El vapor del mercado me reventó el culo esa tarde
Bajé las escaleras del vapor con las ganas al cien y el culo ya palpitando. No esperaba que tres desconocidos me fueran a partir en dos esa misma tarde.
Bajé las escaleras del vapor con las ganas al cien y el culo ya palpitando. No esperaba que tres desconocidos me fueran a partir en dos esa misma tarde.
Fui a trabajar de camarera unas horas en una casa con piscina, pero la forma en que me miraban desde que llegué dejó claro que nadie quería solo una copa.
Los dos mensajes de WhatsApp bastaron para que se me erizara la piel. Ven al servicio limpio, decía. Y no me refiero a la ducha.
Tengo la boca seca, la cabeza a punto de estallar y no reconozco esta cama. A mi lado duermen cuerpos desnudos que anoche conocí demasiado bien.
Dejé el móvil en la entrada, monté mis platos y, cuando se hizo de noche, entendí por qué: medio jardín follaba sin pudor y la anfitriona venía directa hacia mí.
Cuando el pueblo entero dormía la siesta, Camila se paró en medio de la calle vacía, se mordió el labio y nos preguntó cuál de los cinco se animaba primero.
Nunca me habían dado un masaje solo en los pechos, y mucho menos con mis cuatro amigas mirando desde el borde de la piscina, esperando su turno.
Salimos a tomar el sol sin marcas y sin nadie alrededor. Lo que no imaginábamos era a cuántos íbamos a tener encima antes de volver al agua.
Tumbadas al sol después de lo que acababa de pasar, oíamos cómo se reían de él por no haberse atrevido. Y eso fue justo lo que nos hizo levantarnos.
Bianca puso tres tangas en el centro de la mesa y anunció que el premio del juego lo cobraríamos con el postre. Ninguno imaginaba dónde pensaba servírnoslo.
Cuando bajé desnuda por un café a medianoche, no esperaba encontrarla en la cocina, en camisón, con una confesión que lo cambiaría todo entre nosotras.
Bajé del baño y me la encontré de rodillas frente a él. En vez de frenarlo, me senté en la butaca de enfrente y decidí mirar hasta el final.
Cuando salió al garaje vestida así, supe que perdería la apuesta. Lo que no imaginé fue hasta dónde llegaría aquel verano con ella y con su madre.
Eran casi las once cuando entró por la puerta con esa sonrisa que yo conocía demasiado bien, la misma que ponía cada vez que algo prohibido acababa de pasarle entre las piernas.
Mi mujer cabalgaba sobre mí pensando en el vecino mientras él, al otro lado del tabique, hacía lo mismo con la suya. Era cuestión de tiempo que dejáramos de imaginarlo.
Estaba desnuda sobre el regazo de su novio, todavía agitada, cuando lo dijo con una media sonrisa: «Ya que nos hemos puesto… podríamos seguir». Nadie se esperaba eso de ella.
Acepté la cena sabiendo cómo terminaría. Lo que él no sabía era que cada caricia en la penumbra formaba parte de un plan que tracé antes de desnudarme.
Habíamos hablado durante semanas por mensajes, pero nada me preparó para tenerlos a los dos frente al mar, con todas las reglas listas para romperse.
Tenía el bolígrafo en la mano y la deuda de toda una vida sobre la mesa. Lo único que me pedía a cambio era dejar el orgullo en la puerta.
La terraza del motel conectaba con la suya, y desde la penumbra una voz grave me llamó «bonito». Debí entrar a mi cuarto y cerrar. No lo hice.