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Relatos Ardientes

La fantasía de mi ex: verme con otro en la playa

Sé que llevo meses sin escribirles. La rutina me arrastra y, cuando me doy cuenta, ya pasaron seis semanas sin pasar por aquí. Pero los pensé. Y pensé también en qué historia desempolvar para no quedarles mal. Hoy voy a llevarlos al verano del catorce, mi primer matrimonio, esa época en la que descubrí que tenía un don raro: terminar siempre con hombres que disfrutan ser cornudos. No sé si es suerte o castigo, pero a mí me sirvió para vivir cosas que de otra forma jamás me habría animado a contar.

Antes de casarme con Mateo —así lo llamaremos para no echarle más sal a la herida—, yo tenía un amigo con derecho. Hoy le dirían algo como «vínculo abierto» o «casi novio»; en aquel entonces lo llamábamos lo que era: alguien con quien me veía cuando se me antojaba. Un día Mateo me confesó que llevaba meses fantaseando con verme con otro. Lo soltó como quien lanza una pregunta al aire, sin querer comprometerse demasiado por si la cosa salía mal. Yo me quedé pensando dos segundos y le dije que sí.

El elegido cayó solo. Lo llamaré Bruno. Cuando le conté la idea, no titubeó. Aceptó al primer mensaje, como si no le costara nada. Después, mucho después, me confesó que había estado a punto de inventarse una excusa, que en su cabeza de hombre «normal» no entraba la idea de un marido sentado en una silla mirando cómo otro le coge a la esposa. Pero la curiosidad pudo más, y a las tres horas ya estábamos los tres armando el plan.

Decidimos ir a la casa de playa. Era una propiedad que Mateo había heredado de su padre: dos plantas, terraza con vista al mar, una piscina larga y angosta, y un terreno generoso con palmas que daba sombra hasta tarde. Podíamos hacer lo que quisiéramos sin que nadie se asomara. Salimos un sábado por la tarde y a las seis ya estábamos abriendo las ventanas para que el lugar se aireara.

Cenamos pasta con camarones y vino blanco. Yo me cambié dos veces antes de bajar; quería que la noche tuviera un ritmo, no llegar disparada. Los presenté formalmente —porque, increíble pero cierto, Bruno y Mateo no se conocían— y conversamos un rato en la terraza. La música la puso Mateo. Algo lento, casi de fondo. A las nueve subimos a la habitación principal y ahí se hizo el silencio.

Era la primera vez para los tres y nadie quería ser el primero en romper la quietud. Me di cuenta de que si esperaba a que ellos arrancaran, íbamos a quedarnos toda la noche mirando la puerta del baño. Así que avancé yo. Me senté al lado de Bruno y empecé despacio: la mano en su rodilla, los dedos subiendo por el muslo, los labios cerca de su cuello sin tocarlo del todo. Quería que el pulso se le acelerara antes que cualquier otra cosa.

Mateo se acomodó en una silla frente a la cama, con un cigarrillo encendido y los codos sobre las rodillas. Lo había planeado así. Quería verme primero, sin meter mano, hasta que él mismo pidiera entrar.

Bruno es de esos hombres que no necesitan calentamiento. Le toqué el cuello dos veces y ya tenía la respiración pesada. Me agarró por la cintura, me sentó sobre sus piernas a horcajadas y me bajó el escote del traje de baño con los dientes. Las tetas se me salieron del corpiño coral con tirantes finos y él se las comió como si llevara semanas pensando en ese momento. No fue un beso suave: las chupó con fuerza, jaló con los labios, soltó la piel solo para volver a atraparla.

—Tranquilo —le dije riéndome—, que apenas estás empezando.

—Por eso —contestó él, y siguió.

