Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Desnuda ante dos hombres en la sala de reuniones

La primera vez que Rafael me pidió algo en voz baja, en medio de una reunión de trabajo, supe que era el tipo de hombre al que no se le dice que no. No por miedo, sino por algo más difícil de nombrar: la certeza de que él sabía exactamente lo que era capaz de sacar de mí, y que tenía razón en esperarlo.

Eso fue nueve meses antes de aquel viernes por la tarde. Durante ese tiempo aprendí la lógica que lo gobernaba todo: Rafael no pedía. Declaraba. Señalaba con el dedo un punto en el mapa y el mundo se reorganizaba para que ese punto quedara al alcance de la mano. Yo era parte de ese mundo, y no me engañaba sobre lo que eso significaba.

La sala de reuniones ocupaba media planta del edificio. Ventanales que daban al río, mesa ovalada de caoba, persianas venecianas que filtraban la luz de la tarde en franjas oblicuas sobre la moqueta. Había café frío en una jarra que nadie había tocado y un silencio particular, el que precede a las decisiones que no tienen marcha atrás.

Marcos llegó con un maletín negro y una cicatriz fina sobre la ceja izquierda. Era el jefe de seguridad, cuarenta y tantos años, hombre de pocas palabras y muchas certezas sobre cómo funcionan los hombres cuando creen que nadie los observa. Carlos, el director de operaciones, se sentó frente a él con una carpeta que dejó cerrada encima de la mesa. Los dos conocían su papel. Los dos sabían que Rafael dirigía la función desde donde estuviera parado.

Rafael estaba de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos. Miraba el río.

—Elena —dijo, sin volverse—. Acércate.

Me acerqué. No pregunté para qué.

Marcos desplegó sobre el paño negro los elementos que había traído: una cápsula de micrófono del tamaño de la uña del meñique, cable fino como hilo de coser, esparadrapo transparente de hospital, un micrograbador más pequeño que un paquete de tabaco. Explicó para qué servía cada pieza con la economía de palabras de siempre. Yo escuché. El lunes tenía que cenar con Ignacio Ferrán, el socio que Rafael llevaba semanas investigando. Ignacio creía que yo era una traductora de contratos, nada más. Esa noche tenía que conseguir que hablara con libertad y tenía que grabarlo sin que lo supiera.

—El problema —dijo Marcos, mirándome— es el ángulo. Me dijiste que el lunes vas sin sujetador. Necesito verlo montado en esas condiciones para saber si aguanta.

Carlos alzó la vista de la carpeta por primera vez.

Rafael se apartó de la ventana. Se sirvió agua de la jarra, bebió despacio, dejó el vaso. Luego me miró con esa calma suya que lo llenaba todo.

—Quítate la blusa.

No fue una pregunta. Tampoco fue exactamente una orden. Era ese registro intermedio que solo Rafael usaba: la declaración de algo que ya había decidido que iba a ocurrir, como si el tiempo de los matices hubiera quedado atrás.

El silencio que siguió duró tres segundos. Carlos no se movió. Marcos no parpadeó. Nadie dijo nada que sugiriera que había algo fuera de lugar en lo que él acababa de pedir.

Me desabroché los botones. Uno, dos, tres. Me quité la blusa y la doblé sobre el respaldo de la silla más cercana.

El sujetador lo desabroché yo, sin que nadie me lo pidiera. Supe que era lo lógico. Supe que era lo que la situación requería y supe, también, que era lo que Rafael esperaba. Me quedé de pie frente a los tres, desnuda de cintura arriba, con la espalda recta y los brazos a los costados. La luz de la tarde entraba en franjas a través de las persianas y me cruzaba el pecho en líneas de sol y sombra.

Solo trabajo, me dije. Es solo trabajo.

Pero el calor que me subía por el cuello no era profesional.

Marcos tomó la cápsula con dos dedos y la colocó en el hueco del esternón, donde empieza el canal entre los pechos. Sus manos eran frías y precisas, sin titubear un momento. Cortó un trozo de esparadrapo, lo pegó, luego tomó el cable y comenzó a fijarlo centímetro a centímetro siguiendo la línea del pecho hacia abajo, soplando suavemente en cada tira para que la piel no se irritara con la humedad.

