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Relatos Ardientes

La mojigata que se volvió loca en el club de tríos

La propuesta de Valeria llegó en el aeropuerto, con las maletas sin facturar y cuatro días por delante. Fin de semana largo en Sevilla, dos parejas de amigos de toda la vida, y ella ahí, con esa sonrisa de quien ya ha decidido algo antes de preguntar.

—Un club de intercambio. Los cuatro, una noche.

Roberto casi escupió el café. Natalia, a su lado, puso la misma cara que cuando alguien le propone madrugar un domingo.

—Ni hablar —dijo.

—Te lo digo en serio —contestó Valeria.

—Ya sé que en serio. Por eso digo que ni hablar.

Natalia era la más ordenada del grupo en todos los sentidos. Pelo negro liso hasta los hombros, pecas en la nariz, una vida interior que nadie terminaba de conocer del todo. Con Roberto llevaba dos años, y él la quería con esa paciencia de quien confía en que las cosas mejorarán por sí solas. El problema era que las cosas no mejoraban. Hacía meses que follaban dos veces por semana en la misma postura, con las luces apagadas, y Natalia se corría a veces sí a veces no, siempre en silencio, como si gemir fuera de mala educación.

Marcos, el marido de Valeria, conducía el taxi que los llevaba al hotel y no decía nada. Conocía bien a su mujer. Cuando Valeria ponía esa cara, más valía prepararse.

El apartamento tenía dos habitaciones separadas por una pared delgada y un salón compartido donde la televisión funcionaba regular. La distribución de los cuartos quedó resuelta en treinta segundos. Lo que vendría después iba a tardar un poco más.

***

Primera tarde en Sevilla: calle Sierpes, tapas, el calor de octubre que no terminaba de irse. Valeria había buscado el sex shop antes de llegar. Los guio sin que nadie preguntara adónde iban hasta que estuvieron en la puerta.

—¿En serio? —dijo Natalia.

—Necesitamos ropa para esta noche —dijo Valeria.

—Esta noche no voy a ningún club.

—Esta noche veremos.

Dentro, las luces eran cálidas y la música discreta. Roberto se entretuvo mirando artículos con una seriedad que no correspondía al contexto: consoladores dobles, plugs anales de silicona negra, un arnés con una polla postiza gruesa como una muñeca. Marcos encontró una sección de disfraces y se puso una máscara de cuero que nadie le pidió que se pusiera. Valeria ya tenía lo que quería: un vestido negro con recortes en los costados, pequeño y muy deliberado, y un tanga de encaje tan minúsculo que apenas cubría el coño.

Natalia se quedó mirando un perchero durante un rato. Tomó tres vestidos sin mucha convicción y entró al probador. Salió con el segundo: color burdeos, escote en uve, ceñido desde los hombros hasta mitad del muslo. Se miró en el espejo lateral con esa expresión de quien no se reconoce del todo y no sabe si eso es malo. Debajo no llevaba sujetador y se le notaban los pezones duros contra la tela.

—Ese —dijo Roberto desde el otro extremo de la tienda.

—No he dicho que lo vaya a comprar.

—Ese —repitió, ya sacando la billetera.

Natalia lo compró. Y algo más, que guardó en la bolsa antes de que alguien lo viera: un pequeño vibrador negro, del tamaño de un pintalabios, con dos velocidades.

***

El club se llamaba El Olimpo. Puerta sin letrero, timbre, un portero que pedía documentos. Cuarenta euros la pareja, dos consumiciones incluidas. El interior olía a incienso y a calefacción en una combinación que tardabas un rato en aceptar.

Una chica llamada Celia, pelo corto y voz tranquila, les hizo el recorrido sin dramatismo. Zona de bar con música a volumen de conversación. Pista de baile con media docena de parejas moviéndose sin mucho espacio. Un pasillo con puertas numeradas, habitaciones privadas que se cerraban desde adentro y solo podían abrirse desde adentro. Una sala con jacuzzi circular y luz de colores. Una zona de juegos que Celia describió como «espacio de exploración» y que tenía un columpio de cuero colgado del techo.