Sentí en el muslo el bulto debajo del short de tela. Bruno usaba esa clase de calzoneta suave, casi de pijama, que no deja nada a la imaginación. La verga estaba dura y la cabeza se marcaba contra la tela como si estuviera buscando aire. Me apoyé en él, empecé a mover las caderas y rocé con el clítoris justo donde más se notaba. Hasta el día de hoy me acuerdo del calor de esa primera fricción, sin haberme quitado todavía nada de abajo.

Para entonces ya me había olvidado de que Mateo estaba ahí. El miedo a que se arrepintiera, a que se levantara y dijera basta, se había ido completo. Yo solo quería disfrutar de lo que tenía debajo. Hasta que escuché la voz de Mateo desde la silla, ronca:

—Pasen a la cama. Ahí van a estar más cómodos.

No fue una orden, pero sí un permiso. Bruno me bajó al colchón sin separarse de mi boca y se subió encima. Mateo se sentó al borde, del lado izquierdo, y se quedó ahí, calladito, mirándonos como si fuera la única persona en el mundo a la que le habían dado entrada al espectáculo.

Le bajé a Bruno el short hasta los tobillos y por fin la vi de cerca. Era más gruesa que la de Mateo, más larga también, con una cabeza ancha y oscura que brillaba de lo mojada que estaba. No era circuncidado y eso me llamó la atención: era la primera vez que tenía una así en las manos. Los huevos eran grandes, depilados, perfectamente limpios. Me pasé la lengua plana por debajo, despacio, antes de subir a la punta.

Empecé a chupársela como si nunca hubiera tenido una verga en la boca. La novedad de la piel que cubría la cabeza me tenía concentrada: la jalaba hacia atrás con los labios, la dejaba volver, la lamía justo en el borde donde se separaba. A Bruno se le iban los ojos hacia atrás. Mateo respiraba más fuerte que nosotros dos.

—Acuéstate —me dijo Bruno cuando ya no aguantaba más.

Me dejé caer de espaldas y le abrí las piernas. Bajó la cabeza y empezó a comerme. Y aquí va la parte rara de todo esto: yo no quería que me hiciera oral. Estaba tan caliente que sentía el clítoris hinchado, los labios gruesos, todo el coño latiendo. Lo único que yo quería era sentir esa verga adentro. Le agarré el pelo, lo subí hasta mi cara, lo miré a los ojos y le pedí lo único que tenía sentido en ese momento.

—Ya. Métemela. Ya.

Bruno se acomodó, apoyó la cabeza en la entrada y entró de un solo empujón. Yo solté un suspiro tan largo que pareció un suspiro de alivio.

—Ay, qué rico —dije, casi sin pensarlo.

Cada penetración la sentía más profunda. Ya les conté que la tenía más grande que Mateo; mi cuerpo lo sabía y reaccionaba como si nunca le hubieran dado así. En una de esas Bruno me agarró las piernas y me las dobló hasta que las rodillas me tocaron las orejas. Soy flexible, pero esa postura me cerró todo y la verga me llegó hasta donde nunca había llegado nada.

—Ay, qué gruesa, qué rica —se me escapó—, qué rica tienes la verga.

Lo dije sin pensar y sin filtro. Y al decirlo, giré la cabeza por instinto y vi la cara de Mateo. Tenía los ojos abiertos, brillantes, la boca entreabierta como si le estuvieran contando un secreto. Esa expresión, la de él escuchándome decirle a otro lo que en otra vida le decía a él, me llevó a un nivel de excitación que no me esperaba. Empecé a jadear más fuerte, a gritar incluso, sin importarme nada.

—Date la vuelta —me pidió Bruno.

Me puse en cuatro y entonces sí, esa verga me tocó cada centímetro. La sentía pesada, hinchada, llenándome de un lado al otro. Levanté la mirada y vi a Mateo recostado a unos pasos, con el pantalón del pijama abierto y la verga parada. Estaba disfrutando del show como si fuera la primera película de su vida.

Le hice señas de que se acercara. Me arrastré un poco para tenerlo a la altura de la cara mientras Bruno me seguía dando por detrás, y le agarré la verga con la mano. Mateo cerró los ojos un segundo, como agradeciendo. Empecé a chupársela despacio.