—Respira hondo —dijo.

Respiré. El cable no se movió.

—Bien.

Carlos ya no pretendía revisar la carpeta. Miraba desde su silla con la expresión de alguien que ha entendido que su papel en esta tarde es exactamente ese: mirar y no intervenir.

Rafael se había acercado sin hacer ruido. Estaba detrás de mí, lo suficientemente cerca para que yo percibiera el calor de su cuerpo, lo suficientemente lejos para no tocarme todavía. Posó las manos en mis hombros, los pulgares encontraron la base del cuello y apretaron, suave, medido, como quien toma la temperatura de algo antes de decidir qué hacer con ello.

—Sigue —le dijo a Marcos.

Marcos desabrochó el botón de mi pantalón. Lo bajó apenas unos centímetros, lo necesario para fijar el último tramo del cable sobre el hueso de la cadera. Aplicó una línea fina de laca en esa zona, esperó, pegó la tira. Sus dedos no se detuvieron más tiempo del necesario en ningún punto. Lo volvió a subir, lo abotonó.

—Muévete —ordenó Rafael.

Di tres pasos hacia la ventana. Me giré. Me senté en la silla más cercana, me levanté, me incliné hacia delante como si recogiera algo del suelo, me enderecé.

—Nada —confirmó Marcos—. Ni un bulto, ni un ruido.

Rafael me rodeó lentamente. Me estudió de frente, de costado, de espaldas. Tomó su tiempo. Luego posó la palma entera en mi nuca y apretó una vez, despacio, como quien cierra el puño alrededor de algo que ha decidido no soltar.

—Perfecta —dijo.

Esa palabra, dicha con esa voz y esa calma, deshizo algo dentro de mí que no sabría describir de otro modo.

Carlos se levantó sin hacer ruido. Recogió su carpeta, cruzó la sala con pasos cortos y salió cerrando la puerta con un clic seco. No miró atrás.

Éramos tres.

***

Rafael me giró hacia él. Tomó mi barbilla entre el índice y el pulgar y me levantó la cara.

—¿Tienes frío? —preguntó.

—No.

—Entonces no te vistas todavía.

Marcos había guardado el paño negro en el maletín. Estaba de pie junto a la mesa con los brazos cruzados, mirando a Rafael con la atención de alguien que espera una instrucción. Hubo entre ellos un silencio que duró menos de un segundo. Una pregunta sin palabras, una respuesta igual de silenciosa. Marcos dejó caer los brazos.

Rafael me besó. Lo hizo con esa lentitud que era su marca personal en todo, como si el tiempo le perteneciera y no hubiera ningún apuro en el mundo. Sus manos bajaron por mis costados, me encontraron la cintura y tiraron de mí hacia él. Sentí la dureza de su erección contra mi vientre y me pregunté cuánto tiempo llevaba así, detrás de la ventana con la vista fija en el río, mientras yo me quitaba la blusa y Marcos me colocaba el cable encima del esternón.

Escuché los pasos de Marcos. Su calor llegó desde atrás, sus manos encontraron mis caderas, amplias y firmes, sin titubear. El espacio entre los tres se cerró hasta hacerse algo concreto, algo con temperatura y peso.

—¿Estás bien? —me preguntó Marcos al oído.

—Sí —respondí.

Rafael me miraba mientras yo respondía. Sonrió, apenas, con esa media sonrisa que guardaba para los momentos en que las cosas ocurrían exactamente como él había decidido que debían ocurrir.

Las manos de Marcos me bajaron el pantalón por segunda vez en esa tarde. Esta vez no había cable ni esparadrapo. Solo sus dedos en mi cadera, su boca en la curva de mi cuello desde atrás, y la mesa de caoba que Rafael me señaló con un gesto casi imperceptible.

Me recosté sobre ella. El tablero estaba frío contra mi espalda desnuda. Rafael me sujetó las muñecas por encima de la cabeza, no con fuerza, solo con la presión suficiente para que yo supiera que estaba ahí, que era él quien había organizado todo esto, que cualquier cosa que estuviera a punto de ocurrir había pasado por su criterio antes que por el mío.