Natalia no dijo nada al ver el columpio. Pero lo miró más de dos segundos. Se imaginó atada ahí, las piernas abiertas, sin poder cerrarlas mientras alguien la follaba. Se le puso el coño húmedo antes de darse cuenta.

En la barra, Roberto miraba a su alrededor con la expresión de quien acaba de descubrir que la vida tiene más posibilidades de las que le habían contado. Natalia bebió la mitad de su mojito de un trago. Valeria cruzó las piernas en el taburete y observó el local con calma, inventariando.

—¿Estás bien? —le preguntó a Natalia.

—Pregúntame en media hora.

La pista de baile los absorbió sin que nadie decidiera exactamente ir. La música fue subiendo de a poco. Un hombre sin camisa se pegó a Valeria por detrás mientras bailaba, sus manos en sus caderas, y ella lo dejó. Notó la polla dura del desconocido restregándose contra el culo por encima del vestido, y arqueó la espalda para acomodarse mejor. Marcos estaba a dos metros y lo vio. No hizo nada. Llevaban años así.

Con Natalia fue diferente. Alguien le rozó el muslo con una mano que no era la de Roberto, con demasiada intención para ser accidental. Otro, al pasar cerca, le apoyó los dedos un instante en la espalda baja, muy abajo, casi en el nacimiento del culo. Natalia se tensó, miró a Roberto, y propuso el jacuzzi con una urgencia que no admitía discusión.

***

El agua estaba caliente y las burbujas cubrían todo desde el pecho hacia abajo. Los cuatro se acomodaron en un semicírculo y durante unos minutos fue agradable: el calor, la segunda copa, la conversación que volvía a fluir sola.

Luego fueron llegando los otros. De uno en uno, sin apuro. Hombres solos que se metían al jacuzzi o se sentaban en el borde, ocupando el espacio sin pedir permiso explícito, porque ahí el permiso explícito tenía otras formas.

Eran cinco cuando Valeria cerró los ojos y arqueó levemente la espalda.

Marcos lo notó. La conocía demasiado bien.

—¿Te están tocando? —le susurró.

—Sí.

—¿Quieres que pare?

—No. Uno tiene dos dedos dentro. El otro me está pellizcando los pezones.

—¿Dónde?

—En el coño, Marcos. Dónde va a ser.

Así de simple. Así de siete años juntos.

Valeria sentía las manos de los desconocidos moviéndose bajo las burbujas, explorando con calma. Uno le había apartado el tanga de encaje y le metía y sacaba los dedos con un ritmo lento, curvándolos hacia dentro para tocarle el punto exacto. Otro le había desatado la parte de arriba del bikini y le lamía un pezón mientras el otro se lo apretaba con dos dedos hasta hacerla apretar los dientes. Lanzaba miradas cortas a los hombres que la rodeaban, miradas que no necesitaban palabras. Les hacía señas sutiles con los dedos. Ellos respondían. Uno le llevó la mano por debajo del agua hasta su polla y ella la agarró sin pensar, empezando a masturbarlo con calma, apretando fuerte en la base y aflojando en la punta como sabía que les gustaba.

Fue entonces cuando Natalia soltó un pequeño sonido.

—¿Qué pasa? —dijo Roberto.

—Alguien me tocó.

—¿Fui yo?

—No eras tú. Me tocó el coño.

Los hombres del jacuzzi miraron al frente con una compostura demasiado perfecta para ser inocente.

Valeria abrió los ojos. Miró a Natalia. Había algo en su expresión que no era exactamente escándalo. Era algo más confuso que eso, más interesante. Tenía las mejillas rojas y respiraba por la boca.

