honesto que cualquier cosa que hubiera dicho en toda la noche.
—Bien —dijo Diego, y empezó con la lengua.
***
Clara se dejó caer hacia atrás sobre la cama con los antebrazos sobre los ojos. Diego trabajaba despacio, aprendiendo antes de acelerar, haciendo pequeñas variaciones para ver qué producía qué respuesta. No tenía apuro. Era lo que más la desconcertaba: la paciencia de un hombre que sabe que tiene tiempo.
Andrés entró al dormitorio, dejó la copa sobre la mesita de noche y se sentó en la silla del rincón. Clara lo buscó con los ojos cuando lo escuchó moverse.
—Mírame —dijo ella.
—Te estoy mirando —respondió él.
—No dejes de mirarme.
—No voy a dejar de mirarte.
Diego levantó la cabeza un momento. —¿Seguimos o necesitan un minuto?
Clara lo agarró del cabello. —Sigue.
***
Pasaron al centro de la cama cuando ella se lo pidió. Diego se quitó la ropa con la misma eficiencia tranquila con que había hecho todo esa noche. Clara lo recorrió con los ojos sin esconder lo que pensaba. Andrés también miraba, sin moverse de la silla, los codos sobre las rodillas.
—¿Así? —preguntó Diego, posicionándose sobre ella.
—Así —confirmó ella.
Entró despacio, manteniéndole la mirada. Clara hundió los dedos en las sábanas y contuvo el aliento hasta que no pudo más y lo soltó todo de golpe, con un sonido áspero que llenó el cuarto. Diego se detuvo.
—¿Bien?
—Muévete —dijo ella.
El ritmo que encontraron fue profundo y regular al principio. Diego la anclaba por las caderas, tirando hacia él en cada golpe. Clara giraba las suyas para recibirlo desde otro ángulo, buscando el punto que ya sabía que estaba ahí. Sus piernas se cerraron alrededor de él, cambiando el ángulo, y Diego gruñó algo entre dientes.
—¿Lo ves? —le preguntó Clara a Andrés entre respiraciones.
—Lo veo todo —dijo él desde la silla.
—¿Te gusta?
—Mucho.
***
Clara lo empujó para que se acostara y se montó encima, las palmas sobre su pecho, las rodillas a los lados de sus caderas. Se movió despacio al principio, encontrando el ángulo, y luego más rápido cuando lo encontró. Diego la dejaba hacer, con las manos en sus muslos, los pulgares dibujando círculos lentos.
Andrés se levantó de la silla. Se acercó hasta el borde de la cama y se sentó allí, rozando el cabello de Clara con una mano mientras ella se movía.
—¿Quieres que me acerque más? —preguntó.
—Tócame —dijo ella.
Él deslizó la mano entre los dos cuerpos. Clara dejó caer la cabeza hacia atrás y el sonido que salió de su garganta no tuvo ninguna pretensión de ser contenido.
Diego la miraba desde abajo con los ojos entrecerrados. —¿Siempre lo hacen así?
—Solo cuando traemos a alguien —dijo Andrés.
***
La cambiaron de posición cuando Diego levantó un dedo. Clara lo entendió sin que nadie explicara nada. Se puso a cuatro patas, él se colocó detrás. El primer golpe fue más fuerte que todos los anteriores y ella apretó los puños contra la sábana.
—¿Así? —preguntó Diego.
—Más —dijo ella.
Andrés se arrodilló frente a ella en la cama. La tomó de la barbilla con suavidad y la besó, largo y sin prisa, mientras Diego encontraba un ritmo que sacudía la cama entera. Cuando Andrés se separó, Clara jadeaba con la boca abierta.
Lo que siguió fue un largo, cálido desorden de cuerpos y voces cortas. Andrés frente a ella. Diego detrás, con ese ritmo sostenido que no parecía agotarse. El cuarto olía a sudor y a piel caliente y a perfume mezclado con algo más animal. Las palabras que salían eran directas, sin adorno, el vocabulario reducido a lo esencial.
Clara se corrió antes de que cualquiera de los dos llegara al límite. Fue una ola que llevaba formándose desde el bar, desde la primera vibración baja junto a la barra, y cuando llegó la recorrió de los muslos a los hombros con una sacudida que no pudo disimular aunque hubiera querido. Apretó los dientes y dejó pasar el primero.
El segundo llegó más tarde, más construido, con Andrés mirándola de cerca y Diego sin aflojar el ritmo. Esta vez no intentó disimular nada.
—Ya —dijo ella cuando terminó, con la voz ronca.
—¿Paramos? —preguntó Diego.
—No. Tú todavía no.
***
Diego acabó con un gemido bajo, los dedos apretando fuerte sus caderas. Andrés lo hizo en silencio, la frente apoyada sobre el hombro de ella.
Después, los tres se quedaron quietos durante un rato que nadie midió.
Diego fue el primero en moverse. Se incorporó, recogió su ropa del suelo, fue al baño. Cuando volvió, Clara y Andrés estaban tumbados sobre las sábanas, él con un brazo sobre los ojos, ella mirando el techo con una expresión que Andrés no había visto en mucho tiempo.
—¿Necesitan algo? —preguntó Diego desde el umbral.
—No —dijo Andrés—. Gracias.
Diego asintió. Acabó de vestirse en el pasillo. La puerta del departamento se cerró con un clic suave varios minutos después.
Clara se giró hacia Andrés.
—¿Bien? —preguntó ella.
—Mejor que bien —dijo él.
Ella sonrió hacia el techo. —El vibrador fue la parte más aburrida de la noche.
—Mentira.
—Casi.
Andrés apagó la luz. Afuera, la ciudad seguía con su propio ruido, ajena a todo.