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Relatos Ardientes

Tres parejas, un ático y ningún arrepentimiento

Treinta años de matrimonio dejan una huella que va más allá de los hijos criados o las hipotecas pagadas. Dejan también una cierta forma de verse sin verse, de convivir sin tocarse. Silvia y yo habíamos llegado a ese punto sin darnos cuenta, de forma tan gradual que ninguno de los dos había dicho nada. Hasta las vacaciones en Menorca dos veranos antes, cuando una pareja en la playa nos metió la curiosidad en la cabeza y ya no hubo manera de sacarla.

No voy a entrar en esos detalles porque esta historia comienza donde aquella dejó un hilo suelto: de vuelta en Córdoba, con las mismas calles, los mismos horarios y una pregunta flotando entre los dos sin que ninguno la dijera en voz alta.

Empezamos a leer. Buscamos en internet, abrimos perfil en páginas para parejas liberales, entramos a chats que nunca llegaban a ningún sitio. El primer club swinger al que fuimos fue un martes. No había nadie. Un dueño simpático, una copa, conversación educada y vuelta a casa con cara de tonto. El segundo intento, un sábado con más ambiente, fue algo mejor. Vimos, rozamos, hablamos con alguna pareja. Pero había algo que no cuadraba. Nos fuimos antes de medianoche con el mismo sabor a poco y las mismas ganas sin resolver.

Lo que sí funcionó fueron los contactos por Telegram. Llevábamos meses hablando con dos parejas. La primera era de Córdoba: Rodrigo y Carmen, algo mayores que nosotros, él rondando los sesenta y tres, ella los cincuenta y ocho. Sin experiencia, pero con ganas genuinas que se notaban en cómo escribían. La segunda era de Granada: Diego y Laura, treinta y cinco años los dos, con mucha más práctica que nosotros y una energía que se colaba incluso a través de la pantalla. Habíamos intercambiado fotos, hecho alguna videollamada que había subido más de un grado la temperatura del salón. Sabíamos cómo eran.

Fueron Diego y Laura quienes propusieron, a finales de septiembre, que aprovecharan las fiestas de octubre para acercarse a Córdoba. Sería buena ocasión para conocerse en persona. Aceptamos porque nos caían bien desde el principio, que es lo que más importa cuando estás a punto de desnudarte con alguien. Días después, Rodrigo y Carmen propusieron lo mismo. Se nos ocurrió ponerlos a los cuatro en contacto y quedar los seis juntos una noche.

***

El día elegido fue un sábado de la segunda semana de octubre. La plaza mayor estaba desbordada de gente y música, con altavoces de alguna actuación compitiendo con el ruido de fondo. Nos encontramos los seis frente a la fuente y nos reconocimos de inmediato, la forma en que te reconoces cuando llevas meses imaginando una cara. Dos besos, apretones de mano, miradas que duraban un segundo de más.

Diego era exactamente como en las fotos: alto, atlético, con esa facilidad para hablar con cualquiera que hace que la gente se gire cuando entra a un sitio. Carmen y Silvia le rieron las primeras historias antes de que lleváramos diez minutos juntos. Rodrigo escuchaba con una mezcla de admiración y alivio, como si por fin encontrara el manual que le faltaba. Laura era bajita, de curvas generosas y una sonrisa que prometía más de lo que mostraba. Me hablaba siempre muy cerca, con los labios casi rozando mi oído para hacerse escuchar sobre el ruido de la plaza, y yo intentaba mantener los ojos en los suyos y no en el escote.

Propuse ir a algún bar donde se pudiera hablar. Encontramos uno con poca gente, madera oscura por todas partes y rock a volumen razonable. Pedimos dos rondas bien cargadas. El ambiente fue aflojándose con la velocidad justa. Rodrigo fue el más callado al principio, pero a la segunda copa se soltó y empezó a hacer preguntas, unas preguntas que le habían estado rondando semanas sin atreverse a hacerlas.

Pasada la medianoche, el bar se empezó a llenar. Fue Silvia la que dijo en voz alta lo que todos teníamos en la cabeza: que si no íbamos a algún sitio más tranquilo. Rodrigo y Carmen ofrecieron su piso. Nosotros el nuestro. Diego propuso el ático que habían alquilado para el fin de semana. Era el más cercano. Todos accedimos sin que nadie tuviera que convencer a nadie.