Se puso de pie de un movimiento. El bikini negro le colgaba de una tira, un pecho fuera, el pezón hinchado y brillante bajo las luces de colores. Extendió la mano hacia Natalia.

—Ven conmigo.

Y a Marcos y Roberto, sin mirarlos:

—Vosotros quedaos aquí. En seguida volvemos.

No iban a volver pronto.

***

En el vestuario se secaron sin hablar. Natalia se miraba en el espejo con esa expresión de quien está decidiendo algo sin saber exactamente qué.

—¿Quieres que nos vayamos al apartamento? —preguntó Valeria.

Natalia tardó en responder.

—No. Estoy mojada, Vale. No lo aguanto.

Valeria sonrió.

—¿Entonces?

La respuesta de Natalia fue ponerse el vestido burdeos sin bragas debajo.

Al salir, uno de los hombres del jacuzzi estaba en el pasillo. Camiseta todavía húmeda, esperando sin saber bien qué.

Valeria lo paró con la palma abierta en su pecho.

—Habla con los otros. Primer pasillo, segunda puerta a la derecha. Cinco minutos. Sin armar ruido.

El hombre asintió sin decir nada.

—¿Qué acaba de pasar? —susurró Natalia mientras subían las escaleras.

—Organicé la noche —dijo Valeria—. Cinco pollas para nosotras dos. ¿Te parece bien?

Natalia tragó saliva y no contestó. Pero apretó la mano de Valeria más fuerte.

***

La habitación tenía una cama enorme, luz baja y olor a madera. Valeria empujó suavemente a Natalia hasta la cama y la besó.

Natalia se tensó. Luego no.

Sus bocas se encontraron con más fuerza de lo que ninguna esperaba. Valeria le metió la lengua hasta el fondo y Natalia se la chupó como si llevara años queriendo hacerlo sin saberlo. Sintió los brazos de su amiga rodearla, torpes al principio, seguros después. La tumbó despacio y se arrodilló sobre ella, quitándole el vestido con los mismos movimientos lentos con que se saca algo de valor. Debajo estaba desnuda del todo. Los pezones erectos, el coño depilado brillante de humedad ya desde antes.

—Nunca había hecho esto —dijo Natalia.

—Lo sé —respondió Valeria—. Cállate y abre las piernas.

Natalia obedeció. Valeria bajó por su cuerpo besando cada centímetro, mordiéndole los pezones hasta hacerla gemir por primera vez en voz alta, lamiéndole el ombligo, la cara interna de los muslos. Cuando llegó al coño no fue delicada. Le abrió los labios con dos dedos y le lamió el clítoris de abajo hacia arriba con la lengua plana, presionando fuerte. Natalia soltó un grito que se contuvo a medias tapándose la boca con la mano.

—No te tapes —dijo Valeria levantando la vista—. Aquí se grita.

Volvió a bajar. La comió sin apuro, cambiando de ritmo, alternando la lengua y los dedos. Le metió dos dedos y los curvó hacia arriba mientras le chupaba el clítoris con los labios apretados. Natalia empezó a mover las caderas contra su cara sin control, con una desesperación nueva. Se corrió a los tres minutos, apretándole la cabeza a Valeria con los muslos, gritando por primera vez en su vida sin importarle nada.

Cuando Valeria subió la cara estaba brillante de humedad de la boca al mentón. Se acomodó a horcajadas sobre la cara de Natalia y bajó su coño hasta apoyarlo en sus labios.

—Ahora tú.

El primer momento fue de quietud total. Luego la boca de Natalia se movió, tímida primero, con una seguridad creciente después que no tenía explicación lógica. Le lamió el clítoris con la punta de la lengua, luego lo chupó entero. Le metió la lengua tan adentro como pudo. Valeria se agarró al cabecero y empezó a mover las caderas encima de la cara de su amiga. Un escalofrío la recorrió de la cintura a la nuca. Cerró los ojos.

Nunca lo hubiera dicho.

