La noche que seis amigos perdieron más que la ropa
Sofía y Marcos llevaban doce años siendo amigos de Daniela, Rodrigo, Valentina y Emilio. Seis personas que se habían conocido en la universidad, que habían aguantado mudanzas, trabajos malos y bodas ajenas, y que ahora seguían juntándose una vez al mes porque era el tipo de amistad que no necesita excusas para mantenerse viva. Esa noche tocaba cenar en casa de Marcos y Sofía, en el piso que habían reformado el verano anterior.
Sofía tenía 33 años, cabello oscuro cortado por encima de los hombros y una forma de reírse que cambiaba el tono de cualquier cuarto. Marcos era alto, de brazos anchos y pocas palabras, del tipo que ocupa demasiado espacio en el sofá sin darse cuenta. Tenía buen corazón y peor genio cuando creía que alguien miraba a Sofía de más, cosa que ocurría con más frecuencia de la que él habría querido admitir.
Daniela era rubia, hablaba rápido y siempre tenía una propuesta lista antes de que la conversación se estancara. Sus 31 años le sentaban bien: corría cuatro días a la semana y se notaba en cómo se movía. Rodrigo, su novio desde la época del máster, era tres centímetros más bajo que ella cuando ella llevaba tacones, cosa que él ignoraba olímpicamente. Tenía el humor seco de quien ha aprendido a reírse de sí mismo, aunque esa gracia desaparecía por completo cuando alguien mostraba demasiado interés en Daniela.
Valentina completaba el trío de las mujeres. Pelo negro hasta la cintura, ojos oscuros que procesaban antes de reaccionar, y esa especie de calma que en las personas tranquilas da seguridad y en las personas complejas da inquietud. Emilio, su marido, era ingeniero de obra, amplio de hombros y preciso en todo, con una vena de celos que él describía como «protección» y que Valentina corregía en voz baja llamándola por su nombre correcto.
La cena había sido de esas que salen bien sin esfuerzo: pasta con tomate natural, queso de cabra en la ensalada y dos botellas de vino tinto del que no necesita etiqueta cara para saber que es bueno. Las risas habían fluido con facilidad, las conversaciones habían ido de trabajo a viajes, de viajes a recuerdos, y para cuando se trasladaron al salón, el alcohol había hecho lo suyo y el ambiente tenía esa densidad agradable de las noches que se niegan a acabar.
Marcos sirvió whisky escocés. Rodrigo puso música. Daniela se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, hurgó en el cajón de la mesita baja y sacó una baraja con el gesto despreocupado de quien lleva tiempo pensando en eso.
—¿Strip poker? —dijo, como si fuera la cosa más razonable del mundo.
El silencio duró lo que tarda en disolverse una pregunta que nadie esperaba.
—Daniela —dijo Rodrigo con esa voz plana que usaba para disimular que algo le molestaba—. Somos seis personas adultas, no protagonistas de una película de madrugada.
—Llevamos tres horas sentados hablando de lo mismo. Necesitamos algo diferente.
—Necesitamos dormir —dijo Emilio.
—Emilio —dijo Valentina, sin mirarlo—, siéntate y calla.
Marcos miró a Sofía. Sofía no apartó los ojos de él, pero tampoco dijo que no. Era ese tipo de silencio que vale más que una respuesta.
—Solo hasta que alguien quiera parar —dijo Marcos.
—Por supuesto —dijo Daniela, barajando ya.
***
Las primeras rondas fueron exactamente lo que cualquiera habría predicho: zapatos al rincón, calcetines sobre el sillón, una chaqueta doblada encima del respaldo. Rodrigo hizo un chiste malo sobre sus propios pies y nadie se rio con la intensidad que él esperaba. La tensión se mantenía baja, administrada con cuidado por los tres hombres.
Luego Daniela perdió una mano y se quitó los pantalones. La habitación cambió de temperatura sin que nadie tocara el termostato.
No fue el gesto en sí, sino la forma en que lo hizo: despacio, sin el menor intento de hacer teatro. Se quedó en bragas de algodón negro y un top ajustado, cruzó las piernas otra vez y recogió sus cartas del suelo.
—Siguiente —dijo.
Valentina perdió dos manos después y se desabrochó la blusa. Tenía un sujetador sencillo, negro también, y unos pechos redondeados que Emilio miraba siempre con posesividad. Esa noche los miraban otros dos hombres, y Emilio dirigió la vista al suelo con una rapidez que habría resultado cómica en otras circunstancias.
—Oye —le dijo Valentina.
—¿Qué?
—Que me mires. No voy a desaparecer porque estén ellos.