—Pero no te vengas todavía —le advertí entre lametones—. Tienes trabajo por hacer.

Me miró con cara de no entender. Yo todavía no le había dicho lo que tenía en mente.

Me bajé de la cama un instante, agarré a Mateo del brazo y le pedí que se acostara boca arriba en el centro del colchón. Me senté sobre él en cabalgata invertida, mirando hacia los pies de la cama, y le metí la verga entera de un envión. Él gimió como si le hubieran sacado el aire. Yo empecé a moverme despacio, en círculos, mientras Bruno —parado al pie de la cama— me ofrecía la suya a la altura de la boca y yo se la mamaba sin parar.

***

Y entonces se me ocurrió.

—Quiero las dos —dije.

Los dos se quedaron mirándome como si les hubiera hablado en otro idioma.

—¿Las dos al mismo tiempo? —preguntó Bruno—. ¿Pero te entran?

—No tengo idea —contesté—. Vamos a probar. Pero las dos por adelante. No quiero nada en el otro lado, hoy no.

Se miraron entre ellos. Mateo asintió primero. Bruno, con la duda todavía en la cara, también.

Reorganizamos la postura. Bruno se acostó de espaldas y yo me senté encima de él, con cuidado, dejando que entrara hasta el fondo. Después me incliné un poco hacia adelante para abrir espacio. Mateo se subió a la cama por detrás, se acomodó de rodillas y empezó a empujar para meter la suya por el mismo lado. La sensación de las dos cabezas tratando de entrar a la vez fue el dolor más extraño y más placentero que recuerdo. Apreté los dientes, respiré por la nariz y dejé que la presión cediera sola.

Entraron las dos a la mitad. No más. Tampoco hizo falta.

No duramos mucho en esa postura. Calculo cinco minutos, quizás siete. El cuerpo no estaba preparado para tanto y, sin embargo, lo estaba. Cada movimiento era un golpe doble, un roce permanente, una vibración que no se detenía nunca. Los tres terminamos casi al mismo tiempo. Yo grité tan fuerte que después me quedé ronca dos días.

***

Esa fue la primera vez. No la repetí más. No se imaginen explicaciones complicadas: no lo dejé porque saliera mal. Lo dejé porque no se volvió a dar el momento. Mateo y yo nos separamos al año y medio, por motivos que no tienen nada que ver con esa noche. A Bruno lo perdí de vista una temporada y después lo recuperé como amigo, sin la parte de los derechos. Mi cuca, esa noche, quedó hinchada, satisfecha y llena del semen de dos hombres. Y yo, mientras me daba una ducha larga al amanecer, pensé que aquello no se iba a olvidar nunca. Acerté.

Ahora los pongo al día. Hace poco le presenté a Bruno a mi marido actual —que también disfruta los detalles que su esposa le cuenta de noche, qué casualidad la mía— y los dos se cayeron bien. Quizás, en uno de esos días sin planear, vuelva a pasar lo que pasó hace tantos veranos. No prometo nada. Lo único que sí les puedo decir es que, si vuelve a pasar, lo van a saber. Ya saben dónde encontrarme.

Besos. C.

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Comentarios (7)

Carloncho_uy

buenisimo!!! no pude parar de leer hasta el final

MarisolG

Por favor seguí escribiendo, quede con ganas de mas. Esperando la segunda parte!

Manu_Lector

ese giro a la mitad del relato no me lo esperaba para nada jajaja, muy bueno

RodrigoPlayas

me recordo a unas vacaciones de hace dos veranos... los recuerdos jaja

NocheVieja22

y despues como termino la noche entre todos? me quede con la duda jaja

GabyBaires

muy bien escrito, se siente todo muy cercano y real. Uno de los mejores que lei ultimamente

PatoMDQ

sigue asi!!!

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