Los cinco hombres entraron uno a uno. Se quedaron de pie junto a la cama, mirando. Había algo casi contenido en sus posturas, una energía entre la impaciencia y el respeto por lo que estaban viendo. Se estaban desabrochando los pantalones sin hablar. Cinco pollas fueron saliendo, dos gruesas, una muy larga, dos normales. Todas duras.

—Ya podéis acercaros —dijo Valeria.

La habitación cambió de tono.

Las manos llegaron desde varios lados: en los hombros de Valeria, en los muslos de Natalia, en la curva de sus espaldas. Los hombres se habían quitado el resto de la ropa. Sus pollas estaban tiesas contra el vientre, algunas rezumando ya líquido preseminal. La cama se llenó de cuerpos que se reorganizaban solos, como si supieran dónde tenían que estar.

Valeria tomó en cada mano un pene y los movió despacio, alternando la mirada entre los dos hombres con una calma que no era indiferencia sino exactamente lo contrario. Uno de ellos bajó la cabeza hacia sus pechos y le chupó los pezones alternando, uno y otro, con los dientes rozándole apenas. La otra mano de Valeria se posó en su nuca, sin presionar, solo para guiar. Se agachó hacia la polla que tenía en la mano derecha y se la metió en la boca hasta la garganta de un solo golpe. El hombre gimió con los ojos cerrados. Valeria le sacó la polla brillante de saliva y la cambió por la otra, chupándola con la misma técnica, alternando entre las dos como si fueran caramelos.

Natalia miraba, su cuerpo respondiendo a las caricias que llegaban desde todos lados. Un hombre le abrió las piernas y le enterró la cara en el coño mientras otro le mordía los pezones. Fue ella quien abrió la boca primero. Tomó a uno de los hombres por la cintura y lo acercó, empezando con cuidado, lamiéndole la punta primero, luego metiéndosela entera con más confianza. Se atragantó una vez y siguió. Valeria la observó y algo en su pecho se abrió de satisfacción pura.

—¿Qué decías de que no sabías? —murmuró.

Natalia no respondió. Tenía la boca ocupada, la polla del hombre entrando y saliendo entre sus labios con hilos de saliva colgando del mentón.

Uno de los hombres se tumbó en la cama y Natalia lo cabalgó de espaldas, tanteándolo al principio, guiándose la polla del hombre con la mano hasta acomodársela en el coño y bajar despacio hasta enterrarla del todo. Encontró el ritmo enseguida. Sus gemidos eran cortos, agudos, genuinamente sorprendidos. Era el sonido de alguien que descubre algo que llevaba tiempo esperando sin saberlo. Otro hombre se puso delante de ella y le acercó la polla a la boca, y Natalia la aceptó sin dudarlo, chupándola al mismo ritmo con el que subía y bajaba encima del que tenía dentro. Se llenó los ojos de lágrimas de esfuerzo y siguió.

Un tercero se acercó por detrás. Le acarició el culo con las dos manos, abriéndoselo. Natalia sintió la lengua del hombre lamiéndole el ojete y se estremeció entera, sin saber si era placer o susto. Cuando la lengua fue sustituida por un dedo lubricado con saliva, gimió con la polla todavía en la boca. El dedo entró despacio, luego un segundo. Natalia no dijo nada. Solo abrió más las piernas.

Valeria, de pie junto a la pared, dejó que otro hombre la tomara desde detrás. Se apoyó con las palmas en la pared fría y arqueó el culo. El hombre le apartó el tanga con un dedo y le clavó la polla de un solo empujón que la hizo golpear la frente contra la pared. El ritmo era fuerte y directo, sin rodeos. Exactamente como lo quería. Cada embestida sonaba con el chapoteo húmedo de la piel contra la piel. Valeria empezó a empujar hacia atrás encontrándolo a mitad de camino, buscando que llegara más adentro. Cerró los ojos.