***

El ático estaba en pleno centro. Doscientos metros cuadrados, techos altos, una terraza que daba a los tejados de la ciudad. Algo así no se alquila barato. Laura puso música, Diego sacó una botella de Jäger y seis vasitos de chupito. Los llenó, dejó la botella tumbada en el centro de la mesa y le dio un giro rápido.

El tapón apuntó a mí. El culo de la botella, a Carmen.

—Beso con lengua —dijo Laura, sin dudar ni un segundo.

Me acerqué a Carmen. Tenía los labios carnosos, el pelo oscuro, la piel morena y cálida. Fue un beso más largo de lo estrictamente necesario. Cuando me separé, Rodrigo aplaudió despacio, con cara de no saber si alegrarse o ponerse nervioso.

Otro giro. Diego y Silvia.

—Desnudarle la parte de arriba —dije yo, y me sorprendí a mí mismo de lo seguro que sonó.

Diego lo hizo sin prisa. Le desabrochó la blusa botón a botón, le quitó el sujetador de encaje negro. Los pechos de Silvia quedaron al aire. Ella cerró los ojos un momento, luego los abrió y lo miró directamente. Diego bajó la cabeza y le lamió primero un pezón, después el otro.

—El chupito —gritó Laura, y nos lo bebimos todos de un trago.

No volvimos a girar la botella. A partir de ahí, cada uno eligió lo que quería ver.

***

Rodrigo le pidió a Silvia que lo desvistiera. Ella le desabrochó la camisa, le bajó el pantalón y lo tocó un momento con la mano. Rodrigo se corrió casi de inmediato, con cara de no entender muy bien qué había pasado. Hubo risas, hubo algo de ternura y hubo también cierto alivio colectivo: nadie iba a pretender ser perfecto esa noche. Diego lo declaró eliminado con una palmada en el hombro.

Laura me empujó suavemente hacia el sillón. Se arrodilló. Cuando Silvia salió del baño y vio la escena, se quedó un segundo quieta en el umbral, mirando. Luego vino hacia nosotros, se arrodilló junto a Laura, le dio un beso en la boca y entre las dos me atendieron un buen rato sin que nadie hubiera acordado nada. Se turnaban. Me miraban. Llevaba tiempo sin que Silvia me mirara así.

—Me voy a correr —avisé.

Laura apartó la boca. Agarró con la mano y empezó a moverse rápido. Silvia se llevó el glande a los labios justo en ese momento y no lo soltó hasta que terminé. Se lo tragó. Laura terminó de limpiarme con la lengua y luego se besaron entre ellas, se tumbaron en el sofá y empezaron a tocarse solas, ajenas ya a todos los demás.

Fui al baño. De camino, oí que Diego también llegaba al límite, con la voz de Carmen amortiguada contra él. Salí y casi choqué con ella en el pasillo. Tenía el pelo revuelto y la cara con rastros de semen.

—Soy la única que todavía no se ha corrido —me dijo, mitad queja, mitad sonrisa.

—Eso tiene solución fácil.

La cogí del brazo y la metí de nuevo al baño. La coloqué frente al espejo. Ella apoyó las manos en el lavabo, separó las piernas y echó las caderas hacia atrás sin que yo dijera nada más. Le metí la mano entre los muslos por detrás y le trabajé el clítoris sin parar, con presión constante y ritmo. Se miró en el espejo mientras se corría, con los ojos entrecerrados y la respiración cortada en seco.

***

En el salón encontré a Rodrigo en el mismo sillón de antes, mirando el techo. Diego estaba en el sofá con un brazo alrededor de Silvia y el otro alrededor de Laura, los tres hablando como si tal cosa. Carmen llegó detrás de mí, completamente desnuda, caminando sin ninguna prisa. Era una mujer guapa de verdad. Se sentó encima de su marido sin decir nada.

Laura se levantó, tomó a Carmen de la mano y la llevó hacia uno de los dormitorios. Las seguimos con la mirada hasta que desaparecieron por el pasillo.

—Silvia —dijo Rodrigo—, los tres.

Diego puso una almohada en el suelo del centro. Silvia se arrodilló sobre ella. Nos pusimos los tres alrededor. Rodrigo repitió su marca antes de que nadie empezara. Diego le acarició la mejilla a Silvia.

—Abre la boca, preciosa.

Ella lo miró desde abajo y lo hizo. Diego se corrió despacio, sin aspavientos. Luego se agachó y le dio un beso en la frente como si fuera lo más natural del mundo, que supongo que a esas alturas ya lo era.

Yo aguanté. Silvia me miró desde el suelo.

—Tú te bebes el chupito.