Sofía perdió la siguiente mano y se quitó la falda. Marcos apretó el vaso. Los tres hombres estaban en estadios distintos de incomodidad y excitación, que son la misma emoción vista desde lados opuestos.
Fue Daniela quien cambió las reglas.
—El próximo que pierda —dijo, despacio, como si estuviera leyendo algo que tenía preparado— no solo se quita algo. Deja que alguien del grupo lo toque. Diez segundos.
Rodrigo dejó caer las cartas sobre la mesa.
—Daniela.
—¿Qué?
—Estás yendo demasiado lejos.
—Todavía no. Eso es lo que hace que sea interesante.
Marcos y Emilio intercambiaron una mirada que era solidaridad masculina en su expresión más pura, que básicamente era miedo compartido disfrazado de sensatez. Sofía miraba a Daniela con algo entre admiración y cálculo. Valentina tenía los labios apretados en lo que podría ser una sonrisa muy contenida.
Marcos perdió la siguiente ronda. Se quitó la camisa, mostrando el torso ancho y los brazos que eran el resultado de años de gimnasio por rabia más que por gusto. Daniela se acercó gateando sin esperar a que nadie le diera permiso. Le puso la palma en el pecho. Sintió el calor de la piel y los músculos contraídos debajo, y no apartó la mano hasta que pasaron los diez segundos.
—Relájate —le dijo.
—Estoy relajado.
—No lo estás ni un poco.
Sofía los observaba desde el sillón. Su expresión era difícil de leer, pero Marcos notó algo en ella que definitivamente no era disgusto.
***
Las reglas siguieron flexionándose. Los hombres protestaban ante cada nuevo cambio y aceptaban el siguiente antes de que el anterior terminara de asentarse. Así funciona la escalada: no por saltos, sino por grados tan pequeños que uno no sabe cuándo cruzó la línea hasta que ya está del otro lado.
Emilio perdió dos manos seguidas y se quedó en ropa interior. Rodrigo también. Sofía se quitó el sostén sin ningún tipo de drama, con la misma naturalidad con que se habría quitado un jersey de más. Daniela llevaba media hora en ropa interior y sonreía al ver las caras de los tres hombres tratando de no mirar y mirando.
—Ahora vosotros —dijo Daniela.
Los tres se quitaron lo que quedaba. Había en el gesto algo de rendición y también algo de alivio. Cuando no queda ropa que perder, tampoco queda pretexto para seguir fingiendo.
Daniela se acercó a Marcos y lo besó. Fue un beso largo, sin prisa, con las manos en su cara. Marcos tardó un segundo en responder, pero respondió. Sus manos bajaron a la espalda de ella.
—Sofía —murmuró él contra los labios de Daniela, sin saber exactamente qué quería decir con eso.
—Estoy aquí —respondió Sofía desde el sillón, con la voz tranquila. Rodrigo tenía la mano en su muslo y ella no la había apartado.
***
Lo que siguió fue lento al principio, como sucede siempre que algo nuevo ocurre entre personas que se conocen bien. Las manos buscaban permiso sin pedirlo con palabras. Las respiraciones cambiaban de ritmo. Las bocas encontraban cuellos, hombros, el borde de la clavícula.
Valentina se arrodilló ante Rodrigo y lo tomó en la mano primero, midiendo su dureza, antes de llevarlo a la boca. Lo hizo despacio, mirándolo mientras lo hacía, y Rodrigo se apoyó contra el respaldo del sillón con la respiración cortada.
—Mírame —le dijo Valentina.
Rodrigo la miró.
Ella mantuvo el contacto visual mientras lo succionaba con firmeza, subiendo y bajando sin apresurarse, la lengua recorriéndole la longitud entera. Rodrigo apretó los dientes para no hacer un sonido que no quería hacer.
Sofía y Emilio terminaron en el sofá. Él era metódico pero no torpe: tomó su tiempo, prestó atención a lo que ella respondía con el cuerpo y ajustó sin necesidad de instrucciones verbales. Sofía cerró los ojos. Luego los abrió porque no quería perdérselo.
Cuando la penetró lo hizo despacio, dejando que ella marcara el ritmo de entrada. La llenó sin apresurarse, profundo y constante, con las manos en sus caderas pero sin forzarla, sintiendo cómo ella se adaptaba a él. Sofía soltó el aire que había retenido sin darse cuenta.
—Así —dijo.
Y Emilio mantuvo el ritmo exacto.
Daniela y Marcos estaban en el suelo, sobre las mantas que alguien había sacado del armario. Daniela llevaba el ritmo con la autoridad de alguien que sabe lo que quiere y no le da vergüenza pedirlo. Estaba encima de él, moviéndose con precisión, y Marcos tenía las manos en sus caderas tirando hacia abajo en cada embestida, con la mandíbula apretada y los ojos fijos en ella.
