La noche que llevé a mi compañera de piso a la rave
Era finales de octubre de 2018, y el aire de Oporto traía ya ese frescor húmedo que se te clava en los huesos pasada la medianoche. Hacía un mes desde aquella primera noche con Tiago en una discoteca subterránea de la Ribeira, y aunque me esforzaba por mantener la cabeza puesta en los apuntes y en la rutina del piso compartido, mis pensamientos volvían sin permiso a esa boca, a esas manos, a la forma en que me había dejado destrozada y completa. Yo ya no era la chica que había llegado de Madrid con una maleta llena de buenas intenciones. Ahora quería más. Quería volver a sentirme desbordada.
Mi compañera de piso se llamaba Carla. Gallega, de un pueblo cerca de Pontevedra. Veintidós años, piel morena clara, pelo negro liso hasta media espalda, ojos oscuros enormes que siempre parecían a punto de hacer una pregunta. Era delgada, casi frágil: cintura estrecha, piernas largas pero finas, pecho pequeño y firme. Vestía siempre ropa holgada, oscura, como si quisiera que el mundo no se fijara mucho. Hablaba poco. Observaba todo. Cuando reía lo hacía bajito, casi pidiendo permiso, pero cuando se soltaba —y a veces se soltaba— se le encendía algo en la mirada que yo nunca había visto en otras personas. Acababa de romper con un novio del instituto y desde entonces estaba en una especie de pausa: revisaba Tinder, miraba a los chicos en el metro, pero nunca daba el primer paso. Hasta que le conté lo de Tiago.
Aquella noche, sentadas en el balcón con dos botellas de Super Bock entre las piernas, le solté la confesión entera. Cómo me había follado contra el lavabo del baño de la discoteca, cómo me había hecho temblar contra el espejo, cómo había sentido cada chorro caliente dentro de mí. Carla me escuchaba sin pestañear, mordiéndose el labio inferior, las mejillas encendidas. Cuando terminé, dijo en voz muy baja:
—Joder… yo nunca he sentido nada así. Me da envidia.
La miré fijo.
—Pues vente conmigo esta noche. Hay una rave en una nave en Foz. Techno oscuro, gente rara, hasta que amanezca. Si aparece Tiago, te lo presento. Y si no, ya nos buscaremos la vida las dos.
Tardó un rato en contestar. Miraba el Duero al fondo, la luz naranja de las farolas reflejándose en el agua.
—Vale —dijo al fin—. Pero no me dejes sola mucho rato, ¿eh?
Nos arreglamos en el piso a medianoche. Yo no me andaba con rodeos: body negro de encaje transparente que dejaba ver los pezones y el aro del ombligo, minifalda vaquera deshilachada que apenas me cubría, botas altas hasta la rodilla y los ojos pintados con eyeliner corrido a propósito. Carla dudó frente al armario un buen rato. Al final eligió un vestido negro ajustado pero discreto, manga larga y cuello alto, que le caía hasta medio muslo. La gracia estaba en la espalda: descubierta casi por completo, dejando ver esa piel morena perfecta. Tacones bajos, pelo suelto, brillo en los labios. Parecía la versión silenciosa de una chica dispuesta a comerse la noche sin avisar a nadie.
***
Llegamos a la nave hacia las tres menos diez. La cola era corta pero intensa: máscaras, vinilo, piercings, olor a tabaco de liar y sudor. Cruzamos la puerta y el bajo nos golpeó en el pecho. Techno industrial, kicks que te masajeaban el estómago. Nos metimos en la pista. Yo bailaba sin reparos, con los brazos en alto y las caderas marcando cada compás. Carla al principio se quedó un paso por detrás, moviéndose poco, mirándolo todo con los ojos abiertos. Pero la música tiene su forma de soltarte. Poco a poco se fue acercando, se fue dejando llevar, hasta que terminamos bailando pegadas, su cuerpo delgado contra el mío, riéndonos bajito.
No tardó en aparecer Rafael. Portugués, pelo largo recogido en un moño, tatuajes trepándole por el cuello, no más de veintiséis años. Bailaba a mi lado sin invadirme, dejando que fuera yo la que cortara la distancia. Se la corté. Carla se apartó un par de pasos, sin irse del todo, mordiéndose el labio.
Rafael me cogió por la cintura con la mano caliente.
—Olá, morena. Danças muito bem.
—Tú tampoco lo haces mal —le contesté pegándome más—. ¿Quieres bailar otra cosa?
Sonrió mirándome la boca.
—Quero tudo.
Le susurré a Carla al oído:
—Voy un rato con él. Quédate cerca, ¿vale? Si me necesitas, me silbas.
Ella asintió, nerviosa, con esa mezcla de miedo y de querer ver. Rafael me arrastró detrás de unas cortinas de plástico hacia una zona de sofás viejos. Me sentó en uno, me levantó la falda y me bajó las bragas despacio, como si estuviera abriendo un regalo que llevaba esperando desde hacía rato.
—Estás molhada… —murmuró metiendo un dedo—. Caralho, molhada.
Me comió con hambre. Lengua plana sobre el clítoris, dos dedos curvados moviéndose dentro. Me corrí rápido, agarrándole la cabeza, gimiendo contra mi propio brazo para no gritar. Luego se levantó y se desabrochó el pantalón. Polla gruesa, oscura, brillante. Se la metí en la boca y dejé que me follara la garganta despacio al principio, después con menos paciencia.
—Engole, miúda. Boa menina.
Me puso a cuatro patas en el sofá. Entró de una sola embestida. Dolía bonito. Me folló duro, sujetándome las caderas, marcándolas con los dedos.
