La fiesta con sus amigos empezó antes del timbre
Iván y yo organizamos una reunión con sus amigos justo al inicio del descanso de verano. La idea era conocernos un poco mejor, porque solo sabíamos unos de los otros por terceros. Sobre el papel se trataba de una velada tranquila. En la práctica, los dos sabíamos exactamente lo que podía pasar y rentamos un apartamento bonito en una zona céntrica para no estar en nuestra casa.
Llegamos antes que nadie para preparar todo. En cuanto cerré la puerta tras nosotros empezó el coqueteo. Iván sabe que no puedo quedarme demasiado tiempo a solas con él sin que se me antoje hacerle algo, y yo sabía que él contaba con eso.
Mi outfit estaba calculado para dejar a sus amigos sin saliva. Una falda corta de vuelos negra que apenas cubría las nalgas, medias con costura en la parte trasera, blusa de encaje transparente con manga larga y, debajo, un sostén rojo intenso de copa traslúcida que dejaba ver los pezones a cualquiera que mirara con calma. La tanga era un hilo de animal print con una cinta en la cintura que decía «Victoria», marcando las caderas como una firma.
Me acerqué a él y nos besamos. Mientras la lengua de Iván buscaba la mía, mis manos bajaron y le encontré la verga ya dura. Le desabroché el pantalón y me arrodillé en la cocina con la naturalidad de quien sabe lo que hace. Cuando salió, me detuve un segundo para mirar la vena del dorso, esa vena que me obsesiona, y vi cómo el glande se hinchaba mojado de anticipación.
Me la metí en la boca como si fuera un caramelo del que llevaba meses con antojo. Le di vueltas con la lengua, lamí la punta, gemí mientras le ensalivaba todo. Después me la metí entera, lo más adentro que cupo, y los ojos se me llenaron de lágrimas. La saqué empapada en saliva y me embarré la cara con esa baba como una marca, como si quisiera salir a recibir a sus amigos oliendo a lo mismo que él.
—¿Quieres deslecharme antes o lo guardamos para luego? —me preguntó.
—Mmmja, ahora —contesté con la boca llena.
Sabía la respuesta antes de hacer la pregunta. Le encanta saber que ando por el mundo con su sabor en los labios, saludando gente. Sentí cómo se hinchaba aún más y soltó toda la leche caliente entre mis labios. Sonreí, dejé que se me escurriera un hilo blanco por la comisura, lo recogí con el dedo y se lo pasé por encima de la verga para limpiarla. Me retoqué el labial frente al espejo del recibidor. Tres minutos después sonó el timbre.
—¿Lista? —dijo él, mirándome de arriba abajo sin disimulo.
Asentí y abrí la puerta. Diego y Tomás entraron con una sonrisa nerviosa. Los saludé de beso en la mejilla, primero a uno y luego al otro, y me calenté sola al pensar que les estaba pasando el rastro de su amigo en la piel sin que lo supieran. Era mi sello de bienvenida.
Los abracé pegándoles los pechos y sentí cómo sus miradas recorrían cada centímetro: la falda, las medias, el encaje transparente, el rojo del sostén, los pezones que se asomaban como si la tela no existiera. Hablaban mirando a Iván pero los ojos les volvían a mí cada dos frases.
—¿Quieren cerveza? —pregunté apoyándome en el hombro de Diego para incorporarme con una calma exagerada.
Asintieron casi al mismo tiempo. Caminé hacia la cocina sabiendo que me seguían con la mirada, marcando el bamboleo de las caderas a propósito. Me agaché frente al refrigerador para sacarlas de la balda inferior. La falda subió lo justo para descubrir el inicio de las nalgas atrapadas en las medias, y me quedé así dos segundos de más. Cuando volví con las botellas, tenía la sensación de haberles dejado una postal grabada en la cabeza.
Acerqué una silla del comedor frente al sofá donde se habían acomodado. Diego, Iván y Tomás, los tres en fila como si esperaran turno. Crucé las piernas despacio, las dejé entreabiertas mientras hablábamos, me incliné hacia adelante para que vieran los pechos desde otro ángulo. Notaba cómo se les iba la mirada cada vez que cambiaba de postura. Yo también lo notaba en mi propio cuerpo: los pezones tan duros que ya rozaban incómodamente la copa.
—¿Quieren otra ronda? —pregunté, y antes de que respondieran me levanté.