Siempre pasa por él primero, pensé. Todo.

Marcos se arrodilló. Su boca llegó antes que nada más, y yo cerré los ojos y me concentré en esa sensación y en el sonido de mi propia respiración acelerándose en el silencio de la sala. Rafael me soltó las muñecas. Me acarició la cara con una ternura que nunca habría admitido ser ternura.

Cuando Marcos se incorporó, vi su cara desde donde yo estaba: más seria que antes, más concentrada. No era la expresión de alguien que improvisa. Era la expresión de alguien que lleva un rato esperando este momento y está decidido a que salga bien.

Rafael, de pie junto a la mesa, lo miró. Un gesto mínimo que decía todo lo que había que decir.

Me corrí con Marcos dentro de mí y la mano de Rafael en mi pelo, apretando lo justo.

***

La sala volvió a ser una sala de reuniones con una velocidad que siempre me sorprendía en esos momentos. Marcos se abrochó la camisa, recogió el maletín del suelo y se pasó la mano por el pelo una sola vez.

—Esta noche practica —me dijo, con la misma voz de siempre, la profesional—. La colocación del micrófono. Cuatro minutos máximo. El lunes quiero que lo tengas dominado sin pensar.

—Lo tendré —respondí.

Asintió. Se despidió de Rafael con una inclinación de cabeza y salió. La puerta se cerró con el mismo clic seco de antes.

Rafael recogió mi blusa del respaldo de la silla donde yo la había dejado. La dobló antes de dármela, con esa meticulosidad que aplicaba a todo por igual, sin distinción entre lo importante y lo que no lo era.

—El lunes —dijo—, te quiero en el restaurante a las nueve menos veinte. Entra por la barra. Gin-tonic en mano. Baño a las nueve menos cuarto, dos minutos para montarlo todo. A las nueve en punto, sentada frente a Ignacio.

—Entendido.

Me miró un momento más largo de lo estrictamente necesario. Luego levantó una mano y me apartó un mechón de la cara. Sin decir nada más. Sin necesitar decir nada más.

Salí al pasillo. La luz del techo era blanca y fría después del naranja de la tarde. El ascensor tardó en llegar. Me miré en el espejo de metal pulido de la cabina: el pelo ligeramente revuelto, la blusa abrochada con una simetría imperfecta, un enrojecimiento pequeño en el costado del cuello donde Marcos había apoyado la boca.

Pensé en Ignacio Ferrán y en la cena del lunes. Pensé en el micrograbador que tendría pegado a la piel entre mi cuerpo y la blazer. Pensé en lo que Rafael esperaba que yo hiciera y en lo que yo sabía que era capaz de hacer cuando alguien confiaba en mí de esa manera particular.

Y pensé en Marcos, en sus manos frías y exactas, en cómo había esperado una señal antes de moverse, en cómo no había habido ningún momento de torpeza ni de exceso.

Hay hombres que piden permiso. Hay hombres que esperan una señal para saber cómo actuar. Y hay hombres como Rafael, que organizan el mundo a su alrededor de tal modo que nadie necesita preguntar nada, que todo ocurre exactamente como él decidió que debía ocurrir, y que la única pregunta que te queda cuando cruzas la puerta es si habrías querido que fuera de otra manera.

No quería.

Fui a casa. Me duché. Me planté frente al espejo del baño y practiqué la colocación del micrófono, como me había indicado Marcos. La primera vez tardé cuatro minutos y medio. La segunda, tres y cincuenta. La tercera, tres exactos.

El lunes iba a ser perfecta.

Valora este relato

Comentarios (6)

Fefo_lector

Tremendo. Me dejo sin palabras, que tension la que se arma desde el primer parrafo!

Pame_libre

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de saber como termina todo...

CarlosMza

Increible como lo narraste, se siente real. De esos relatos que empezas y no podes parar. Muy bueno

Naxo_gijon

jajaja la cara de los otros dos... me imagino la escena y es demasiado. Sigue asi!!

Caro_88

Que comienzo tan morboso, hay continuacion??

MikeRosario22

Excelente!! Muy bien escrito, con mucho morbo sin pasarse. Me gusto muchisimo, felicitaciones.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.