—Gostas? Diz-me.
—Sim… fode-me mais —jadeé.
Se corrió dentro con un gruñido seco. Salí de detrás de las cortinas con las piernas flojas y semen bajándome por la cara interna del muslo. Carla me esperaba cerca de la barra, con una cerveza en la mano y cara de no saber qué hacer con su cuerpo.
—¿Bien? —preguntó bajito.
—Rápido y completo —contesté riéndome—. ¿Y tú?
—He estado mirando hacia esa cortina —admitió, roja hasta las orejas—. Me ha puesto mala verte salir así.
***
Hacia las cinco y media, cuando la fiesta ya olía a amanecer pero seguía latiendo, lo vi. Tiago. En el centro de la pista, bailando con esa soltura de animal acostumbrado a no pedir permiso. Camiseta negra sin mangas, brazos tatuados brillando de sudor, piel oscura reflejando los flashes blancos de las luces. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrió de medio lado, esa sonrisa que ya me había costado tres semanas de insomnio.
Se acercó sin prisa.
—Olá, miúda. Voltaste —dijo grave, voz ronca por el humo.
—No podía olvidarte —contesté acercándome—. Y traigo compañía.
Se giró hacia Carla. La miró de arriba abajo, despacio, sin esconder el gesto.
—E tu és…?
—Carla —dijo ella muy bajito, sin apartar los ojos—. La amiga.
Tiago sonrió más amplio.
—Prazer, Carla. Gostas de dançar?
Ella tragó saliva.
—Un poco… sí.
La cogió de la mano con una suavidad que no encajaba con el resto de su figura, y a mí de la otra.
—Vem comigo. As duas.
Nos llevó a un rincón oscuro junto a unas columnas. La pared era fría. El humo, denso. El bajo seguía retumbándonos en el esternón.
Primero me besó a mí, profundo, lengua recorriéndome la boca como si me reclamara. Después se giró hacia Carla, le levantó la barbilla con dos dedos.
—Posso? —preguntó muy bajo.
Ella asintió, temblando un poco. La besó despacio, exploratorio, dándole tiempo. Carla gimió contra su boca, un gemido pequeño que ella misma no se esperaba.
Tiago me miró.
—Tira o vestido dela. Quero ver.
Carla dejó que yo le bajara la cremallera. Quedó en tanga negro y sujetador a juego, piel morena temblando bajo la luz roja de un foco lejano, pecho subiendo y bajando. Tiago se bajó la cremallera y sacó esa polla que yo recordaba en sueños: larga, gruesa, ligeramente curvada, venosa, cabeza oscura e hinchada.
Carla abrió mucho los ojos.
—Dios… —susurró—. ¿Eso entra?
—Vai entrar —dijo Tiago riéndose bajito—. Vem cá.
Me arrodillé yo primero. La lamí despacio, saboreando la sal del precum. Carla se arrodilló a mi lado, dudando los primeros segundos. Después lamimos juntas: lenguas rozándose alrededor de la polla, besándonos por encima del glande, mirándonos a los ojos. Tiago gruñó.
—Foda-se… as duas… assim…
Después me empujó contra la pared, me levantó una pierna y me penetró despacio. Gemí más alto de lo que pretendía.
—Joder… otra vez… me partes…
—Calma… aguentas tudo —susurró, empezando a embestir profundo.
Carla se acercó por detrás, me besó el cuello, me pellizcó los pezones por encima del encaje. Después se arrodilló y lamió donde se unían nuestros cuerpos: mi clítoris, las bolas de él.
—Sabe a los dos —murmuró ronca.
Tiago me folló más fuerte. Me corrí temblando, sintiendo cómo me bajaba el orgasmo por las piernas hasta los pies.
***
Le tocó a ella. Tiago la puso a cuatro patas contra una columna. Se frotó primero, cubriéndose con mis flujos. Empujó despacio, centímetro a centímetro, dándole tiempo a respirar.
Carla jadeó.
—Es… demasiado… despacio…
—Respira, miúda. Vais gostar —contestó él, sin acelerar.
Cuando estuvo del todo dentro, ella soltó un gemido largo, de los que no se ensayan.
—Joder… me llena… me llena entera…
Tiago empezó a moverse con un ritmo lento que iba subiendo. Yo me coloqué delante de él y le metí la lengua en la boca mientras la follaba a ella. Después me senté en el suelo de espaldas a la columna, abrí las piernas. Carla me comió el coño mientras Tiago la embestía por detrás. Nunca había visto a mi compañera de piso tan suelta.
—Diz que és minha. As duas —gruñó Tiago.
—Sou tua… —jadeó Carla—. Fode-me… mais…
Se corrió apretándolo, temblando, los gemidos ahogados contra mi sexo. Tiago aceleró las últimas embestidas y se vació dentro de ella con un rugido apagado.
Volvimos conmigo para cerrar. Me levantó, le rodeé la cintura con las piernas y me folló contra la pared mientras Carla, todavía arrodillada, lamía desde abajo lo que iba quedando en sus muslos y en los míos. Me corrí gritando por última vez. Él se corrió otra vez dentro, chorros calientes rebosando.
Salimos al amanecer los tres muy juntos, oliendo a sexo y a sudor seco. Caminamos por el muelle del Duero hasta que el cielo se puso de un naranja inverosímil. Carla me cogió la mano. La voz le salió muy baja.
—Gracias por traerme.
Tiago nos miró a las dos.
—Próxima vez na minha casa. Cama grande. Sem pressa.
Yo sonreí, con el cuerpo dolorido y lleno.
—Hecho.