Para llegar a la cocina tenía que pasar entre el sofá y la mesita de centro. El espacio era estrecho, así que mi culo rozó primero la cara de Diego y luego la de Tomás. Nada evidente. Solo lo suficiente para que el contacto pareciera intencional. No pedí disculpas. Volví con tres cervezas y, al destaparlas, la espuma se desbordó. Antes de entregarlas, lamí la espuma desde la base hasta la boquilla con un pequeño gemido que se me escapó solo. Le di un sorbito a cada una para asegurar que no se derramara más, metiendo la botella entre los labios como si fuera otra cosa. Se las entregué en la mano. Se quedaron congelados.
—Pongamos música —dijo Iván.
Sonó la canción que siempre bailamos. Iván me agarró por la cintura y me movió bruscamente, levantándome la falda con cada vuelta. Cuando terminó, en lugar de soltarme, me planté frente a sus amigos, me subí la falda hasta la cintura y me quedé así, mirándolos.
—Sé que se mueren de ganas —dije—. Mejor vean bien. ¿Les gusta?
—Claro que sí, pero queremos ver más. Y tocar.
—Gánenselo. Convénzanme.
***
Las erecciones se notaban duras debajo de los pantalones. Los tres ya no disimulaban. Me calenté hasta empaparme la tanga al saber que para ellos no existía nadie más en ese momento, que su mundo entero cabía en mis curvas. Se me ocurrió una idea.
—Las medias me incomodan, ¿les molesta si me las quito?
Me paré de espaldas a ellos y las fui bajando hasta los tobillos, agachándome con el culo enfrente de su cara. El hilo de animal print se hundía en la raja, dejando todo a la vista entre los dos triángulos diminutos. Me incorporé con un suspiro de alivio teatral.
—Amor, ponte cómoda, estamos en confianza —dijo Iván—. ¿Verdad, chicos?
—Sí, sí, sí —contestaron al unísono, como bobos.
—Si yo me pongo cómoda, ustedes también. ¿Estamos de acuerdo?
Empecé a quitarme la falda dándoles la espalda, lentísima. Después me saqué la blusa de frente. Me quedé en hilo, sostén rojo y tacones. Antes de seguir, déjenme describirme. Tengo un cuerpo de complexión atlética porque entreno casi a diario. Pechos grandes, talla 38DD que nunca se han dejado disimular, nalgas redondas, piernas torneadas. Piel blanca que cualquier nalgada me deja marcada. Cara linda, ojos entre verde y café, pelo castaño suelto y unos lentes de aro grueso que me dan aire de secretaria sexy. Una mujer voluptuosa, como dice mi amor, digna de voltear a ver donde sea que aparezca.
Me quedé quieta, mirándolos.
—¿Qué? ¿Voy a ser la única cómoda?
Se quitaron la camisa. Caminé frente a ellos de izquierda a derecha.
—Así no se quedan. Los quiero en bóxer también.
Obedecieron sin chistar. Me paseé despacio por detrás del sofá, pasándoles las uñas por los hombros, la espalda y el pecho. Sentí cómo se les erizaba la piel. Volví a la cocina por más botellas y al regresar caminé despacio para que vieran cómo rebotaban los pechos en el sostén rojo a cada paso. Iván me jaló entre sus piernas. Me empezó a manosear el culo mientras les preguntaba a los demás:
—¿Les gusta? Sin medias se ve mejor, ¿verdad? ¿Quieren tocarlo?
—Sí —dijeron los dos.
—Un momento —dijo Iván deteniéndolos. Después me miró—: Amor, ¿estás de acuerdo?
—Sí, son tus amigos. Te dije que los iba a atender bien. Pero solo por hoy y con mis reglas. Vengan, toquen, pero delicado. Si se pasan, se acaba.
Iván y yo nos besamos mientras seis manos me amasaban las nalgas, las caderas, la espalda. Cinco minutos así. Dejamos de besarnos y les dije que pasaran la lengua como si comieran un helado, despacio y mojadito. Empezaron a hacerlo entre los dos, lamiéndome desde la cintura hasta la raja, mientras seguían apretándome con todas esas manos. Le apreté la verga a Iván por encima del bóxer y se me escapó un gemido largo. Era una sensación nueva, una intensidad que no había sentido antes.
—Suficiente. A sus lugares.
Por dentro me moría de ganas de que Iván me partiera en dos allí mismo. Por fuera, fingía control.
***
Volvieron al sofá: Diego, Iván, Tomás. Yo me senté entre Iván y Diego. El sofá era para tres y estábamos cuatro muy apretados. La conversación siguió subida de tono mientras yo dejaba caer las manos sin disimulo sobre las vergas de los dos que tenía al lado, presionándolas levemente por encima del bóxer.