—Sofía —murmuró él por segunda vez.
—Sofía está bien —dijo Daniela, sin dejar de moverse—. Estate aquí conmigo.
Valentina y Rodrigo se habían desplazado del sillón al suelo. Él estaba detrás de ella, entrando despacio al principio, ajustándose a la curva de su espalda. Valentina extendió el brazo hacia atrás y le puso la mano en el muslo.
—Más —dijo.
Rodrigo aumentó el ritmo. Valentina enterró la cara en los brazos cruzados y dejó que el sonido saliera sin filtro.
***
En algún punto se reorganizaron. No fue planificado, emergió de la misma forma en que emergen las cosas cuando hay suficiente confianza y suficiente oscuridad. Sofía fue con Rodrigo. Daniela con Emilio. Valentina con Marcos.
Con Rodrigo, Sofía llevó ella el control. Lo puso boca arriba y lo montó despacio, usando el cuerpo con la precisión de alguien que conoce bien el suyo. Rodrigo le sujetó las caderas y la dejó marcar el ritmo, los ojos recorriéndola de arriba abajo y luego fijándose en su cara.
Sofía se inclinó hacia delante, apoyando las palmas en su pecho, y empezó a moverse en círculos. La fricción llegó exactamente donde ella quería. Rodrigo gimió.
—Cállate —dijo Sofía, sin veneno, más como una instrucción.
Rodrigo se calló y la dejó hacer.
Emilio era diferente con Daniela que lo que Valentina habría esperado: más directo, menos contenido. La tomó desde atrás, una mano en su hombro para fijar el ángulo, y las embestidas eran largas y sostenidas, sin variaciones de ritmo, como si hubiera encontrado la velocidad exacta desde el principio. Daniela golpeó el suelo con la palma abierta cuando sintió que él rozaba el punto correcto.
—Ahí —dijo.
Emilio no paró.
—Sigue —insistió ella.
Y él siguió, con la misma precisión sistemática con que hacía todo lo demás.
Marcos con Valentina fue distinto a lo esperado. Más pausado, más curioso. Valentina lo miraba con esa calma suya y él se sentía al mismo tiempo cómodo e inquieto, sensaciones que no deberían ir juntas y que esa noche iban de la mano.
—No te frenes —le dijo ella.
—No me estoy frenando.
—Sí que lo haces.
Paró de frenarse. La tomó con fuerza, las manos en sus caderas, moviéndose sin la contención que había estado imponiendo, y Valentina arqueó la espalda y cerró los puños en la manta. Cuando quiso que fuera más profundo, se lo indicó echándose hacia atrás contra él, y Marcos entendió sin palabras.
***
Los orgasmos llegaron en distintos momentos, sin coordinación, como tenía que ser.
Sofía fue la primera: un sonido que no intentó suprimir, los muslos apretando a Rodrigo mientras el cuerpo se sacudía en espasmos cortos y seguidos. Rodrigo llegó poco después, con la respiración entrecortada y las manos aferradas a sus caderas hasta que ella terminó de moverse.
Daniela alcanzó el clímax encima de Emilio con un gemido que fue subiendo de volumen sin que ella lo planeara. Emilio la siguió unos segundos más tarde, vaciándose dentro de ella con un sonido grave desde el pecho, las manos apretadas en sus glúteos.
Valentina se corrió dos veces antes de que Marcos llegara. La primera fue callada, con el cuerpo tenso y la respiración contenida. La segunda fue menos callada, con las uñas enterradas en el brazo de Marcos. Cuando él llegó fue despacio, todo el cuerpo contrayéndose y luego soltándose de golpe, la frente pegada a la nuca de ella.
***
Terminaron tirados en distintos puntos del salón cuando empezaba a clarear. La lámpara del rincón llevaba rato apagada. La única luz entraba por la rendija de las persianas, una franja fina y gris que fue haciéndose más blanca mientras pasaban los minutos.
Nadie habló durante un rato largo.
—Esto fue una locura —dijo Rodrigo al final, mirando el techo.
—Sí —dijo Sofía.
—¿Alguien quiere agua? —preguntó Daniela.
Valentina se rio. Era una risa pequeña y sin pretensiones, pero fue suficiente para romper lo que quedaba de tensión en el cuarto.
Emilio se levantó sin decir nada, fue a la cocina y volvió con seis vasos. Los distribuyó en silencio, uno por uno.
Marcos bebió el suyo de un trago y dejó el vaso en el suelo.
—No sé si volver a jugar al póker —dijo.
—Todos sabemos que volverás —respondió Sofía.
Y nadie lo contradijo.