—Más fuerte —dijo con los dientes apretados—. Más fuerte, coño.

El hombre la agarró del pelo con una mano y le echó la cabeza hacia atrás mientras la reventaba contra la pared. Valeria empezó a correrse en oleadas, apretando el coño alrededor de la polla que la penetraba, gimiendo sin controlarse.

El hombre que había hecho de enlace en el pasillo se mantenía al margen. Miraba sin participar, con una paciencia que contrastaba con todo lo que ocurría a su alrededor. Se acariciaba la polla despacio, sin apuro.

—¿Por qué no te acercas? —le preguntó Valeria entre una embestida y la siguiente.

—Me prometiste un premio.

—¿Y cuál quieres?

—Correrme en la boca de las dos —dijo sin apartar los ojos de ella.

Valeria consideró la respuesta tres segundos.

—Hecho.

Volvió a apoyar las palmas en la pared. El hombre que la follaba se corrió con un gruñido y se retiró dejando su semen caliente resbalándole por la cara interna de los muslos. Otro tomó su lugar sin transición. Valeria se rió con la mejilla pegada a la pared. La noche era larga.

En la cama, Natalia había cambiado de postura. Estaba a cuatro patas, con un hombre follándola por detrás mientras se la chupaba a otro por delante. El que la penetraba había cambiado del coño al culo con un movimiento suave, después de untarse la polla con lubricante. Natalia había apretado los dientes en la primera embestida por el culo, y luego había gemido de una manera que no había gemido en toda su vida, larga y grave.

—Más despacio al principio —le dijo Valeria desde la pared.

—No —contestó Natalia con la voz ronca—. Que siga.

El hombre la agarró de las caderas y empezó a follarla el culo con embestidas cortas y profundas. Natalia se corrió con la polla dentro del culo y otra dentro de la boca, temblando entera, sin poder sostenerse sola.

***

Marcos y Roberto llevaban doce minutos solos en el jacuzzi cuando decidieron que suficiente era suficiente.

Los vestuarios estaban vacíos. Un empleado del club los vio deambular por el pasillo y los miró con la expresión de quien sabe más de lo que dice.

—¿Buscáis a alguien? —preguntó.

—A dos mujeres —dijo Marcos—. Pelo negro, vestido burdeos y vestido negro.

El hombre asintió. Las señaló con la cabeza hacia el pasillo de las habitaciones privadas. La última puerta.

—Están ahí dentro. Pero las normas son las normas. Solo ellas pueden abrir desde adentro.

Roberto abrió la boca para decir algo. Marcos lo sujetó del brazo.

—Al final del pasillo —añadió el empleado, casi en voz baja—, doblando la esquina, hay un ventanuco. Para los curiosos.

Los dos se miraron.

El ventanuco era pequeño y obligaba a agacharse. Roberto miró cuatro segundos, apartó la vista y volvió a mirar. Su cara pasó por tres estados distintos. Vio a Natalia a cuatro patas, con una polla en el culo y otra en la boca, gimiendo como no le había oído gemir nunca. Vio la cara de placer que ponía. Vio cómo le corría el semen por la mejilla cuando el que tenía en la boca se corrió. Marcos miró sin hablar, con el corazón latiendo más rápido de lo normal. Vio a Valeria contra la pared, con dos hombres esperando turno, la piel brillante de sudor y de otras cosas.

—No me lo puedo creer —dijo Roberto.

—Créetelo —dijo Marcos.

Los dos tenían las pollas duras dentro de los pantalones. No hicieron nada por disimularlo.

Cuando la puerta se abrió desde dentro, Valeria estaba en el umbral con expresión de no haber hecho nada fuera de lo ordinario. El semen le brillaba en la comisura de la boca.

—¿Cuánto lleváis ahí?

—Lo suficiente —dijo Marcos.

—Entrad.