—Con mucho gusto —dije.

***

Me fui al salón a buscar la botella. Cuando volví, Silvia ya estaba en la ducha. Diego llamó a la puerta, ella lo dejó entrar. Los oí hablar. Luego oí otras cosas. Que le fuera bien.

Fui hacia la habitación donde habían desaparecido Carmen y Laura. La puerta estaba entreabierta. Llamé con los nudillos.

Carmen estaba tumbada boca arriba con las piernas abiertas y las rodillas en alto. Laura, a cuatro patas sobre la cama, le comía el coño con atención y sin prisa. El culo de Laura en pompa, con un plug anal colocado, era una imagen que no había visto en treinta años de matrimonio. Rodrigo entró justo detrás de mí y fue directo hacia ella. Empezó a follarla desde atrás mientras Laura seguía con la boca sobre Carmen. No llegó a tres minutos.

Laura se levantó, fue al sillón al pie de la cama y abrió las piernas mirando a Rodrigo.

—Ahora me lo comes bien comido.

Él se arrodilló y obedeció sin rechistar.

Yo me puse sobre Carmen. Primero en misionero, fondo y sin pausa. Tuvo un orgasmo que le arqueó la espalda entera. La giré, tuvo otro. Le pregunté si podía seguir por detrás, por el otro lado. Me dijo que no con una firmeza que no dejaba espacio a negociación. La agarré del pelo, le di las últimas embestidas y terminé dentro de ella. Carmen se quedó boca arriba con los ojos cerrados y una sonrisa lenta.

Rodrigo se tumbó a su lado y la besó.

—¿Quieres limpiarme lo que me ha dejado Alberto? —le preguntó ella sin abrir los ojos.

Rodrigo tardó unos segundos. Luego bajó la cabeza y lo hizo. Cada pareja tiene sus cosas y sus acuerdos que el resto no siempre entiende.

***

Laura vino hacia mí. Se puso de pie muy cerca, con los labios casi rozando mi mejilla, como tenía por costumbre.

—¿Todavía quieres lo que me preguntaste antes?

—Necesito un momento.

—Te lo doy.

Me tomó de la mano y me llevó a la terraza. La ciudad estaba encendida abajo, los tejados brillando con la luz anaranjada de las farolas. Hacía calor para ser octubre. Laura cogió mi polla con la mano y empezó a trabajarla despacio, con paciencia y sin prisa. No tardó demasiado.

—Quiero que me lo metas por detrás. Fuerte.

Le quité el plug. La lubrifiqué con saliva, con la mía y con la suya. Entré despacio al principio. Cuando ella empezó a moverse hacia atrás, aceleré. Gritó. En el séptimo piso, con la ciudad abajo, nos tenían que oír desde la calle. Vi siluetas detenerse en las ventanas del edificio de enfrente. Eso me excitó todavía más. Le agarré las caderas con las dos manos y terminé sin poder aguantar más, vaciado y con las piernas flojas.

Cuando me giré, los otros cuatro nos miraban desde el salón a través del cristal de la terraza.

Laura me dio un beso y entramos.

***

Estuvimos otra hora hablando, enredados en los sofás, con el Jäger y sin ropa. Diego se lamentó de no haber podido estar con Carmen esa noche. Ella le dijo que ya habría ocasión. Rodrigo le dijo lo mismo a Silvia sobre él. Silvia le contestó, sin maldad, que la próxima vez tendría que aguantar más de cinco minutos para que valiera la pena. Todos reímos. Era esa risa rara y cálida de las cinco de la mañana, cuando todo ha pasado ya y nadie sabe muy bien qué viene después, pero tampoco le importa demasiado.

Sobre las cinco y media nos fuimos a casa.

En la cama, Silvia y yo nos contamos todo con detalle, ordenadamente, como dos personas que llevan treinta años siendo el mejor testigo el uno del otro. Tardamos en dormirnos, pero cuando lo hicimos fue de golpe y sin sueños.

Seguimos en contacto con Diego y Laura, pero no hemos vuelto a quedar. Con Rodrigo y Carmen sí. Pero esa es otra historia.

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Comentarios (4)

SantiagoP

Increible relato!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

NochesBA

Por favor seguí con esto, no puede quedar en una sola entrega

Caro_2304

Me acordé de una noche con unos amigos hace dos veranos. No llegó a tanto pero la tension estaba ahí jajaja. Excelente forma de narrar

TresDeNoche

de estos se necesitan mas en la pagina, en serio

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