—¿Y yo? Estoy lejos —se quejó Tomás.
—Tienes razón, somos justos.
Me incliné sobre Iván con los pechos al aire, dándole el culo a Diego, hasta alcanzar a Tomás en el otro extremo. Le acaricié la verga sobre la tela. Cuando intenté volver a mi sitio, ya no me dejaron. Iván me tomó las piernas y me subió encima de los tres boca abajo. Quedé con los pechos sobre la entrepierna de Tomás, el sexo sobre el de Iván y las piernas cruzando a Diego.
—Esa no la vi venir. Pero ya que estoy aquí, háganme un masaje. Suave. Solo caricias.
Seis manos otra vez. Tres erecciones contra mi cuerpo. Me empapé hasta el muslo. Sin pensarlo, empecé a tocarles la verga por encima del bóxer y se me escapó otro gemido. Iván me preguntó al oído:
—¿Te puedo tocar, amor?
—Sí. Pero solo tú.
Movió mi tanga a un lado y me metió los dedos. Empecé a temblar. Entre el masaje a seis manos y los dedos de Iván abriéndome, me vine dos veces seguidas, deliciosas, agarrada al sofá como si me fuera a caer del mundo.
Cuando me incorporé, Iván me mostró los dedos brillantes de mis flujos. Le tomé la mano, se los chupé uno a uno y nos besamos.
En ese momento Lorena escribió que llegaba en diez minutos.
—Bueno, chicos, hay que arreglarnos para que nuestra invitada no vea el desmadre que armamos.
—Pero no nos has enseñado las tetas —protestó Diego—. Antes de arreglarnos, déjanos verlas.
Vi sus caras de necesitados, las vergas marcadísimas bajo el bóxer mojado. Bajé el sostén y se las apreté con las manos. Los tres se llevaron la mano a la entrepierna por encima de la tela.
—Sáquenlas. Yo también quiero ver.
Tres vergas afuera, tres puños empezando a moverse despacio mientras me miraban. Volví a apretarme los pechos.
—¿Les ha gustado todo?
—Sí, demasiado —dijeron casi en coro.
Ese era el plan. Quería que recordaran este día siempre. Y se me ocurrió cómo dejarlo grabado.
—Vengan. Abrácenme los tres.
Me apretaron rico, todos a la vez. Sentí las tres vergas duras contra las piernas y el culo. Me agaché para hincarme, me los pasé por la mano turnándolos y escupí en la palma para masturbarlos a los tres a la vez. La escena me prendió tanto que dejé de aguantar y me comí la verga de Iván hasta el fondo de un solo golpe, mientras seguía masturbando a los otros dos.
—Sosténganme el pelo —dije con la verga atragantada—, o lo hago yo.
Ambos me agarraron mechones de inmediato, con tal de no perder mi mano sobre ellos. Iván me empujó la cabeza hasta el fondo y se me llenaron los ojos de lágrimas. Después de un par de minutos así, los otros empezaron a rogar.
—Que no, son mis reglas —les dije sacándome la verga de Iván de la boca como un micrófono—. Mejor recuerden esta imagen. Tomen una foto mental. Para sus recuerdos.
Me reí como una puta con los lentes posándoles para una foto que no existía: la verga de Iván entre los labios, la de Tomás en la mano derecha, la de Diego en la izquierda. Diez segundos así. Después les pedí que me ayudaran a levantarme.
Empezamos a vestirnos otra vez. Me molestaba el pelo suelto.
—Este pelo me estorba. ¿Qué les parece esto?
Me puse de espaldas a ellos, me bajé la tanga de animal print con un movimiento que parecía sacado de un anuncio y abrí las nalgas para que me vieran hasta el alma. Después me hice una cola de caballo atándome el pelo con la propia tanga.
—Tomás, ve a mi bolso y pásame otra. La que más te guste y creas que les va a gustar a tus amigos.
Volvió casi corriendo con un hilo blanco con encaje. Me lo puse, me subí la falda y les enseñé cómo se metía atrás y cómo dibujaba los labios adelante.
—¿Eligió bien Tomás? ¿Diego? ¿Amor?
Sabía que iban a decir que sí.
Sonó el timbre justo después.
—Esperen. Me pongo las medias y voy yo.
Era Lorena. Sola. Entró disculpándose porque su amiga había cancelado a última hora, pero ella no se perdía esta fiesta por nada del mundo. Tenía muchas ganas de conocerme. Iván le había contado mucho de mí.
Continuará...