***

Natalia estaba apoyada en las almohadas, el pelo revuelto y los ojos brillantes. Tenía manchas de semen secándose en el pecho y en el vientre. Cuando vio a Roberto, no bajó la mirada.

—Hola —dijo.

—Hola —respondió él.

—Tenías razón. Debería haberme dejado llevar hace tiempo.

Roberto no contestó. Se quitó la camiseta. Se bajó los pantalones. La tenía tan dura que le dolía. Natalia le abrió los brazos y las piernas al mismo tiempo, y él se metió entre ellas y se la clavó de un empujón. Natalia gimió con una intensidad que Roberto no le había oído en dos años. Le mordió el cuello, le clavó las uñas en la espalda, le pidió al oído que no parara, que la follara fuerte, que se corriera dentro.

Lo que siguió fue diferente de lo anterior: más privado, más familiar, aunque fueran seis personas en la misma habitación. Marcos se quedó con Valeria y la puso contra la pared con la misma brusquedad del desconocido de antes, follándosela mientras le lamía el semen ajeno del cuello sin decir nada. Roberto con Natalia, moviéndose con ella con una violencia nueva, redescubriéndose. Los cinco hombres se fueron retirando de a uno, ordenadamente, sin que nadie lo pidiera expresamente.

Solo quedó el del premio pendiente. Valeria llamó a Natalia con un gesto cuando las dos habían terminado con sus maridos. Las dos se arrodillaron juntas frente a él, en el suelo, alternando la boca sobre su pene con calma, a veces mezclando las lenguas sobre la misma piel. Se besaban entre lametón y lametón, pasándose la polla del hombre de una boca a la otra. Le lamían los cojones, le chupaban la punta, se turnaban para tragársela hasta la garganta. El hombre aguantó más de lo que ninguna esperaba, con las dos manos hundidas en el pelo de las dos. Cuando llegó al límite lo hizo con generosidad, derramándose sobre los labios de ambas en chorros largos que les caían por el mentón, por el cuello, por los pechos.

Marcos fue el único que habló.

—Os ha dejado para foto.

Valeria se limpió la comisura de la boca con el dedo y se lo lamió. Besó a Natalia en los labios y le pasó el semen de una boca a la otra con la lengua. Fue un beso corto, limpio, de los que no necesitan explicación.

—¿Arrepentida? —le preguntó.

—De nada —dijo Natalia.

Se ducharon. Se vistieron. Bajaron los cuatro juntos las escaleras, al ritmo de la música que seguía sonando abajo. En la calle, el aire de Sevilla olía a noche fría y a algo que no tenía nombre exacto.

Roberto pasó el brazo por los hombros de Natalia.

—Entonces sí que sabías lo que te gustaba.

—Cállate —dijo ella.

Pero sonreía. Y eso, después de dos años de espera, valía más que cualquier cosa que Roberto hubiera imaginado en ese viaje.

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Comentarios(10)

Rodri_77

Tremendo relato!! lo leí de un tirón, no pude parar hasta el final

MarisolB

Que historia mas morbosa... muy bien narrada. Por favor seguí escribiendo!

DiegoFdez

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de saber que pasó después jaja

Juanchi_BA

Este tipo de relatos me encantan porque arrancan con algo que parece imposible y de a poco te metés en la historia y lo ves totalmente verosímil. Muy bien escrito, se nota que hay talento.

KatyV_rdp

Natalia me sorprendió jajaja, no esperás eso de alguien así. Excelente!!

Pablo_cba

Me recordó a algo que me contó un amigo hace mucho, increible lo que puede pasar cuando uno menos se lo espera

Carmencita78

me encanto!! sigue asi, que talento

Cuentero88

Me quedé intrigado con lo de Valeria al final, hay continuación? Me gustaría saber cómo terminó la noche para ella

Flor_nocturna

Que bien escrito, fluye natural de principio a fin. De los mejores que leí acá ultimamente, sin dudas

Marce_L

tremendo, te felicito!!! seguí subiendo

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